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«Sharknado» (2013) y sus secuelas

Este largometraje atroz e incoherente, dirigido en 2013 por Anthony C. Ferrante, es una fusión de tiburones, tornados y pésimas interpretaciones. La confianza en el futuro de la narración cinematográfica, así como nuestro entusiasmo como espectadores, pierden algo de fuerza por culpa de este engendro, cuya singularidad solo está justificada por la fama que logró en las redes sociales.

La serie Z, que muchos entusiastas creen haber inventado hace pocos años, tiene una larga trayectoria. Basta leer The Psycotronic Encyclopedia of Film, de Michael Weldon, para comprobar que el cine malo de solemnidad es tan viejo como el séptimo arte. Y si a la incompetencia le sumamos el bajo presupuesto, el cóctel molotov ya está encendido. Así que mucho cuidado con tenerlo demasiado cerca.

Quien avisa no es traidor. Sharknado es una producción de The Asylum, la compañía que habitualmente produce copias lamentables de los grandes éxitos del momento. No se lo recomiendo, pero los más animosos y sobrados de tiempo pueden poner a prueba sus nervios con títulos como Snakes on a Train (2006), Pirates of Treasure Island (2006), Transmorphers (2007), War of the Worlds 2: The Next Wave (2008), The Terminators (2009), Paranormal Entity (2010), Almighty Thor (2011), Abraham Lincoln vs. Zombies (2012) o Atlantic Rim (2013).

De hecho, Sharknado generó en su momento varias secuelas espantosas, donde la broma autoconsciente era la norma: Sharknado 2: El regreso (Sharknado 2: The Second One, 2014), Sharknado 3 (Sharknado 3: Oh Hell No!, 2015), Sharknado: Que la 4ª te acompañe (Sharknado: The 4th Awakens, 2016), Sharknado 5: Aletamiento global (Sharknado 5: Global Swarming, 2017) y El último Sharknado: Ya era hora (The Last Sharknado: It’s About Time, 2018).

En fin… ya pueden hacerse una idea de qué contiene ese catálogo, equivalente cinematográfico de aquellas malas imitaciones de los éxitos veraniegos que hace unos años, cuando uno entraba en cualquier bar de carretera, solían atemorizarnos desde un expositor de cassettes.

Antes de que el trending topic fuera la medida de cualquier éxito, las series B y Z eran un asunto comentado en la intimidad por los habituales de los videoclubs. Por lo general, una cinta tan deleznable como Sharknado solía formar parte de las bromas privadas de los cinéfilos, y la máxima aspiración de sus productores era que, tras recorrer los cines de barrio o los autocines, alguna televisión la programara en un pase de madrugada.

Cualquier aficionado sabía lo que, dentro de ese bazar del cine barato, distinguía una basura como Up from the Dephts (1979), de Cirio H. Santiago, de joyas como El diablo sobre ruedas (Duel, 1971), de Steven Spielberg. En otras palabras: la sorpresa aún era posible, y cabía descubrir una obra maestra en medio del lodazal.

Todo eso ha cambiado. Hoy la mejor serie B depende de las majors, y el cine fantástico de bajísimo presupuesto es, inexorablemente, una calamidad.

Llueve sobre mojado. Por culpa de Quentin Tarantino, toda una generación de blogueros y youtubers se ha acostumbrado a la comida rápida, pero al carecer de referencias –ni se les ocurra preguntarles por Leo McCarey o por Raoul Walsh–, sus opiniones equivalen al gusto de un consumidor de hamburguesas en un restaurante de cinco tenedores. Es decir: intuyen que Sharknado es bazofia, pero la devoran con la fruición que se ha comprobado estos días.

La película que inauguró la saga, emitida por el canal SyFy el 11 de julio de 2013, tiene una ventaja, y es que podemos resumir su trama en un solo párrafo. La acción comienza en el Océano Pacífico. Capea el temporal un pesquero en el que un hispano malencarado, el capitán, se enfrenta con un asiático de malas intenciones a cuenta de varios fajos de billetes. La bronca es breve. Un torbellino lanza varios tiburones sobre la cubierta, y éstos devoran a todos los tripulantes. Tras una transición soleada, digna de Los vigilantes de la playa, conocemos a los protagonistas, un hostelero aficionado al surf, Fin (encarnado por Ian Ziering, cuyo único éxito fue Sensación de vivir), y su amigo Baz (Jaason Simmons). Cuando un tornado siembra de escualos hambrientos todos los rincones de Los Ángeles, los dos amigos, acompañados por la rotunda Nova (Cassie Scerbo), se lanzan al rescate de la esposa de Fin, April (Tara Reid), y de su hija Claudia (Aubry Peeples). Mientras se las ven con tiburones digitales y de plástico, Fin y los demás se encuentran con otro hijo de la pareja, Matt (Chuck Hittinger), que sabe pilotar helicópteros y resulta decisivo a la hora de enfrentarse con esa ventolera feroz.

No les contaré más, porque la gracia y desgracia del film se confirma en el último tramo.

Cosas de la vida: cuando SyFy programó la cinta, su audiencia estuvo por debajo de la media en estos casos. 1,37 millones de espectadores frente a los 1,5 habituales en otras películas de la cadena. En todo caso, un share suficiente para Thomas Vitale, encargado de la programación y producción de películas en Syfy. Nada menos que 24 títulos al año, con un presupuesto medio de millón y medio de dólares, siempre dentro de un concepto acuñado por el equipo de SyFy: films «ridículamente entretenidos».

¿Qué diferenció a Sharknado del resto de la morralla lanzada por Vitale? ¿Por qué se convirtió en un fenómeno? La casualidad quiso que, a través de Twitter, el guionista de LostDamon Lindelof, y el actor Wil Wheaton iniciasen una monumental cadena de comentarios que culminó en el consabido trending topic.

Dicho de otro modo, Sharknado se vio aupada a la fama con la misma celeridad que proliferan en las redes esos vídeos idiotas en los que un cretino hace el salto del ángel sobre una piscina helada, o un bruto destroza una fila de sandías a cabezazos. En internet, el ridículo, la fealdad y el bochorno siempre son más atractivos que la calidad y el talento. Un sociólogo podría entretenerse con esa triste estadística mientras analiza bailes de TikTok.

Si esto no es una epidemia, ya me dirán ustedes. Aprovechando el tirón, el Servicio Nacional de Meteorología estadounidense (el National Weather Service) prolongó en una de sus emisiones la broma de los tiburones lloviendo del cielo. De ahí en adelante, hablar sobre Sharknado se convirtió en una afición masiva, que fue contagiándose al resto de los mortales. Aquel año, pudimos leer comentarios sobre la película hasta en la sección de Política de Business Week. Con eso está casi todo dicho.

Supongo que éste es nuestro destino. Ver el mundo digital convertido en un patio de vecinos, en el que los productos de peor calidad y los personajes más infumables van alimentando nuestra incontenible afición a los desechos culturales.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © SyFy, NBCUniversal. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.