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Rawls, el paciente liberal

John Rawls cumpliría este año un siglo de vida. Dada la longevidad de tantos notables, podría aún seguir en este mundo que tanto le interesó. Cabe decirlo porque su obra de mayor predicamento Una teoría de la justicia fue obra de un hombre más que maduro, pues data de 1971. El detalle importa por varias razones y no sólo históricas. Rawls necesitó un nutrido currículo para colmar sus más de seisciientas páginas pero, además, invocó una tradición, se manifestó criatura de una historia que registraba por lo menos a Hobbes, Hume, Locke, Kant y Stuart Mill.

Esta serie es paralela otra, la del pensamiento estructuralista francés, abundante en catedráticos a sueldo del Estado pero que eran, a la vez, intelectuales antisistema y solían proclamar una suerte de hora cero teórica para liberar a Occidente de sus cadenas seculares. Desde luego, hacían historia sin saberlo aunque hoy no toque tal tema. Si juntamos algunos datos de contexto podemos incidir en esta radicalidad. Hoy solemos evocar aquellos tiempos como la edad de oro del Estado del Bienestar y una imagen de Europa como pacífica balsa de aceite. Olvidamos citar a ETA, IRA, Rote Armee, Brigate Rosse, Lotta Continua y Baader Meinhof, sin ir más lejos. O sea: radicalismo teórico de un bizantinismo jesuítico muy sorbonario, más radicalismo práctico y explosivo.

Rawls se postulaba claramente como un liberal. Dos peligros lo aguardaban. Una progresía algo arrebatada que prefería a Mao y al último Sartre antes que a Ortega y a Croce, juzgaba al liberalismo clásico una antigualla sospechosa de conservatismo, elegante pero enmascarado. También los partidarios de Thatcher y Reagan se llamaban neoliberales pero, en rigor, participaban de algo que los liberales clásicos cuestionaban: el liberismo, una política económica basada en el individuo como egoísta y productivo, y una competición despiadada que premiaba a los más fuertes, acaso favoritos de una oscura Providencia acechante tras las colunmatas del mercado.

Nuestro escritor eludió ambos riesgos. Hizo la crítica de los dos radicalismos. No hay tiempo cero en nuestro pensamiento, venimos de donde venimos y es mejor que nos enteremos y recibamos la herencia con beneficio de inventario, o sea con autoexamen a distancia. En cuanto a la libertad de mercado sólo es válida si se da junto con la igualdad social, cuando todos los individuos gozan de las mismas libertades pero también de las mismas posibilidades para competir y solicitar lugares con toda justicia. No la hay para Rawls separada de unas libertades repartidas por un igualitario sentido de la equidad. No hay justice sin fairness. Tampoco hay en la sociedad nada de natural y orgánico sino que es un artefacto urdido por una convenio entre seres humanos, que puede reformarse, mejorarse y hasta empeorarse por obra de otro convenio similar.

Estos matices importan por las posibles radiaciones políticas del citado libro. El liberalismo se funda, como toda doctrina política –en el caso, también jurídica– en una entidad mítica. Para el ejemplo liberal, en el sujeto individual como anterior al Estado y dotado de un conjunto de derechos subjetivos que hacen a su vocación social: los derechos humanos. El Estado no puede negarlos sino que ha de instituirlos con las normas adecuadas de modo que sean los derechos y las libertades de todos. No la libertad del genio ni la libertad de la minoría egregia sino la libertad de la sociedad en su conjunto, con sus genios y sus nobles. Es entonces cuando la equidad se torna inseparable de la justicia. También cuando admitimos que las normas jurídicas son, por antelación, normas morales y principios éticos.

Con estos mimbres podemos tejer la cesta de un liberalismo lozano y moderno. Son mimbres escasos tanto en España como en Hispanoamérica, una escasez de familia. A menudo, entre nosotros, liberal –palabra de origen español que significa radicalmente generoso, es decir quien actúa teniendo en cuenta la libertad del otro– se usa con un retintín despectivo cuando no como un insulto. En tales casos, el paciente liberal que es el centenario John Rawls hará lo suyo para poner las cosas en su lugar. Si bien las cosas escasean, los lugares abundan.

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Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")