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«Planetas morales» (1956), de Philip K. Dick

El trabajo primerizo de Dick, en el que se incluyen novelas como Lotería Ssolar (1955) o esta que ahora comentamos (titulada originalmente The Man Who Japed, El hombre que bromeaba, de una extensión relativamente breve), fue mucho más directo en su estructura narrativa y trabajo de caracterización que las complejas exploraciones sobre la naturaleza de la realidad que constituirían el núcleo de su obra años más tarde.

En el año 2114, la humanidad apenas ha conseguido sobrevivir a una guerra nuclear, acontecida en la década de los 70 del siglo XX y que arrasó buena parte del planeta. El mundo está ahora gobernado por un régimen totalitario modelado al estilo de la China comunista de los cincuenta del pasado siglo. Han desaparecido el hambre y la guerra. La paz y la prosperidad son ahora la norma… pero, como de costumbre, hay que pagar un precio, en este caso la Libertad. Porque como todo gobierno totalitario que se precie, éste se apoya, justifica e impone una ideología: la Recuperación Moral (MoRec), una especie de neocalvinismo instituido por un antiguo líder, el Alcalde Streiter, y que consiste básicamente en el rechazo a la vieja moralidad liberal del siglo XX que llevó en último término al desastre nuclear, así como a la adopción de un pensamiento y comportamiento estrictamente puritanos. Se ha prohibido el sexo extramatrimonial, claro, pero también la literatura clásica.

La población se encuentra concentrada en las zonas que han permanecido habitables. En las ciudades, la gente vive en minúsculas habitaciones multipropósito insertas en austeros bloques de apartamentos. Robots insectoides miniaturizados de gran movilidad atraviesan muros y puertas para vigilar y grabar cualquier infracción moral que cometan los residentes. Semanalmente se celebran reuniones en cada edificio para discutir y castigar dichas infracciones. Lejos de la Tierra, sin embargo, las colonias establecidas en otros planetas se desarrollan con éxito, enviando preciosos recursos a la metrópoli.

En Newer York, Allen Purcell y su mujer Janet son los propietarios de una emergente agencia de publicidad, Entretenimiento y Propaganda, especializada en diseñar campañas promocionando los principios de MoRec para vendérselas a Telemedia, la compañía estatal que controla los medios de comunicación. Purcell y su mujer son ciudadanos respetables: él cree en su trabajo y confía verdaderamente en la bondad de los principios de Recuperación Moral. Pero un día, un importante miembro del gobierno, Sue Frost, le visita para hacerle una oferta que mejorará espectacularmente sus posibilidades profesionales: convertirse en presidente de Telemedia y, por tanto, en guardián de la ética pública; y unirse a la caza mundial del bromista loco que se dedica a socavar la imagen del gobierno, desecrando las estatuas de su líder fundador, el Alcalde Streiter.

Sin embargo, Purcell no tarda en encontrar pistas que le señalan a él como culpable… ¿Cómo es ello posible? ¿Qué le ha llevado a crear folletos de propaganda oficial y, simultáneamente, denigrar los símbolos del régimen? Nadie lo ha averiguado todavía, pero si sale a la luz, lo perderá todo: su negocio, su apartamento y todo aquello por lo que ha trabajado tan duramente. Sabe que cualquier escándalo salpicará también a su mujer, que ya se encuentra psicológicamente al límite, carcomida por la triste sociedad en la que viven. ¿Puede un hombre cambiar el mundo? Purcell deberá decidir si eso es lo que desea en el fondo de su ser.

Planetas morales no es una de las grandes joyas de la bibliografía de Dick y probablemente nunca servirá de inspiración para una adaptación cinematográfica, pero ello no significa ni mucho menos que sea una novela carente de interés. De hecho, supuso un gran salto adelante respecto a su anterior novela, El tiempo doblado, publicada en el mismo año 1956, ambientada en un mundo distópico similar al de Planetas morales, pero cuya calidad es manifiestamente inferior.

Ese sabor tan peculiar que años más tarde se encontraría en sus obras más conocidas ya lo encontramos aquí. Por ejemplo, el apartamento de Purcell cambia de disposición según la hora del día y en base a una programación previa (su horno es una mesa que es un fregadero y que también es una alacena); su mujer mitiga su vacío existencial con una amplia variedad de fármacos; la humanidad ha emigrado a otros mundos y lunas; y también aparecen aquí los problemas de identidad, la sociedad distópica y la sátira del mundo capitalista, la publicidad y los medios de comunicación de masas.

Como muchos relatos firmados por Dick, Planetas morales versa sobre individuos ordinarios arrastrados contra su voluntad a situaciones extraordinarias que ponen a prueba sus límites, antihéroes solitarios enfrentados al sistema y que a menudo se sorprenden a ellos mismos y a los demás con sus capacidades hasta entonces ocultas. Aquí, el protagonista, Allen Purcell, está especialmente bien desarrollado, pero no se puede decir lo mismo de los secundarios (Janet, Myron Davis, Sue Frost, el incompetente doctor Malparto, Fred Luddy o el bohemio profesor Sugarman). La misión de éstos consistiría en perfilar diferentes aspectos de la sociedad disfuncional, ineficiente e inhumana que se esconde tras una fachada de rigor moral, pero lo cierto es que resultan en exceso planos y nada memorables.

Lo que sí está bien descrito es la sociedad distópica que sirve de marco a la intriga. Debe recordarse que esta novela fue escrita a mediados de los cincuenta, por lo que conceptos e ideas que hoy nos pueden parecer tópicos y gastados, entonces no lo estaban en absoluto. Al fin y al cabo, la novela distópica por excelencia, 1984, de George Orwell, había aparecido tan sólo siete años antes.

Así, Dick introduce detalles que contribuyen a construir la atmósfera distópica general. Algunos son pintorescos, como los coches Getabout impulsados por vapor y con una velocidad máxima de 55 km/h y conductores tan negados que les entra el pánico a los 30 km/h y se estrellan. Otros son mucho más preocupantes, como su advertencia sobre la instrumentalización de la televisión al servicio del poder (recordemos que la televisión había hecho acto de presencia en los hogares estadounidenses a comienzos de la década) y como medio de propaganda y manipulación de la vida emocional e ideológica de las personas.

Ya desde el comienzo de la novela aparecen algunas de las ideas que Orwell presentó en su 1984: las instituciones gubernamentales se denominan mediante slogans al estilo de la neolengua orwelliana; el totalitarismo se manifiesta estéticamente a través de la construcción de grandes edificios para alojar el aparato del gobierno junto a ruinosas viviendas para el pueblo; y el gobierno se dedica a elaborar campañas que reformulan el mensaje ideológico original para adaptarse a nuevas situaciones sin que parezca que se ha cambiado nada.

Sin embargo, el mundo imaginado por Dick no vive sumido en los horrores descritos por Orwell en su novela. Por ejemplo, se han invertido muchos esfuerzos en habilitar verdaderos espacios públicos, como los parques, si bien, claro está, en último término sirven a los intereses del régimen. El alcalde conserva su puesto mediante la vigilancia e imposición de la moralidad. La Moral, un ámbito privado, pasa a identificarse a la fuerza con la Moralidad, cualidad de lo público. Pero aunque efectivamente la vida privada ha quedado abolida, lo ha sido no en provecho de un Estado indiferente e interesado sólo en conservar el poder, sino respondiendo a un genuino –aunque mal dirigido– interés por el bienestar del ciudadano medio.

De hecho y hasta cierto punto, la sociedad MoRec refleja algunos de los sueños cultivados por los anarquistas. El estado no se dedica a ejercer una opresión física sobre sus ciudadanos, sino que son las propias comunidades las que regularán sus asuntos internos, ya que se estima que todos sus componentes comparten un propósito común. ¿Parece ideal? En absoluto, porque la vigilancia de los propios vecinos es mucho peor, más estricta y tiránica que la impersonal burocracia gubernamental interesada sólo en elaborar mensajes ideológicos.

Efectivamente, el MoRec afirma que la condición para que una sociedad funcione adecuadamente reside en la moralidad y que son las propias comunidades las que tienen la responsabilidad de regular las acciones individuales de sus miembros. Este es el sentido de las reuniones de bloque que se celebran regularmente presididas por los Comités de Padres Ciudadanos de cada edificio y que siempre están dirigidos por mujeres. En ellas se examinan los informes de los vigilantes robots y, en una especie de rito confesional postmoderno, los infractores se ven obligados a confesar y explicar sus debilidades morales a sus convecinos. El castigo puede variar, pero el más severo es el exilio de la comunidad a la que pertenecen. Dado el reducido espacio habitable disponible, esa medida supone obviamente la pérdida del apartamento, que se va heredando de generación en generación, y su devolución al Estado.

El resultado es un Estado pasivo–agresivo que realiza juicios sin requerir policía ni abogados y que se parece más a una Asociación de Padres de un colegio de clase media que a un mundo orwelliano (dejando claro, de paso, los sentimientos que Dick albergaba hacia los caseros).

Existe, por supuesto, un grado no despreciable de hipocresía en el seno del gobierno, derivada de la tensión entre lo ideológico y lo práctico. Purcell diseña una campaña a favor de la MoRec en la que se afirma que trasladarse demasiado lejos de la Tierra, a alguna de las colonias, puede ser peligroso por cuanto establecerse en la frontera en busca de una nueva vida implica alejarse del corazón ideológico del sistema. Su campaña, sin embargo, es rechazada por el gobierno porque, aunque defiende la pureza espiritual de la causa, va en contra de los intereses de la política económica. Efectivamente, el gobierno ha venido promocionando la agricultura en los planetas exteriores con inversiones multimillonarias, tratando de atraer a nuevos colonos que, con su trabajo, puedan suministrar alimentos y materias primas a la Tierra. No pueden permitir que ahora, en aras de la ideología, se ponga en peligro ese frágil equilibrio.

La mente y la psicología es otro de los temas recurrentes en la obra de Dick. En Planetas morales aparece bajo la forma del Resort de Salud, un lugar de mala reputación en el que se puede recibir tratamiento de psicoanálisis.

La psiquiatría en cualquiera de sus formas es despreciada por el MoRec, pero el gobierno permite ejercerla a algunos individuos con licencia con el fin de detectar y separar de la sociedad a los psicóticos. Purcell acude a esa institución con el fin de solucionar sus problemas mentales, pero su experiencia acaba derivando, en las manos de Gretchen Malparto y su hermano, el Doctor Malparto, en una experiencia que oscila entre lo surrealista y lo hilarantemente ridículo, como cuando éste somete a su paciente a una batería de tests psicológicos en los que comienza intentando averiguar si Purcell tiene capacidades precognitivas, telekinéticas o telepáticas, para acabar preguntando si tiene habilidades tales como transmutar el plomo en oro, contactar los espíritus de la Diosa, crear lluvia a partir de la porquería o matar a siete hombres de un golpe, entre otras estupideces.

Si Dick tenía un mal concepto de los caseros, peores eran los sentimientos que albergaba hacia los psiquiatras, lo que resulta paradójico (o comprensible) habida cuenta de que no sólo cursó estudios de psicología en la universidad de California en Berkeley (aunque nunca se graduó) sino por los problemas mentales que él mismo desarrolló con el paso del tiempo.

¿Ha perdido algo de actualidad la novela? Al fin y al cabo, si hay algo opuesto al monopolio informativo y recreacional de MoRec es la visión multifacética del mundo que ofrecen las millones de páginas de Internet. Dick contempla la cultura desde el punto de vista de 1956: un sistema de diseminación informativa y recreativa que va de arriba abajo. ¿Cómo podría haber él imaginado que medio siglo después cualquier persona podría escribir artículos o crear videos a los que todo el planeta podría acceder prácticamente desde cualquier punto geográfico? Eso sí, Planetas morales está ambientado en el año 2114 así que ¿podría aún acontecer algún cataclismo que nos retrotrajera al monolitismo cultural? Entra dentro de lo posible.

Por otra parte, hay elementos de la novela que han hallado eco en nuestro mundo. La confesión pública de faltas que defiende la MoRec sigue siendo hoy una forma de penitencia, de salvaguarda de la moralidad. Cuando un político o una celebridad es descubierto conduciendo borracho o cometiendo adulterio, por ejemplo, la táctica a seguir suele ser una disculpa pública en la compañía de un estoica y comprensiva esposa/o y la consiguiente e inevitable farsa mediática. Este regreso episódico a los métodos antiguos de expiación sirve para reforzar el antiguo sentido de la moral. Por otra parte, la forma en que determinados programas televisivos o páginas de internet atacan y ridiculizan los gobiernos, no se aleja tanto de los métodos del «bromista» de Planetas Morales . Éste y aquéllos, a través del humor y el cuestionamiento de las ideologías dominantes, ofrecen una visión de la realidad subversiva y alternativa a las interpretaciones más serias y oficialistas de los boletines de noticias.

El trabajo de Dick es tan personal como vital y esta obra es un buen ejemplo de ello. Planetas morales, con su equilibrada mezcla de acción, reflexión social y sátira, caos y clarividencia, es una novela fácilmente legible que contiene el embrión de todos los temas y obsesiones que luego harían a Dick tan famoso literariamente como desgraciado a título personal. De hecho, él mismo la consideró a mediados de los sesenta (incluso tras haber ganado el Premio Hugo por El hombre en el castillo ) el trabajo del que se sentía más satisfecho.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".