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Esa gentuza de la que usted me habla

«El hombre se diferencia de los demás animales en que es el ser que más tiende a imitar», afirma, con buen juicio, René Girard.

Por razones muy sólidas, ese mimetismo, indispensable para entender el origen de la cultura y la continuidad de los fenómenos sociales, es también la causa del resentimiento, el antagonismo y la violencia ritualizada. Ocurre así desde los tiempos de Caín y Abel. Es decir, desde que un Homo sapiens hundió su lanza en el vientre de algún enemigo que poco antes se había abalanzado sobre él, profiriendo gritos hostiles.

Las cosas han cambiado menos de lo que parece. «Si, por ejemplo ‒dice Girard‒, mi actor de cine preferido ‒convertido en mi modelo‒ y yo vivimos en lugares y medios distintos, el conflicto directo entre él y yo es imposible, pero en cambio, si vivo en el mismo medio que mi modelo, si este es verdaderamente mi prójimo, mi ‘próximo’, mi vecino, entonces sus objetos propios sí son realmente accesibles para mí, y por consiguiente surge la rivalidad».

¿Y cómo se canaliza esta violencia? ¿De qué forma concluye este tipo de crisis? Girard propone una explicación de carácter antropológico: la muerte sacrificial de un chivo expiatorio.

«La única reconciliación posible ‒nos dice‒, el único medio de interrumpir la crisis y salvar a la comunidad de la autodestrucción, pasa por la convergencia de toda esa cólera, de toda esa rabia colectiva, en una víctima designada por el mimetismo mismo y adoptada de forma unánime. En plena locura de violencia mimética, surge un punto de convergencia bajo la forma de un miembro de la comunidad que pasa por ser la única causa del desorden. Dicho miembro es aislado primero, y luego masacrado por todos».

Este mecanismo, aunque parezca exclusivo de tiempos arcaicos, aflora también ‒aunque por otras vías‒, en nuestra sociedad de consumo. Sobre todo cuando esa sociedad no satisface nuestros deseos y nos empuja a renovar el mobiliario moral.

«La era de los escándalos, en la que vivimos ‒señala Girard‒, constituye justamente un desplazamiento de este tipo. Todo gran escándalo colectivo viene de un skandalon entre dos ‘vecinos’ bíblicos, varias veces multiplicado. Déjenme repetirles que skandalon significa, en los Evangelios, ‘rivalidad mimética’; y que, por consiguiente, es la misma cosa que esa ambición vacía, ese antagonismo, esa ridícula agresividad que cada cual siente hacia el otro y que es recíproca; y esos malos sentimientos proceden del hecho ‒de lo más frecuente‒ de que con frecuencia nuestros deseos se frustran. Cuando un skandalon se da a pequeña escala se hace oportunista, tiende a converger con el gran escándalo televisivo, y aquel que lo vive se siente confortado por el hecho de que su indignación la comparte muchísima gente». De esa forma, «la creciente animosidad que sienten las gentes, unas contra otras, a causa de la dimensión cada vez mayor de los grupos entre los que se establece la rivalidad mimética, culmina en un enorme resentimiento dirigido contra un solo elemento escogido al azar en el seno de la sociedad misma».

Girard menciona casos muy variados ‒las brujas entre el siglo XV y XVII, los judíos en la Alemania nazi, Dreyfus en la Francia del XIX, los inmigrantes africanos en la Europa actual‒, pero como ya se imaginan, no resulta difícil añadir nuevos ejemplos, propios de la era de internet.

Cada vez que nuestra sociedad necesita reorganizar sus relaciones, vuelve la vista hacia ese culpable absoluto que, antes o después, debe subir a la pira sacrificial.

Ya no vivimos en los tiempos del mito y la espada. En algo hemos salido ganando: el tormento y el sacrificio son sustituidos por el señalamiento y las dinámicas de distinción. Sin embargo, el mecanismo es similar: atribuimos las anomalías del sistema ‒y por tanto, nuestra amargura vital‒ a esos congéneres que tanto nos ofenden. No importa que confundamos la realidad con nuestra percepción, o que compartamos micromemeces en Twitter. A la hora de bajar a ese infierno donde reside el Otro, ya hemos elaborado una demonología infalible, que siempre nos ayudará a desenmascarar al enemigo.

A la hora de estudiar esta costumbre, hay un historiador y sociólogo estadounidense de inspiración marxista, Christopher Lasch, que nos deja boquiabiertos por su honestidad. Durante sus últimos meses de vida, completó junto a su hija Elisabeth un libro indispensable, La rebelión de las élites y la traición a la democracia (1994). Escrito a contracorriente, como una respetuosa objeción a La rebelión de las masas, de Ortega y Gasset, este ensayo denuncia que las nuevas élites, bajo un paraguas cosmopolita y solidario, en realidad viven en guetos privilegiados.

Cuando Ortega publicó La rebelión de las masas, escribe Lasch, «no pudo prever una época en la que sería más adecuado hablar de una rebelión de las élites. Escribiendo en la era de la Revolución bolchevique y el ascenso del fascismo y bajo los efectos de una guerra cataclísmica que había desgarrado Europa, Ortega atribuyó la crisis de la cultura occidental al ‘dominio político de las masas’. Hoy, sin embargo, son las élites ‒las que controlan el flujo internacional de dinero e información, presiden fundaciones filantrópicas e instituciones de enseñanza superior, manejan los instrumentos de la producción cultural y establecen de ese modo los términos del debate público‒ las que han perdido la fe en los valores, o lo que queda de ellos, de Occidente».

Imagen superior: grupo de mineros de la Virginia-Pocahontas Coal Company Mine en 1974 (U.S. National Archive Jack Corn).

Esas nuevas élites directivas y profesionales están formadas, según Lasch, por consultores de todas las especies, banqueros, científicos, médicos, publicistas, editores, ejecutivos de publicidad, profesionales del mundo audiovisual, periodistas, escritores y académicos.

«A la vez arrogantes e inseguras ‒escribe‒, las nuevas clases pensantes (…) consideran a las masas con una mezcla de desdén y aprensión». Por ejemplo, en Estados Unidos, dirigen su desprecio hacia los habitantes de ciertas zonas del Medio Oeste (la Middle America: Illinois, Indiana, Iowa, Kansas, Missouri, Nebraska y Ohio). ¿Algo que objetar en su contra? ¿Qué defectos se les atribuye? La lista es larga: «los valores familiares, el patriotismo irreflexivo, el fundamentalismo religioso, el racismo, la homofobia, la concepción retrógrada de la mujer…»

Insiste Lasch en que, para estos creadores de opinión ilustrada, sus compatriotas de la Middle America son una caricatura despreciable: «desarrapados, anticuados y provincianos, están mal informados sobre los cambios de los gustos y las tendencias intelectuales». No solo eso, les atrae la peor cultura popular: el cine escapista y la telebasura. Por si no bastara, son fanáticos religiosos, y encima cultivan una sexualidad represiva «que ocasionalmente explota como violencia contra las mujeres y los homosexuales». Como remate, presumen de «un patriotismo que sostiene las guerras imperialistas y una ética nacional de masculinidad agresiva». Ya ven que el estereotipo es muy completo.

En un mundo en el que actores, cantantes y periodistas adoptan el papel de críticos sociales, Christopher Lasch descubre que las élites ya tienen su chivo expiatorio: ese populacho que no les hace demasiado caso y que no cuestiona las creencias convencionales.

¿Es esta una aristocracia al viejo estilo? Pues no, no lo es. «Las personas de talento ‒escribe Lasch‒ conservan muchos de lo vicios de la aristocracia sin poseer sus virtudes. Su esnobismo carece por completo de un reconocimiento de obligaciones recíprocas entre la minoría favorecida y la muchedumbre. Aunque estén llenos de ‘compasión’ por los pobres, no se puede decir que acepten la teoría de que ‘la nobleza obliga’, que implicaría la voluntad de realizar una contribución personal y directa al bien público. La obligación, como todo lo demás, se ha despersonalizado. Se ejerce por medio del Estado, y la carga de soportarla no recae en la clase profesional y directiva sino, desproporcionadamente, en las clases media-baja y trabajadora».

Ya ven: dramas de niños pijos, empeñados en deshilachar cualquier bandera que no sea la de sus privilegios o la de su ideología. Un compromiso al que, de forma gregaria, se suman muchos voluntarios que quieren llenar de trascendencia un entusiasmo impropio de adultos funcionales.

Eso explica que el clima intelectual impulsado por este proyecto ideológico fomente un auge de la mediocridad y una adolescencia perpetua, que conllevan un creciente desprecio por los saberes robustos, una pasión iconoclasta ‒el dichoso «relato alternativo»‒ y un paulatino desenganche del humanismo. Todo ello en un momento que augura un porvenir áspero, con claros síntomas de polarización en espacios que antes eran neutrales.

«Las guerras culturales que han convulsionado América desde los años sesenta ‒dice Lasch‒ se entienden mejor como una forma de lucha de clases en la que una élite ilustrada (como se considera a sí misma) no intenta tanto imponer sus valores a la mayoría (una mayoría percibida como incorregiblemente racista, sexista, provinciana y xenófoba), y mucho menos persuadir a la mayoría mediante un debate racional público, como crear instituciones paralelas o ‘alternativas’ en las que ya no sería en absoluto necesario enfrentarse a los ignorantes».

No solo eso: cuando desaparece el nacionalismo de la clase media, también lo hace el marco de referencia común. Y no esperen que la economía global mitigue esa carencia, porque el dinero ha perdido cualquier vínculo con la nacionalidad. Sin esas pautas comunes, dice Lasch, «la sociedad se disuelve en facciones en lucha ‒como comprendieron tan bien los padres fundadores de América‒ en la guerra de todos contra todos».

Desde la academia, intelectuales como el filósofo Richard Rortry, un nostálgico de la izquierda reformista, se han ocupado de cartografiar este nuevo panorama. Rortry, fallecido en 2007, criticó en sus últimos escritos a los profesores posmodernos y a los burócratas petulantes, pero lo cierto es que él mismo contribuyó a las políticas identitarias que denuncia Lasch.

El filósofo conservador Roger Scruton lo explica en estos términos: «Pero ¿quiénes somos nosotros? ¿Y sobre qué estamos de acuerdo? Si lees los ensayos de Rortry, de inmediato lo sabrás. Nosotros somos todos feministas, liberales, abogados de las causas radicales de hoy y del currículum abierto; nosotros no creemos en Dios, ni en ninguna religión heredada; ni tampoco en que las viejas ideas de autoridad, orden y autodisciplina sean importantes para nosotros. Nosotros inventamos nuestras mentes para dar sentido a los textos, creando a través de nuestras palabras el consenso que nos incluye. No hay límites para nosotros, más allá de la comunidad a la que hemos elegido pertenecer. Y debido a que no hay una verdad objetiva sino nuestro propio consenso autogenerado, nuestra posición es inatacable desde cualquier enfoque fuera de ella misma. Los pragmatistas [como Rortry] no solo deciden lo que piensan; se protegen de quien no piense lo mismo que ellos».

Otra frase del libro de Lasch, uno de los más reveladores que he leído en mucho tiempo, dice lo siguiente: «Las clases pensantes están fatalmente separadas del aspecto físico de la vida».

Esta, y no otra (la pérdida de respeto al trabajo manual honrado) es la gran estafa de esa nueva casta sacerdotal. Escuchen esto: «Sólo se relacionan con el trabajo productivo como consumidores. No tienen experiencia de hacer nada sustancial o duradero. Viven en un mundo de abstracciones e imágenes, un mundo simulado hecho de modelos informáticos de la realidad (…) distinto de la realidad palpable, inmediata, física, habitada por hombres y mujeres corrientes. Su fe en la ‘construcción social de la realidad’ ‒dogma central del pensamiento posmoderno‒ refleja la experiencia de vivir en un medio artificial del que ha quedado rigurosamente excluido todo lo que se resiste al control humano (así como, inevitablemente, todo lo conocido y tranquilizador). El control se ha convertido en su obsesión. La tendencia de las clases pensantes hacia el aislamiento contra el riesgo y la contingencia ‒contra los riesgos imprevisibles que afligen la vida humana‒ no sólo las ha separado del mundo común que las rodea sino de la misma realidad».

Y a pesar de esta evidencia, esas mismas élites ‒a las que se suman con entusiasmo tuiteros y activistas que odian lo que no entienden‒ dirigen su rencor hacia grupos sociales bien definidos. Por supuesto, la diana está puesta sobre individuos que no forman parte del nosotros desplegado por las políticas identitarias. Los consideran palurdos, barriobajeros, desmemoriados, vividores, casposos, inconscientes, reaccionarios, egoístas… Incluso un poco canallas, ahora que lo pienso.

No es resultón decir que vas a defender a esa gentuza, pero hay quien se lo ha tomado muy en serio. Por ejemplo, el fanzinero underground Jim Goad, un misántropo de vida difícil y de trato poco recomendable.

Al igual que bastantes raperos, Goad tiene impulsos violentos (fue a la cárcel por golpear a su mujer y dice barbaridades que harían huir a cualquier persona sensata). Sin embargo, como escritor se ganó cierta reputación en los noventa. «Es de una sinceridad brutal ‒dijo de él Chuck Palahniuk, autor de El club de la lucha‒. No le preocupa ser correcto. Muchos de mis amigos escritores no quieren tener nada que ver con él, así que es difícil estar con esa gente y que a la vez te guste lo que hace Jim«.

Imagen superior: «Silly Hillbilly», cortometraje animado de Popeye el Marino estrenado el 9 de septiembre de 1949.

El elogio de Palahniuk se refiere a un libro en concreto, el Manifiesto Redneck (1997), donde Goad señalaba la hipocresía de los progres urbanitas a la hora de opinar sobre la «basura blanca». El Manifiesto es un ensayo punk y extremista, inspirado por referencias bastante dudosas, como They Were White & They Were Slaves: The Untold History of the Enslavement of Whites in Early America (1993), obra de Michael A. Hoffman, un tipo que reúne dos odiosas cualidades: es un teórico de las conspiraciones y un negacionista del Holocausto.

Sin embargo, a pesar de los pésimos antecedentes de Goad, hay algo que la historiografía científica sí ha probado, y es el paralelismo que él establece entre la comunidad redneck ‒retratada en la cultura pop como un vivero de paletos extremistas y endogámicos‒ y los esclavos blancos que, a partir del siglo XVII, fueron enviados desde Europa a la Colonia británica.

¿Esclavos blancos? Pues sí, ya ven. Vagabundos, mendigos, desempleados y lumpemproletariado, niños incluidos. Gente sin fortuna, en muchas ocasiones secuestrada a la fuerza, trasladada en barcos que eran ataúdes flotantes, y luego condenada a trabajos forzados, para acabar siendo víctima de las más diversas atrocidades.

De forma muy benigna, se ha interpretado la fórmula de la servidumbre por contrato como un trabajo no abonado que servía para que los emigrantes jóvenes pagaran su pasaje hasta América. Pero libros como White Cargo: The Forgotten History of Britain’s White Slaves in America (2008), de Don Jordan y Michael Walsh, publicado por la Universidad de Nueva York, desmontan ese mito. En lugar de hombres y mujeres libres buscando un destino feliz en las colonias, hubo un número escandaloso de «víctimas del imperio», desaliñadas e infectadas de piojos, que sufrieron una esclavitud tan cruel como la que padecían los africanos. A ello hay que añadir el gran número de convictos que soportaron, de la peor manera, el mismo destino.

Estos esclavos blancos ‒hombres, mujeres y niños, todos ellos siervos de cumplimiento forzoso‒ podían ser azotados hasta la muerte, marcados a fuego, y mediante triquiñuelas legales, también vendidos. En general, los abolicionistas no hicieron nada por ellos, sobre todo en una época en la que el «trabajo infantil» (ojo al eufemismo) era moneda corriente en las colonias inglesas.

A partir de mediados del XVIII, los hacendados sureños compraron más esclavos negros. El motivo es horrendo: era fácil identificar y capturar a los fugitivos. Pero no crean que los libertos blancos mejoraron mucho su posición. Los ex-siervos blancos, convertidos en vagabundos y pordioseros, empezaron a ocupar la frontera. Algunos acabaron en los Apalaches ‒los hillbillies, gente pintoresca pero indeseable, peligrosa para los urbanitas‒, y otros fueron objeto de discriminación en el entorno rural ‒los rednecks, crackers y demás ralea, vistos como alcohólicos, violentos y reaccionarios‒. En uno y otro caso, la literatura y el cine se han ocupado de perpetuar su villanía. Piensen, sin ir más lejos, en aquellos atroces paletos de Deliverance (1972) o en los montañeses asesinos que tanto abundan en las películas de terror.

Imagen superior: John Finlay en «Tiger King» (2020), de Eric Goode y Rebecca Chaiklin © Netflix.

Tras la caída de Dixie, los darwinistas sociales ‒como denuncia la historiadora Nancy Isenberg en White Trash (2016)‒ justificaron siempre la desgracia de estas minorías. No en vano, eran descendientes de aquel «excedente de pobres» esclavizado por los ingleses. El presidente Theodore Roosevelt llegó a defender la eugenesia, convencido de que era una buena idea esterilizar a los violentos y a quienes padecían problemas cognitivos. La idea era no deteriorar la «raza» estadounidense. Ni que decir tiene que esos «defectos congénitos» eran fruto de unas pésimas condiciones de vida. Muchos niños de estas comunidades sufrían dolencias físicas y mentales provocadas por la pelagra y la anquilostomiasis.

¿Compasión? Poca o ninguna. De hecho, el desprecio venía de antes de la Guerra de Secesión. Harriet Beecher Stowe, que tanto luchó contra el esclavismo por medio de su novela La cabaña del tío Tom, retrató en su segundo libro, Dred: A Tale of the Great Dismal Swamp (1856), a los blancos pobres. Pero esta vez, como nos dice Isenberg, insistió en que pertenecían a «una clase degenerada, propensa al crimen, la inmoralidad y la ignorancia».

En 1850, el 35 por ciento de la población de los estados del Suroeste carecía de bienes raíces. Y a comienzos del XX, estos parias y desheredados ‒pobres aparceros, obreros miserables, carne de cañón para las compañías mineras de Kentucky o Virginia‒ vieron cómo cualquiera de sus protestas era sofocada de forma violenta. Incluso con ametralladoras Colt-Browning durante la Masacre de Ludlow, en abril de 1914.

Volvamos ahora nuestra mirada hacia calamidades más recientes: la Gran Depresión, o ese proceso de tecnificación agraria y minera que, tras la Segunda Guerra Mundial, llevó al desempleo y a la pobreza a cientos de miles de lugareños. No crean que hoy viven en la prosperidad: los altos niveles de desempleo siguen siendo una característica local. Lo demuestran los pueblos fantasma y las crecientes comunidades de caravaneros.

En todo caso, la culpa que heredan los rednecks siempre ha tenido un carácter moral. Se originó tras la derrota confederada, cuando el descontento de las masas empobrecidas del Sur encontró una estúpida red de seguridad en el supremacismo racial. Para entenderlo, basta con repasar los testimonios incendiarios que nos han llegado de políticos de la segunda mitad del XIX.

Incluso un caballero entrañable como L. Frank Baum, el autor de El Mago de Oz, escribió soflamas tan crueles como esta: «Los blancos, por derecho de conquista y justicia civilizatoria, son los dueños del continente americano, y la mejor seguridad de los asentamientos fronterizos estará asegurada mediante la aniquilación total de los pocos indios que allí quedan».

En 1900, los rednecks formaban en el Sur una facción del Partido Demócrata. Hoy las tornas políticas han cambiado, pero ellos siguen siendo el chivo expiatorio de la opinión pública estadounidense. Pocos reivindican las penurias de sus antepasados, y lo peor es que tampoco les permiten el victimismo. De momento, el desprecio clasista y la caricaturización están justificados. Para empezar, porque esta gente vota mal, sostiene incómodas tradiciones, y además, confirma que no siempre hubo en América igualdad de oportunidades.

Lo mismo vale para los hillbillies, que en el mejor de los casos ‒como sucede en el libro Hilbillly, una elegía rural (2016), de J.D. Vance‒, merecen una compasión no exenta de críticas.

No es fácil encontrar equivalencias de todo ello en nuestro país. O quizá sí. A pesar de que en España no padecemos una segregación tan acentuada, también existen por aquí esas clases pensantes y narcisistas a las que criticaba Lasch. Nuevos inquisidores ‒los más listos de la clase, muchas veces parte de la oligarquía‒, felices de importar la política identitaria, la cultura de la cancelación y otros prejuicios anglosajones. Una minoría selecta, con todos los privilegios posibles, que ha normalizado el extremismo ‒esto sí que es contagioso, sobre todo entre quienes no tienen nada que perder‒ y que decide quién es merecedor o no de una vida pública.

En fin, como dice Thomas Sowell, «parece que nos acercamos cada vez más a una situación en la que nadie se responsabiliza de lo que hizo, pero en la que todos somos responsables de lo que hicieron otros».

Lo único seguro es que esas élites excluyentes, pese a la buena prensa de la que disfrutan, son un peligro para la convivencia, y también para la consecución de consensos y metas colectivas. Al fin y al cabo, una abstracción con efectos tan sólidos como el Estado de derecho se entiende mejor si uno no pide a gritos la hegemonía moral, o lo que es peor, la quiebra de la vida civil.

El concepto de comunidad es aquí determinante. Y no solo como colchón emocional. Un exceso de claves identitarias, marcadas por la discordia y con tanta gente dispuesta a regañarnos, puede equivaler a un harakiri colectivo en cualquier país.

Siendo yo poco indicado para dar lecciones, hay algo que tengo claro. La historia nos enseña que las sociedades tribales ‒propensas a la búsqueda de chivos expiatorios‒ suelen ser más violentas e intolerantes que una nación libre, tranquila, bien trabada y llena de espacios habitables. Convendría no olvidarlo.

Libros mencionados: «Los orígenes de la cultura. Conversaciones con Pieroaolo Antonello y João Cezar de Castro Rocha», de René Girard (Traducción de José Luis San Miguel de Pablos, Editorial Trotta, Madrid, 2006), «La rebelión de las élites y la traición a la democracia», de Christopher Lasch (Traducción de Franscisco Javier Ruiz Calderón, Paidós, 1996), «Pensadores de la nueva izquierda», de Roger Scruton (Traducción de José María Carabante, Rialp, 2017), «Manifiesto Redneck», de Jim Goad (Traducción de Javier Lucini, Dirty Works, 2017), «White Cargo: The Forgotten History of Britain’s White Slaves in America», de Don Jordan y Michael Walsh (NYU Press, 2008), «White trash [Escoria blanca]. Los ignorados 400 años de historia de las clases sociales estadounidenses», de Nancy Isenberg (Traducción de Tomás Fernández Aúz, Capitán Swing, 2020), y «Hillbilly, una elegía rural. Memorias de una familia y una cultura en crisis», de J. D. Vance (Traducción de Ramón González Férriz, Deusto, 2017).

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.