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«La mujer en la Luna» (1929), de Fritz Lang

Para los enamorados del cine de ciencia-ficción, el estudio de la historia primitiva de estas películas se encuentra limitado a una escasa lista de clásicos y, si se es más ambicioso o completista, un puñado de rarezas dispersas de más difícil acceso. Naturalmente, de entre todos aquellos tempranos films mudos destacan Viaje a la Luna (1902), de Georges Mèliés, y Metrópolis (1927), de Fritz Lang, dos títulos de obligado visionado.

¿Y después? Algunos incluyen El gabinete del Doctor Caligari (1919), de Robert Wiene, si bien esta cinta expresionista responde más a las directrices del terror psicológico que a las de ciencia-ficción; Aelita (1924), un film soviético sobre una expedición a Marte; El mundo perdido (1925) con los magníficos efectos visuales de Willis O’Brien, algunas otras películas de menor entidad aquí y allá… y ya está.

La mayoría de lo que sabemos sobre las películas de ciencia-ficción de la época muda proviene de textos sobre ellas más que de las propias cintas, y ello es en buena medida debido a que, sencillamente, muchas se han perdido. Las que han sobrevivido se guardan en archivos y raramente se exhiben públicamente. Los coleccionistas las elogian y tratan de hacerse con una copia pero el espectador corriente nunca las verá en las salas de cine o en los canales de televisión. Es una pena, pero también es inevitable y comprensible. Al fin y al cabo, los lectores de ciencia-ficción tampoco claman al cielo exigiendo la reedición de olvidados relatos publicados en las revistas pulp de los años veinte. Sin duda, hay pequeñas joyas escondidas entre ellos, pero en su mayor parte es un material de mediocre calidad que a nadie interesa recuperar con excepción de los incondicionales, historiadores y críticos.

Y, sin embargo, de vez en cuando, por alguna razón, se hace necesario revisar algunas de aquellas viejas glorias. Porque algo que en su época parecía ordinario o poco digno de destacarse, para una generación posterior puede ser motivo de diversión, curiosidad o estudio. Es el caso que ahora nos ocupa, La mujer en la Luna, un relato épico al que durante décadas apenas se le prestó atención.

El realizador Fritz Lang estaba a finales de los años veinte en la cúspide de su carrera. Tras finalizar Metrópolis en 1927 y Espías en 1928 –siendo esta última la precursora cinematográfica de las películas de superagentes secretos como James Bond–, fundó su propia productora, la Fritz Lang Gesellschaft, bajo cuyo sello acometería su siguiente proyecto, de nuevo con guión de su esposa, Thea von HarbouLa mujer en la Luna . Fue ésta su despedida del cine mudo porque su siguiente cinta ya pertenece a la época del sonoro: M, un thriller protagonizado por Peter Lorre en el papel de un pederasta perseguido tanto por la policía como por el hampa criminal.

Si se revisa la mayor parte de los textos que han comentado La mujer en la Luna, la conclusión a la que se llega no anima precisamente a ver la película. Se la califica con adjetivos como aburrida, tonta, larga o lenta, portadora de sólo un puñado de elementos dignos de reseña y no particularmente recomendable. El film está disponible en DVD –se han hecho montajes que oscilan entre los 90 y los 150 minutos– pero con semejantes comentarios, ¿para qué molestarse?

¿Y entonces? ¿Para qué dedicarle un artículo? ¿Se trata de una obra maestra incomprendida e injustamente olvidada? No, no lo es. Y hasta cierto punto, las críticas que se le hacen no carecen de fundamento. Pero sí es mejor de lo que podría esperarse dada su pobre reputación: una interesante mezcla de predicciones científicas y melodrama aderezado por unos efectos especiales de primer orden. Por supuesto, comete errores científicos de bulto, pero sólo aquellos que no entienden el auténtico espíritu de la ciencia-ficción le dan importancia a la capacidad predictiva del género.

La historia comienza con el profesor Georg Manfeldt (Klaus Pohl), un famoso astrónomo, presentando sus teorías ante un foro de académicos. Su tesis de que la Luna es rica en oro es recibida con risas y burlas. Manfeldt había esperado un debate, una discrepancia intelectual, pero no semejante humillación. Caballeros, la risa es el argumento de los idiotas ante toda nueva idea, les dice. Pero no sirve de nada. Su carrera está acabada.

Tiempo después, Manfeldt encuentra la oportunidad de demostrar sus afirmaciones. El ingeniero Wolf Helius (Willy Fritsch) y su socio Hans Windegger (Gustav von Wangenheim) están planeando la construcción de su propio cohete a la Luna. Un misterioso Comité Financiero ve con preocupación el proyecto: si efectivamente se descubriera oro en la Luna, sus intereses comerciales se verían en peligro. Para asegurarse una posición de privilegio contratan a un maleante, Walt Turner (Fritz Rasp) que utilizando el chantaje se asegura un puesto en la misión. Al grupo se une también la bella Friede Velten (Gerda Maurus) centro de un triángulo sentimental cuyos otros vértices son su enamorado Helius y su prometido Windegger. En un artículo anterior, reseñamos brevemente la figura de Thea von Harbou destacando sus iniciativas en el campo del feminismo, ideas que aquí hallan clara expresión: en una escena en la que Helius le pide a la muchacha que abandone la misión. «¿Me estás diciendo que las mujeres no somos lo suficientemente valientes para esta aventura?», replica Friede indignada. Helius, aunque con reservas, rectifica. En el mundo real habrían de transcurrir aún más de cincuenta años antes de que una mujer saliera al espacio.

Las críticas que la película ha recibido por su lentitud provienen principalmente de esta primera parte. Hora y media de prolijo melodrama e intrigas amorosas y empresariales que quizá en la época gozaran del aprecio del público, pero que hoy se resienten del paso del tiempo. Sin embargo, para los fans de las aventuras espaciales esta sección de la historia contiene pasajes fascinantes porque muchas de las cosas que nos muestran, hoy procedimientos bien conocidos en la astronáutica, supusieron auténticas novedades.

Por ejemplo, un cohete –con la clásica forma acigarrada con aletas y de color plateado– había sido enviado previamente en misión exploratoria sin tripulantes, fotografiando desde la Tierra su impacto sobre la superficie lunar. Tras esta sonda, un nuevo cohete de mayores dimensiones –bautizado Friede– se equipa para un viaje tripulado. Por medio de escenas animadas se nos muestra el plan de vuelo, unas imágenes que ahora nos resultan tremendamente familiares tras las misiones Apollo de la NASA. El cohete multietapa se sustrae a la gravedad terrestre gracias a una gran aceleración antes de desprenderse de varios módulos e iniciar una trayectoria en forma de ocho que les llevará alrededor de la Luna y de vuelta a la Tierra. ¿De dónde sacó Lang estas ideas? Al fin y al cabo, Thea von Harbou no era una experta en cohetes o balística. Había que preguntar a quien sí lo era y Lang los buscó: Willy Ley y Hermann Oberth. Y aquí es donde ciencia y ciencia-ficción, una vez más, entrelazan sus caminos, una encrucijada en la que merece la pena detenerse un momento.

Robert Goddard es hoy el símbolo del deseo americano de conquista el espacio. A pesar de sufrir durante décadas burlas y humillaciones, nunca abandonó su sueño y en un frío 16 de marzo de 1926, en Nueva Inglaterra, contempló cómo su primer cohete con combustible líquido, bautizado Nell, abandonaba la estructura de lanzamiento y se alzaba apenas quince metros en un vuelo de 2.5 segundos para terminar estrellándose entre las coles de la tía Effie. Pero el simple hecho de que Nell hubiera roto las cadenas de la Tierra durante un momento alentó las esperanzas de una nación. Goddard había demostrado su tesis: en lugar de utilizarse para conseguir una explosión devastadora, el propelente líquido podía servir de combustible eficiente para un cohete destinado a escapar al espacio.

Sin embargo, el entusiasmo y energía de Goddard no provenía de los arcanos números y diagramas de la ciencia. Al contrario, este pionero del vuelo espacial afirmó que su musa fue la ciencia-ficción. En una carta que envió a H.G. Wells escribió: «En 1898 leí La Guerra de los Mundos. Tenía dieciséis años y sus nuevos puntos de vista sobre las aplicaciones científicas así como su inspirador realismo me causaron una honda impresión. El hechizo se completó alrededor de un año más tarde y entonces decidí que lo que conservadoramente puede ser definido como investigación de las grandes alturas era el problema más fascinante de todos».

La inspiración recibida de uno de los más importantes autores de ciencia-ficción era algo que Goddard compartía con otro pionero del espacio, en este caso alemán: Hermann Oberth. Su interés por la astronáutica despertó a la edad de once años gracias a una novela de Julio VerneDe la Tierra a la Luna, libro que afirmó haber leído tantas veces que llegó a sabérselo de memoria. Su novedosa tesis doctoral de 1922, en la que detallaba un cohete impulsado por propelente líquido, fue rechazada por su escasa ortodoxia. Lejos de abandonar sus ideas, Oberth publicó –corriendo él con los gastos de edición– Die Rakete zu den Planetenräumen (El cohete en el espacio interplanetario), obra que recibió grandes alabanzas internacionales y que sirvió a su vez para inspirar a muchos otros. Entre ellos, Wernher von Braun.

Figura polémica como la que más, Von Braun fue el principal experto del programa nazi y responsable técnico de las V2, los primeros misiles de larga distancia. Tras la Segunda Guerra Mundial, Von Braun recibió la ciudadanía estadounidense con el fin de integrarlo en el programa espacial de ese país, y ello a pesar de las voces que se alzaban denunciando su antiguo cargo de oficial de las SS y la utilización de mano de obra esclava en sus instalaciones, una política que causó más muertos en la construcción de las V2 que como consecuencia de su explosión en Inglaterra. Casi exactamente 25 años después de abandonar Alemania, uno de los vehículos diseñados por él, el Apollo 11, despegó hacia la Luna impulsado por el poderoso cohete Saturno V. Raras veces en la historia de los logros humanos se han alcanzado tan grandes metas a través de medios tan éticamente cuestionables.

Volviendo a nuestra película, La mujer en la Luna sirvió de demostración de que la investigación en cohetes siempre ha causado víctimas. Como hemos dicho, Hermann Oberth y su entonces pupilo Von Braun trabajaron como asesores técnicos para el film. Durante la construcción de un cohete real destinado a lanzarse como parte de la campaña publicitaria de la película, un accidente arrebató a Oberth la visión de su ojo izquierdo. El que tanto Oberth como Von Braun tuvieran contactos con la industria cinematográfica no debe sorprendernos. El cine gozaba del mismo nivel de innovación y entusiasmo que el que ellos mismos volcaban en sus investigaciones científicas. Desde sus comienzos, las películas de ciencia ficción habían recurrido a la aplicación práctica de la ciencia para crear ilusiones y maravillas visuales que sorprendieran al público.

El traslado sobre orugas del cohete que aparece en la película hasta su lugar de lanzamiento sería una imagen que décadas más tarde se haría familiar para los telespectadores pendientes de las misiones Apollo –en cambio, su inmersión en una piscina debido, nos dicen, a los delicados materiales con los que está construido, resulta algo incomprensible–. Y entonces, antes del lanzamiento, llega uno de los momentos clave de la película. En La mujer en la Luna podemos ver –no escuchar, puesto que es una cinta muda– la secuencia de cartelas que constituye la primera cuenta atrás en el lanzamiento de un cohete. Y aunque parezca sorprendente, no solamente la primera cuenta atrás cinematográfica, sino la primera cuenta atrás de la historia. Willy Ley recordaría años más tarde en su libro Cohetes, misiles y hombres en el espacio lo mucho que se sorprendió al ver la secuencia. Llamó a Lang y le preguntó si había tomado la idea de los años que pasó como soldado en la Primera Guerra Mundial, pero el director le dijo que no, que era algo que había inventado con el único fin de añadir dramatismo y tensión a la escena. No podía imaginar el cineasta la influencia que tendría tal innovación no sólo en la astronáutica, sino en otros muchos ámbitos de la vida cotidiana actual. Y, sin embargo, habrían de pasar 21 años hasta que los espectadores contemplaran –esta vez ya con sonido– una cuenta atrás por segunda vez (en Con destino a la Luna, 1950)

Pocos años después, como el propio LangWilly Ley acabaría exiliándose de la Alemania nazi. Oberth trabajaría para el programa de cohetes de Hitler, pero tras la guerra, también como Lang, terminó en Hollywood como asesor técnico para Con destino a La Luna . Sea como fuere, el asesoramiento técnico de ambos científicos fue de tal calidad que años más tarde Hitler ordenó la retirada de circulación de las copias de la película así como la destrucción de sus modelos y maquetas. ¿El motivo? Sus imágenes revelaban demasiado acerca de la tecnología del programa de cohetes que los nazis habían puesto en marcha bajo la dirección de Von Braun –quien, recordemos, había servido de ayudante de Oberth como asesor en la película–. Mientras tanto, tras el lanzamiento, los protagonistas se ven sometidos al trauma de la aceleración (a la que se refieren como ocho minutos críticos de aceleración que pueden ser mortales).

Helius desconecta los motores a tiempo, pero los astronautas pierden el conocimiento durante horas. Cuando despiertan, descubren un polizonte, el joven Gustav (Gustl Stark–Gstettenbaur), escondido en uno de los trajes espaciales. Gustav afirma que ha estudiado el problema de la Luna muy detenidamente y desea participar en la expedición. Para demostrarlo, abre su bolsa y saca sus materiales de investigación: un puñado de revistas pulp. Podemos ver un vampiro lunar en una de ellas, y una vaca gigante persiguiendo a un hombre en otra. Una bella alegoría del entusiasmo por la aventura espacial que todo adolescente fascinado por la ciencia-ficción ha sentido alguna vez.

La nave sigue su curso y el paisaje que se abre más allá de las ventanillas asombra a los espectadores tanto como a los personajes. Mientras el cohete entra en órbita lunar, pueden distinguir claramente la detallada superficie y sus característicos cráteres. En la distancia se ve la Tierra destacada contra un fondo de estrellas. Hasta el estreno de Con Destino a la Luna, más de dos décadas después, el viaje espacial no se abordaría con semejante grado de verismo y emoción a partes iguales.

Además de la cuenta atrás, el combustible líquido y el cohete por fases, La mujer en la Luna contemplaba también la gravedad cero. ¡En cuántas películas y documentales hemos visto a los astronautas flotar ingrávidos en sus naves! Nos parece algo sorprendente, pero natural, incluso cotidiano, en el ámbito de la vida de ese puñado de profesionales del espacio. Pero el espectador de los años veinte forzosamente debía de recibir una impresión muy diferente al ver, por ejemplo, cómo Gustav rebotaba hacia arriba atravesando una escotilla sin utilizar la escalera; o cómo Friede trataba de servirse algo de agua sin que saliera líquido de la botella; su prometido la agita para que algunos glóbulos de agua salgan flotando (efecto conseguido gracias a la animación) y él los pueda recoger en un vaso.

Una vez en la Luna, la película abandona totalmente su enfoque realista para pasar al campo de la fantasía con atrevidos toques de lirismo. Primero, Manfeldt comprueba la atmósfera lunar encendiendo cerillas para a continuación quitarse el casco y encontrar que el aire es respirable. Así que todos los tripulantes se ponen su ropa ordinaria y comienzan a pasearse por la superficie sin que la gravedad parezca diferir en absoluto de la terrestre.

El asunto del oro lunar pasa a ocupar el centro de la acción, con Turner tratando de eliminar a quienquiera que se interponga entre él y las riquezas que ha sido enviado a reclamar en nombre de sus amos. Para cuando el propio Turner muere víctima de su codicia, la nave ha perdido la mitad de sus reservas de oxígeno y ya no es capaz de regresar a la Tierra con los tripulantes supervivientes. Otra vez hemos de mencionar aquí a Con destino a la Luna (1950), porque también en esa película se construía el clímax alrededor del insuficiente oxígeno en la nave. Ésta no puede llevar a todo el mundo de vuelta, así que alguien debe quedarse atrás. No voy a revelar aquí cómo se resuelve la situación, pero sí diré que la solución de Lang es bastante menos sentimental que la que adoptaría George Pal veinte años después.

La mujer en la Luna es un buen ejemplo de la creciente brecha que iba abriéndose entre la ciencia-ficción norteamericana y la europea –brecha que no se limitó al cine y que es fácilmente identificable también en la literatura y, más adelante, el cómic–. Mientras que en Estados Unidos escritores y cineastas acogieron con entusiasmo la vertiente más lúdica del género cuyas directrices temáticas se extraían directamente de las publicaciones pulp especializadas en la época (space opera, héroes científicos, damas en apuros, villanos recurrentes, tecnología deslumbrante, aventuras trepidantes y una base ética monolítica y maniquea), en Europa se exploraron otros caminos temáticos más comprometidos formal y conceptualmente. Fritz Lang exploró dos de ellas: la distopía de Metrópolis y la aventura espacial con rigor científico de La mujer en la Luna .

Ciertamente, los guiones de Thea von Harbou contenían ideas y reflexiones interesantes, pero eran demasiado irregulares, cayendo a menudo en absurdos y contradicciones. Fue necesario el talento visual y nervio narrativo de su marido para extraer de ellos lo que con el tiempo se convertirían en clásicos. Aunque Metrópolis es sin duda una película mejor y más revolucionaria en su aspecto visual, también se ajusta más al modelo de parábola distópica con robot y científico loco incluidos. Los aficionados a la ciencia-ficción no tenemos ningún problema en considerarla parte del canon, pero es más una advertencia que una especulación. En La mujer en la Luna LangThea y sus colaboradores trataron de emocionar e inspirar a su público mostrándoles el viaje a nuestro satélite como una posibilidad real, presentando la aventura como algo plausible –al menos hasta llegar a la Luna–. Algunos críticos la excluyen del género argumentando que los elementos melodramáticos pesan más que los especulativos; y otros, sencillamente, o no la han visto o lo hicieron hace muchos años y se limitan a repetir lo que otros escribieron antes que ellos: larga, aburrida, tonta… poco recomendable en definitiva.

Pero, de hecho, La mujer en la Luna sí merece la pena. Y también un justo reconocimiento como la primera película de ciencia-ficción que abordó el viaje espacial de forma seria, adoptando ideas y soluciones que la auténtica exploración del espacio no aplicaría hasta muchos años después.

Copyright del texto © Manuel Rodríguez Yagüe. Sus artículos aparecieron previamente en Un universo de viñetas y en Un universo de ciencia-ficción, y se publican en Cualia.es con permiso del autor. Manuel también colabora en el podcast Los Retronautas. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".