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«The Airship Destroyer» (1909), de Walter R. Booth

Revisamos hace poco el libro La Guerra en el Aire (1908), de H.G. Wells. Pues bien, tan solo un año después la naciente cinematografía inglesa proporcionaba su contrapartida visual.

Las películas de Méliès y Segundo de Chomón giraban alrededor de fantasías extravagantes puestas en escena con llamativos trucos escénicos o fílmicos. Pero aquellas curiosidades tenían los días contados. El público deseaba ver en la pantalla historias más elaboradas y cercanas a ellos, a sus preocupaciones; ahora bien, eso no quiere decir que dieran la espalda a la ficción, simplemente la querían más verosímil. Y desde hacía años, la ficción literaria con más éxito comercial en Inglaterra –ya hemos visto abundantes ejemplos en esta revista– era la de guerras futuras, relatos en los que las islas británicas se veían atacadas por ejércitos invasores de lo más variopintos, las más de las veces provenientes de una cada vez más militarizada Alemania. Aquel interés por las historias de guerras futuras era el reflejo de un temor nacional alimentado por la prensa y algunos sectores públicos a raíz de una situación política europea cada vez más difícil y enredada.

Walter R. Booth se aprovechó de esa moda para rodar esta película, apoyándose en los escenarios imaginados por Wells, en la que se muestra un ataque aéreo sobre Inglaterra llevado a cabo por una flota de zeppelines cargados de bombas. Un inventor rechazado por el padre de su novia, desarrolla un artefacto volador con el que consigue detener la invasión. Al final, claro, el héroe triunfante se lleva a la chica.

Los efectos especiales son muy primitivos y la trama no puede ser más sencilla, pero es por su papel profético por lo que la película aún merece ser mencionada en las antologías de CF: su acierto en la proyección de las aplicaciones y consecuencias de una tecnología, la aeronáutica, nacida tan sólo unos antes. En ella se vaticinaban los ataques de zeppelín que sufriría Gran Bretaña tan solo unos años después, durante la Primera Guerra Mundial; y los aviones sin tripulante, invento que tardaría cien años en hacerse realidad. Como curiosidad mencionemos que durante la Primera Guerra Mundial, un inventor británico llamado Archibald Low, construyera un prototipo de un torpedo aéreo muy similar al que aparece en la película, guiado por ondas de radio. A pesar de que se hicieron muchas pruebas y que la Royal Flying Corps había mostrado su interés, el artefacto no salió adelante.

La película cosechó tanto éxito que no tardaron en surgir otras cintas abundando en el mismo tema de la guerra futura, alimentando a partes iguales el temor y el patriotismo que unos años después empujarían a miles de jóvenes a las oficinas de reclutamiento. La horrenda realidad de la Primera Guerra Mundial y sus batallas mecanizadas borró el interés del público por este tipo de ficciones. Los periódicos ya asustaban lo suficiente.

Mientras tanto, Booth aprovechó la gallina de los huevos de oro rodando otras dos películas sobre el mismo asunto: The Aerial Submarine (1910), de marcado tono infantil, y The Aerial Anarchist (1911), en la que se muestran por primera vez en una pantalla la destrucción de destacados edificios reconocibles por el público, acercando la ficción bélica al entorno cotidiano.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".