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Si David Niven levantara la cabeza…

En diciembre de 2005, tres hombres robaron la obra A reclining figure (Una figura tumbada) (1969-1970), del escultor inglés Henry Moore. En su momento, leí con desolación que el robo se había producido en la propia fundación del artista, en Much Hadham, al norte de Londres. Gran pérdida para el mundo del arte…

La figurilla en cuestión es de bronce y está valorada en cuatro millones y medio de euros. Sorprendente…

Sorprendente porque la «figurilla» en cuestión pesa treinta y ocho toneladas. Vamos, que no entró el ladrón por la puerta y, burlando las cámaras de seguridad, se la metió bajo el abrigo (como si se de un fuet del Mercadona se tratara) y salió del museo por debajo del arco de seguridad sin que éste sonara… ¡¡¡Nooo!!! Los ladrones utilizaron una grúa de gran tamaño para llevarse la pieza en cuestión…

En principio, el detective encargado de investigar el caso, Jon Humphries, de la policía de Hertfordshire, pensó que la pieza había sido desmontada para vender el bronce en China. De ahí que la investigación comenzase, precisamente, por las chatarrerías.

Se está perdiendo la profesionalidad incluso en este negocio. Amigos de lo ajeno más o menos bestias los ha habido siempre. Sin embargo, en el pasado los ladrones de arte eran otra cosa. Y no hablemos de los inmortalizados por el cine: el David Niven de La Pantera rosa y de Raffles, el Pierce Brosnan de El Secreto de Thomas Crown, el Cary Grant de Atrapa a un ladrón o la Catherine Zeta Jones de La Trampa

El profesional del latrocinio artístico tenía que estudiar el terreno, vestirse de negro y convertirse en acróbata la noche de autos. Lo importante no era llevarse el trofeo en cuestión. Lo importante es que ni un solo guardia advirtiera siquiera que una mosca cruzaba la sala del tesoro… Después se entregaba la mercancía al coleccionista en un paraíso fiscal desconocido, y a vivir tranquilamente en Montecarlo o en una isla perdida del Pacífico. Sí señor. Eso era arte.

Hoy en día cualquier gañán va un día al museo, advierte que los guardias pertenecen al sindicato de la ONCE y vuelve a la mañana siguiente con un martillo neumático. ¿Dónde ha quedado aquella frase mítica de Sincronicemos nuestros relojes? ¿Dónde aquellos rayos láser de color rojo con sensores de movimiento en el suelo? ¿Dónde aquel romanticismo del ladrón de guante blanco que sabía más de arte que el propio director del museo…?

Yo siempre quise ser ladrón de obras de arte. Planear minuciosamente el robo del siglo. Convertirme en un tipo culto, aristocrático, burlón y con doble vida. Currarme ese porte atlético que se requería para el ejercicio de la profesión y así de paso entusiasmar a las féminas. Deslizarme en mitad de la noche por paredes imposibles y sortear trampas de todo tipo habiendo estudiado durante semanas las cámaras acorazadas en que se han convertido las salas de un museo… Robar casi por deporte, ya que habitualmente el tipo era rico, y el fruto de mi trabajo nocturno colgarlo en el salón de mi mansión para el disfrute solamente de mis ojos. Hoy leo que todo eso es una quimera…

Nuestra civilización se hunde.

Imagen superior: «Raffles» (1940), de Sam Wood y William Wyler.

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Pedro Luis Barbero

Pedro Luis Barbero

Pedro Luis Barbero es guionista y director de cine y televisión. "Tuno negro" (2001), su primera película, se convirtió en el debut más taquillero de ese año en el nuestro país. Para la pequeña pantalla destaca por haber escrito y dirigido el programa Inocente Inocente con el que consiguió el Premio Ondas, así como diversas series como "Impares" (2008) o "¡Viva Luisa!" (2008). En 2016 rodó el largometraje "El futuro ya no es lo que era".