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Patrón de guiones

En los años 80, había una forma infalible de saber si una serie de TV era del montón, “hecha en serie” (ja ja): tarde o temprano, dedicaría uno de sus capítulos autoconclusivos a colocar a sus héroes en situación de vida o muerte dentro del esquema argumental de una “caza humana”.

El recurso era básicamente aplicar hasta la saciedad el patrón plagiado de una película de los años 30, El malvado Zaroff (The Most Dangerous Game) y afectó a muchísimas series populares estadounidenses de los años 70 y 80. A bote pronto, recuerdo que El equipo A tenía un episodio Zaroff en su repertorio, creo que McGivern también, y V, y así un montón. El protagonista solía ser invitado a la mansión de un millonario simpático, acompañado de la chica de turno: en principio se dejaban agasajar por su anfitrión, sólo para descubrir que el tipo era un megalómano aburrido que quería jugar a la cacería con ellos, cebándolos primero y después utilizándolos como presas a rastrear, ballesta al hombro, habitualmente en el bosque de su propiedad o a través de una isla entera, por aquello de darle más glamour al concepto.

Pues bien, cuál sería mi sorpresa al descubrir que el episodio 2 (The Target, 20-02-2009) de la serie Dollhouse (2009-2010) ¡es otra copia de El malvado Zaroff! Hacía más de una década que no veía ese raído recurso en una serie televisiva… casi tiene su mérito recuperar la tradición. De hecho, creo que es lo único que le faltó a Los Soprano: poner a Tony en una isla, bufando como un jabalí, perseguido por un mafioso con tendencias deportivas.

Pero lo alucinante de Dollhouse es que no se contentan con aplicar únicamente la “situación pautada” de El malvado Zaroff.

El episodio 3, Stage Fright (27-02-2009) también cuenta con un argumento que me empezó a sonar: Cantante negra que recibe notas amenazantes por parte de fan enloquecido… a sus espaldas, el mánager preocupado pide ayuda a un servicio de seguridad, dado que la chica no está dispuesta a suspender su gira pese al peligro de muerte… ¡coño, pero si esto es El guardaespaldas (1992), de Mick Jackson, mi clásico predilecto de la historia del cine, junto a Conan el Bárbaro El Dr. Mabuse!

En Dollhouse no sólo copian el esquema básico de El guardaespaldas (adaptándolo, eso sí, a los caprichos de la protagonista, que en este capítulo quiere infiltrarse no como guardaespaldas, sino como corista de la diva, para mostrar sus propias dotes de cantante), sino también detalles iconográficos del filme inspirador: el fan fatal de la estrella es un pelirrojo lechoso con expresión de pasmado como el (falso) asesino del original; ¡y hasta han buscado un mánager inglés –muy bien hallado, por cierto–, por aquello de la clase y el cinismo, calcando también el excelente patrón establecido por Gary Kemp –el añorado integrante y compositor de Spandau Ballet– como representante cabrón del personaje de Whitney Houston.

Casi me imagino al creador de la serie, Joss Whedon, diciéndole a su equipo de guionistas: “Hala, consultad el archivo, a ver qué sale”. Y a los guionistas abriendo un archivo como el de la T.I.A., como el de los dibujantes de cómics de antaño (cuando tenían que crear un fichero con fotos de cosas, de caballos o de pistolas, para consultar según la necesidad del proyecto), lleno de dossieres con historias-modelo sableadas de películas famosas.

Siento mucha empatía por Eliza Dushku desde que casi me provocara un infarto con su baile improvisado la primera vez que viste de animadora en A por todas (Bring It On, de Peyton Reed, mi película favorita del año 2000). Ella es la única razón por la que empecé a ver Dollhouse y probablemente la única por la que terminaré su visionado. No me parece una chica guapa: simplemente me gusta su cara y su actitud.

Dollhouse es una serie fallida pero con encanto. Joss Whedon tiene ingenio escribiendo diálogos y sembrando giros de guión. Además, sus trampas suelen ser honestas. Entiendo que haya generado tanto fandom, pese –o gracias a– su tufillo a eterno adolescente inmaduro y multireferencial a lo Kevin Smith. Con todo, es mucho menos cargante –y retrógrado– que Smith.

El problema de Dollhouse creo que viene de su génesis: de hecho, la serie se inició con un episodio piloto estupendo (realmente modélico) que nunca se emitió como primer episodio, ignoro por qué incomprensibles circunstancias. En su lugar, empezaron con otro mucho más convencional y fueron despiezando partes del piloto inédito e integrándolas en los capítulos emitidos. Creo que eso indica un cierto grado de improvisación forzada por los acontecimientos.

Así, la serie comenzó desastrosa  en su primera mitad y después fue mejorando, poco a poco. Lo frustrante de Dollhouse a medio plazo es que todos sus personajes son “dolls”. Ninguno deja de ser maniquí, al menos de momento –con la posible excepción del rol de Olivia Williams, gracias a su gran trabajo–. La científica con el rostro deforme y el “hombre de confianza” de la compañía, de talante castrense, parecen niños disfrazados jugando a los estereotipos: son de un ridículo casi original. Y la del agente del FBI obsesionado con Eliza es de las peores subtramas que he visto en una serie actual: por cierto, el actor que lo encarna, el entrecot Tahmoh Penikett, parece especializado en personajes que se enamoran de cascarones (en Galáctica, de un robot; aquí, de una chica con lavado de cerebro…).

La seguiré viendo por Eliza, porque los títulos de crédito son inmejorables y porque la calma ci–fi setentera, casi francesa, de la “casa de muñecas” propiamente dicha es muy molona.

Copyright del artículo © Hernán Migoya. Previamente publicado en Comicsario, un blog para la fenecida editorial Glénat España. Reservados todos los derechos.

Hernán Migoya

Hernán Migoya

Hernán Migoya es novelista, guionista de cómics, periodista y director de cine. Posee una de las carreras más originales y corrosivas del panorama artístico español. Ha obtenido el Premio al Mejor Guión del Salón Internacional del Cómic de Barcelona, y su obra ha sido editada en Estados Unidos, Francia y Alemania. Asimismo, ha colaborado con numerosos medios de la prensa española, como "El Mundo", "Rock de Lux", "Primera Línea", etc. Vive autoexiliado en Perú.
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