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Las novelas de Modesty Blaise

Lo que más me gusta de Modesty Blaise es que los hombres con los que se acuesta saben que ella les acabará mandando a la mierda. ¡Desde una fecha tan lejana como 1963, año de su creación! Y me entusiasma el hecho de que todos sin excepción envidien al ayudante de Modesty, Willie Garvin, pese a que él no mantiene ni mantendrá jamás relaciones sexuales con la superagente griega: pero su camaradería se fundamenta en una fraternidad de tal calibre que esa legión de amantes odia a Willie porque también saben que ellos nunca podrán disfrutar el territorio de íntima complicidad que comparten la heroína y su vasallo.

Modesty es una practicante del amor libre, expresión que ya era un eufemismo en su época del más ajustado “sexo libre”, pero que al menos no hace rechinar los dientes como “poliamor” (irónico cómo los autodenominados luchadores contra el orden burgués terminan por adoptar un término aburguesado a más no poder: básicamente para que no les llamen pervertidos).

Lo apasionante del caso de Modesty Blaise es que, así como a menudo los cómics son un medio narrativo mucho más libre y menos constreñido industrialmente que el literario o el cinematográfico, en este caso concreto ocurre lo contrario: pese a haber nacido como personaje de historieta, Modesty alcanza toda su tridimensionalidad en su adaptación al formato novelístico.

Y es que en las novelas de esta amazona del siglo XX, su creador ‒el guionista Peter O’Donnell‒ se permite explorar toda una dimensión sexual del personaje que en las tiras de prensa debía limitar a espaldas desnudas en la bañera y comentarios sarcásticos sobre despedidas de amantes a los que intuimos fogosos en las elipsis de cama.

En sus novelas, Modesty folla, y lo hace a conciencia. A veces escoge como compañeros de cópula a ejemplares poco fiables fuera de ella… o sea, no se corta en coleccionar follaenemigos. Y a sus amantes tanto empoderamiento se les atraganta. Pero todos sin excepción quisieran desempeñar el rol perenne del único hombre que nunca alcanzará esa categoría de machucante de temporada: el mentado Willie Garvin, su devoto compañero de aventuras. Lanzador infalible de cuchillos y él mismo también hetero promiscuo ‒físicamente modelado según los rasgos de un joven Michael Caine‒, Garvin fue rescatado por Modesty de una situación apurada en Saigón (¿o era Bangkok?), metrópolis donde peligraba su vida como boxeador de disciplina thai envuelto en tejemanejes de mafias: desde entonces decidió poner fin a sus días de bala perdida y convertirse en el perro fiel de ella, ayudándola tanto en sus primeros años al frente de una organización criminal como posteriormente, cuando Modesty limpia sus antecedentes al colaborar con el Servicio Secreto británico en misiones de alto riesgo.

Lo de Modesty y Willie no es un amor platónico, porque no hay nota amarga, sólo deleite entre ellos: es una amistad entregada, y eso es lo bonito, lo reivindicable desde nuestra distancia de más de medio siglo en una saga de ficción adulta. El único otro hombre con el que Modesty se rebajará a entablar una relación de igual a igual es un alto cargo de dicho servicio de espionaje, el bondadoso vejestorio ‒ojalá el idioma propusiera de modo natural “bondadorio vejestoso”, que suena mucho más cuqui‒ Sir Gerald Tarrant, quien la acogerá incondicionalmente como un padre.

El pasado de Modesty Blaise se cierne sobre todo su presente, destacando de su trágica biografía dos hechos cruciales: su orfandad como niña superviviente de la II Guerra Mundial que la obliga a un periplo desde Grecia hasta el norte de África y Oriente Medio, encarando peligros básicos y siendo sometida a todo tipo de atropellos; y, tras conocer desde pequeña la faceta más cruel del ser humano, afrontará su etapa juvenil como líder de una panda de delincuentes en Tánger, dirigida con tal éxito bajo su talentosa mano que pronto la transformará en una poderosa banda internacional denominada La Red.

Así pues, a pesar de su “redención” temporal como agente de las fuerzas occidentales, Modesty no se parece demasiado en su flexibilidad moral a James Bond, mucho más mastuerzo en su dedicación al trabajo, su fidelidad al establishment colonial y la ausencia de cuestionamiento sobre los motivos profundos de su militancia patriótica: si Bond es heredero directo de los héroes de una pieza anglosajones (esos héroes de los relatos pulp que acuden como máquinas a desfacer entuertos en nombre del sistema aunque arrasen con todo lo que se les pone por delante, especialmente si viste negligé), Modesty Blaise no sólo es una contrapartida femenina: es casi su opuesto.
Peter O’Donnell no es un escritor tan audaz, filudo y desacomplejado estilísticamente como Ian Fleming, pero hace muy bien sus deberes: sus tramas son más veristas (denotan una experiencia bélica “de campo” mayor que la del padre de Bond, como demuestra en su fantástica descripción del ataque coordinado de un comando en el clímax de la novela inaugural), sus amenazas al orden establecido mucho más plausibles y su visión del mundo es progresista, en oposición al sesgo geográficamente determinista (o sea, racista) de las novelas de 007.

Sus villanos son también atractivos e interesantes… en especial Gabriel, el principal, una mente maestra del crimen que parece llevar a cabo sus planes malignos con la serenidad y ligero aburrimiento con que un editor pijo defiende sus novedades del mes. En general, los objetivos de esos malandros son más prosaicos que la “conquista del mundo libre” u otros absolutos tremendistas típicos del género.

Normalmente lo progresista o retrógrado del autor no incide nunca en la calidad de una obra ‒más bien inciden sus obsesiones, y lo que en la vida civil podría constituir un defecto, artísticamente puede derivar sin rechinamiento alguno en su mayor virtud‒, pero en este caso resulta muy estimable la liberalidad de pensamiento del narrador: Modesty y Willie son mucho más abiertos que James Bond en cuanto a la justicia relativa de las causas en las que se ven envueltos. Su implicación se debe más a una adicción juguetona al riesgo ‒que Bond también padece pero que no suele reconocer con tanta asiduidad: él mata para salvar al mundo civilizado, claro‒ que al abrazo de ninguna causa o bandera: esa honestidad de motivaciones se agradece de entrada. Y desde luego son mucho más compasivos, sin dejar de ser letales cuando el asunto lo requiere o no les queda otro remedio.

Pero donde realmente se siente el peso de una mirada de autor ecuánime y sensible es en el rigor con que se presenta la vida doméstica de Modesty: si bien vive rodeada de hombres que la desean, admiran y tratan de protegerla, ni ella necesita protección ni sus andanzas sensuales son explotadas desde una perspectiva lujuriosa flagrante, pues para empezar O’Donnell cree firmemente en el nudismo como un acto natural, hasta el punto de que Garvin y Blaise a menudo conviven en cueros sin ninguna connotación carnal. Así, aunque O’Donnell comparta con Fleming su franqueza erógena, cosa que siempre es de agradecer (porque la alternativa es la pacatería protestante que tan de moda está ahora), no comparte sus fetichismos nacidos de la represión ni el sensacionalismo frente a la exhibición epidérmica. Eso sí, como podéis comprobar más arriba, sus editores yanquis no se cortaron a la hora de sacar rédito visualmente en portada al truco patentado por Modesty de aparecer en toples frente a sus adversarios para aprovechar los segundos de desconcierto rijoso de éstos, antes de pelárselos a tiros: ‘The Nailer’ bautizó a su estratagema, porque “los clava” en su sitio durante unos segundos preciosos… (Las ediciones británicas presentan portadas mucho más austeras, pero también más insulsas y feas, y desde luego menos pulp).
Asimismo, donde Fleming no ceja en poner el ojo y obligar al lector a mirar con intenciones lúbricas exclusivamente centradas en el reclamo del cuerpo femenino, O’Donnell se revela mucho más delicado y sorpresivamente naturalista ¡incluso decididamente bisexual!

Su mirada erótica adquiere en muchas ocasiones el punto de vista de la propia Modesty ‒quien “cosifica” sin problemas a sus posibles antagonistas como objeto de placer, cuando ello le conviene‒, con lo cual uno siente mucho más repartidos los enfoques; y, sobre todo, apreciamos que lo hombreriego en nuestra galana no sea un pretexto para hacerla depositaria del deseo masculino en cada página, ni mucho menos, sino para explorar en una psicología hedonista pero consciente de los claroscuros de la vida y de su carácter fundamentalmente efímero.

El respeto de O’Donnell por su personaje raya en la admiración de un biógrafo por su ídolo retratado. Modesty Blaise no es una heroína creada por una mujer, pero si tenemos en cuenta que O’Donnell también escribió exitosas novelas de romance gótico con pseudónimo femenino ‒alguna con premio literario incluido‒, será fácil convenir que se trata de un hombre con un talento ambidiestro digno de subrayar, gracias al cual impuso a una carismática mujer aventurera en un panorama ficcional donde casi todos los grandes mitos de acción se presuponían varones.

Punto y aparte merece la dureza del contenido de los giros argumentales de esta serie. Si os pica el gusanillo de leer alguno de sus volúmenes, os sugiero que comencéis por el segundo, Sabre-Tooth (1966), sensiblemente mejor que el primero de ellos: para mí, el equivalente a un Joseph Conrad pop en un envoltorio de filme duro de los 70 dirigido por un Don Siegel o un Tom Gries. Eso sí, no lo recomiendo para estómagos sensibles: su virulencia nos hace reconsiderar hasta qué punto la buena novela de entretenimiento no sabrá bastante más de la vida que la novela con ínfulas, que muchas veces viste para ocultar, en lugar de exponer.

En cuanto a las situaciones extremas en las que Modesty Blaise se ve involucrada, únicamente comentaré esto: Wonder Woman no se atrevería ni loca a meterse en esos embolados.

Modesty sigue siendo un referente de modernidad ignorado fuera de Gran Bretaña que merecería mucho enarbolarse como símbolo de la libertad individual.

Y, desde luego, relanzarse como icono del cine de acción con el entusiasmo, deferencia y medios que nunca recibió.

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Hernán Migoya

Hernán Migoya

Hernán Migoya es novelista, guionista de cómics, periodista y director de cine. Posee una de las carreras más originales y corrosivas del panorama artístico español. Ha obtenido el Premio al Mejor Guión del Salón Internacional del Cómic de Barcelona, y su obra ha sido editada en Estados Unidos, Francia y Alemania. Asimismo, ha colaborado con numerosos medios de la prensa española, como "El Mundo", "Rock de Lux", "Primera Línea", etc. Vive autoexiliado en Perú.
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