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«Spartacus: Sangre y arena» («Spartacus: Blood and Sand», 2010-2013), de Steven S. DeKnight

Espartaco ofrece erotismo, brutalidad y un lenguaje extremos que algunos espectadores podrían hallar objetables. La serie es un retrato histórico de la antigua sociedad romana y la intensidad del contenido pretende sugerir una representación veraz de ese período” (Cartela del episodio 11 de Spartacus: Blood and Sand).

Así de cínicos excusaban los productores de Spartacus un episodio especialmente virulento en ultraviolencia, con cabezas chafadas, fantasiosas decapitaciones y animadas explosiones de sangre animada.

La serie es un caso excepcional de cómo una excrecencia comercial puede convertirse en una obra más memorable que el original del que deriva.

Obviamente, como original no me refiero al Espartaco de Stanley Kubrick, película con la que esta serie apenas tiene algo que ver, salvo el título y la vaga concesión fuenteovejunera de su desenlace.

Spartacus, la serie, es un hijo espúreo de 300, la película meritocrática de Zack Snyder. Y aun concediendo el enorme talento de Snyder para reflejar acción fascistoide CON respiro (la manipulación del ralenti de imagen, el último modelo de regodeo fisicista que Peckinpah no pudo patentar), Spartacus termina por superar el molde original.

La serie alberga toda la calidad visual (y también la chapucería visual) del cine hollywodiense de hoy. La fórmula es sencilla: mariquitas en cueros a mandoble limpio y perras romanas follando a Troche y a Moche.

Sin embargo, lo que en el capítulo 1 no parece más que lo dicho, una exploitation moderadamente afortunada del concepto 300, a partir de los subsiguientes capítulos se va desenvolviendo en torno a una estructura mucho más ambiciosa, donde lo menos objetable es un guión insólitamente sólido. Hay más relleno en episodios de Dos metros bajo tierra que en toda la primera temporada de Spartacus, aun teniendo en cuenta su parquedad escenográfica y su enfoque teatral (apenas dos o tres “localizaciones” fijas, si se pueden llamar así los exteriores conformados sobre pantalla azul).

Además, los responsables de la serie (jamás Sam Raimi había llegado creativamente tan lejos como productor) se acogen a dos ascendentes más que posicionan con inteligencia el estatus estético de Spartacus: al contrario que la melifluidad sensual de 300, la crudeza expositiva de la serie es heredera absoluta de aquella plásticamente audaz y osada, casi revolucionaria Calígula de Tinto Brass.

Por si fuera poco, Spartacus sólo puede entenderse en el contexto de la otra gran serie “romana” de la TV de último cuño: Roma. La producción británico-italiano-estadounidense marcó un antes y un después en un supuesto registro realista a la hora de representar el sexo y la violencia de una época particularmente belicista y brutal. Pero si ya en Roma dichos elementos sorprendían por una claridad gráfica que basculaba entre el naturalismo y la explotación morbosa, en Spartacus, de forma muy inteligente, se exacerban hasta el delirio, transformando su contenido en una apoteosis de carne y sangre.

Andy Whitfield da el tipo como gladiador caucásico, o sea, el héroe. De luminosa delicadeza cercana a la de un Franco Nero y meticulosidad taciturna a lo Charles Bronson, Whitfield cumple –a veces parece un modelo perfecto para protagonizar aquellas coproducciones europeas de los 70 basadas en alguna novela de Vázquez Figueroa–; y encima permite que John Hannah monte su divertido show de raterillo locuaz (eso sí, de sangre británica: aún hay clases), que Lucy Lawless se lance con propiedad a ser la Helen Mirren de los años 10, que Peter Mensah no nos haga añorar a Woody Strode…y que Katrina Law y Lesley-Ann Brandt sean las esclavas más deseadas de la ficción audiovisual.

Empero, lo más sorprendente de Spartacus es su agilidad narrativa y la admirable (¿innecesaria?) solvencia de sus guiones. La historia de amor entre la némesis de Espartaco y la esclava negra (el gogó Manu Bennett y la cervatilla Lesley-Ann Brandt) conjura un nivel emocional insospechado a primera vista; y las dos partes en que se divide estructuralmente la temporada funcionan con progresión dramática casi ininterrumpida.

Eso sí, el festival de sangre dibujada golpeando la cámara y los glandes gladiadores casi… son una bacanal romana para todo espectador sensible.

Junto a Frank Miller y el manga Gantz, nos encontramos probablemente ante el non plus ultra de la ultraviolencia hecha espectáculo. Cuando pienso que cualquier niño o adolescente de cualquier parte del mundo puede acceder a Spartacus con un solo clic de su teclado, me estremezco de gozo anticipado y felicidad: estoy convencido de que esta serie contribuirá a que dentro de veinte años brote una generación de artistas más arrojados, apasionantes y moralmente libres que la nuestra.

Como dicen sus personajes, demos gracias a Jupiter’s cock.

Copyright del artículo © Hernán Migoya. Previamente publicado en Comicsario, un blog para la fenecida editorial Glénat España. Reservados todos los derechos.

Hernán Migoya

Hernán Migoya

Hernán Migoya es novelista, guionista de cómics, periodista y director de cine. Posee una de las carreras más originales y corrosivas del panorama artístico español. Ha obtenido el Premio al Mejor Guión del Salón Internacional del Cómic de Barcelona, y su obra ha sido editada en Estados Unidos, Francia y Alemania. Asimismo, ha colaborado con numerosos medios de la prensa española, como "El Mundo", "Rock de Lux", "Primera Línea", etc. Vive autoexiliado en Perú.
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