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«Un mundo devastado» («Earthworks», 1965), de Brian Aldiss

Un mundo devastado transcurre en el futuro de nuestro planeta, un planeta, como reza el título español (el original inglés es Earthworks), arrasado por la superpoblación y la degradación medioambiental. La necesidad de alimentar a un número creciente de personas ha llevado a una expansión agrícola destructiva en la que se utilizan masivamente productos químicos que agotan el suelo y convierten las labores del campo en un trabajo tóxico realizado mayormente por robots. De hecho, las máquinas han pasado a ser más valiosas que la gente. Con el colapso del sistema social, los fieles abandonan las antiguas religiones para echarse en brazos de extraños y retorcidos cultos; ocupados en sobrevivir, la educación y el simple alfabetismo se convierten en un lujo al alcance de unos pocos.

Toda la población se concentra ahora en enormes megalópolis edificadas sobre plataformas para evitar el contacto con un suelo venenoso. Las ciudades y pueblos de pequeño y medio tamaño han sido abandonados y destruidos para ceder terreno a los cultivos. Éstos son propiedad de ricos terratenientes, los Granjeros, que utilizan presidiarios para las peligrosas labores del campo. Para que no falte mano de obra, las leyes se han endurecido, castigando faltas ridículas con penas de trabajos forzados en los campos. La mayoría de especies animales se han extinguido y los vegetales deben someterse a tratamientos químicos para eliminar las toxinas.

En ese futuro, África, aunque dividida en naciones inmersas en continuas rencillas, es el continente más rico y próspero, mientras que Europa, Estados Unidos y China se han sumido en la miseria económica y el vacío intelectual.

Con lo apuntado hasta aquí, ya podemos tener claro que la visión que nos ofrece Aldiss de una sociedad colapsada y un planeta marchito es aguda y brutal. Hay pasajes de un expresionismo visceral: una enfermedad que provoca la caída masiva de la piel y la carne como si fueran hojas desprendidas de un árbol; labradores recorriendo los campos embutidos en trajes protectores; cadáveres flotando a la deriva impulsados por dispositivos antigravedad…

Por desgracia, la novela adolece de un argumento insustancial y un mensaje deprimente. La historia se desarrolla de forma confusa, hasta caótica. ¿Estaba Aldiss tratando de dotar de peso literario a la obra? ¿O simplemente intenta que no veamos lo insustancial del argumento? Da la impresión de que el autor tenía una imagen poderosa y seductora de un posible futuro, pero no halló la forma de habitarlo con personajes igualmente sólidos, un defecto por otra parte presente en bastantes de sus obras.

El protagonista y narrador del relato, Knowle Nolan, es el capitán de un enorme carguero mayormente automatizado cuya misión es cargar arena de la peligrosa Costa de los Esqueletos, en Namibia, para transportarla a Europa. La arena de playas y desiertos se ha convertido en un bien preciado que los Granjeros importan para enriquecerla químicamente y reponer el agotado suelo europeo.

Nolan, que aprendió a leer y escribir aunque no practica esas habilidades a menudo, relata su vida en forma de flashbacks. Nacido en Inglaterra y huérfano, aprendió a ganarse la vida a muy temprana edad. Pero una infracción inconsciente y sin importancia le vale una condena a trabajos forzados en una granja. Allí encuentra y se une a los Viajeros, un grupo de labradores huidos que vagabundean por el país sin más destino que vivir fuera del represivo sistema. Cuando son capturados por la policía robotizada de la granja, Nolan, aterrorizado, traiciona al líder de los Viajeros, lo que llevará a conocer al Granjero en persona y conseguir un puesto como capitán del barco en el que comienza la historia.

Tras el naufragio del carguero en la traicionera costa africana, un malentendido le vale ser capturado y acusado de espionaje. A partir de ese momento y de forma involuntaria, se encuentra participando en una intriga política de altos vuelos en la que se mezclan deseos, temores, obsesiones, ilusión y realidad.

Por otro lado, el propio Nolan sufre de una enfermedad mental que le provoca visiones recurrentes y extravagantes alucinaciones, por lo que él mismo admite que sus recuerdos podrían no ajustarse a la realidad. Esas ensoñaciones, a menudo terroríficas, ocupan una parte sustancial de la novela, dándole un aire de irrealidad que sólo contribuye a dispersar todavía más un relato ya de por sí carente de dirección clara.

De hecho, no parece haber una línea narrativa en absoluto y todo transcurre a un ritmo lento e impreciso hasta que Nolan conoce en Angola a Justine (otro personaje insustancial y voluble en una novela repleta de ellos); entonces, de repente, Aldiss trata de construir a toda prisa una rápida y desordenada intriga política que dote de significado a toda la obra y ate los cabos sueltos. Como remate, el final es nihilista, inmoral y cínico, (aunque ello no signifique necesariamente que el autor comparta la ética de la ficción que ha creado. Al fin y al cabo, el desenlace parece coherente con el mundo distópico que Aldiss describe)

Aldiss es, en general, un escritor brillante, pero, como él mismo admitió, esta no es una de sus mejores novelas. Como suele ocurrir en su obra, las ideas e imágenes que evoca tienen más atractivo que la historia que las une. En concreto, sus elucubraciones acerca de las consecuencias de la superpoblación son intrigantes y pioneras de la novela de catástrofes ecológicas provocadas por el hombre. Recordemos que tan solo un año después, otro autor preocupado por ese mismo problema, Harry Harrison, publicará el clásico ¡Hagan sitio, hagan sitio!, sentando las bases de toda una corriente de la ciencia ficción cinematográfica de los setenta.

Afortunadamente, El mundo devastado no es una novela larga. Así que, si se dispone de una tarde libre podría recomendarse su lectura en base a su detallada –aunque deprimente– visión del futuro y sus incómodos paralelismos con la realidad que hoy nos toca vivir. Ciertamente, no parece verosímil un resurgir próximo del continente africano habida cuenta de los problemas que lo infestan, y el mundo de Aldiss no refleja la complejidad derivada de la globalización. No se le puede culpar por ello. Al fin y al cabo, nosotros contamos con la perspectiva que da el tiempo. Pero sí anima a reflexionar sobre a dónde nos puede conducir el incesante aumento de la población, la sobreexplotación insensata del suelo y la despreocupación por el medio ambiente.

Aldiss fabula que el deterioro ecológico provocará el colapso de la civilización occidental. Más vale que empecemos a trabajar para que su futuro jamás pase de ser ciencia ficción.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".