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La vida secreta de las palabras: «Opio»

«En el opio —dice Jean Cocteau—, lo que lleva el organismo a la muerte es de orden eufórico. Las torturas provienen de un retorno, a contrapelo, a la vida. Toda una primavera perturba las venas, arrastrando hielos y lavas ardientes» (Opio. Diario de una desintoxicación, trad. de Julio Gómez de la Serna, Madrid, La Fontana Literaria, 1973, p. 55).

Ya en el declive de sus fuerzas, volvía el escritor francés a un escenario —el de los fumaderos de opio— típico del decadentismo literario. Hay una generosa bibliografía en torno a este asunto, así que no nos detendremos en su sondeo. Lo importante acá es un rastreo etimológico que ha de conducirnos a los orígenes de la palabra con la cual se designa esta droga, casi tan codiciada entre los bohemios como la absenta.

Los estudiosos tienen claras sus referencias. El vocablo opio proviene de la voz latina opium, que a su vez deriva del griego. No se olvide que Dioscórides y otros autores ya citan este ingrediente en sus escritos.

Remontándonos así en el tiempo, hallamos que los primeros diccionarios incluyen dicha palabra en su orden alfabético. Por ejemplo, Cristóbal de las Casas, en su Vocabulario de las dos lenguas toscana y castellana (Sevilla, Francisco de Aguilar y Alonso Escribano, 1570), define la substancia como «zumo de adormideras».

Amplía la descripción el Diccionario de la lengua castellana, en que se explica el verdadero sentido de las voces, su naturaleza y calidad, con las phrases o modos de hablar, los proverbios o refranes, y otras cosas convenientes al uso de la lengua (Madrid, Imprenta de la Real Academia Española, por los herederos de Francisco del Hierro, 1737). De acuerdo con esta fuente, el opio es «el zumo de las adormideras, o la lágrima que naturalmente destila de ellas, que, dado con medida, sirve de remedio para conciliar el sueño, y para adormecer y mitigar los dolores».

Un autor por quien sentimos simpatía, don Aniceto de Pagés, también habla del opio en su Gran diccionario de la lengua castellana, autorizado con ejemplos de buenos escritores antiguos y modernos (Madrid, Sucesores de Rivanedeyra, 1902). Atento a la alquimia de este compuesto y a sus posibles usos, lo define del siguiente modo: «Resultado de la desecación del jugo que se hace fluir por incisiones de las cabezas de las adormideras verdes. Es opaco, moreno, amargo y de olor fuerte característico, y se emplea como narcótico».

Por otro lado, Pagés toma de Calderón estos versos:

«Con la bebida, en efecto,
Que el opio, la adormidera
Y el beleño compusieron
Bajé a la cárcel».

También glosa nuestro lingüista una frase familiar, dar el opio, esto es, «ser una cosa de calidad tal que produzca admiración o deleite sumos». A modo de autoridad, incluye unas líneas debidas a Mariano de Cavia: «Mientras se restablece o no la normalidad constitucional, se preparan allí (en Barcelona) unas fiestas de la Merced que van a dar el opio».

Siempre inquietos en su pesquisa etimológica, Henry Yule y Arthur C. Burnell también se interesan por el opio en su Hobson-Jobson. The Anglo-Indian Dictionary (1886; reeditado en 1996 por Wordsworth Editions Ltd. a partir de la versión de 1902). De acuerdo con el criterio de ambos, la voz procede del griego opion, dicho a la manera de Plinio. De ahí pasó al latín, pero también al árabe (afyūn) y de ahí al chino mandarín (a-fu-yung). No hay duda de que se pronunció con frecuencia en esta última lengua, sobre todo si tenemos en cuenta que la droga de marras llegó a incitar en ese país una cruenta guerra, además de ser causante de continuas calamidades entre su población y de no pocos desastres diplomáticos.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, con el seudónimo «Arturo Montenegro», en el Centro Virtual Cervantes, portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.