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Rimski-Korsakov: Reírse de lo más serio

La puesta en el Teatro Real de El gallo de oro, de Rimski-Korsakov, permitió repensar en la relación, aparentemente incongruente, entre lo serio y lo cómico. Un rey que se pasa la vida en la cama mientras tiene el enemigo a las puertas, que cuenta como consejero áulico a un astrólogo que le regala un gallo de oro como fetiche mágico y se viste, quijotescamente, con una armadura abollada y herrumbrosa para encabezar una tropa de pacotilla, todo eso hace reír.

En efecto, tomarse a broma el poder y la guerra es una manera de librarse de su peso trágico. La risa nos permite eludir los malos momentos, y los accesos de llanto, en ocasiones, se parecen a una carcajada, como el lamento del dolor al espasmo del placer.

Ahora bien. Si contextualizamos la obra, que le valió a Rimski la prohibición y la pérdida de su cátedra, podemos observar una Europa donde abundaban los reyes Dodones, que vivían entre desfiles, pompas y fiestas mientras acumulaban armas para lo que luego vino, una carnicería con más de diez millones de muertos.

El gallo de oro no es, desde luego, un ejemplo aislado de la tragicomedia. La aproximación de lo grave y lo ridículo, lo que llamamos sátira, viene de lejos y en los tabladillos medievales, las farsas y pantomimas con acompañamiento instrumental anuncian ya la ópera. En el barroco y el romanticismo, unidos por vasos comunicantes, la dupla aparece con frecuencia. El diablo de BerliozGounod y Boito tiene rasgos grotescos y se divierte mientras intenta llevar a Fausto hacia el Infierno. El Leporello mozartiano la pasa pipa viendo a su amo matar, intentar raptar y violar mujeres y desafiar a las fuerzas de ultratumba. En sus varias versiones operísticas y sinfónicas, Don Quijote cae de los molinos de viento y es apaleado mientras la gente celebra con risas sus desmanes más o menos caballerescos. El Macbeth verdiano recibe las profecías de unas brujas que parecen salidas de una murga carnavalesca gaditana.

Muchos escritores –BergsonFreudAlfred Stern– han pensado este vínculo entre la comicidad y la gravedad. Sus reflexiones giran en torno al anuncio de que algo ceñudo o, al menos, respetable, está detrás de la risa. Desmesurado, un alquimista medieval se atrevió a decir que Dios había creado el universo durante un ataque de risa. En fin, me parece llevar demasiado lejos la omnipotencia divina o, quizás, creer que a Dios la Creación le parece ridícula, le causa gracia. En todo caso, hay músicas que nos ayudan a imaginar otras escenas creadoras con el Creador de protagonista: La Creación de Haydn, el primer preludio a El oro del Rhin wagneriano, La création du monde de Milhaud, el Popol Vuh de Ginastera. El Creador no es aquí el de los teólogos sino la música misma. Son cosas serias. Si sonreímos al escucharlas, es por agradecimiento a sus autores.

Imagen superior © Javier del Real, Teatro Real.

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Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")