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«El origen del planeta de los simios» (2011), de Rupert Wyatt

El Planeta de los Simios fue uno de los grandes éxitos cinematográficos del género antes del advenimiento de los blockbusters modernos. Era ciencia ficción que se alejaba conceptual, argumental y estéticamente de la serie B, reducto tradicional del género en los cincuenta y sesenta.

La popularidad que alcanzó fue tal que propició una franquicia multimedia, empezando por Regreso al Planeta de los Simios (1970), al final de la cual explotaba la Tierra por exigencias de Charlton Heston. La historia continuó, aunque ya en el pasado de esa línea temporal ficticia, en Huida del Planeta de los Simios (1971), con tres monos llegando a los años setenta del siglo XX (el presente de entonces); La Rebelión de los Simios (1972), sobre la rebelión de los monos contra la tiranía de la humanidad en un futuro distópico; y, finalmente, Batalla por el Planeta de los Simios (1973), con el establecimiento definitivo de una sociedad simia. También se produjo una serie de imagen real para televisión (1974) y otra de animación (1975), ambas discurriendo fuera de la continuidad de las películas.

Casi un cuarto de siglo después, en 2001, la película original tuvo un remake por parte de Tim Burton. Aunque incluía algunos momentos interesantes, está considerada una de las peores de toda la filmografía del director. Aún así, fue un éxito financiero, recaudando el triple del presupuesto. Ello no fue tanto porque los espectadores quedaran encantados con ella, sino porque acudieron en masa a las salas de cine movidos por el buen recuerdo que conservaban de la saga original. De cualquier manera y una vez pasada la expectación que levantó su estreno, quedó como una película casi universalmente odiada por los aficionados a la ciencia-ficción, motivo por el cual la Fox hizo oídos sordos a las declaraciones de Burton en el sentido de que podría realizarse una secuela.

Dado el mal sabor de boca dejado por aquel remake, sorprendió a todos diez años más tarde la noticia de la producción de un nuevo intento. Éste, no obstante, no fue un remake sino una suerte de precuela, una nueva versión –muy libre‒ de lo narrado en La Rebelión de los Simios. Aunque podía fácilmente haberse insertado en la continuidad como una precuela del film de Burton, a la vista del éxito que cosechó esta nueva entrega el estudio decidió tratarlo como un reboot de la franquicia.

Will Rodman (James Franco) es un joven y brillante científico que trabaja en los laboratorios Gensys de San Francisco, probando en monos un medicamento llamado ADZ-12, que espera sirva para combatir el Alzheimer regenerando las neuronas. Efectivamente, parece que los simios a los que se les inyecta esta droga experimentan un gran salto en su inteligencia. Pero justo cuando Will está haciendo la presentación definitiva a los potenciales inversores para pasar a la fase de pruebas con humanos, la simia más prometedora del proyecto, Ojos Claros, escapa de su jaula y siembra el caos por todas las instalaciones antes de irrumpir en la sala de conferencias y ser abatida. Todo ese altercado liquida cualquier posibilidad de continuar con los experimentos al ver cortada la financiación y los simios adscritos al proyecto son sacrificados… Excepto uno. Will descubre que la agresividad de Ojos Claros no se debía al medicamento sino que había dado a luz en secreto un bebé y sólo trataba de protegerlo. Incapaz de sacrificar al pequeño simio, decide llevárselo a casa a escondidas y criarlo.

César (Andy Serkis), nombre con el que Will bautiza al pequeño simio, demuestra tener una inteligencia extraordinaria, heredada de los genes mejorados de su madre (sus ojos, como los de los simios que en el futuro tengan su inteligencia aumentada, son verdes, un efecto secundario del medicamento experimental y una útil pista visual para el espectador). El joven empieza a hacer pruebas ilegales del ADZ-12 utilizando a su padre, Charles (John Lithgow), enfermo de Alzheimer, como “conejillo de indias” con resultados espectaculares.

Pasan cinco años y las cosas parecen ir bien. Charles ha recuperado plenamente sus capacidades mentales y César es más inteligente que un niño humano de su edad. Por desgracia, aunque su madurez emocional es la de un infante, su fuerza sí es la de un chimpancé adulto. Cuando la terapia génica de Charles empieza a fallar, un vecino le grita cuando, confuso, trata de subirse en su coche. Enfurecido por esa agresión verbal, Cesar sale de la casa y lo ataca. El Departamento de Control de Animales entra en escena y se lo lleva y un juez ordena que el simio debe permanecer recluido en instalaciones estatales. Allí, el inteligente César, que nunca había conocido otra cosa que el hogar y el cariño de Charles, Will y la novia de éste (Frieda Pinto), debe adaptarse a un entorno hostil. Los otros simios lo agreden y los cuidadores humanos lo maltratan a él y a sus congéneres. Decepcionado por lo que considera una traición de su amo y amigo Will, César decide romper con su pasado y utilizar su mente superior para convertirse en el simio dominante del lugar. Se fuga y roba de casa de Will muestras del ADZ-12 con los que aumenta la inteligencia de sus compañeros de confinamiento. Después, ya solo queda la rebelión.

Más que una película y su remakeEl Origen del Planeta de los Simios y La Rebelión de los Simios deberían considerarse como películas diferentes con coincidencias y paralelismos ocasionales. En ambas hay un simio llamado César, aunque en Origen su génesis se explica como producto de un medicamento experimental y cualquier referencia a simios provenientes del futuro ha sido eliminada. En las dos películas, César es educado en un estado de reclusión y luego capturado y sometido a crueldad y humillaciones.

También en ambas, organiza una rebelión de simios que sume en el caos a la civilización humana. En Rebelión, veíamos a los simios domesticados y utilizados como mascotas y/o criados esclavos después de que una plaga procedente de una nave enviada a Marte exterminara a las especies que tradicionalmente ocupaban ese lugar. En Origen, vemos por televisión a una sonda que se lanza con destino al planeta rojo y un virus letal que se extiende por el mundo, aunque ninguno de esos dos sucesos parezcan estar conectados con la aparición de la inteligencia en los simios. Origen también elimina esa idea antropológicamente dudosa de que los simios alcanzaron la inteligencia y aprendieron a hablar por el sencillo método de la domesticación, reemplazándola por la idea mucho más plausible desde un punto de vista biológico de los medicamentos genéticos.

El Origen del Planeta de los Simios tiene algo a lo que ninguna de sus predecesoras tuvo acceso: efectos digitales. Sí, Tim Burton los utilizó en su remake, pero sólo para representar cosas como las estaciones espaciales y las brechas espacio-temporales, mientras que los simios fueron creados a la vieja escuela, con maquillaje (aunque, claro está, más sofisticado que en la década de los sesenta y setenta).

Ya entrado el siglo XXI, la revolución del CGI había alcanzado un punto en el que los simios de la pantalla se construían como modelos informáticos generados por captura de movimiento de actores vestidos con trajes especiales. De hecho, los productores de Origen viajaron a Nueva Zelanda para contratar los servicios de la compañía Weta Digital de Peter Jackson, los primeros que se habían servido de tal técnica con resultados espectaculares. El propio Jackson ya había hecho su propia incursión en el “subgénero” de los monos en 2005 con su remake deKing Kong y recomendó encarecidamente que Andy Serkis (que había sido Kong en su película y antes Gollum en El Señor de los Anillos) fuera quien se enfundara en el traje de captura de movimientos para interpretar al protagonista, César. Fue él, además, quien dirigió al equipo de actores que se encargó de interpretar a los monos; y no confinados en un estudio especial, sino que la tecnología permitía ya la captura de movimientos en exteriores.

La ilusión de realidad, producto tanto de la interpretación de los actores como de los efectos digitales superpuestos, es perfecta desde la primera escena en la que vemos al César adulto, tirando de la cadena del inodoro, balanceándose por la cocina, saltando para alcanzar un bote de galletas y moverse con rapidez para bajar la escalera que da acceso a su ático. Weta Digital hizo un trabajo sobresaliente a la hora de conseguir que los simios parecieran reales, auténticamente vivos y no hombres disfrazados moviéndose como monos. Y no sólo mediante la captura de movimientos corporales: el rango de expresiones que adopta la cara de César es igualmente asombroso. Los dos últimos tercios de la película están casi enteramente protagonizados por los simios (casi todos ellos digitales): la dinámica social y de poder imperante en el centro de confinamiento, el plan de César para aumentar la inteligencia de sus congéneres y así utilizarlos para fundar una nueva sociedad lejos de los humanos.

Sorprende y agrada que el director británico Rupert Wyatt (cuyo único crédito hasta ese momento era la película de fugas carcelarias El escapista, de 2008, de la que toma algunas ideas para este su segundo film), optara por darle a la película un enfoque principalmente reflexivo.

Hay acción, sí, pero no satura ni da la impresión de que esté metida para rellenar metraje o exhibir efectos especiales. Hay muchos momentos tranquilos –que no lentos- en los que el personaje de César tiene oportunidad de evolucionar y adaptarse. Casi toda la acción se reserva para la última parte de la aventura, cuando César y sus compañeros simios escapan del cautiverio. La película se transforma entonces en un encadenamiento de imágenes visualmente impactantes que se suceden a un ritmo frenético pero sin perder la claridad narrativa: los simios trepando por un tranvía, invadiendo las calles de San Francisco y atravesando el puente Golden Gate, César cabalgando, los sutiles pero potentes gestos de dominio e inteligencia que muestra el protagonista para establecer su liderazgo…

De hecho, desde el momento en que César es internado, los simios se apoderan completamente de la historia y la pantalla, de tal forma que los humanos pasan a ser meros actores de reparto. Aunque James Franco está razonablemente bien en toda la primera parte, en la segunda apenas tiene peso y su subtrama pasa a ser lo peor de la película, dejándolo relegado a mera recurso del guión para hacer avanzar ciertos aspectos del mismo (Frieda Pinto hace un papel tan vacuo como su novia que ni siquiera recuerdo oír mencionar el nombre de su personaje). Una vez nos han presentado el fascinante microuniverso de los simios encarcelados, volver a Will, su laboratorio y sus problemas familiares ya sólo es una distracción molesta. César y sus simios, como debe ser, se erigen en los auténticos protagonistas de su película.

Asombrosa como es la tecnología de efectos especiales en esta película, no se limita a servir de aparatoso anzuelo visual sino que su recreación de los simios está al servicio de la historia y los sentimientos. Y es que, dado que el guión es en el fondo el estudio de un personaje y su evolución, las emociones tienen en él tanto peso como la acción. César es un personaje que se siente vivo, que transmite auténticas emociones con su rostro y su cuerpo: el amor que siente por Will y su padre; la ira que le lleva a defender a este último; la alegría de sentirse libre en la naturaleza cuando le llevan al bosque de secuoyas; el pánico de verse en un entorno extraño y hostil; el rencor de sentirse traicionado y abandonado; el sentimiento de alienación al saberse un ser único que no puede mezclarse plenamente con los humanos ni socializar satisfactoriamente con los simios comunes; y la soledad y el deseo de sentirse parte de un grupo, lo que le lleva a aumentar la inteligencia de sus congéneres. Aunque César nunca habla, la expresión de su rostro,de orgullo y desafío hacia los humanos del centro de internamiento, es absolutamente magistral.

Buena parte de ese trasfondo emocional, además del talento de Andy Serkis y los magos de los efectos visuales, se le debe a los guionistas, el matrimonio compuesto por Amanda Silver y Rick Jaffa. Durante tres años antes del estreno de la película, crearon y moldearon al personaje y, literalmente, lo hicieron parte de su familia llegando a dejar incluso regalos para él bajo el árbol de Navidad.

Según declararon en una entrevista: “Nuestra hija piensa en César como un hermano. Cuando lo concebimos, lo sentimos como nuestro propio hijo”. Parece algo un tanto extremo, pero sin duda les ayudó tanto a delinear el personaje como para mostrar el entusiasmo necesario para vender la idea de una nueva entrega de El Planeta de los Simios a la Fox (en realidad, el primer borrador, que data de 2006, era un proyecto muy diferente titulado Génesis, centrado en un diabólico chimpancé diseñado genéticamente y criado en un hogar humano). Silver y Jaffa escribieron las dos primeras películas de la nueva trilogía y figuran como productores de La Guerra del Planeta de los Simios.

César ya no es aquí la poco sutil trasposición de los líderes negros en la lucha por los derechos civiles que habíamos visto en la película de los setenta. Es un chimpancé y su lucha es contra un mundo en el que los humanos creen que ellos mismos son los únicos animales que importan de verdad. Y gracias al medicamento génico inoculado a su madre, cuenta con la inteligencia suficiente como para pensar que esos humanos pueden no merecer su actual lugar en lo alto de la cadena trófica.

Cuando contemplamos el mundo de la ciencia desde la perspectiva de César, forzosamente hemos de concluir que incluso los más nobles empeños en medicina pueden llevar asociados una horrible y despiadada crueldad contra los animales. Cuando César y los suyos escapan y se rebelan contra el dominio humano, el espectador no puede evitar sentir su lealtad dividida de una forma que las películas de rebeliones robóticas rara vez consiguen.

Es difícil simpatizar con un ejército mecánico, pero un ser vivo, maltratado e inteligente, luchando por su libertad con lanzas contra policías armados con fusiles… eso es otra cosa. Sí, sabemos que los simios pueden ser peligrosos y que sus intenciones pueden ser en este punto un tanto ambiguas, pero también entendemos lo que les ha llevado a comportarse de esa forma. Al fin y al cabo, dado el coeficiente intelectual del que les hemos dotado, esos simios bien podrían ser nuestros “hijos”, nuestros dignos sucesores en la Tierra y quizá más merecedores de ello que nosotros mismos. En este sentido, El Origen del Planeta de los Simios podría interpretarse como una película acerca de la singularidad, en la que “inventamos” una forma de vida inteligente que trasciende la nuestra.

(Atención: spoilers) El guión original contemplaba un final diferente al que podemos ver en pantalla: Will moría a manos de Koba y sus secuaces mientras César se desentendía; o bien, en otra versión, era alcanzado por una bala tratando de defender a César.

En muy último término (de hecho, habiendo finalizado ya el periodo de rodaje y teniendo que llamar a los actores para una nueva toma) se decidió que aquel desenlace era demasiado oscuro y se optó visualmente un remate algo menos trágico en el que César y Will se separan, ambos entendiendo que pertenecen a mundos diferentes. Por el momento, los simios hallaban refugio en los espesos bosques cerca de San Francisco, dejando claro la secuencia final que los humanos pronto iban a estar ocupados en otra cosa: el virus diseñado para combatir el Alzheimer y que a los monos les había dotado de inteligencia, muta en un microorganismo letal que se transforma en una pandemia. Se deja por tanto abierto el final a una continuación en la línea de lo que ya conocíamos previamente de la saga –la caída de la civilización humana y la ascensión de la simia‒ y se dejaba el destino de Will a la imaginación de cada espectador (Fin de los spoilers).

Se han apuntado por parte de otros comentaristas incoherencias y agujeros de guión diversos: la rapidez con la que el virus causa efecto en los simios, su improbable mutación a microorganismo letal para los humanos, la súbita coordinación que demuestran los al actuar en grupo, el inexplicado número de monos que aparece en la parte final… No son alegaciones sin fundamento, pero deberíamos recordar que casi todas las películas de acción (por no hablar las del género fantástico) se permiten licencias para conseguir un efecto dramático y que hay que hacerse cómplices de su “juego” para disfrutarlas. Por otra parte, la ciencia ficción no utiliza necesariamente el rigor científico en sus historias, sino que se sirve de una “apariencia” del mismo para justificar lo que en ellas se cuenta. Pedirles fidelidad absoluta a la ciencia es negar toda la tradición del género y renunciar a su esencia.

La trama contiene numerosos guiños y homenajes a la saga original. Hay, por ejemplo, personajes bautizados con los nombres de varios personajes importantes de las antiguas películas: Tom Felton interpreta al despreciable cuidador Dodge Landon, recogiendo los nombres de los dos astronautas que acompañaron a Charlton Heston en El Planeta de los Simios; éste aparece en una pantalla de televisión como parte de otra película; hay personajes con los nombres del director Franklin J. Schaffner, el productor Arthur P. Jacobs y el actor Maurice Evans. La sonda enviada a Marte recibe el nombre de Icaro, igual al de la astronave de Heston. El mencionado Dodge Landon incluso reproduce literalmente la misma frase que gritó Heston en la primera película: “Quita tus sucias patas de mi, mono asqueroso”, mientras que la primera palabra que pronuncia César es “No”, que en la saga original también había sido lo primero que había dicho un mono. En otra escena, César está montando un puzle de la Estatua de la Libertad, imagen clave de la primera entrega…

El Origen del Planeta de los Simios no sólo es la película más entretenida de la famosa franquicia en casi cuarenta años, sino un producto muy recomendable en sí mismo, independientemente del legado dejado por todas sus antecesoras.

Gracias a su equilibrada e inteligente mezcla de acción y sentimientos, su sobresaliente factura visual, la profundidad de los temas que plantea (el origen de las revoluciones sociales, la fragilidad de nuestra civilización y el futuro de nuestra especie, la aplicación temeraria de la ciencia, la conveniencia práctica y ética de experimentar con la inteligencia de los animales, la forma en que tratamos a éstos y nuestra incapacidad para enfrentarnos a la naturaleza desatada consecuencia de la ciencia imprudente), consiguió devolver la vida a la saga y atraer a la misma una nueva generación de espectadores más jóvenes que no habían tenido ocasión de ver en el cine las películas originales. Tanto es así que sobre un presupuesto de 93 millones, recaudó en todo el mundo 482 millones. Era imposible que la Fox dejara descansar a la gallina de los huevos de oro y no dudó en convertirla en inicio de una nueva trilogía que se completaría con las sucesivas Amanecer en el Planeta de los Simios (2014) y La Guerra del Planeta de los Simios (2017).

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El planeta de los simios en los cómics y la televisión

Imágenes y logotipos de la saga clásica © APJAC Productions, Twentieth Century Fox Film Corporation, Twentieth Century Fox Home Entertainment.

Copyright del texto © Manuel Rodríguez Yagüe. Sus artículos aparecieron previamente en Un universo de viñetas y en Un universo de ciencia-ficción, y se publican en Cualia.es con permiso del autor. Manuel también colabora en el podcast Los Retronautas. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".