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A propósito de Harry Dickson

Podría decirse que el caso de Harry Dickson es único en la historia de la literatura, no ya popular, si no en todo su espectro. Originalmente, nació como pura carne de explotación por partida doble, tanto de Nick Carter como de Sherlock Holmes, aunque imitase en casi todo al primero y sólo tomase el nombre del segundo. No obstante, el destino quiso que, con el tiempo, cayese en manos del belga Jean Ray. O viceversa, el destino quiso que Ray se topase con Harry Dickson.

Sea como fuese, Ray dotó al personaje de una entidad y personalidad propia y supo imprimir a sus historias un estilo característico. Las poco más de cien entregas realizadas por Ray sirvieron para eso y más, ya que un cuarto de siglo después de que finalizasen sus aventuras, el personaje fue rescatado del olvido y su autor reivindicado gracias a la devoción esos adultos que antaño lo leyeron siendo niños, adolescentes o jóvenes. Desde entonces, no solo no ha dejado de haber reediciones periódicas de sus aventuras, sino que ha dado pie a nuevos pastiches y homenajes, y asimismo, a más derivados comerciales. De hecho, a punto estuvo de llegar al cine, aunque el proyecto no llegó a buen puerto. Así pues, sirvan estas líneas como un homenaje a Harry Dickson y Jean Ray.

Érase una vez en Alemania

Entre 1905 y 1914, la década previa al estallido de la Primera Guerra Mundial, Alemania vivió la edad de oro de los Heftroman o Groschenroman, expresiones de la literatura popular equivalentes en alemán a las dime novel o novelas de a duro. En esa época gloriosa, llegaron a convivir en los quioscos casi un centenar de estas publicaciones. Ese panorama editorial fue dominado por tres sellos hegemónicos: Verlag für Volksliteratur und Kunst, Verlag für moderne Lektüre, ambas radicadas en Berlín, y Dresdner Roman Verlag, de Dresde.

El «culpable» de todo esto fue el editor A. Eichler, quien regresó a Alemania en 1903, tras trabajar en la industria editorial estadounidense, para montar una editorial en su Dresde natal. No obstante, según el catálogo de la muestra Epop. Popular Roots of European Culture (Lovaina la Nueva-Pescara, 2010) montó una librería en París en 1903 y comenzó su andanza editorial en Francia, antes que en Alemania. Sea como fuere, lo cierto es que, durante su periodo de máximo éxito, la editorial tuvo sucursales en Francia y otros países europeos.

La figura de Eichler está envuelta en la bruma. En la diversa bibliografía consultada no queda claro si su nombre de pila fue Adolf o Alwin, y para añadir mayor confusión, hay quien conjetura (1) que ciertos pasajes biográficos podrían deberse a la amalgama de dos personas diferentes. Entre otros, se le atribuye una complicada relación profesional con el escritor Karl May o se fija la fecha de su muerte en 1912, cuando optó por el suicidio, al parecer, impulsado por la ruina económica.

En todo caso, bajo el brazo traía los derechos de la dime novel estadounidense Buffalo Bill Stories (Street & Smith), convencido de poder duplicar en tierras teutonas el éxito del personaje, lo que logró de forma casi inmediata tras el debut de la serie en 1905. Una de las claves fue que Alemania era un terreno fértil para publicar las aventuras ficticias de William F. Cody, ya que la fervorosa pasión de los alemanes por el salvaje oeste y la “frontera” se remontaba a casi un siglo atrás (2).

Eichler volvió a la carga en 1906, cambiando la frontera del salvaje oeste por la Nueva York de fin de siglo azotada por el crimen, con la publicación de Nick Carter – Amerika`s grösster Detectiv (Nick Carter, el más grande de los detectives americanos), traducción de otra dime novel estadounidense. Creado en 1886, un año antes que Sherlock Holmes, y heredero de la tradición de personajes como Old Sleuth u Old King Brady, Carter es un personaje más dado a la acción que a la deducción, partidario del uso preferente del revólver y los puños frente al intelecto.

El éxito de Nick Carter fue arrollador, superando con creces las ventas de la colección de Buffalo Bill, hecho que, obviamente, no pasó desapercibido a las editoriales competidoras. Decía el poeta Charles Caleb Colton que la imitación es la forma más sincera de adulación. Traducido al lenguaje pragmático de un editor, deviene en algo así como «si algo funciona, cópialo».

Así, la competencia pronto tuvo listas sendas cabeceras a imagen y semejanza de las aventuras de Carter. En 1907, Dresdner Roman Verlag lanzó Nat Pinkerton, der König der Detectivs (Nat Pinkerton, el rey de los detectives), que superó en ventas a Nick Carter y donde se narraba la lucha contra el delito de otro eminente detective americano, que alcanzaría la friolera de 476 entregas publicadas. Supuestamente, esta serie se inspiraba en los casos y memorias de Allan Pinkerton, cabeza del servicio de inteligencia de la Unión durante la Guerra de Secesión estadounidense y creador de la Pinkerton National Detective Agency.

Por su parte, el sello berlinés Verlag für Volksliteratur und Kunst (VfVuK, a partir de ahora) comenzó el mismo año la publicación de Detectiv Sherlock Holmes und seine weltberühmten Abenteuer (El detective Sherlock Holmes y sus mundialmente famosas aventuras) en la que nos centraremos.

Gérard Dôle (3) y Hervé Louinet (4) discrepan sobre si fue el 16 o el 17 de enero de 1907 cuando el primer número la serie llegó a los quioscos. Al margen de esta cuestión baladí, dicha serie acabaría alcanzando las doscientas treinta entregas cuando finalizó, el 8 de junio de 1911.

No obstante, a partir del número 12 (del número 11, según Dôle), la editorial se vio obligada a cambiar el título por el de Aus dem Geheimakten des Welt-Detektivs (De los archivos secretos del mejor detective del mundo, aproximadamente), debido al fallo legal resultante de las acciones judiciales emprendidas en su contra por la editorial Lutz Verlag de Stuttgart. Tal denominación llegaría hasta el número 174 y, del 175 al postrero 230, pasó a denominarse l Aus den Geheimakten des Welt-Detektivs. Kriminal-Wochenschrift, según Dôle.

Respecto a esto último, hay versiones contradictorias. Según el artículo Story of Sherlock Holmes Dime Novel (5), esta última fue una serie publicada por el sello Gustav Müller entre 1912 y 1914 y que reeditó los 230 números originales. Hasta 1907, Arthur Conan Doyle había publicado tres novelas y 37 relatos protagonizados por Sherlock Holmes; y Lutz Verlag era el sello poseedor de los derechos de edición en Alemania, desde 1894, de las obras de Doyle. Al conocer la existencia de la colección, el editor Robert Lutz emprendió las mencionadas acciones legales contra Verlag für Volksliteratur, por el uso ilegítimo del personaje.

El fallo del tribunal, no por rápido, fue menos sorprendente: autorizaba el uso de Sherlock Holmes por parte de VfVuK, pero prohibía a la editorial exhibir el nombre del personaje en las portadas de la serie, utilizar al Dr. Watson o publicar historias escritas por Arthur Conan Doyle (6).

Detectiv Sherlock Holmes und seine weltberühmten Abenteuer, en cualquiera de sus encarnaciones, jamás publicó material del genuino Sherlock Holmes. Es más, salvo por el nombre del personaje, el Holmes auténtico, el de Doyle, es irreconocible en su trasunto alemán.

Estas palabras de Alberto López Aroca (7) sintetizan a la perfección la personalidad del personaje y el tono de sus aventuras: «Hubo un tiempo en el que Sherlock Holmes llevaba su pistola a todas partes y andaba por ahí con un joven llamado Harry Taxon. El doctor Watson había abandonado al maestro por una de sus múltiples mujeres y Holmes había dejado Baker Street y a la señora Hudson y ahora vivía en un lugar más lujoso, (…) su carácter no era el de siempre ni sus deducciones eran tan ingeniosas y precisas como las de antaño. (…) prefería esconderse tras la cortina u ocultarse en un barril para escuchar la conversación de la banda de piratas de turno y aparecer por sorpresa, pistola y cachiporra en ristre, diciendo aquello de “¡Soy Sherlock Holmes; están ustedes detenidos! (…) Un editor y un escritor habían logrado lo que ni el doctor Roylott, ni el profesor Moriarty, (…) habían podido hacer: convertir al primer detective consultor del mundo en maniqueo, romo y estereotipado personaje del montón».

Así pues, ¿quién pergeñó las historias del Holmes apócrifo? Como era habitual en las Groschenroman y antes, en las dime novels y otras formas previas de literatura popular, las editoriales tenían equipos de redactores que se encargaban de suministrar la materia prima de sus publicaciones. Trabajaban por encargo y se amparaban en un seudónimo colectivo, véanse los casos de Kenneth Robeson o Maxwell Grant en las revistas pulp, o no estaban acreditados, como es el caso del Holmes apócrifo y muchas de las series coetáneas.

Bernhardt Butsch (8), hijo de F. Butsch, editor de VfVuK, recordaba a Kurt Matull (1872- ¿1930?) como uno de los ghost writers, en una entrevista concedida a Gérard Dôle. Autentico escritor todoterreno, Matull cultivó géneros literarios de lo más variopintos, como los libretos de operetas, y se dedicó al cine a mediados de la década de 1910.

También se tiene constancia de la contribución de Matull a otras series, como Nick Carter o Lord Lister, versión apócrifa de Raffles, el ladrón de guante blanco creado por E. W. Hornung, cuñado de Doyle.

En el artículo A cultural new deal : the expansion of a common market for fiction in early European media culture (1840-1940), su autor, Jacques Migozzi, afirma que Kurt Matull fue el autor de la primera y última del centenar de entregas de Giuseppe Petrosino, il Sherlock Holmes d’Italia, versión italiana de Aus den Geheimakten des Welt-Detektivs. Kriminal-Wochenschrift. También sostiene Migozzi que ambas fueron escritas ex profeso para la edición italiana, con el personaje de Petrosino en mente, siendo las 98 restantes traducciones directas de la edición alemana.

Por su parte, Yves Varende (9) identificaba a otro autor como Theo von Blankensee, uno de los diversos seudónimos de Matthias Blank (1881-1928), quien utilizaba este nom de plume para Lord Lister, Luther Frank y otros Groschenroman, reservando su nombre auténtico para empresas literarias más elevadas.

Mención aparte merece el apartado gráfico de la serie. No sólo había que atraer la atención del comprador con títulos dramáticos. También había que seducirlo visualmente. Los ilustradores, al igual que los escritores, tampoco estaban acreditados. Es más, el atento escrutinio las ilustraciones no arroja trazas de una firma por lado alguno.

En nuestro caso, se ha identificado al ilustrador Alfred Roloff (1879-1951) como uno de los autores de las portadas de la serie, a quien se atribuyen las del número 1 al 125, según Dôle (10), de las 230 totales. A partir del 126, se aprecia un notable descenso en la calidad de la ilustración y palpables diferencias de estilo frente a las de Roloff.

Hasta la fecha, nadie ha sido capaz de identificar a ningún autor más. Como dato puramente completista, en los comentarios de un post dedicado al personaje en el blog «El desván del abuelito», uno de los comentaristas, autor del blog «Pulpnivoria», atribuía la autoría de las cubiertas a un tal Rodar Tsuli, supuesto autor de «ascendencia turca y afincación (sic) Berlinesa», sobre quien no hemos encontrado mención alguna en sitio alguno.

Alfred Roloff fue un artista de formación clásica que, fuera de los terrenos de la literatura popular, es reconocido por sus obras dedicadas al mundo animal, en especial, sus pinturas de caballos.

Dentro de la industria, habría que clasificarle como un autor bastante prolífico. Al más del centenar de cubiertas de Sherlock Holmes ya mencionadas, habría que añadir, entre otras, las 270 de la colección protagonizada por Texas Jack, serie nacida al calor del éxito de Buffalo Bill, y las 110 del jefe indio Sitting Bull. Respecto a este último, en diversas conversaciones personales con Alberto López Aroca, este ya manifestó la evidente similitud de rasgos entre el jefe sioux y el detective.

No nos extenderemos más sobre el éxito del personaje en el continente europeo y más allá, o sobre las diversas reediciones de las que disfrutó la serie en años posteriores. Acabaré con una reflexión, de nuevo, de López Aroca: en muchos lugares del mundo, fuera del orbe anglosajón, la imagen de Sherlock Holmes existente en el imaginario popular era la de la versión apócrifa alemana y no la de la genuina creación de Arthur Conan Doyle.

Delicias holandesas

El mundo supo por primera vez de Harry Dickson el 1 de diciembre de 1927, cuando se puso a la venta en Holanda la primera entrega de Harry Dickson, de Amerikaansche Sherlock Holmes, serie que alcanzó un total de 180 entregas, hasta su conclusión en 1935.

Publicada por la editorial Roman-Boek-en-Kunsthandel de Amsterdam, la colección se nutría de material original de Aus dem Geheimakten des Welt-Detektivs, traducido al holandés, con la novedad de que se había rebautizado a los protagonistas: Sherlock Holmes se había convertido en Harry Dickson y Harry Taxon, su ayudante, en Tom Wills.

Mucho se ha especulado sobre el motivo y origen de este cambio de denominación: si se inspiró en un serial cinematográfico titulado Les aventures d’Harry Dickson (1913) o en el detective Allan Dickson, creado por Arnould Galoupin (11) en 1906, por citar sólo un par de teorías.

En mi opinión, la explicación es mucho menos rebuscada: el nombre de Harry Dickson está inspirado en el de Harry Taxon. Además de las similitudes fonéticas entre ambos apellidos, se da la circunstancia de que, por esas mismas fechas, en Alemania VfVuK está reeditando Aus dem Geheimakten…, en una nueva colección titulada Harry Taxon und sein meister, que alcanzó las 97 entregas entre 1925 y 1930, título que comparte ciertas similitudes con el holandés.

Al margen de la causa de tal hecho, lo más probable fuese que el cambio de nombres obedeciera a que el editor quisiera evitar problemas legales, como los que F. Butsch había tenido en 1907, con Arthur Conan Doyle, quien en junio de ese mismo año había publicado The case-book of Sherlock Holmes.

Imaginamos que la serie llegaría al público de lengua flamenca de Bélgica. No obstante, en enero de 1929 comenzó la publicación de la serie en lengua francesa, para alcanzar el mercado francófono belga y el de la propia Francia. Su título: Harry Dickson, le Sherlock Holmes americain. Dicha cabecera alcanzaría las 178 entregas, finalizando en abril de 1938.

En Bélgica fue distribuida por Maison Hip Jannsens, empresa sita en la ciudad belga de Gante y que se encargó de gestionar las traducciones, y en Francia por Messageries Hachette. En 1930, Jannsens contrató a un nuevo traductor, Raymond Jean Marie de Kremer, más conocido por el seudónimo que utilizaba cuando escribía en lengua francesa: Jean Ray.

Y es en este punto donde comienza la leyenda.

Un pirata de sangre cherokee en la rum-row

Raymond Jean Marie de Kremer (1887-1964) vino al mundo en Gante y, ya en su adolescencia, hizo sus primeros pinitos literarios. Aunque en 1910 comenzó su carrera como empleado municipal en la administración local gantesa, mantuvo en paralelo la literaria, ya sea en el terreno de la ficción, la poesía, el periodismo e, incluso, la composición musical.

En 1919, abandonó este empleo para incorporarse a la agencia de cambio y bolsa de Auguste Van den Bogaerde, relación que tuvo un impacto profundo en el futuro de Ray. A la vez, cobró más importancia su participación y su posición en la vida cultural belga, tanto francófona como flamenca.

De este periodo datan los relatos que en 1925 aparecieron recopilados en la antología Les Contes du Whisky (Los cuentos del whisky), que le proporcionó su primer y modesto éxito literario.

Poco pudo saborear estas mieles, ya que en 1926 se vio involucrado en un escándalo judicial: la firma Van den Bogaerde fue acusada de un desfalco de fondos, desviados e invertidos en oscuras empresas, tales como el tráfico de alcohol con destino a Estados Unidos, donde en la época regía la “ley seca”, y el tráfico de armas. Su implicación le supuso ser condenado a seis años de prisión, aunque obtuvo la libertad en 1929.

Años después, quizá por construir el personaje de Jean Ray, más allá de la persona de Raymond Jean de Kremer, o en un intento de blanquear ese periodo de su biografía, se inventó un pasado de pirata y contrabandista de licor, adornándolo con detalles pintorescos, como que por sus venas corría sangre cherokee, herencia de una de sus abuelas.

Es común leer que Ray quedó condenado al ostracismo tras cumplir condena, hecho que le pasó una factura muy alta a su reputación social y literaria; y se suele calificar su trabajo como traductor, y posterior redactor, de la serie Harry Dickson como puramente alimenticio, una cuestión de supervivencia. Puede que esto sea parcialmente cierto, pero asombra ver el gran volumen de trabajo y la cantidad de medios y publicaciones en los publicó y colaboró en la década de 1930. Sin ir más lejos, entre 1934 y 1935, aparecieron cuatro de sus relatos en la mítica revista estadounidense Weird Tales, firmados con otro de sus principales seudónimos: John Flanders.

Harry Dickson de Bakerstreet

Gracias a la investigación de André Verbrugghen (12), sabemos que el primer número traducido por Ray fue el 20, publicado en 1930.

En 1959, Ray marcó las entregas que recordaba haber escrito en el listado de títulos publicados en un ejemplar del número 178 (abril 1938), Usines de mort (Fábricas de muerte, en la edición española de Júcar) el último de la serie. Se adjudicó un total de 106 títulos y marcó entre signos de interrogación siete más, de los que no estaba seguro.

Entre el testimonio de Ray y sus propias pesquisas, que incluyeron el cotejo de ejemplares de las ediciones holandesa, francesa y la original alemana de Aus dem Geheimakten…, Verbrugghen estableció la relación, generalmente aceptada, de los títulos en los que Ray participó y en calidad de qué lo hizo: tradujo, en algunos casos con algún cambio menor, los números del 20 al 62, los 63 y 64 son una mezcla de partes traducidas y otras escritas por el propio Ray y, a partir del 65 y hasta el 178, son textos originales, íntegramente escritos por el gantés, con la excepción de once entregas de relleno, que procedían de Les Dossiers secrets du roi des détectives (1907, la edición francesa de Aus dem Geheimakten...

Pese a que se desconoce la identidad de quien o quienes tradujeron los números uno al diecinueve, algunas fuentes (13) adjudican al novelista Gustave Le Rouge la autoría de algunas de ellas; en concreto, las entregas 18, 19, 21, 22, 26 y 27, en las que aparece el Dr. Flax, uno de los villanos más recurrentes de la serie.

Salvo esta información, que no va acompañada de dato alguno que la avale, no he encontrado pruebas que la sustenten. De hecho, resulta harto improbable, ya que, al consultar la biografía de Le Rouge, no hay indicios de que siquiera dominase el holandés.

No obstante, existe un artículo de Jacques Van Herpe (14) sobre Ray en el que se menciona a Le Rouge, que, además de ser, en mi opinión, el origen del asunto, lo refuta. El texto en cuestión data de 1965 y habla de la obra de Ray, en general, y de Dickson en particular. En un momento dado, menciona la saga de Flax y a su anónimo traductor y expresa el anhelo de que pudiera haber sido Le Rouge. Algo así como, «que bien hubiera estado que los números de Flax fueran de Le Rouge«.

Otro dato que repite y que solo es parcialmente cierto, es que Ray incluía en la narración la escena que ilustraba la portada de turno y respetaba el título original (15). Si bien, lo primero es cierto, Ray no respetaba los títulos de los originales holandeses. Tomemos por ejemplo el fascículo nº 90, Le Mystêre de la Forêt; no es la traducción al francés del título del fascículo holandés que le da origen: Advertentie Nº T. S. 8517. (Anuncio nº T.S: 8517, aproximadamente)

Como antes he mencionado, Ray brinda a Harry Dickson una personalidad propia, que lo convertirán en un personaje con una profundidad a años luz de la del Holmes apócrifo.

Dickson se mueve en un universo de crímenes extraños que, a menudo, parecen tener su origen en lo sobrenatural, cruzando la frontera del género policiaco y estableciéndose en los parajes del de horror. Esto le ha valido la calificación de detective de lo oculto (16), aunque dista mucho de parecerse a personajes como Carnacki o John Silence.

Pese a que casi en la totalidad de las ocasiones, el carácter sobrenatural de sus casos resulta ser una añagaza del villano de turno, es cierto que algunos de ellos se cierran con un resultado ambiguo; ya sean espantosas metamorfosis que pudieran obedecer a una posesión sobrenatural o a un alucinante desdoblamiento mental o la aparición de criaturas que pudieran ser entidades preternaturales o monstruos, en el sentido más amplio del término. Le pido disculpas al lector por no hacer referencia a ningún título concreto, pero no deseo desvelar ningún posible giro de la trama y privarle del placer de la lectura.

Respecto al horror, no quiero dejar pasar la pátina gran guiñolesca que Ray imprimió a la serie. Ignoro si asistió a alguna función del parisino Théâtre du Grand-Guignol, en el que los espectáculos representados ofrecían grandes dosis de gore, torturas y muertes violentas, acompañados de unos realistas y explícitos efectos especiales. Así, la serie es pródiga en muertes crueles, descritos con relativas dosis de grafismo. Bien es cierto que esto ya sucedía en los días de los penny dreadfuls, pero no encuentro descabellado algún nexo o influencia. Más, si se tiene en cuenta que el periodo de entre guerras fue el de máximo esplendor del local, y que coincide con la fecha de publicación de la serie.

De lo que tampoco se privó Ray fue de introducir tramas o elementos de ciencia ficción de lo más variopinto. Por sus páginas han desfilado horribles híbridos humanos, fruto de transformaciones químicas o los experimentos más bizarros, razas perdidas, distintos tipos de robots, en algún caso indistinguibles de los seres humanos, homúnculos o aeronaves fantásticas, por citar sólo unos cuantos.

Además, Ray adereza las historias con pequeñas dosis de humor, unas veces a costa de Tom Wills, eterno jovenzuelo a lo largo de la serie, y otras, a cargo de una galería de personajes extravagantes, que van desde hidalgos que vieron tiempos mejores, a pequeños burgueses con ínfulas o envarados funcionarios.

No se suele comentar la faceta de gourmet de Dickson y su gusto por la buena mesa, el tabaco y los licores: rara es la novela en que no se incluye alguna escena de comidas, cenas, banquetes, etc.; y menciones a viandas, espirituosos y variedades de tabacos y sus diversas presentaciones.

Cabe señalar también la querencia de Ray por el terruño. El autor no elude las referencias a Holanda o Flandes, así como a sus gentes y frutos, en medio de esa ambientación británica un tanto de cartón piedra. Una Gran Bretaña y un Londres descritos a golpe de tópico y vaguedad, con una prosa en la que no escatima macarrónicos giros en lengua inglesa. Esos Bakerstreet, my boy, etc., quedarán para la posteridad.

Ray se siente más cómodo en ambientes rurales, donde parece haberse detenido el paso del tiempo; pequeños villorrios de la geografía británica, en cualquiera y ninguna parte.

Tras la aparición del número 178 no hubo un 179, pese a Ray llegó a redactar unas líneas del episodio abortado, que llevaría por título Le polichinelle d’acier (El polichinela de acero) (17).

Pese a que Harry Dickson quedó en el limbo hasta que, a principio de la década de 1960, autores como Henri Vernes, creador de Bob Morane, y Jean-Baptiste Baronian reivindicaron al personaje y se inició un ciclo de reediciones periódicas que llega hasta la actualidad. Sin embargo, Ray aún tenía alguna bala en la recamara: escribió tres aventuras de Harry Dickson en lengua flamenca, a diferencia de la serie principal, que como hemos mencionado, estaba escrita en lengua francesa. De diversa extensión, aparecieron entre 1936 y 1937 en la revista juvenil Ons Land : De behekste gieljotiene, De geheimzinnige achterblijver y De spook aap (18).

Además de estas historias, fijemos nuestra atención en el personaje de Edmund Bell, cuyas aventuras aparecieron en la revista Bravo entre 1937 y 1938. Se trata de doce narraciones de tono juvenil, de diversa extensión, escritas por Ray y que recogen las andanzas de un detective adolescente, en Gran Bretaña a finales del siglo XIX. Se trata de un personaje que por personalidad, espíritu, la combinación de relato policiaco y fantástico, etc., podría ser ¡el mismísimo Harry Dickson! De hecho, gracias a los pocos datos biográficos de Dickson que Ray esparció a lo largo de las 178 entregas, esta posibilidad es perfectamente plausible.

Después de Harry Dickson

Ray vivió su mayor periodo de esplendor literario en la década de 1940, cuando publicó lo más selecto de su producción: Le Grand nocturne (1942), Les Derniers contes de Canterbury (1944) o su obra maestra, Malpertuis (1943) (19), sólo por citar unas cuantas obras.

Su figura ganó reconocimiento. Recibió diversos galardones en los últimos años de su vida y estuvo a punto de ver cómo Alain Resnais llevaba a la gran pantalla a Harry Dickson, pero el proyecto no cuajó.

Jean Ray, alias John Flanders, King Ray, Tiger Jack, John Sailor, etc, etc., falleció en su Gante natal el 17 de septiembre de 1964.

Después vendrían los pastiches de Gérad Dôle, Brice Tarvel, Robert Darvel y muchos otros, diversas adaptaciones al cómic, parodias como Harry Mickson, pastiches en formato álbum de cómics como Carland Cross, etc., historias que dan para llenar otro artículo por si solas.

Notas

(1) Van Ham, Charlotte/Timmermans, Leonie Ida. Bereden Scherpschutters and rifle rangers: cultural translations of Buffalo Bill in Europe. Utrech  University, 2015.

(2) Véase al respecto «I like America», VV.AA, Prestel Verlag, 2006.

(3) Dôle, Gerard. Prólogo de Harry Dickson. Professeur flax, monstre humain, 1. Corps 9, 1983

(4) En jeanraynoosfere.org/dickson/hdstory/htm

(5) En Propaganda (collector.pp.fi/TESTi/holmes_dimes.htm)

(6) Ritzheimer, Kara, Trash, censorship and national identity in early 20th century Germany. Cambridge University Press, 2016.

(7) López Aroca, Alberto. Sherlock Holmes en España. Academia de mitografía creativa Jules Verne de Albacete, 2014.

(8) Dôle, 1983.

(9) Prólogo de Yves Varende. Lord Lister, le mysteriux inconnu, integrale 1. Lefrancg, 1995.

(10) Dole 1983.

(11) Véase al respecto el prólogo de Alberto López Aroca a El hombre del traje gris. Los primeros encuentros de Sherlock Holmes y Jack el Destripador. Academia de mitografía creativa Jules Verne de Albacete, 2016.

(12) Citado en jeanraynoosfere.org/dickson/hdstory/htm.

(13) jeanraynoosfere.org/dickson/hdstory/htm

(14) Van Herpe, Jacques. Le monde de Jean Ray, Fiction nº 154, 1965.

(15) Lofficier, Jean-Marc y Randy, Shadow men, p. 163, Blck Coat Press, 2003.

(16) Véase al respecto González Martín, José Luís, Detectives de lo oculto en la literatura: un breve esbozo cronológico, en Ulthar extraordinario 1: detectives de lo oculto, Academia de mitografía creativa Jules Verne de Albacete, Madrid, 2018.

(17) En Los vigilantes del más allá (antología de detectives de lo sobrenatural), VV. AA, Valdemar, 1990.

(18) Ray, Jean. El simio fantasma en Malpertuis especial HUL 2016.

(19) Todos ellos cuentan con varias ediciones en castellano. Para más información véase la magnífica web de la Tercera Fundación:

www.tercerafundación.net/biblioteca/ver/persona/1684.

Copyright del artículo © José Luis González. Reservados todos los derechos.

José Luis González Martín

José Luis González Martín

Experto en literatura, articulista y conferenciante. Estudioso del cine popular y la narrativa de género fantástico, ha colaborado con el Museo Romántico y con el Instituto Cervantes. Es autor de ensayos sobre el vampirismo y su reflejo en la novela del XIX.