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Las increíbles aventuras de Peter J. Ortiz, héroe de guerra y amigo de John Ford

Advertencia previa: aunque me documenté para realizar este artículo, he decidido escribirlo recurriendo a la memoria. Al fin y al cabo, los recuerdos ‒creo yo‒ son un filtro que separa lo que de verdad nos importa.

Como es sabido, la ventaja de las grandes películas es que las podemos ver muchas veces. Da igual que nos las sepamos de principio a fin. Siempre nos emocionamos cuando el capitán Nathan Brittles riega las flores en la tumba de su esposa, cuando Sean Thornton besa a Mary Kate bajo la lluvia, o cuando Kathleen Yorke espera a Kirby, herido por una flecha.

Menciono en concreto estas secuencias porque las tres pertenecen a películas de John Ford: La legión invencible, El hombre tranquilo y Río Grande. Ford tenía una facultad maravillosa, y es que sus personajes nos parecen personas reales. Todos tienen una historia detrás. Quizá la desconozcamos, pero podemos intuirla.

La última vez que revisé Río Grande, me fijé una vez más en cierto personaje. Creo que no llega a decir ni una frase, aunque a él sí que le hablan. Se trata de un capitán tuerto, de nombre Saint Jacques. Y digo que me fijé una vez más en él, porque siempre lo hago. La suya es una presencia magnética. Si no estuviera ahí, incluso en silencio, la escena quedaría coja. De hecho, aporta un «saber estar» militar que no queda falso. Forma parte de su identidad.

Me dio por divagar sobre quién sería ese capitán Saint Jacques en la ficción. Dada su ascendencia francesa, quizá nació en Nueva Orleans, y tal vez se enroló en el ejército huyendo de un lío de faldas. O acaso proviene de una aristocracia arruinada. Sus ademanes indican que ha recibido educación para moverse en sociedad. Puede que perdiera el ojo en un duelo, o durante la guerra de Secesión. No en vano, muchos de los militares que Ford nos presenta en sus films lucharon por el Sur…

El caso es que tras Saint Jacques se oculta una historia. Una como las que contaba Ford, protagonizada por hombres trágicos cuya mayor heroicidad es cumplir con su deber. Con un pasado que lamentan, pero del que no se arrepienten. Quién sabe: quizá la suya sea una historia de amor, marcada por todo lo anterior.

Imagen superior: Peter J. Ortiz y John Wayne en una secuencia de «Río Grande» (1950).

Al pensar en todo esto, decidí ir un poco más allá. Y cuál no sería mi sorpresa al comprobar quién era el actor que encarna a Saint Jacques. Fue entonces cuando supe que todas estas divagaciones se quedan en nada al lado de la auténtica biografía de ese hombre: Peter J. Ortiz.

Ortiz apareció como extra en un montón de largometrajes: westerns, aventuras de piratas, películas bélicas… en la mayoría de ellos sin acreditar, porque no acudía a los rodajes como actor, sino como asesor militar.

Todo empezó, precisamente, con La legión invencible. Ortiz era amigo de John Ford. Al parecer, se conocían porque ambos pertenecieron a la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), el servicio de inteligencia americano, durante la Segunda Guerra Mundial.

La hoja de servicios de Ortiz parece inventada por un guionista. Su madre era de origen suizo y su padre era francoespañol, pero eso no explica del todo que hablase diez idiomas, incluidos el italiano, el alemán y el árabe. Para entender esa habilidad, conviene saber que el bueno de Ortiz luchó con la Legión Extranjera en el norte de África, ganando en dos ocasiones la máxima condecoración militar francesa: la Croix de guerre.

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, se reenganchó en la Legión, esta vez como sargento. Prisionero de los alemanes, logró escapar. Regresó entonces a su tierra natal, donde ‒atención‒ pasó a formar parte del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos. Corría el año 1942 y tipos como Ortiz eran imprescindibles en el frente. Poco después de un mes, ya era subteniente, con destino en Tánger, por entonces bajo administración española.

Tras participar en más de una peligrosa escaramuza, Ortiz pasó a formar parte de la OSS. Saltó en paracaídas sobre la Alta Saboya, ocupada por los alemanes. Allí se ocupó de entrenar a la Resistencia, al tiempo que conducía a los pilotos de la RAF caídos en territorio enemigo hasta España.

Imagen superior: Peter J. Ortiz, de uniforme, junto a varios maquis franceses, cerca de Albertville, en 1944.

Por segunda vez, volvió a escapar tras ser apresado por los alemanes, pero en esta ocasión, rendido por el hambre, volvió voluntariamente al campo de prisioneros. Incluso participó en la liberación de un pueblo en Francia, donde años después se le hizo un homenaje.

Esta y otras hazañas bélicas de Ortiz ‒24 medallas: casi nada‒ le promovieron al rango de teniente coronel. Al acabar la guerra, se licenció, y es ahí donde comienza su carrera en Hollywood.

Su vida es, realmente, la de un personaje fordiano. De hecho, incluye anécdotas maravillosas. Una de ellas se puede encontrar en casi todos los artículos que he leído sobre él, pero me encanta contarla.

Mientras estaba en Francia, trabajando para los servicios de inteligencia, solía frecuentar un bar adonde iban militares alemanes, para escuchar sus conversaciones y recabar información. Cierta noche, uno de los oficiales nazis hizo un brindis, maldiciendo al presidente Roosevelt, a los Estados Unidos y al cuerpo de marines. Al escucharlo, Ortiz salió de allí, volvió a su alojamiento, se puso su uniforme de marine con todas las condecoraciones, tomó un abrigo para taparse y regresó al bar. Desprendiéndose del abrigo, desenfundó entonces la pistola, y apuntando al oficial en cuestión, obligó a los presentes a brindar por Roosevelt, por los Estados Unidos y por el cuerpo de marines. Acto seguido, se marchó nuevamente, dejando en shock a los alemanes.

Según la fuente que consultemos, la única parte en disputa de esta maravillosa anécdota es si Ortiz llevaba o no las medallas.

Al buscar más información sobre él, comprobé que existe un libro sobre su vida, Ortiz: To Live a Man’s Life, de Laura Homan Lacey y John W. Brunner. Es difícil de conseguir, y por tanto no se qué cuenta, pero su título me pareció significativo. Realmente, Peter J. Ortiz vivió una vida que mereció la pena, y también merece la pena conocerla.

Como decia al principio, he escrito estas líneas de memoria. Puede haber detalles ligeramente distorsionados, o incluso incorrectos. Pero dado que John Ford ya ha salido a relucir a lo largo del texto, voy citarle por última vez para justificar esos posibles errores… Print the Legend.

Copyright del artículo © José Luis Arana Aroca. Reservados todos los derechos.

José Luis Arana Aroca

José Luis Arana Aroca

Jose Luis Arana es programador y ha desarrollado su labor para firmas como Cambridge University Press, Editorial Santillana, Mahou, LG y BBVA. Asimismo, ha sido profesor y editor de video. Entre sus pasiones, figuran el cine, la literatura y la prestidigitación.