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Junichiro Tanizaki y las dos dimensiones de Katsura

Entre 1616 y 1663 se alzaron los principales edificios y pabellones que integran el Palacio de retiro imperial Katsura, en Kioto. Este tesoro arquitectónico fue construido por encargo del príncipe Hachijō Toshihito (1579-1629), hermano menor del emperador Go-Yōzei (1571-1617), sexto hijo del príncipe Masahito (1552-1586) e hijo adoptivo del legendario daimio Toyotomi Hideyoshi (1537-1598), gran reformador de Japón, unificador del país y figura esencial para entender lo que luego sería el shogunato Tokugawa.

Muy unido a Hideyoshi y al maestro de té Sen no Rikyu, Toshihito combinó en el proyecto de Katsura las ideas de este último y la inspiración que le brindó su lectura del Romance de Genji (Genji Monogatari), novela escrita en torno al año 1000 por la dama Murasaki Shikibu.

El shogunato Tokugawa, que gobernó el Japón desde 1603 hasta 1867, mantuvo a los emperadores como tales, pero sin ningún tipo de poder efectivo. Este aspecto es crucial para entender la filosofía que impregna la construcción de Katsura.

Se trata de un edificio en el que se intenta, de forma deliberada, obtener una imagen naturalista. Huye de la grandilocuencia, no hay un foco central y su arquitectura se fusiona con los jardines circundantes.

Tampoco hay en él una geometría identificable. La decoración es incompleta e imperfecta, y las vistas y los propios jardines recrean la complejidad de la naturaleza. De hecho, la villa viene a ser un microcosmos silvestre, en el que incluso encontramos una plataforma para la contemplación de la luna.

No ha de sorprendernos que fascinase tanto a Bruno Taut (1880-1938), el urbanista y arquitecto alemán que convirtió Katsura en un modelo para otros occidentales que también acabarían inspirándose en la arquitectura japonesa. De hecho, el libro que Taut escribió en 1937 sobre este palacio influyó en Le Corbusier y Walter Gropius.

Otro arquitecto, el japonés Kenzō Tange (1913-2005), relacionó la villa de Katsura y su entorno ajardinado con la influencia de las clases bajas, que pusieron de moda, durante esa misma época, el teatro Nō y la ceremonia del té. Según sus propias palabras, «el periodo en el que se construyó Katsura supuso el encuentro entre las dos principales tradiciones de Japón, la cultura Yayoi y la cultura Jomon. Cuando esto ocurrió, el formalismo cultural de la clase alta y la energía vital de la clase baja también se vincularon. De su dinámica unión emerge la creatividad que advertimos en Katsura: una dialéctica que se resuelve entre dos tradiciones».

Esas dos fuerzas estéticas que Tange detecta en los distintos espacios de Katsura emergen del pasado más remoto: el período Jōmon suele fecharse entre el 500 a. C. y el 300 a. C., y el período Yayoi comienza este último año y dura hasta el 250. Según Tange, la de Yayoi es una energía que implica refinamiento, orden y civilización. A esa tendencia sofisticada, identificable con el entorno imperial, se opone la cultura Jomon, que representa el lado bárbaro y espontáneo de Japón, más propio de las clases populares.

La construcción de Katsura, una obra que Tange indentifica con esa síntesis entre apasionamiento y finura, espontaneidad y orden, precede a la era Genroku (1688-1704), que supuso un renacimiento cultural en Japón, propiciado por los cien años de paz del primer período Tokugawa.

Durante esa misma época encontramos los sangaku, unas tablillas de uso matemático que plantean soluciones topológicas a problemas de geometría euclídea. Estas tablillas se colgaban en los templos y en los mercados para que cualquiera aportara la solución. Tradicionalmente, se proponían estos problemas matemáticos para que fueran resueltos mediante diagramas.

El estudio de los sangaku ha revelado que sus autores podían no ser especialistas, sino gente común. La mayoría, sin embargo, eran miembros de la clase samurái, tradicionalmente mejor educada. En todo caso, los sangaku manifiestan un gusto muy sofisticado.

Reflexionando sobre el contraste entre esas dos dimensiones de Japón, el escritor japonés Junichiro Tanizaki (1886-1965) escribió en 1933 El elogio de la sombra. Es un ensayo muy divertido sobre la búsqueda estética de los japoneses y su choque con las comodidades modernas. Por ejemplo, analiza los retretes tradicionales, que estaban fuera de la casa y permitían el contacto con la naturaleza. Constata que las vajillas de porcelana no tienen las cualidades de sombra y profundidad de las lacas. En definitiva, defiende las claridades difusas de las paredes de papel y el uso de los juegos de sombra y luz.

En un párrafo de la citada obra, Tanizaki define la forma japonesa (y oriental) de ver el mundo, coincidente con el juego de influencias que describía Kenzo Tange a propósito de Katsura: «Creo que lo bello no es una sustancia en sí, sino tan sólo un dibujo de sombras, un juego de claroscuros producido por yuxtaposición de diferentes sustancias».

Imagen de la cabecera: John Chang, CC.

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Joaquín Sanz Gavín

Contable y licenciado en Derecho.