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La edad de oro de la distracción

Los expertos aseguran que las mariposas nocturnas encuentran irresistible la luz artificial. El motivo no es otro que una respuesta genética. Esa reacción frente a un estímulo luminoso tiene un nombre: fototaxia positiva. En muchos casos, equivale a un suicidio.

Las polillas y otras criaturas se orientan gracias a la luz de la luna y las estrellas. Al aproximarse a una bombilla, captan más claridad por un ojo que por otro. Esto hace que batan una de sus alas con mayor energía, y por eso mismo, se acercarán en espiral a cualquier lámpara, por muy caliente que esté la superficie.

Por obra y gracia de la tecnología, los seres humanos experimentamos una atracción similar. Hemos transformado las pantallas en un flujo infinito de información ‒poco más o menos, el pulso del planeta‒, y aspiramos a consumirla no solo en los ratos libres, sino a tiempo completo, de forma adictiva.

Caben dos opciones. Hay quien revolotea sin problemas en torno a la bombilla, y quien se achicharra ‒hipnotizado en su propio laberinto‒ con más información y estímulos de los que puede procesar. En este último caso, el precio a pagar es alto.

No solo eso: el carácter invasivo de las pantallas táctiles de bolsillo añade otros efectos a este circuito cerrado de la experiencia. ¿Conclusión? La que dicen los psicólogos: nuestro rendimiento cognitivo decae, se dispersa nuestro interés, y de propina, también damos por perdida la capacidad de concentrarnos en una tarea exigente.

Ya lo ven. La sobrecarga informativa (incluyo aquí WhatsApps indeseados, tonterías multimedia y frases inspiradoras de Paulo Coelho) no sólo plantea problemas de productividad. Además de eso, encierra nuestra atención en una espiral infinita.

Al final, parece que la respuesta a todas las preguntas, buenas o malas, está en servicios como Twitter o Facebook. Como sucede con el mecanismo azaroso de las tragaperras ‒ya habrán oído hablar de esto, seguro‒, nos dejamos llevar por su recompensa variable. Memes, hashtags, likes o un giro sobre nuestro ombligo ¿qué más da? Lo que nos mueve, por encima de todo, es la necesidad de movernos al son que marcan las redes. Sin aspiraciones ni desvelos trascendentes. Y al día siguiente, vuelta a empezar.

Ya hay miles de estudios investigando esta paradoja. Internet es una biblioteca universal, y también un descomunal laboratorio de ideas, donde cabe lo más sublime de la civilización humana. Sin embargo, un uso problemático de las pantallas hace que nos olvidemos de ese prodigio.

En realidad, hacemos todo lo posible por perder el tiempo con insignificancias, o discutiendo sobre una realidad desquiciada, en blanco y negro, cosida a base de retales.

¿Nuestro principal interés? Por supuesto, emitir opiniones en todo momento. Con urgencia y esquivando cualquier duda. Siempre sin rumbo fijo.

Como ya señaló Herbert A. Simon, cuando abunda la información, crece el despiste del usuario y el filtrado de los contenidos se complica. En un contexto así, cualquier todólogo lo tendrá fácil.

Voy a hablarles de alguien que ha dedicado años a cuestionar este asunto. James Williams trabajó durante una década en Google. Tiempo suficiente para que este investigador de la Universidad de Oxford conociera a fondo eso que llamamos economía de la atención, un modelo económico que convierte nuestro compromiso mental en el recurso más preciado. ¿Para quien? Pues para las compañías tecnológicas y para las firmas publicitarias, que hacen todo lo posible por trazar sus propias circunscripciones.

En su libro Stand out of our Light. Freedom and Resistance in the Attention Economy (Cambridge University Press, 2018), Williams detalla cómo nos persuaden las pantallas, gracias a diseños de interfaz que manipulan nuestras emociones y nos enganchan con asombrosa eficacia.

Cuando los usuarios ignoran la realidad palpable, y dejan que alguien secuestre su atención, liberarse llega a ser ‒dice Williams‒ una de las luchas morales y políticas más significativas de nuestro tiempo. Como tantos otros veteranos de Silicon Valley, este investigador descubrió un buen día que esas mismas tecnologías que debían impulsar su trabajo, en realidad le distraían, e incluso desintegraban su capacidad para concentrarse intelectualmente en cualquier otra cosa.

En su opinión, una economía basada en las páginas vistas y la métrica de clics conduce, de forma casi inexorable, a efectos perversos y disolventes. La vida del usuario parece guiada por un GPS. Se reprograman nuestros valores. Decae la comprensión lectora y triunfan las peores estrategias políticas. Justamente aquellas que, al fomentar por vías artificiales la polarización y la intolerancia inquisitorial, ponen en peligro la armonía democrática, dentro y fuera de la comunidad digital.

De hecho, el objetivo de la propaganda internáutica no siempre consiste en difundir falsedades o consignas emocionales. A veces, el ciberactivismo persigue algo tan simple como que la verdad deje de importarnos.

Por otro lado, al deslizarnos durante horas por la catarata de Facebook, Instagram o Twitter, olvidamos que ese tiempo, cuando es derrochado sin límite, es justamente el que nos falta para otras tareas, quizá más satisfactorias, profundas o felices.

A juicio de Williams, son mayoría los usuarios incapaces de autorregularse. ¿El remedio? Defender nuestra libertad de atención. Esa es la premisa de Stand Out of Our Light. Creo que no será el último libro que nos enfrente a esa obsesión tan típica de nuestros días.

No me cansaré de repetirlo: hay un potencial maravilloso en los artefactos digitales, pero a la hora de cargar de dopamina el cerebro, preferimos la banalidad, llamar la atención sobre nuestra rutina, una punzada de resentimiento, o en el peor de los casos, empujar a todo bicho viviente.

Parece sencillo, ¿no?

Sin duda, hace falta más sensatez. Aunque lo parezca, el celular no es un apéndice natural de nuestro cuerpo. Las redes sociales no tienen por qué ser una obligación compulsiva e inevitable. Y la toxicidad partidista es solo eso, un sectarismo que convierte cualquier debate tuitero, por no decir todos, en una escabechina.

«La gente habla cada vez menos ‒escribe Fredéric Beigbeder en su novela 11,99 €‒; en general, cuando uno se esfuerza en decirte las cosas a la cara, significa que es CASI demasiado tarde».

En fin, allá cada cual. Si nos paramos a pensarlo, para descubrir el verdadero significado de la amistad o del amor, la clave será siempre la convivencia real ‒es decir, hablar, compartir experiencias, pararnos a preguntar por esto y aquello… ‒, y no este simulacro de la intimidad, con paredes de cristal, observable por ojos no deseados.

Como dice Williams, para sistematizar toda la información que se nos ofrece, lo menos aconsejable es zambullirse en ella. Aunque el mercado digital nos ofrece un horizonte ilimitado de posibilidades, lo realmente infinito ‒como decía Aldous Huxley en Un mundo feliz‒ es el apetito de distracción del ser humano.

Y es precisamente por esta debilidad, tan típica de nuestra especie, por lo que no debemos dejar que el mundo tangible, envuelto por una bruma pixelada, se aleje definitivamente de nosotros. Para eso, mejor apagar la pantalla durante un buen rato.

Imagen superior: Pixabay.

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.