Cualia.es

Ruiseñores

La crítica inglesa lleva siglos tratando de averiguar cuál ruiseñor es el ruiseñor que el poeta Keats menciona en su poema sobre el ruiseñor. En una de sus notas, con paciente erudición, Borges ha examinado la larga lista. El argentino se inclina a cortar el nudo gordiano y decir que ese ruiseñor es un arquetipo platónico, el ruiseñor perfecto que no existe en este mundo engañoso, efímero, sensible y pasajero de nuestras percepciones. En efecto, Platón sitúa los arquetipos más allá del sistema solar, en el orbe transuraniano. Lo cierto es que los arquetipos no afectan a nuestros sentidos, por lo que Keats no vio ni oyó a ningún ruiseñor sino que simplemente ‒¿simplemente?‒ optó por mencionarlo.

Es esta palabra, ruiseñor, la que abre el espacio de la perplejidad. Acaso –me permito urdir– Keats evocó la emoción que le produjo el canto del ilustre pajarito, una noche incomparable de su vida. Debemos conjeturarlo, ya que las emociones de Keats como las de cualquier mortal nos son inaccesibles, salvo las propias a cada quien. Dejando de lado las conjeturas, las lecturas admiten, al menos, dos vertientes. Por seguir a Borges que sigue a Coleridge que sigue a Etcétera, digamos que los hombres nacen aristotélicos o platónicos, es decir, simplificando: realistas o idealistas. O, mejor: sustancialistas o simbolistas. Ahí queda eso.

En la primera categoría sitúo esta conclusión: los ruiseñores tienen sustancia, forma, esencia y accidentes, como todas las cosas. Por ello, ya había ruiseñores antes de que los hombres inventaran la palabra ruiseñor, con todas las variantes prodigadas por Babel. Y seguirá habiendo ruiseñores cuando nuestra especia haya desaparecido y ya nadie se conmueva con su canto nocturno. En la segunda categoría pongo la conclusión contraria: es la palabra ruiseñor la que dota de realidad conceptual –no hay otra– al animalito que canta de noche en esos bosques tan citados y maniobrados y abusivos de los poetas perezosos. Si no existiera la palabra ruiseñor, estrictamente no habría ruiseñores. Parece perogrullesco pero así de poderosa y desconcertante es la palabra, que usamos a diario y nos sale respondona.

Schopenhauer sería más pragmático, a pesar de sí mismo. Diría que el ruiseñor de Keats es igual a cualquier otro ruiseñor, porque en el reino animal como en el vegetal, cada bicho y cada planta es mero ejemplar de una especie. Con ello consagramos la inmortalidad del ruiseñor. A ruiseñor muerto, ruiseñor puesto. ¿Y el animal humano que nombra a los ruiseñores y a los hombres? Corrijo: ¿a los hombres y a las mujeres? La variante que hace de los humanos unos animales nombradores, es la que esencialmente los caracteriza. Nos caracteriza, por mejor decir. No es cada uno de nosotros sólo un ejemplar de la especie humana, porque sabe que lo es. Por eso somos  tan preciosos, cada quien para cada quien. Nadie pudo nacer en tu lugar, ni vivir en tu lugar ni morir cuando te toque en tu lugar. No eres ni soy un mero ejemplar de nuestra especie. Eres y soy individuo. Aunque en las estadísticas seamos anónimos números. Por ejemplo: los muertos en una pandemia, una guerra, una escena de violencia sexuada, un sismo o un naufragio. El número, la máscara de nuestros destinos.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")