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«The Wire» (2002-2008): Radiografía de una ciudad

Hace ya algún tiempo que la televisión de calidad irrumpió en nuestras vidas para ofrecernos películas de semanas de duración. Lo que Cervantes llamó una vez “narrar por extenso”, tomando cuerpo en novelas divididas en capítulos televisivos. Historias que te acompañan durante años, emulando una forma de arte mayor no relegada simplemente al entretenimiento ocasional.

El tema es interesante de por sí (la dimensión alcanzada por la televisión privada y cómo esta ha conseguido ofrecer un producto de calidad que ha desplazado el centro de atención hacia un formato supuestamente de segunda clase), pero no ahondaré mucho más en ello. Después de todo, los dos sabemos de qué va esto, así que será mejor que no nos andemos con juegos:

He venido a venderte una porción de ese arte. A venderte mi visión sobre una gran serie.

Y esa serie es The Wire.

Llegados a este punto, articulista y lector siempre llegamos a un mismo momento del juego, en el que hagamos el papel que hagamos, la intención está muy clara para ambos al interpretar esta especie de juego del gato y el ratón, no diferente a aquel del que participan jugadores (players, alguien que está dentro del “juego” de la droga) y nuestros quizás no tan íntegros chicos de azul.

El caso es que voy a por ti. Sin freno, ni limitaciones, ni órdenes judiciales.

Si no has visto aún The Wire, voy a hacer todo lo posible para que salgas corriendo hacia el televisor.

Si la viste y no desarrollaste una pasión incontenible por ella, voy a intentar que medites el darle una segunda oportunidad con un enfoque diferente.

Si en cambio ya has visto The Wire, entonces lo que tengo para ti es un abrazo y estas palabras de cariño. Porque si has terminado The Wire, entonces estás deprimido. Lo sé. He pasado por ahí. Porque sabes que simplemente era única, como lo es cada gran obra. Que eso tan especial que compartías con Baltimore ha terminado. Si es así, estas notas de consuelo también son para ti. Para que sientas que la magia, sucia, realista y viva, regresa para envolverte una vez más.

Deja ya las reposiciones de Ley y Orden. Olvida a los presuntuosos y perfectos investigadores forenses de CSI. Esto es real, esto es Baltimore. Y si me das 10 minutos de tu tiempo, intentaré contarte lo que eso significa.

Trataré de hacerte participe del mantra que se recita en las calles:

Play or be played (Lo que podríamos aquí decir como “O juegas o te la juegan”)

Porque todo está en el juego.

Y el juego es una ciudad.

Esa ciudad es Baltimore. Pero podría ser Nueva York, Portland, Madrid, Chicago, Barcelona, Jerez. Pero es Baltimore. Y realmente no podría ser otra sin ser un producto totalmente distinto.

Durante este largo artículo, haré lo posible por situarte de nuevo en las torres, en los muelles, en el ayuntamiento, en las escuelas, en pleno corazón de “Hamsterdam”.

Para ello, en esta declaración de intenciones antes de ponernos manos a la obra, solo tengo tres exigencias que hacerte:

Uno: No se te ocurra ver The Wire en versión doblada. Repito: bajo ningún concepto veas The Wire doblada a ningún otro idioma que no sea el baltimoriense natural. La elección de los actores y su lenguaje es esencial y premeditada. Encontrarás pocos actores “del método” en esta serie. De hecho, cuanto más bajes (y vas a bajar mucho acompañando a McNulty y compañía) más real será la representación ante ti. Y para que este efecto no se rompa, es totalmente imprescindible que acudas a la fuente original.

Dos: No esperes el efecto “¡Oh!”. Esto es un producto de sobriedad contrastada, no un culebrón venezolano. No encontrarás un cliffhanger al final de cada capítulo. Un “vuelve la semana que viene”, para saber de quién era esa escotilla, ese alijo, quien dejó inconsciente al protagonista. Ese tipo de series, de las que también hemos disfrutado en muchas ocasiones por su efecto sorpresa, no es lo que David Simon y Ed Burns nos proponen aquí. Su efecto es acumulativo, no implosivo (yo me entiendo, y una vez que comiences a verla, sé que tú también lo harás).

Tres: Prepárate para un bocado de realidad como posiblemente no hayas experimentado nunca. The Wire es el equivalente a vivir un año en Baltimore sin moverte del sofá de tu salón. El equivalente a abrir un periódico, a ver las noticias locales sobre sucesos. The Wire es una visión interna de todo lo que conforma una ciudad, de los engranajes de la misma, desde sus medios hasta el ayuntamiento. Pero no nos adelantemos a los hechos, ya que tendremos tiempo para hablar de ello más adelante.

En definitiva, solo espero que disfrutes tanto leyendo estas simples pistas, que parten de la emoción y el agradecimiento a un producto de entretenimiento de una calidad insuperable, como yo estoy disfrutando escribiéndolas.

Y confío en que para cuando acabemos este pequeño viaje, tus ganas de compartir, reflexionar, recomendar a otros, y revivir The Wire, no sean inferiores a las mías.

Bienvenido a Baltimore.

Bienvenido a The Wire.

The Wire: los hombres tras la escucha 

Una vez hechas las presentaciones, os voy a contar un cuento.

Pero no uno de esos que van asociados a la hora de dormir y a personitas de altura más bien escasa. Si has pensado eso al leer la palabra cuento, es porque en ocasiones el cerebro hace el recorrido en automático hacia la asociación de ideas más cercana, quizás por comodidad, pero no necesariamente al significado más acorde (ni único) que esa palabra puede representar.

Algo parecido ocurre cuando alguien intenta recomendar The Wire.

Cuando David Simon y Ed Burns crearon en 2002 esta serie para HBO, muchos parecían inferir todo lo necesario acerca de ella con una sinopsis apenas más extensa que una etiqueta de champú. Al ser antiguo periodista de sucesos uno, y detective retirado el otro, la cosa estaba clara. The Wire era una serie de policías, un producto de género lleno de clichés, y bien podía reposar en el fondo del saco mental del interlocutor en el que tan plácidamente dormían productos tan extraños y dispares como El mentalistaCSILey y orden o Canción triste de Hill Street.

¿Qué te iban a contar sobre ella que tú ya no supieras?

Después de todo, ¿cómo de diferente puede ser una serie sobre policías y delincuentes?

Bueno, vale, sí, esta vez el escenario tenía lugar en Baltimore, Maryland, en lugar de en las transitadas y conocidas Nueva York o Los Ángeles, pero ¿qué importancia podía tener? Chicos de azul limpiando las calles, haciendo interrogatorios, solucionando casos. Representaciones casi físicas no muy distintas a las acostumbradas sota, caballo y rey, de hospitales, comisarías, colegios, que se perpetraban en otras tantas series que deciden narrar la forma de vida de un gremio o vocación en particular.

Pero.

Siempre hay un pero.

Y en The Wire hay muchos. Porque para empezar no es una serie de policías.

Oh, sí, hay policías. Y pistolas, y salas de interrogatorios.

Pero ahí acaban las coincidencias. Porque apenas hay donuts (y si los hay, se los come Jay Landsman, nuestro orondo sargento de homicidios). Ni casos resueltos en cada capítulo mientras la pareja policial de turno hace bromas al final del mismo con un chascarrillo sobre el delincuente encarcelado: “Pues no era tan listo como él creía”.

The Wire es, ante todo, una carrera de fondo, de desgaste. Los personajes se desgastan unos a otros, friccionando contra el pavimento. Con tranquilidad, a un ritmo propio de una novela (una buena para más señas). No hay ganadores absolutos, no hay tal cosa como la victoria inmediata. Quizás sea esto lo que provoca ese efecto acumulativo en el espectador, que acostumbrado al efecto bollycao (o “sabe bien al primer mordisco, pero a la media hora vuelvo a tener hambre”) puede no entender el complejo clima, reposado y reflexivo, que se le propone en esta serie.

En realidad The Wire es una manera de informarse de lo que hay ahí afuera sin tener que encender la televisión a la hora de los informativos ni coger un periódico. Una mirada más entretenida que muchas fuentes periodísticas –y en algunos casos, menos ficticia–, pero igualmente preocupada por ofrecer una visión global de temas particularmente incómodos.

Sus creadores así lo estipularon. Querían hacer una serie sobre la ciudad que conocían, dejando atrás el sentimentalismo, el falso glamur o el dramatismo vacío. Querían sacar a la luz todo lo que estaba mal en Baltimore. Y para ello necesitaban su tiempo. Mucho tiempo.

Así que una vez HBO les dio autorización para el proyecto, se aseguraron de que nadie les obligaría a hacer las cosas de otra manera que no fuera la correcta. Algo, por desgracia, de lo más extraño en el mundo del cine y la televisión, donde a menudo se exige resultados inmediatos, y a los creadores que se jueguen todo a una carta en un capítulo piloto que debe aglutinar toda una serie en apenas 60 minutos.

En cualquier caso, David Simon y Ed Burns superaron la prueba. Tenían el conocimiento, adquirido durante años en vocaciones que llegaron a dominar y que les permitieron tomar el pulso a su ciudad desde una perspectiva completamente privilegiada, permitiéndoles construir una catedral a su arte con ladrillos tan alejados del atrezo como estos pudieran serlo. Sus materiales estaban cubiertos de polvo, sucios y rasgados. Se adivinaba vida en ellos. Su información no había pasado por ningún filtro, ni era literaria, ni pretendía fantasear con nada. No había apenas un gramo de cartón piedra en su historia, y de esa veracidad, surgía su mayor fuerza.

Ed Burns había sido profesor en el Hamilton Middle y luego en el City College de Baltimore durante siete años, y antes de eso había trabajado como detective en casos de escucha en la zona oeste de Baltimore, y antes que eso había sido soldado de infantería en Vietnam.

David Simon se había pateado las calles de Baltimore durante años, escribiendo obituarios, necrológicas, cubriendo noticias de sucesos que más tarde trasladaría de forma muy parecida a la pequeña pantalla.

Con creadores así tras los créditos, casi podríamos decir que The Wire es el A sangre fría de la televisión, con alguna gran diferencia, pero valga la comparación respecto a que tanto Capote como Simon y Burns embadurnaron de realidad una obra que sin embargo puede ser perfectamente consumida como ficción (una de ellas realmente lo es en su formato, he ahí la diferencia, pese a que también esté basada en muchos casos y personas reales).

Pero hace falta conocer muy bien el tipo de persona que es David Simon para comprender por qué The Wire empezó desde una pregunta muy simple:

¿Por qué siempre lo mismo?

La cuestión era oportuna, ya que uno podía pensar que Estados Unidos al completo consta únicamente de cuatro o cinco grandes ciudades repetidas hasta la saciedad, que conforman todo el entramado geográfico de interés, susceptibles de aparecer en una obra de ficción. ¿Es que no había buenas historias fuera de Washington, de New York, de Los Ángeles o Chicago?

David Simon sabía que sí, y que quizás no fuera una historia agradable, pero que merecía ser contada. Estaba cansado de leer siempre lo mismo, de ver cómo se prestaba atención una y otra vez a los mismos lugares con las mismas historias de vodevil. Él había visto Baltimore, había escrito sobre ello, había recorrido sus barrios y sus calles, los de una ciudad tan fértil para sembrar historias como cualquier otra de las grandes urbes del cine. Quizás más.

La ciudad de su historia tenía que ser Baltimore. No podía ser de otra forma.

Baltimore, donde el crimen y la tasa de criminalidad se disparan hasta límites insospechados siendo una ciudad mucho más pequeña que otros supuestos focos de delincuencia. Baltimore, una ciudad olvidada, perdida en la costa este del sueño americano, ahogada por la pobreza y las drogas, con una diferencia abismal entre las distintas clases sociales y el downtown con respecto al gueto. Baltimore, donde la droga es una cultura y el índice de pobreza va aparejado a la iglesia de la aguja. Sin el glamur de Nueva York ni la espectacularidad de Los Ángeles, pero quizás por ello mucho más interesante, mucho más real. Una ciudad que no era un remedo de sí misma, vista hasta la saciedad, y repleta de lugares comunes que el espectador puede reconocer fácilmente sin haber visitado nunca. Algo real alejado de la maquinaria habitual de la industria del cine y la televisión.

Tras el calentamiento que supuso la miniserie The Corner, en la que abordaran el tema de la drogadicción desde un punto de vista interno con un enfoque casi documental, David Simon y Ed Burns comenzaron a ambicionar un escenario mayor. En su nueva serie, cada año, The Wire analizaría un problema social distinto, desde el gueto a los sindicatos, a la política, la educación o el alcance de los medios. En todos ellos podría apreciarse cómo el sistema se rompe una y otra vez, dejando a los individuos desprotegidos ante una máquina que no funciona, y que mastica y escupe seres humanos cada día.

Una larga novela de sesenta capítulos.

Para ello, era primordial ser fiel a la fuente, y tratar de manera realista y representativa el pedazo de Estados Unidos que latía bajo sus pies.

En todas las temporadas había constantes, como son el problema racial o la certeza de que la corrupción impregna todo sistema, desde los más precarios del mundo de la droga hasta las altas esferas. De que el juego tenía varios niveles. Para ello era esencial recorrer distintos apartados que parecían inconexos, pero que tenían una relación vital e ineludible entre ellos, solo visible para ser expuesta por el ojo entrenado de personas como Simon y Burns.

Había varias formas de conseguir esto.

La primera, hacerse con un plantel de actores que fuese fiel a la realidad que iban a retratar. Fruto de ello, sus creadores se rodearían de distintas amistades y relaciones provenientes, y representativos, de distintos mundos. Para alcanzar un alto grado de veracidad, era necesario no solo que las localizaciones fuesen reales, ocupando en ocasiones casas subarrendadas en las que vivían personas reales, sino que sus mismos personajes debían ser interpretados en lo posible por personas de carne y hueso que supieran de qué estaban tratando allí.  Así pues, David Simon y Ed Burns llenaron la pantalla de periodistas, alcaldes, abogados, educadores, policías, y por supuesto, antiguos “jugadores” de pasado turbio, que conocían bien las esquinas. Es por ello por lo que las interpretaciones de The Wire parecen pequeños pedazos arrancados de la realidad, expuestos bajo el microscopio para fascinación del espectador.

Quizás el caso más recordado sea el de Felicia Pearson, quien interpretara el personaje de Snoop, personaje con el que realmente se estaba interpretando a sí misma en buena medida. Captada por otro de los actores del reparto (Michael Kenneth Williams, quien interpreta a Omar en la serie), la historia de Felicia no difería demasiado de la que veríamos en la pantalla, como matón y músculo para el personaje de Marlo.

No fue la única.

Personajes como Bubbles o Bunk también existieron realmente.

El primero, como informante durante años del detective de homicidios Ed Burns, y al cual David Simon incluso dedicó una necrológica sin usar su nombre real. El segundo, inspirado en el policía Oscar Requer, al que el actor Wendell Pierce da vida en la serie, y al que se asemejaba bastante físicamente.

Otro personaje ilustre del Baltimore que Ed Burns y David Simon conocían bien era Melvin Williams, quien hace el papel de diácono en la serie, y que fue también de hecho uno de los grandes nombres tras el narcotráfico de Baltimore durante casi tres décadas, siendo precisamente Ed Burns quien lo detuvo, abocándolo a una condena de dieciséis años. Cuando Williams salió con la condicional, Ed Burns no dudo en ofrecerle un papel en la serie.

De ahí que muchos digan que The Wire es, más que una serie, un documento histórico, un pedazo de nuestra época conservado en ámbar y preservado en formato digital para generaciones venideras.

Si la aclimatación de los actores foráneos y los nativos es una de las grandes virtudes de The Wire, el uso de la jerga callejera, o slang, no es menos importante. De ahí que siempre se advierta que conviene no ver The Wire de ninguna otra forma que no sea en versión original, si no se quiere ver de hecho un producto totalmente diferente y adulterado. Lo que teniendo en cuenta la intención de The Wire, sería un sinsentido.

La presencia de la jerga callejera (street talk) es tal, que a muchos actores de ciudades cercanas como Filadelfia o Nueva York, desconocían muchos de los términos que llegaron a usar, e incluso al final del guión se adjuntaba un glosario en inglés, que descifraba las más complicadas entre ellas. Desde los tan usados “yo” de los que cierto Jesse Pinkman abusa, a las diferencias sutiles (Are you carring me? en Baltimore, en contraste con el más usual Are you playing me?, significando ambos “¿Me la estás jugando?” o “¿Te estás quedando conmigo?”) o a los términos más comunes para definir a quienes están en el negocio de la droga (de nuevo el socorrido “players”) o los jóvenes traficantes que dirigen  una esquina (cornerboys).

Otro de los puntos fuertes de The Wire es la presencia de alguno de los mejores guionistas que el talento pueda pagar. Guionistas de autentico lujo como los escritores Dennis Lehane (palabras mayores, autor detrás de Mystic River o Shutter Island, y actual referente mundial del género negro) o George Pelecanos, que se unían a un Ed Burns más centrado en el entramado policial y los casos de escuchas, junto con un David Simon que se ocupaba de los sucesos de la droga y la prensa. Igualmente ocurría con Rafael Alvarez, quien conocía bien los muelles (autor además del libro The WireToda la verdad) y escribió buena parte de la trama de los sindicatos en la segunda temporada.

De esta entrega y experiencia privilegiada, surgieron historias como la magnífica escena que abre la serie, con el cadáver de Snot Boogie tendido en el suelo, y que están basadas absolutamente en hechos reales (esta en particular puede encontrarse en el libro Homicide, de David Simon).

Pretendía así Simon contar una historia acerca de una parte de América que había sido olvidada, y el por qué había sido olvidada, transmitiendo parte de esa rabia e impotencia que se deja ver en la serie antes los problemas reales de toda una ciudad. No es solo porque la ficción parezca girar en torno siempre a las mismas ciudades (hay un dato bastante representativo, en el que el autor señala que en una sola temporada de las tres franquicias de Ley y Orden se habían representados más asesinatos de los que habían tenido lugar realmente en la isla de Manhattan ese mismo año), sino porque de hecho, los poderes políticos y la mirada de América se había dirigido conscientemente hacia otros lugares, dejando a su suerte a una ciudad que agonizaba.

Desde el punto de vista de la obra de ficción, el ansía de autenticidad y crítica descarnada que David Simon mantuvo a lo largo de toda la serie fue positiva para la misma, y está presente en cada una de las facetas que los guionistas tocan, queriendo resultar real no ya para el espectador, sino para las personas en quienes los personajes están basados, que son realmente quienes mejor saben qué es real y qué no lo es.

Esto por supuesto precisaba de un reparto racialmente representativo de la comunidad a la que describían, lo que llevó a que el plantel de actores fuera en un 70% afroamericano a lo largo de la mayoría de la serie, lo cual representaba con bastante fidelidad ese 63% predominante de la población de Baltimore.

Con un reparto, guión, localizaciones y actores de ese nivel, lo cierto es que cuesta pensar que el resultado pudiera haber sido distinto del que es: para muchos, una de las mejores series de televisión de toda la historia (y si muchos no dicen directamente la mejor es porque se debaten entre esta y Los Soprano).

Pero más allá de etiquetas, The Wire es una serie única en su género, que a poco que se le dé una oportunidad, fascinará al espectador por su intensidad y realismo. Por la construcción de sus personajes. Por la trama honesta y sin alardes vacíos. Y por la fuerza de su mensaje.

Me gustaría terminar con una frase que creo que representa perfectamente qué es exactamente The Wire, y que pronunciara David Simon en relación a la HBO:

“Hay que hacer la televisión que nadie hace”.

Supongo que eso es The Wire.

La televisión que nadie había hecho antes.

The Wire: Quién es quién en Baltimore 

Al hablar de los mejores personajes de una serie no hay fórmula mágica. Mucho menos en una serie como es The Wire. Ya lo hemos dicho un par de veces, pero no estará de más repetirlo una vez más: The Wire no es una serie como las demás.

No es Los Soprano, donde ni un canguro dopado sería capaz de saltarse a un James Gandolfini inmenso en el papel de Tony Soprano (posiblemente sea el personaje más fascinante que ha dado el medio en muchos años, pero ese es otro tema). Tampoco es Breaking Bad, donde un Bryan Cranston que tomó nota muy sabiamente de la interpretación del entrañable monstruo al que diera vida Gandolfini, atraía todas las miradas de un show en el que él era la estrella absoluta.

Esto no quiere decir por supuesto que no puedan gustaros los Jesse Pinkman o Christopher Moltisanti de esta vida. Tampoco que no hayáis llegado a odiar a Tony Soprano o a Walther White, por más que os hayan fascinado con la misma fuerza que os repelieran.

Esto quiere decir, simple y llanamente, que no hay Los Soprano sin Tony Soprano, ni existe Breaking Bad sin Walter White.

Son, sencillamente, fórmulas indisociables. Dinamos vivientes. El corazón de una obra.

Ahora bien: ¿Quién es el protagonista de The Wire?

El lector avezado dirá sin mucha dificultad: “La ciudad de Baltimore”.

Vale; ese ha leído los artículos anteriores. Pero no nos pasemos de metafísicos ahora. Pensemos fríamente en quién podría ser verdaderamente el personaje protagonista de este drama de realidad.

Supongo que algunos, dirán que es Jimmy McNulty.

Bueno, hay algunos indicios que sustentarían esa teoría, como que de hecho tenga el privilegio de abrir y cerrar la serie con dos de las mejores escenas de todo The Wire. Pero si Jimmy es la estrella, ¿cómo puede ser que pase capítulos enteros ausente? ¿Cómo puede quedar relegado durante toda una temporada –la cuarta para más señas- a un mero papel de secundario esporádico?

La respuesta es sencilla: porque The Wire es una serie coral, y McNulty no es más protagonista que Stringer Bell, Omar, Bubbles o Bunny.

The Wire es una serie en la que ningún elemento destaca, y por esos todos lo hacen –destacar– de forma especial. Todo es tan imprescindible como pueda serlo.

En este artículo vamos a intentar, con vuestra confianza por adelantado, un análisis de los personajes más importantes de The Wire. Con esto no quiero decir que vayamos a soltar una ficha de datos y personajes y quedarnos tan panchos, ya que creo que es algo que ya se ha hecho, y muy bien, en otras ocasiones.

Lo que aquí vamos a tratar de hacer es mirar un poco más allá de la máscara, más allá de nombres y descripciones, para entender cómo son realmente estos personajes por dentro, más allá de su edad, trabajo, nombre y situación.

Como podréis ver, no van a estar todos lo que son –es imposible–, pero sí son todos los que están.

Mis más sinceras disculpas (y aquí viene la parte de la ruptura del vínculo entre articulista y lector) si alguno de vuestros personajes favoritos se queda fuera. Pero David Simon tuvo sesenta capítulos y yo solo cinco artículos.

Bodie

Es posible que muchos jamás hubiesen adivinado que íbamos a empezar por aquí, pero hay un motivo de peso. Bodie es Baltimore y Baltimore es Bodie. Bodie es la razón primera por la que esta serie tuvo lugar. Bueno, probablemente no sea el personaje favorito de muchos, pero hay algo tan atractivo, tan profundamente real en él, que me sería imposible pasarlo por alto.

Bodie es cada calle, cada esquina de una ciudad que nunca ha dejado. De una ciudad que no puede sacar de su interior. Es el recorrido narrativo completo y perfecto de un personaje. Es un viejo adagio, el del matón no tan malo como parece, que sabe que su forma de vida acabará matándolo, pero que es incapaz de cambiar. Que solo sabe hacer lo que sabe hacer, porque además es bueno en ello. Es la historia del hombre de a pie, olvidado, apartado. Sin el glamur de String ni la fuerza de Marlo o la corona de Avon. Casi como ese empleado que tras quince años seguidos trabajando en la misma empresa, sigue en el mismo puesto, ganando una miseria de sueldo. Él mismo que sabe que el día que lo despidan, se irá sin honores ni ceremonias, con poco más que su orgullo.

Como sucede con cualquier gran personaje, Bodie está pintado con distintos tonos de gris, y es tan odiado en principio, como comprendido según avanza la serie.

Jim McNulty

Es lo que se conoce como natural police. Un detective hasta la tumba. De los pies a la cabeza. Todo está bien en Jimmy McNulty, lo que está mal es todo lo demás. Es curioso el paralelismo que se crea entre “policías y ladrones”; en la mayoría de los casos, ninguno sería capaz de dedicarse a otra cosa.

McNulty es alguien que se destruye a sí mismo solo porque no puede destruir el sistema. La maldición de una mente afilada que golpea una y otra vez contra un muro de indiferencia y corrupción. Un policía inteligente, astuto, carismático, eficaz y resolutivo. Pero cuanto más feliz es –cuando le dejan hacer lo que mejor hace– más infeliz hace su vida y la de quienes le rodean.

Es curioso que este tipo de personajes siempre tenga una vena autodestructiva con la que son incapaces de lidiar, y que su existencia acabe resumiéndose en un todo o nada de “jodido si lo haces, jodido si no lo haces”. No hay término medio. Todos sabemos, desde el minuto uno, que no hay final tranquilo ni paz para una persona así. Que es algo tan inherente a su personalidad, que tendría más suerte tratando de arrancarse su propia piel. Por suerte para los espectadores y desgracia del detective McNulty.

Stringer Bell

La abolición de un estereotipo con más fuerza que doce años de esclavitud juntos. String es el hombre negro educado, preparado, inteligente, capaz y con una mente privilegiada. Si no hubiera nacido en el gueto podría haber sido presidente, astronauta, lo que hubiera querido.

Domina el negocio de las drogas como podría dominar el de las finanzas (que no se aleja demasiado). Es decidido, firme, y sabe lo que quiere y cómo conseguirlo. Nacido un par de calles más al este, String sería uno de esos hombres que tienen el mundo a sus pies, y puede que realmente tenga su pequeño mundo a sus pies, pero un tipo inteligente y ambicioso como él quiere más que eso. El juego de gangsters que pelean por territorios es poca cosa para un hombre de su calibre.

En la dualidad y conflicto del personaje está precisamente su mayor fuerza: ha llegado hasta aquí, hasta la cima, siendo muy, muy bueno en su trabajo. Potenciando sus virtudes dentro del gueto; dureza, visión, liderazgo. Pero al dar el paso al siguiente nivel, deberá desprenderse precisamente de la seña de identidad que lo aupó donde ahora está. Puede que los negocios de la ciudad no se diferencien en nada de los del gueto, pero sí cambian las reglas. ¿Puede una persona dejar de ser lo que es, o lo que los demás ven en él? Tendremos tiempo de verlo.

No hemos acabado con String ni por asomo, y volveremos a él cuando desvelemos todas las claves de la serie en un próximo artículo.

Omar Little

Omar es el forajido. El outlaw. El ronin. El samurái sin señor. El Robin Hood del barrio. Omar es por méritos propios el personaje favorito de muchos, muchos seguidores de la serie. Oh, y es gay, bastante gay. Un momento; ¿Lo ha dicho de forma gratuita o es esto una característica importante en un personaje? Bueno, no lo sería a priori, pero sí cuando eres Omar. Sí, si tienes que criarte en las calles de Baltimore haciendo lo que él hace. Sí, si quieres ser un hombre de verdad, infundir respeto y miedo, jugarte el pescuezo cada día, y vivir según un código que no se rige por el de nadie más.

Lo cierto es que el personaje está tan vivo, es tan diferente a todo lo visto antes (podía haberse limitado a ser una hipérbole de la molonicidad desmesurada en lugar de ser concebido como un personaje de un trasfondo impresionante), que como otros muchos, atrae la luz colapsando la pantalla del televisor cuando aparece en escena. Un hombre tiene que tener un código. Omar lo tiene. Ha aprendido a aprovecharse de lo malo, robando a los parásitos que el sistema ha creado

¿Hemos terminado con Omar? No, ni mucho menos. Nos queda por ver cómo funciona realmente ese código, y si esa filosofía de vida de robar a los tiburones funciona o no a la larga.

Bubbles

Ah, Bubbles cae bien a todo el mundo, no tiene caso negarlo. De nuevo, otro machaca estereotipos, como Stringer Bell u Omar, a fuerza de una caracterización muy trabajada. La humanidad que desprende Bubbles, su buen corazón (pero bueno no significa sin mácula, ojo), su generosidad y su peligroso estilo de vida, suelen hacerse con el espectador inmediatamente.

Bubbles es un buscavidas, un superviviente. Hay una gran franqueza en el personaje, tanto para sí mismo, como para cómo se desenvuelve con el resto de caracteres. Es quizás fruto de ello que sea uno de los favoritos de la audiencia. No en vano, David Simon pudo sacar mucho de Bubbles en The Corner, la miniserie sobre la drogadicción anterior a The Wire. Pero sea así o no, Bubbles es un personaje pegado al asfalto de Baltimore, un auténtico guerrero de la aguja, un filósofo (útil y no recargado) que encuentra cierta luz hasta en los rincones más oscuros del ser humano.

Scott Templeton

Vale, no te lo esperabas. Pero si antes hablábamos de un personaje al que todos quieren, ahora toca uno al que la mayoría de espectadores odia sin paliativos, y que resulta ser de hecho el lado oscuro de Bubbles u Omar. Scott también es un superviviente. Un buscavidas. Pero uno sin moral o ética. Un hombre que conoce las carencias y necesidades de su medio y se dedica a explotarlas.

Scott es, simplemente, todo lo malo que hay en el periodismo. Egocéntrico, ambicioso, sin escrúpulos ni moral, representa la mirada trepa y oportunista que David Simon nos ofrece en la quinta temporada sobre la que fuera (quizás siempre sea en parte) su profesión. Y su mirada es desoladora. Hay cierta luz, personificada por personajes íntegros como Gus, el editor de locales, pero en general, el negocio de las noticias experimenta un declive tan pronunciado y profundo como el de la policía, el de los políticos, el de la calle. Ya volveremos sobre el tema en el próximo artículo.

William Rawls

Bueno, vamos a hablar de Rawls como podríamos hacerlo de Burrell, Valchek o cualquier otro alto mando de la policía de Baltimore, a excepción del rebelde Bunny Colvin. Rawls es el sádico, indolente, trepa, oportunista, la serpiente sibilina, el bastardo que, quemado por el sistema, se dedica a quemar a los que están a su alrededor. ¿Todo es malo en él? Bueno, no, no todo. Pero lo bueno hace mucho que se secó, y hoy solo queda un lento goteo para demostrarlo.

La forma en que estos personajes, Burrell o Rawls, pasan de querer hacer algún bien, de ser buenos comisarios o subintendentes, de prestar un bien a la sociedad de la que forman parte, a preocuparse simplemente por salvar su culo maquillando estadísticas y jodiendo a buenos policías es algo trágico. ¿Cómo se llega hasta ahí? ¿Hay un proceso lento y constante de degradación? Sin llegar a una temporada seis o siete, probablemente Cedric Daniels tenga mucho que decir al respecto. El poder corrompe, y hasta los mejores son puestos a prueba de manera constante. A veces no hay más remedio que ceder, y hacer lo que está mal para lograr algún bien. Así se empieza. La corrupción, el mal uso del poder, no es una explosión violenta, sino una marea lenta, que muerde y erosiona lentamente a través de los años.

Frank Sobotka

¿Creías que me iba a olvidar de uno de los mejores personajes de la serie? Ah no, ni pensarlo. Puede que tú seas uno de tantos espectadores que sufrieron la ilusión colectiva de una bajada de calidad en la segunda temporada, pero te puedo asegurar que no fue más que eso: una alucinación.

El bueno de Frank es uno de los ejes de la tragedia (griega, claro, aunque él sea polaco) que se cocina lentamente a lo largo de la segunda temporada. Es el corazón del obrero, que alcanzando cierto poder, fluctúa entre ayudar a los suyos y propiciar su destrucción. Una posición delicada, incómoda, y no diferente a la que otros personajes afrontan en distintas ubicaciones de la ciudad. Tendremos tiempo de hablar de Frank en el próximo artículo, cuando analicemos las temporadas una a una. En la segunda, bajo un completo dominio que casi consigue que nos olvidemos del barrio, Frank Sobotka nos ofrece un personaje rudo, simple y a la vez complejo, capaz de transmitir una gran empatía sin ningún tipo de alarde o floritura.

Michael Lee

Bueno, escoger a Michael como evolución de personaje por encima de Dukie, Namond o Randy, tiene una fácil explicación. Mientras los otros chicos que crecen en las calles son víctimas del sistema, de la desatención pavorosa de unos padres nefastos caídos entre las mismas rendijas del sistema por la espada o la aguja, Michael es el elegido para jugar un papel especial en el juego.

El personaje reacciona de forma activa ante ese mundo que le ha quitado tanto y que no deja de presionarle de forma constante. Algunos se rompen y otros se templan, se curten. Funciona además Michael como una estadística ambulante. Entre un total de cuatro chicos, cada uno jugará un papel representativo con su 25% de la realidad del sistema; el yonqui, el ejecutor, el apartado…y quizás, el rescatado. Algunas opciones desde luego se dan con mucha menos frecuencia que las otras, como pudimos ver en la generación inmediatamente posterior que conformaban Wallace, Poot, Bodie y D’Angelo. Pero de nuevo, nos adentraremos en el tema más adelante.

Clay Davis

Pues claro que Clay Davis. ¿Cómo podríamos dejar a un personaje tan secundario y sin embargo memorable? Clay Davis ejemplifica todo lo que va mal en Baltimore, y es quizás el personaje que mejor y más provechosamente juega con el sistema. El hombre que ve una oportunidad y la aprovecha, significando ese aprovecharse precisamente eso; mangar, usurpar, robar y engañar a todos con todo.

Es un animal autóctono creado por el propio sistema, y uno que ha evolucionado maravillosamente hasta convertirse en un ser autosuficiente capaz de escapar de todo con el arte de un prestidigitador. Puede que te cayera tan mal como Scott, pero… ¡shiiiiiiiiiiit! Es tan increíblemente carismático que no creemos que esto sea posible (y si al leer el shit lo has hecho con su voz, deberías avergonzarte…).

De’Londa Brice

No me gusta rellenar cupos, así que no lo voy a hacer. Que escoja a un personaje tan tangencial como De´Londa, siendo además femenino, en lugar de a Kima, Rhonda o Beadie, tiene su razón de ser. Este es posiblemente el personaje femenino más importante de toda la serie, en cuanto a lo que aporta a ella.

Pudimos ver un adelanto ofrecido por Brianna, madre de D´Angelo, pero no con este grado de detalle. De´Londa es un personaje horrible (y brillante) que presiona a su propio hijo para tomar el lugar de su padre en las calles. Convertirse en adulto, ser el hombre de la casa, ser responsable, son eufemismos para satisfacer un tren de vida que cuesta tanto como dolor genera. Son personajes antiguos, retrógrados y limitados como De´Londa los que permiten que el dinero de las drogas y la muerte en las calles pasen de generación en generación. Algo que el confuso Namond experimentará de forma directa.

Bunny Colvin

Lo hemos dicho antes; probablemente, Bunny sea el único alto mando de la policía de Baltimore que se resiste a usar juego sucio en la serie solo para su beneficio personal. Y la alternativa, paradójicamente, significa romper la ley. Algo debe funcionar horriblemente mal en un sistema civilizado cuando la única forma de hacer algo bien es saltarse el sistema en sí (una lección que aprenderán en mayor o menor o medida un personaje tras otro).

Colvin tiene una idea revolucionaria: ¿Y si después de todo el tema de las drogas no es un delito penal sino un problema de sanidad pública? Después de tantos años, el personaje está cansado de usar métodos que solamente contribuyen a que nada cambie. Hay una fuerza muy personal y acertada en el enfoque de Colvin, quizás uno de los personajes más positivos de la serie, que realmente quiere cambiar algo en lugar de buscar el beneficio propio. Que lo consiga o no, ya es otro tema.

Marlo Stanfield

Marlo es el joven león, el relevo generacional, lleno de fuerza, ferocidad y vigor. Implacable, orgulloso e inmisericorde. Marlo quiere llevar la corona por el mero hecho de llevarla, alejándose del espíritu práctico de Stringer Bell o Proposition Joe, asemejándose mucho más a su contrapartida, Avon Barksdale.

El dominio del trío del terror que forman Marlo, Chris y Snoop, consigue lo imposible; desplazar la atención del público de los Barksdale hasta una amenaza mortalmente seria. Es por esto por lo que Marlo resulta tan temible en la mayoría de sus apariciones; el personaje está vacío, las calles son todo lo que tiene y lo único que desea, llegando a darle igual conceptos tan abstractos como los lujos, riquezas o los amores derivados de este poder.

Tommy Carcetti

Su recorrido funciona tan bien como el de Cedric Daniels, al que creo que refleja fielmente en el espectro de la política, viéndose además influenciado cada personaje por la integridad y especial visión que creen vislumbrar el uno en el otro. Pero nada es tan sencillo. El “si yo hiciera las reglas” no funciona con un simple chasquido de dedos. Uno puede saber perfectamente qué es lo que no funciona, pero saber no significa automáticamente arreglar. Para poder llegar a la situación en la que uno tenga el poder de cambiar las cosas, puede que tenga que hacer muchas de esas actividades que critica. Y para cuando tengas el poder de hacer que esos cambios que tan claramente veías antes ocurran, quizás tengas las manos atadas… Por encima de todo, Daniels y Carcetti ejemplifican el viaje de un buen hombre, que quiere ser de ayuda a su comunidad, pero que descubre por el camino que hay cosas que simplemente no pueden ser cambiadas.

Bunk Moreland

Sería una lástima terminar este repaso sin hablar un poco del bueno de Bunk. Posiblemente, internet colapsaría con el número de quejas, amenazas de muerte y e-mails bomba. Sí, Bunk es uno de los mejores personajes de toda la serie (habréis notado que esta frase se usa con frecuencia en The Wire, lo cual solo quiere decir que es muy, muy difícil ser selectivo en una obra en la que todos los personajes compiten entre ellos por la atención del espectador).

Mordaz, divertido, ingenioso y bastante cínico, es un personaje que sabe perfectamente la realidad en la que vive (no es un idealista, como McNulty), pero no deja que ello le influya como para no hacer un buen trabajo policial.

Hace falta una extraña fuerza para saber que hagas lo que hagas no va a cambiar nada realmente, y aún así, esforzarte en hacerlo cada día. Bunk es, junto a McNulty (al que inició en el departamentos de homicidios) y Lester Freamon, probablemente el mejor detective del departamento de policía de Baltimore. Aunque cuando trata de quemar “pruebas” igual se pasa un poco…

Esperamos que esta selección haya sido de vuestro gusto. Seguramente echaréis en falta a muchos de vuestros personajes favoritos, pero creedme, no sois los únicos.

Por suerte tiene fácil solución.

Coged el mando y pulsad el botón de play de nuevo:

Snot Boogie… He liked the name?

The Wire: Partes de un todo 

Todos los grandes temas tienen más de una versión. Cuando algo es verdaderamente bueno, sale a flote una pulsión humana, intrínseca y natural, que nos obliga a asimilarlo dentro de nosotros para producir nuestra propia versión de ello.

Algo similar ocurre con The Wire, una serie divida en cinco series, cinco versiones, distintas, que pueden ser comprendidas de tantas formas como espectadores hay, pero que a la vez están conectadas por el calor de la calle y el peso de la realidad.

Ya hemos hablado de la serie en sí, de sus creadores y de sus personajes, pero ya va siendo hora de abordar sus cinco temporadas al completo, con la misma minuciosidad y renovación que su propia cabecera nos ofrece al inicio de cada capítulo.

Cuando vayas por el jardín, será mejor que cuides tu espalda…

Primera temporada (2 de junio de 2002 – 8 de septiembre de 2002)

¿Qué suena? The Blind Boys of Alabama

¿Dónde? En el barrio

¿Quién baila? El clan de los Barksdale

Estamos en las torres, epicentro del peor barrio de toda la ciudad de Baltimore, desde el que se distribuye buena parte de la droga que inunda las calles de la ciudad. El clan de los Barksdale, con Avon Barksdale a la cabeza y Stringer Bell, su hombre de confianza, como segundo, dirige los negocios de la droga con mano de hierro, defendiendo una posición de respeto ganada hace años, ocultos a plena luz bajo un modus operandi que los hace prácticamente intocables para la policía.

Son los reyes de Baltimore.

Pero un detective en particular está cansado de ver cómo los Barksdale escapan una y otra vez entre las rendijas del sistema. Su nombre es Jimmy McNulty, detective de homicidios, inteligente y capaz, autodestructivo, piedra en el zapato de sus superiores, y alrededor del cual crecerá el mejor equipo táctico que el departamento de policía de Baltimore haya tenido entre sus filas, una vez que McNulty decida saltarse a sus superiores y poner la maquinaria en marcha apuntándola directamente contra los Barksdale.

Este primer acercamiento al universo que David Simon y Ed Burns nos proponen, es el más directo y representativo de lo que la serie en sí misma es, al menos en un comienzo, y fue el que cosechó un público quizá no muy numeroso, pero fiel, que iría creciendo considerablemente con el paso de los años. En esta primera temporada podemos aprender de primera mano todo tipo de artimañas, jurisprudencias y lagunas en el trabajo diario de un policía de Baltimore, con ese tono realista y nada edulcorado que se convertirá en marca de la casa.

Pero si la policía tiene sus propios medios, los chicos listos de la calle también tienen su forma de hacer las cosas.

Esta lucha de fuerzas, de puro ingenio, será la constante de esta primera temporada: con el nuevo equipo policial tratando de ir siempre un paso por delante de los criminales que pretende llevar ante la ley, comprobando una y otra vez que las herramientas del propio sistema no son suficiente con bastante frecuencia. Pero lo más significativo de esta primera temporada, es que en ella encontramos el motor de la serie.

Motor que pese a que se irá diluyendo poco a poco con el tiempo en otras subtramas más complejas, da nombre a The Wire: La escucha. Los teléfonos pinchados, los buscas clonados, los números encriptados, los códigos que siguen los camellos para llamarse unos a otros. Todo está aquí.

El comienzo de The Wire es un universo hermético en sí mismo, fascinado por las nuevas formas de comunicación y seguimiento que irrumpieran en la última década del siglo XX para pegar fuerte a comienzos del XXI. Una nueva tecnología que renovaba las maneras de operar en la calle, dejando obsoleto el antiguo juego, haciendo más complejo el mundo de la droga. Puede sorprender en primera instancia que la irrupción de los buscas o el mero hecho de pinchar el teléfono de un sospechoso pueda dar tanto juego, máxime cuando el espectador ya está acostumbrado a este tipo de cosas.

El público ya no se inmuta si los análisis de ADN se hacen en cinco minutos y resuelven un caso, o si los policías de otras series cuentan con artefactos que años atrás hubieran parecido pura ciencia-ficción. Ya se sabe que la tecnología de hoy es la chatarra del mañana y que su avance es vertiginoso, transformando en apenas unos años lo fascinante y novedoso en rutinario y exento de misterio, pero precisamente por su concisión, por su capacidad para diseccionar un instante, para acotar un periodo de tiempo concreto y ponerle nombre, me aventuraría a decir que dentro de treinta, cuarenta años, los espectadores que están por venir llegarán a The Wire y verán un pedazo del pasado conservado en ámbar, un periodo tan fielmente acotado y representado con tal exactitud, que todos esos hábitos que por su cercanía consideramos normalizados pero no nuevos alcanzarán un nuevo valor en el futuro.

En esta temporada, además de conocer a los McNulty, Greggs, Daniels, Freamon o Rawls, brillarán con especial fuerza los Wallace o D´Angelo, los peces pequeños encargados de ejemplificar la duda dentro del gueto, la esperanza de una nueva vida, un camino distinto al de la generación inmediatamente anterior a ellos.

Esta dicotomía entre sus versiones adultas que representan Stringer y Avon, los cuales crecieron juntos para convertirse hoy en dueños de la calle ya totalmente asimilados por el juego, esta inocencia casi dolorosa en un entorno tan poco dado a la clemencia, jugará una de las principales bazas a lo largo de toda la temporada.

En cualquier caso, la primera temporada cumple sobradamente su objetivo; el de situar al espectador en un punto incómodo más allá de la seguridad habitual, y conseguir que vaya familiarizándose con un entorno que en el mejor de los casos le era vagamente conocido, pero al que nunca se había expuesto.

Como dice Omar al final de la temporada: “It`s all in the game”

Segunda temporada (1 de junio de 2003 – 24 de agosto de 2003)

¿Qué suena? Tom Waits

¿Dónde? En los muelles

¿Quién baila? El sindicato de trabajadores

Si la primera temporada es el barrio, la segunda es la sorpresa, la voz rota de Tom Waits tomando el mando y renovando la serie de arriba abajo con un comienzo brillante.

Creo que pocos imaginaron en su día que la serie pudiera cambiar de forma tan inesperada, magistral, y a la vez completamente natural. El cambio era quizás impopular, mucho más teniendo en cuenta el éxito cosechado, pero tenía todo el sentido del mundo.

Uno pensaría que una vez reunido el equipo perfecto de policías lo normal es que todos siguieran trabajando juntos como grandes amigos y compañeros, resolviendo casos como si de Colombo se tratara, pero eso no hubiera sido realista. Que su trabajo fuera reconocido y tuvieran a todo el departamento comiendo de su mano a partir de entonces, tampoco.

Así se produjo el gran cambio de la serie (por ser el primero y el más radical), cambiando el barrio por los muelles, el negro por el blanco, la droga por la trata de blancas, y a los Barksdale (pese a que seguirán teniendo cierta presencia a lo largo de la temporada) por los Sobotka.

Si en la anterior temporada podíamos ver las contradicciones y dificultades que el propio sistema policial y judicial supone para quienes intentan hacer cumplir la ley, en esta no dejaremos de lado esa perspectiva (ni en lo que queda de serie), pero sí viajaremos a otra parte de la ciudad aquejada del mismo mal. La zona portuaria, agotada y exhausta, tampoco funciona como debiera, y de hecho se desangra lentamente.

La situación de los muelles es explosiva (algo que no nos es ajeno aquí en España, en la provincia de Cádiz por ejemplo, con la problemática de los astilleros), el índice de paro enorme, y la unión de trabajadores, los sindicatos, resultan ser la única defensa de unos hombres y mujeres que apenas sí consiguen salir adelante en una situación de inestabilidad perpetua.

Por supuesto esta defensa, al igual que casi todo en The Wire, dista mucho de ser lo que debería, y en  última instancia acaba en un idealismo corrupto, plagado de buenas intenciones que acaban llevando igualmente al proverbial infierno.

Frank Sobotka es el hombre fuerte de los muelles, un padre preocupado, un trabajador experimentado, una buena persona que intenta hacer lo correcto para los suyos aun recurriendo a prácticas que sabe perfectamente que están mal, horriblemente mal.

De esta permisividad con el mal saldrá el siguiente caso para los chicos de Baltimore, por supuesto por razones equivocadas (el orgullo polaco de Stan Valchek se encarga de ello), pero que acabará derivando en un problema y en una trama mucho mayores, cuando un contenedor repleto de chicas muertas haga su aparición en los muelles.

Para un público amplio, trabajador o de la mítica clase media, es posible que esta sea la temporada más reconocible por las semejanzas y cercanía con un modo de vida concreto, menos “pintoresco” o local, y bastante recurrente, si bien el sector educativo que se encontrará ampliamente representado en la frustración e impotencia de la cuarta temporada también tiene algo que decir al respecto.

Debajo de todo el drama social y de la problemática del empleo y la inoperancia de las altas instancias del gobierno, esta segunda temporada no es sino una tragedia griega que tiene lugar entre grúas y contendores de descarga.

No sabemos cómo se traducirá al griego eso de: “Bussines, always bussines” (y después de todo; ni siquiera es griego), pero es una buena definición para esta segunda temporada.

Tercera temporada (19 de septiembre de 2004 – 19 de diciembre de 2004)

¿Qué suena? The Neville Brothers

¿Dónde? En el ayuntamiento

¿Quién baila? La oficina del alcalde

Llegados a la tercera temporada, va siendo hora de un cambio.

Los Barksdale vuelven a entrar en el juego, un nuevo contendiente, Marlo Stanfield, luchará por las calles de Baltimore una vez desaparecidas las eternas torres de la droga, y el conflicto y las diferencias entre Stringer Bell y Avon alcanzará las más altas cotas de rivalidad con Omar de por medio.

Esta es una temporada de grandes estructuras y contrastes, en la que volvemos a pie de calle al mismo tiempo que tomamos una perspectiva superior que nos permita entender por qué las cosas no funcionan y preguntarnos si los errores que se producen no estarán quizá en la propia idea, en la misma concepción del sistema respecto a su forma de entender la droga, la justicia, la ley.

En esta tercera temporada veremos nacer el concepto de “Hamsterdam”, la arriesgada apuesta de Bunny Colvin, un comandante del distrito oeste que, a punto de retirarse, está cansado de haber dedicado toda una vida al cuerpo de policía sin haber sido capaz de hacer que las cosas cambiasen, por lo que decide que al menos lo intentará una última vez.

Teniendo en cuenta que de sus prácticas de instrucción salió un tipo tan inconforme y contestatario como McNulty, lo que pueda lograr Bunny no es moco de pavo, y su Hamsterdam supondrá una completa revolución a todos los niveles.

Pero además de encontrar por fin un alto mando capaz de sacrificar su posición, su pensión y su propio pellejo en pos de hacer lo correcto, desmarcándose de ese lento acomodo del que altos mandos como Burrell o Rawls son presos, también asistiremos a un cambio político.

Porque el cambio que propone esta tercera temporada debe ser profundo, completo, y realizado desde dentro. No solo en la policía, también en el ayuntamiento. Y el cambio político se llama Tommy Carcetti.

Carcetti es inteligente, ambicioso e idealista. Lleno de nuevas ideas y de una energía inagotable, Tommy Carcetti se enfrentará al alcalde electo, Clarence Royce, por una Baltimore mejor alejada de los juegos de política y del beneficio personal.

Puede que en este punto, todo joven político piense que aquello de los extraños compañeros de cama y del mal menor son solo excusas ideadas por aquellos que recurren al poder para hacer prácticas moralmente cuestionables, pero conforme avance la temporada descubriremos junto a Carcetti cuanto hay exactamente de verdad en torno a esas ideas.

Todavía nos queda un tercer cambio, y ese tiene que ser forzosamente violento.

La trama de los Barksdale llega a su fin con Stringer Bell y Avon más distanciados que nunca, con Marlo ganando poder y respeto en las calles, y con otros jugadores deseosos de cobrar sus cuentas pendientes. Así, lo que se transformó en una tragedia griega en la segunda temporada, tomará visos de drama shakesperiano en este tercera (y atentos a cuando lleguemos a la quinta, que todavía nos queda el dickensiano), con una lucha fratricida abierta y a la vez soterrada, entre dos hermanos unidos por la calle en lugar de por la sangre.

Esta tercera temporada sirve a todas luces como bisagra, como natural ecuador de la serie, cerrando las tramas iniciales a la vez que propone algunas nuevas siempre con la ciudad de Baltimore como fondo, siempre enseñando las mismas lecciones a todos aquellos que se atreven a desafiar a los dioses.

¿Cómo decía Burrel?: “It´s Baltimore, gentleman. The gods will not save you”

Cuarta temporada (10 de septiembre de 2006 – 10 de diciembre de 2006)

¿Qué suena? DoMaJe

¿Dónde? En las escuelas

¿Quién baila? La nueva generación

Hay veces en que todo lo que nos hace falta es una nueva oportunidad para arreglar las cosas. Una segunda oportunidad de hacer las cosas bien, de corregir injusticias y errores pasados, de equilibrar nuestras vidas y las de quienes nos rodean.

Si tuviéramos esa segunda oportunidad en la vida, ¿cometeríamos los mismos errores del pasado?

Esa es el dilema de esta cuarta temporada, en el que volvemos a cambiar de escenario, abandonando el ayuntamiento (que no obstante seguirá presente) por la escuela.

Esa segunda oportunidad de la que hablábamos parece ser siempre encarnada por la próxima generación de jóvenes, por la siguiente camada que viene a enmendar los errores de sus predecesores. Pero, abusando de la retórica, ¿es eso posible? ¿Es posible mejorar la especie teniendo en cuenta que será la misma generación que ha fallado como ser humano la que tendrá que enseñártelo todo?

Así, los guionistas de la serie nos proponen que sigamos el desarrollo de cuatro jóvenes de instituto, cuatro posibilidades, cuatro hijos abandonados a merced de la calle, en la cara oculta de Baltimore, cuatro hogares rotos por padres convertidos en yonquis, cadáveres o asesinos.

Lo que ejemplificaran Randy, Michael, Namond o Dukie, son probabilidades. Probabilidades para salir del juego, para no resultar en una mala versión de sus progenitores si no en algo peor.

El enfoque tiene sentido; ¿Dónde debería atajarse esta conducta? ¿Y si pudiéramos acceder a estos chicos de alguna forma antes de que se corrompieran completamente?

Son preguntas como estas las que responderán Ellis Carver, Roland Pryzbylewski o Bunny Colvin en esta temporada, mientras tratan de moldear la nueva hornada de jugadores, de chicos de la esquina, de drogadictos o asesinos, para alejarlos de las calles y conseguir que la historia no se repita una vez más.

Al mismo tiempo, el héroe favorito de nadie, Jim McNulty, se dará por vencido y tratará de reconducir su vida, sentando la cabeza, retrocediendo a una época más feliz, alejándose de ese trabajo que tan pocas satisfacciones le ha dado pero que le hacía ser quien era.

¿Cómo de duraderos pueden ser los cambios que van contra la naturaleza de lo cambiado?

La respuesta la tienen McNulty, Namond, Michael, Dukie y Randy.

Pero no siempre hay elección: “This is my corner, I´m running nowhere”

Quinta temporada (6 de enero de 2008 – 9 de marzo de 2008)

¿Qué suena? Steve Earle

¿Dónde? En la redacción

¿Para quién? Los periodistas del Baltimore Sun

La última temporada de The Wire trata sobre la opinión pública y el papel que juegan los medios de comunicación en la sociedad. Como dijimos anteriormente, lo que se llama el aspecto “dickensiano” de la noticia, frase acuñada por un determinado tipo de editor que hará que la oigamos más de una vez con una sonrisa en los labios.

Ni siquiera el cuarto poder escapa de la corrupción y la putrefacción que asola otros organismos que operan supuestamente al servicio del bien común. Es más, muchos dirán que el mal endémico que asola la era de la información es tan grave como cualquiera de las deficiencias que The Wire explora en el resto de temporadas en sectores como el de la educación o el de la política, y seguramente no estén equivocados.

El caso es que en esta quinta temporada llegamos al Baltimore Sun, un diario más bien local que es una sombra de lo que fue, donde auspiciados por algunos editores oportunistas de esos que no dejan que la verdad les estropee un buen titular, algunos reporteros harán su particular agosto literaturizando citas y reportajes no precisamente… exactos.

Esta trama surgirá al mismo tiempo que las promesas hechas al departamento de policía por parte del nuevo alcalde quedan en nada, convertidas en intención y humo, suspendiendo las prometidas partidas presupuestarias y el apoyo al departamento, confirmando que el baile será nuevo, pero la música es la de siempre. Cuanto más cambian las cosas, más iguales se vuelven. La solución: si al periodismo parece funcionarle bien eso de inventarse noticias, ¿por qué iba a ser menos el departamento de policía?

Hay tanto blanco como negro en la pintoresca idea que McNulty concibe ayudado por Lester para conseguir fondos para la policía. Una decisión cuestionable, pero eficaz, la de dar importancia al fin por encima del medio usado, haciendo ver de nuevo que la única manera de obtener resultados es saltarse una y otra vez la ley de un sistema establecido que no funciona correctamente.

La guerra que Marlo Stanfield ha desatado en las calles se ha cobrado ya demasiadas bajas después de una larga lista de asesinatos cuyos cadáveres han sido encontrados en las casas desocupadas del barrio, y McNulty está dispuesto a zanjar el tema en esta ocasión de una vez por todas

No será el único personaje que tomará está posición.

Este es el fin del camino para muchos buenos personajes y muchas tramas que han durado algo más de cinco años.

Bubbles, Omar, McNulty… todos tendrán que enfrentarse a las consecuencias de sus actos y vivir, si pueden, con ello.

Al final no hay palabras; solo una última mirada a la ciudad, una media sonrisa de resignación, y una musiquilla familiar mientras el juego comienza una vez más en una ciudad que te devuelve la mirada.

Todo lo bueno se acaba, y así lo hacía después de seis años en antena la serie policial (que era mucho más que una serie policial) de culto por excelencia.

Copyright del artículo © David Hernández Ortega. Reservados todos los derechos.

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David Hernández Ortega

David Hernández Ortega

David Hernández Ortega (Cádiz, 1986), escritor, articulista y filólogo. Vinculado profesionalmente al mundo del cómic y la literatura desde 2012, ha trabajado con las principales editoriales de cómics de España: entre otras, Planeta DeAgostini, ECC Ediciones, Salvat o Panini Comics. En el ámbito universitario ha impartido distintos talleres sobre literatura y cómic, y ganado diversos premios literarios, entre los que destacan el Primer Premio Universitario Andaluz XXII El Drag y el Primer Premio Universitario de la Universidad de Cádiz Biblioteca UCA durante dos años consecutivos. Ha sido publicado en distintas antologías y revistas. Su obra ha sido traducida a varios idiomas, entre otros el inglés, francés o portugués. Es articulista y corrector de Panini Comics desde 2017.