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Juan Restrepo: «El periodismo no puede ser un oficio de fanáticos y partisanos»

Aunque últimamente parece que lo olvidamos, el centro del periodismo no reside en el negocio de las opiniones, sino en los hechos y en su descripción equilibrada. Ese compromiso con la verdad es lo que impulsa la admirable carrera de Juan Restrepo, corresponsal de RTVE durante más de tres décadas y testigo directo de algunos de los acontecimientos decisivos de nuestra historia reciente. Entre otras experiencias cargadas de significado, Restrepo encabezó el único equipo televisivo presente en la plaza de Tiananmen durante aquella trágica noche del 3 al 4 de junio de 1989. Dialogar con él equivale a recuperar los principios esenciales de este oficio que nos permite poner la realidad entre comillas. Y es que, como decía Ciryl Connolly, «el mejor periodismo es la conversación de un gran conversador».

Los corresponsales y los enviados especiales son decisivos para cualquier medio importante, y sin embargo, la crisis por la que pasa el periodismo está limitando esa actividad. ¿Qué pierde la sociedad cuando ocurre un acontecimiento, y en lugar de un periodista, quien lo cuenta es un usuario de Twitter o un ciudadano corriente, a través de la cámara de su teléfono móvil?

Sí, claro que son decisivos para todo medio importante, y la sociedad pierde con su ausencia en un acontecimiento que valga la pena contar. Donde esté un corresponsal o enviado especial sólido y con criterio que se quiten mil trinos de espontáneos, fugaces y sin contexto, en Twitter o en cualquier otra red social. Además, el corresponsal es la marca de la casa. Uno no concibe un gran medio –voy a poner dos ejemplos, la BBC o el New York Times– sin corresponsales allí donde hay un hecho importante.

No niego la utilidad de las redes sociales. Además, forman parte del mundo en el que vivimos y aportan, claro que aportan. Alertan muchas veces, pero hay que tener claro también que confunden y desinforman. Por eso hablo de solidez y de criterio del enviado o del corresponsal. Si al lugar de los hechos llega un paracaidista sin formación ni conocimientos, mal asunto, tendremos crónicas descontextualizadas, en el fondo inútiles.

Cuando hablas de crisis, no puede ser otra que la económica. En todas partes están adelgazando plantillas, recortando medios, despidiendo periodistas… A las cifras me remito. Mira, en un reciente informe que leí sobre la prensa en Europa, el país con mayor número de corresponsales es Alemania, con algo más de 500. Por detrás quedan Estados Unidos y Reino Unido, y entre los veinte países estudiados solo aparece un país latinoamericano, México, con casi 40 corresponsales. España aparece en el medio de esta clasificación, con algo más de 150 corresponsales. Estas cifras son muy elocuentes y muestran que tienen corresponsales los medios de países con mayor capacidad económica. Los países latinoamericanos, por ejemplo, tienen que resignarse con lo que les cuenten las agencias.

Sin embargo, muchos, incluso los corresponsales de países ricos, se ven cada vez más inmersos en un fenómeno que comporta una gran servidumbre, como es la de combinar el trabajo para varios medios, lo cual a veces es un verdadero desastre. No se puede pretender, como han querido los presidentes de la Agencia EFE y RTVE, que un periodista cubra la agencia, TVE y Radio Nacional. A eso llaman pomposamente sinergia, y en ese caso lo mejor es que contraten los servicios de una agencia internacional, que suelen ser buenas y muy profesionales y te va a valer por lo menos para cubrir la información estándar, y que se dejen de sinergias y tonterías.

Un corresponsal no puede ser un hombre orquesta, que está muy bien en una esquina para hacer ruido y que le den algunas moneditas, pero que lo suyo nada tiene que ver con la música. Porque, vamos a ver, si hay un gran acontecimiento y yo estoy cubriendo para tres medios ¿a cuál de los redactores jefes atiendo antes, al de EFE, al de Radio Nacional o al de Televisión Española? No, una cosa es ahorrar en tiempos de vacas flacas y otra hacer apaños que al final terminan en detrimento de la información. En el caso de RTVE, cuando más cerca se ha estado de esto ha sido en la presidencia de González-Echenique, un señor cuya experiencia anterior al cargo de mayor responsabilidad en una empresa estatal de información audiovisual en España era administrar hoteles. Eso es lo malo, que hoy en día muchos de los grandes medios no están en manos de periodistas sino de gerentes, de gente cuya principal finalidad es vender, hacer dinero. Esa es una de las razones por las cuales la información es cada vez más información-espectáculo.

Como espectador, recuerdo crónicas tuyas en circunstancias peligrosas: en zonas de narcotráfico o controladas por guerrillas, en medio de estallidos de violencia o de desastres naturales… ¿Cómo se afronta el riesgo cuando uno debe ejercer el periodismo en esas situaciones?

El peligro muchas veces forma parte del oficio en esta profesión. Una convención de veteranos de guerra no es noticia, pero la guerra sí que lo es, y miedo se pasa a veces. Quien diga que no ha pasado miedo o no ha estado en situaciones de peligro o está mintiendo. Lo que pasa es que cada uno es dueño de sus miedos.

Siempre habrá quien intuya más que otros las situaciones de riesgo. Lo que me parece detestable es jugar al héroe de guerra, y eso se da mucho en nuestro medio. Lo digo sobre todo por la televisión. Engañar a los espectadores haciéndose pasar por héroe de guerra me parece deleznable. Además, lo que casi nadie sabe –me refiero a los telespectadores, oyentes de radio o lectores de prensa– es que las situaciones de verdadero peligro casi siempre ocurren o cuando no se está frente a la cámara, o por las razones más prosaicas e intrascendentes. Voy a contar dos de estas últimas que me vienen ahora a la memoria.

Durante el cubrimiento de una explosión de una fábrica de pólvora clandestina en Ciudad de México, me lanzaron un ladrillo desde una azotea que pasó por encima del hombro, rozándome la cabeza. Me pudo haber matado. Los vecinos se oponían a que la prensa cubriera aquello y los periodistas no éramos bienvenidos. Detrás del negocio había algún militar, las cosas de corrupción típicas de estos países. ¡Hombre, haber muerto por un ladrillazo en la cabeza habría sido de lo menos épico! Y, por supuesto, el cámara no me estaba enfocando en ese momento.

En otra ocasión, en la selva colombiana, llegué con el cámara a la casa del líder de la guerrilla de las FARC conocido por el alias de Tirofijo, casa que éste acaba de abandonar. Se habían roto los diálogos entre el gobierno del presidente Pastrana y la insurgencia en la zona del Caguán y el ejército había emprendido la persecución de los guerrilleros. Encontramos antes que ningún otro colega la casa de Tirofijo. Se notaba las prisas en que había sido abandonado el lugar. La casa estaba camuflada a la sombra de un árbol inmenso, a resguardo de los sobrevuelos de la aviación. Las ventanas tenían rejas, pero desde fuera se podía ver su interior y la tentación de entrar era grande. En la puerta de entrada la llave estaba puesta en la cerradura.

Estuvimos varios minutos pensando qué hacer, sin atrevernos a girar aquella llave. Podía ser una trampa, podíamos volar. El cámara fue más valiente que yo, intentó girar la llave pero fue imposible abrir la puerta. Los dos tuvimos miedo, él menos que yo claro, pero habríamos podido volar allí por los aires sin ningún testimonio que avalara nuestro grado de inconsciencia, o de curiosidad si se quiere. Porque en el fondo muchas veces el periodista, empujado por la curiosidad, es inconsciente del peligro.

En mi caso concreto, y a lo mejor le pasa a otros colegas, el miedo viene luego, cuando te preguntas, “¿pero qué he hecho, cómo me metí allí?”. Y a veces transcurre un tiempo antes de reflexionar sobre el peligro que has pasado.

En cierta ocasión en que llegué con mi equipo a lo alto de una montaña, en donde la guerrilla había arrasado un campamento de paramilitares, pude haber pisado una mina antipersona, y eso sólo se me ocurrió tiempo después. Llegamos a una explanada en donde había cerca de una docena de cadáveres de paramilitares, ya en proceso de descomposición. Cuando descendimos después de haber grabado imágenes de aquella escena siniestra, nos cruzamos con una fila de militares que iban al lugar. Como eso era lo lógico en aquella situación, los guerrilleros después de una acción de aquellas solían sembrar el campo de minas para dar la bienvenida al ejército. Nosotros, que llegamos antes, podíamos haber sido víctimas de aquella práctica en la que muchos soldados colombianos han muerto o quedado mutilados después de pisar una mina antipersona. Pero eso sólo se me ocurrió en casa, cuando estaba tomándome tranquilamente un gin tonic. De modo que el peligro existe, y el grado de miedo depende de cada uno, pero lo que me parece incluso inmoral es recrear ese peligro, hacer una pantomima de peligro frente a la cámara. Lo digo sobre todo en televisión. Querer pasar por el más valiente a base de trucos de edición que el espectador no tiene por qué saber. Mostrar una acción de guerra, un soldado por ejemplo derribando una puerta, como hemos visto, con plano y contraplano; es decir, la patada desde fuera y la toma desde el interior. Debería dar risa sino fuera por el cabreo que te produce. O las entradillas con fondo de metralla. ¡Por favor, si no nacimos ayer! Lo malo es que mucha gente traga entero y ahí tienes a los protagonistas de tales hazañas ejerciendo de héroes de guerra oficiales. El reportero de guerra fulanito de tal ha declarado, ha dicho, ha publicado otro libro… Les preceden siempre unos galones épicos bastante discutibles.

Otro rasgo de tu trayectoria como periodista es el conocimiento profundo de aquellos hechos que has abordado. Más allá del hecho de documentarte, me refiero a la preparación cultural. ¿Han olvidado los jóvenes periodistas esa necesidad de estudiar a fondo aquellos acontecimientos que deben describir? ¿Nos estamos volviendo, quizá, más superficiales?

Hombre, muchas gracias por lo de conocimiento profundo pero no exageremos, a mí también me ha tocado hacer de paracaidista en alguna ocasión y llegar completamente pez a algún sitio. Recuerdo ahora mi llegada a la desaparecida Unión Soviética, en donde estaba uno de los corresponsales de prensa españoles más brillantes de esa época, Francisco Eguiegaray. Faltaban pocos meses para que se desintegrase todo aquel mundo y oír a Paco Eguiegaray adelantar lo que vendría y poner en perspectiva todo aquel tinglado era una gozada. Una gozada y una lección de lo que es un corresponsal formado e informado. Yo llegué más o menos documentado, pero no le llegaba a los tobillos a aquel colega. Menos mal que era un cubrimiento muy puntual cuando el desastre de Chernobyl. Pero sí, tienes razón, hay que ponerse como meta el conocimiento lo más completo posible de la zona o del país sobre el cual vas a informar.

Yo creo que un periodista a lo máximo que puede aspirar es a que digan de él “ese sabe lo que está contando”, no hay otra cosa, lo demás son fruslerías para la platea que tanto le gustan a algunos colegas. Es el lector, el oyente, el telespectador el que termina subiéndote de categoría, no el director de tu medio.

Mira, este colega de quien hablo, Eguiegaray, corresponsal entonces de TVE en Moscú, era un hombre que incluso no daba bien en imagen. Hay gente a quien quiere la cámara y gente a quien no la quiere y Paco era de estos últimos –digo era porque ya ha muerto el pobre– y él tampoco se ayudaba mucho, pero se plantaba ante la cámara y tenía autoridad, la autoridad que da el saber, el conocimiento.

Te voy a confesar una cosa, no creo mucho en las facultades de periodismo. Los rudimentos de la profesión requieren relativamente poco tiempo de aprendizaje, a lo que habría dedicar más tiempo es a una buena formación humanística, científica, cultural… Soy más partidario de que el futuro periodista se forme como economista, como historiador o como licenciado en Derecho, en lugar de dedicar años de tiempo precioso a teoría de la comunicación, historia del cine o la fotografía, infografía y cosas por el estilo. No digo que no sean interesantes y muchas veces necesarias, pero ¿no sería mejor hacer una especialización de acuerdo a tus intereses y al medio en que vas a trabajar una vez se tenga una formación más sólida?

Ya sé que esto no gustará mucho a quienes están estudiando en una facultad o a los profesores, pero es como lo siento y como lo veo después de años de ejercer la profesión. Grandes maestros de este oficio no han pasado por una facultad de periodismo, pero lo que sí sabemos de ellos es que fueron lectores voraces; Ryszard Kapuscinski, a quien parece obligado citar cuando hablamos de buenos ejemplos de la profesión, es uno de ellos; pero como eso no lo voy a cambiar y las cosas van a seguir como están, yo le recomendaría a un joven que se prepara hoy para ser periodista que estudie mucha historia y si me apuras, que se interese en particular por el siglo XIX. En ese siglo, donde quiera que mires, ya sea Europa, América, Asia, África, hay muchas claves de lo que pasa hoy en nuestro mundo, pero como de lo que se trata es de investigar y contar lo que pasa en un mundo cambiante, en transformación constante, hay que estar al día, leer mucho y prepararse en el fondo y en la forma, porque algo de lo que no se habla casi nunca es del cuidado del idioma.

A mí me parece fundamental también que el periodista, sea del medio que sea, mantenga un idilio con el idioma, debe cuidarlo, mimarlo, respetarlo. Es un instrumento de trabajo intangible que merece más atención de la que normalmente le solemos prestar. Kapuscinski, a quien acabo de citar, decía: “Yo solo quería escribir bien” y, por cierto, que uno de sus últimos consejos fue leer, leer y leer.

Después de mencionar a un tipo legendario como Kapuscinski, duele pensar en la deriva que han tomado muchos medios. Dicen que el mejor modo de recuperar el prestigio de nuestra profesión es hacer periodismo de verdad, riguroso y basado en hechos probados. Supuestamente, la calidad en la información es lo que el público acabará valorando, y lo que nos ayudará a salir de la crisis del sector. Sin embargo, cuando uno ve la cantidad de bulos y manipulaciones que la gente comparte en las redes sociales, surge la duda: ¿cómo vender periodismo clásico a esos lectores que hoy se creen cualquier cosa y que difunden los mayores disparates?

Pues mira, yo creo que ese periodismo riguroso y basado en hechos probados, como dices, debería ser aquel que más fielmente se apegue a lo ocurrido, lo cual no quiere decir que siempre contenga toda la verdad. Hay cantidad de imponderables que impiden al periodista abarcar todos los elementos de un asunto. Mientras más se puedan dar al receptor de la noticia, mejor, pero no nos hagamos ilusiones, no siempre se conoce todo. Por eso no creo en la objetividad que pregona tanta gente. Se hace lo que se puede, siendo consciente de que muchas veces hay más gente dedicada a poner trabas que a permitir que se conozca un hecho, empezando por los gobiernos. Estos son los primeros dispuestos a mentir y a ocultar la verdad, y de ahí para abajo, lo que quieras. Y en ese pulso entre el poder y los medios, aquel que dé más elementos a su público es el que resulta premiado con eso que se llama prestigio.

Para mí las tres virtudes de un buen periodista son la libertad, la fidelidad y la curiosidad. Esto desde un punto de vista absolutamente ideal, porque si vamos a ver bien, la libertad resulta muchas veces coartada por los intereses, la ideología, la creencia religiosa o la militancia política de los dueños del medio para el cual se trabaja.

¿Con qué libertad va a trabajar el redactor de un periódico cuyo dueño es un banquero cuando hay que hacer un reportaje sobre la usura bancaria? Los anunciantes, los dueños del medio, el poder político condicionan más de lo que se cree a los periodistas.

La fidelidad, esa otra cualidad que me parece fundamental. También sufre cortapisas; más aún, se ve amenazada también desde el interior mismo de la empresa para la cual trabajas. Hoy hay un afán de inmediatez que resta tiempo de investigación y reflexión. Si te envían al otro lado del mundo a cubrir un asunto, tu jefe en la sede central tiene acceso a la información que dan los medios del lugar al cual has sido desplazado, y esto a veces condiciona el trabajo para apegarse a los hechos.

El único valor inalienable, lo único que no te pueden cortar, bloquear o censurar es la curiosidad. La curiosidad debe mover a todo periodista. Y una vez protegido en la medida de lo posible con esos tres escudos, dudar siempre, no tragar entero, buscar varias fuentes, y si se trata de investigar, buscar el dinero. Cuando se tira del hilo del dinero, casi siempre se saca oro, y si persisten las dudas y no se tiene toda la verdad, ponerse del lado del más débil es la fórmula que tiene menos probabilidades de equivocarse.

Juan, tras estos años en los que la información ha sido distribuida gratuitamente, ¿crees que será posible que los lectores vuelvan a pagar por ella? ¿Hemos cometido un error al regalar nuestro producto a través de internet?

Yo hoy lo veo difícil. A lo mejor si se diese un pacto entre todos los medios para ponerse de acuerdo y todos a la vez decidiesen cobrar a los usuarios de internet, no les quedaría otra que pagar; pero hoy, tal como están las cosas, la gran mayoría declara no estar dispuesta pagar y más cuando la gente se acostumbró a recibirlo todo de manera gratuita, aunque dicen que la publicidad como único ingreso en los negocios de prensa en la red resulta insuficiente para mantener una plantilla, servicio técnico, alquiler de oficinas, etc.

Los defensores del periodismo on line todo gratis echan la culpa a los medios por no haber sabido adaptarse, teniendo como se tiene en internet mayor número de lectores que en papel. No sé si recuerdas lo que pasó en España hace años cuando El País empezó a cobrar por visitar su página en internet. El resultado fue que El Mundo se convirtió en el periódico español con más visitas en la red. Además, internet es un verdadero colador, por más que los medios se esfuercen en cobrar por sus contenidos siempre habrá alguien que lo publique en alguna de los millones de páginas en la red. El otro día, quise leer un artículo de los que aparecen encriptados en un periódico conservador español y lo encontré, y lo pude leer naturalmente, en una página árabe… No sé si se ha cometido un error o no, la cosa es que los medios hoy tienen que adaptase a lo que hay, y lo que hay es prensa gratuita.

Habrá que ver si el poderoso Google termina aliándose con la Newspaper Association norteamericana como se ha anunciado, y qué sale de esa alianza que sí sería, creo, el comienzo de un sistema de cobro generalizado. Donde se meta Google hay que echarse a temblar. Es demasiado poderoso.

Más allá de su compromiso con la verdad, los medios de comunicación configuran la imagen que un país tiene de sí mismo y la imagen que éste proyecta en el exterior. Los medios pueden resaltar facetas ejemplares de la sociedad y hacer pedagogía democrática, pueden apostar por la regeneración, diagnosticando aquello que hay que mejorar, o simplemente, pueden caer en el sensacionalismo o en el sectarismo, manipulando la realidad y confundiendo de forma interesada a los lectores. Sé que es injusto generalizar, pero… ¿crees que los medios de hoy reflejan con fidelidad lo que realmente somos? ¿Qué opinas de la imagen de España que asumimos y exportamos a través de los medios?

Yo creo que la mayoría de medios manipula. Incluso los más prestigiosos terminan en algún momento arrimando el ascua a su sardina, no solo en España, en todo el mundo. Los lectores, telespectadores, oyentes de radio, deberían tener también espíritu crítico y el ideal para mí es ver, leer y oír medios de distintas tendencias.

Conozco familias en Madrid en donde despiertan con la Cadena SER, leen solo El País y cuando había noticias en Canal Plus, ése era el noticiero que veían. Es decir, se inyectaban Prisa en vena. Y también conozco lo contrario: lectores de ABC que despiertan con la COPE y se acuestan después de ver solo el noticiero de Telemadrid.

Lo malo, en el caso concreto de España, es la polarización de la sociedad y hasta cierto punto la intolerancia. La gente así llamada de izquierda si ve a alguien comprar en un quiosco ABC o La Razón, inmediatamente lo clasifican de derecha cuando no abiertamente de “facha”. Podría ser alguien interesado en algo concreto de esos medios o alguien que quiere conocer otro enfoque de las noticias que él lee en El País o en Público, cuando este salía en papel… No sé si sea cierta la frase que atribuyen a Winston Churchill, se le atribuyen tantas, pero ésta me gusta. Dicen que dijo no leer prensa conservadora: “para qué si ya sé lo que dice”. Ahí está el ejemplo de un lector de prensa con criterio. Claro que es una exageración, seguro que leía prensa conservadora y liberal por supuesto.

En cuanto a la imagen de España que reflejan los medios es la imagen de un país tremendamente politizado, crispado por la política. La política está demasiado presente en la vida cotidiana de los españoles. Para los extranjeros que tienen en común con los españoles el idioma castellano –es decir, para los latinoamericanos– España es un país muy apetecible, con todo y sus problemas, la crisis económica reciente, etc., sigue siendo un país atractivo porque es un estado de derecho; valores como la libertad y la vida, que en Latinoamérica no se respetan, en España ni se cuestionan. Los españoles no se dan cuenta de eso, les parece lo más normal, pero si pensaran en la cantidad de gente que muere de muerte violenta en Latinoamérica, comprenderían por qué para muchos es un país envidiable. Luego está la gastronomía, un clima más benigno que el resto de Europa, el idioma, como digo, en fin muchas cosas… España atrae, pero llegas y te encuentras con la política como arma arrojadiza entre los ciudadanos, sean de la región que sean. Es tremendo.

Al hilo de la pregunta anterior, creo que muchos medios digitales, a diferencia de los medios impresos, dependen del impacto inmediato y de cierto tremendismo en sus planteamientos. ¿Por qué fórmulas clásicas del periodismo, como el gran reportaje o el análisis en profundidad, son tan difíciles de trasladar a internet?

Quizá porque internet ha transformado no solo a los medios sino también a los receptores del mensaje. Se tiene tal idea de inmediatez de los medios en esa plataforma que parece que otra cosa no tiene cabida. Antes, cuando comprábamos por la mañana la prensa en el quiosco de la esquina, esperábamos el factor sorpresa, lo novedoso que nuestro periódico favorito podría tener en relación con los demás. Hoy no hay factor sorpresa. Todo ya ha sido dicho antes en internet, incluso adelantado antes por Twitter. Todos los periódicos saben con antelación lo que va a decir la competencia. Por eso va siendo cada vez más anacrónica la existencia del papel. Para qué leer mañana lo que ha pasado hoy.

En donde el papel si puede seguir teniendo vigencia es en el gran reportaje. Es el mejor soporte para cinco o seis páginas sobre el Estado Islámico; pero eso sí, tendrás que dar mucha calidad. ¿Estarán los empresarios dispuestos a pagar bien a periodistas serios para que traigan una pieza de esas características? Quién sabe.

Antes me comentabas la politización excesiva de los españoles. ¿Sufrimos también una sobredosis de opinión en el periodismo español?

Definitivamente sí. No se comprende muy bien la necesidad de estar debatiendo muchas veces sobre miserias humanas, cuando se podría emplear el tiempo en saber más cosas del mundo en que vivimos. Digo miserias humanas porque, al fin y al cabo, la confrontación política tiene mucho de eso.

No digo que no haya que ocuparse de lo que ocurre con esos profesionales del engaño que suelen ser los políticos, pero una cosa es interesarse y otra estar en un constante sinvivir gracias a estos personajes. Porque, vamos a ver, ¿qué hace la gente un domingo tarde en la noche, cuando tiene una semana de trabajo por delante, cuando podría estar conversando con sus hijos o con su mujer, cuando podría esta viendo una buena película o leyendo un buen libro, qué hace la gente viendo a Ana Pastor entrevistar a Pablo Iglesias? Hombre, no. Ana es una gran profesional y el señor Iglesias un personaje de actualidad pero ¿a esa hora? ¿un domingo? Y claro, ya se van calentitos a la cama, para levantarse a primera hora a oír las reacciones de lo dicho en la entrevista y una homilía sobre el asunto de la SER, la Cope, Onda Cero o lo que sea a primera hora.

En los años ochenta, desarrollaste una labor extraordinaria como corresponsal de Asia-Pacífico para Televisión Española. ¿Encontraste pistas por aquella época del auge comercial que posteriormente iba a experimentar un gigante como China? ¿Qué lecciones debemos aprender de ese país y de sus habitantes?

Lecciones que podemos aprender de China hay muchas, pero destacaría una por encima de todas: el afán de conocimiento, el amor al estudio. Un padre chino primero deja de comer que su hijo se quede sin estudio. En cuanto a las pistas de lo que sería no solo las encontré, está mal que lo diga, pero esa fue una de las razones por las que quise ir a Extremo Oriente. Veía venir lo que pasaría con China y de ello pueden dar testimonio algunos colegas y mis amigos más cercanos, a quienes les di la tabarra anunciándoles lo que venía con ese país. Y digo quise ir a Extremo Oriente porque esa corresponsalía me la saqué yo de la manga.

Empecemos por ahí. Yo llevaba ya varios años en Televisión Española y había pasado desde presentar con otros colegas como Victoria Prego, Matías Prats y Joaquín Arozamena un exótico y fugaz telediario cuando comenzaron los informativos en la Segunda Cadena –como se llamaba entonces La Dos– hasta hacer reportajes de gran formato tipo En Portada. Había hecho la mili, que era reportería en el Telediario, programas especiales, y reportajes largos… Había tocado techo. Hay cosas en las empresas a las que uno no puede ambicionar y eso hay que tenerlo claro. Tenía claro, por ejemplo, que director de Informativos y cosas por el estilo no eran para mí. Una corresponsalía sí, pero aquello tenía muchos novios. Éramos muchos aspirando a corresponsal, hasta que un día se me presentó la oportunidad en forma de una conversación con Jesús Picatoste, jefe del gabinete de la entonces directora general de RTVE, Pilar Miró. Vino a casa con un amigo común y hablamos toda una tarde de los proyectos que tenía la empresa para las emisiones de televisión en América, o más concretamente, para los programas que se realizaban destinados a los canales latinoamericanos. Picatoste me pidió algunas opiniones en mi doble condición de español y colombiano, se las di y cuando nos despedíamos, me dijo: “Quiero que el lunes me traigas un resumen de esas ideas. Hay cosas que me gustaría hablar con La Seño”, que era como le decían a Pilar sus más cercanos.

Fui a mi estudio, tomé un par de folios que había escrito antes de que llegaran mis dos invitados y se los entregué. Yo había aprendido de un personaje muy listo que conocí en cierta ocasión, que ningún ejecutivo lee más de dos folios de una propuesta, y lo que allí había redactado eran las razones de por qué creía que Televisión Española debería tener una corresponsalía en Extremo Oriente.

¿Y por qué eligió TVE Manila como sede, en lugar de Hong Kong o Pekín?

Hay que situarse en aquel año 1987 y pensar que para la prensa española Oriente acababa en Jerusalén. La ciudad israelí era lo más lejos que un directivo de prensa escrita, radio o televisión en España podía imaginar para desplazar un enviado permanente. Hubo durante muchos años una sola excepción, el diario La Vanguardia, que tenía corresponsal permanente en Hong Kong, pero era la excepción que confirma la regla. Luego El País, en aquella década del los 80, envió un corresponsal a Tokio. Pero para la inmensa mayoría, todo lo que estuviese al oriente de Jerusalén era como si no existiese. Todo lo que allí ocurría se cubría con cables de agencia o a lo sumo, con reportajes comprados a otros medios europeos que enviaban a sus reporteros a aquellos lejanos y extraños países. Yo, que tenía fiebre amarilla desde siempre, soñaba con ser un día corresponsal en aquella región del mundo. Es cierto que habrían sido sedes más lógicas Pekín, Hong Kong o Tokio, que era entonces la capital de la segunda economía mundial. Pero estas dos últimas resultaban carísimas –el espacio de una cabina telefónica en el centro la capital japonesa costaba lo mismo que un piso en Madrid– y Pekín empezaba a ser importante, pero no era interesante en ese momento.

Si hubiese propuesto alguna de esas tres capitales estoy seguro de que el asunto no habría prosperado. Lo que le dije más o menos a Picatoste fue que estaba muy bien interesarse por estrechar vínculos con los países del otro lado del Atlántico, pero por qué no pensar que en el Pacífico había también un país con herencia hispánica, con lazos tan lejanos en el tiempo y estrechos en afectos como los países latinoamericanos y, sin embargo, del que apenas se ocupaba la televisión estatal.

De aquello no había tal cosa en realidad. En Filipinas apenas quedaban lazos con España, pero el argumento le gustó a Pilar. Además, Filipinas acababa de recobrar la democracia y también resultaba muy barato instalar oficina allí, así que decidió abrir la corresponsalía en Extremo Oriente, y cuando se supo la noticia hubo quien hasta dio declaraciones a la prensa especializada en temas de televisión de que estaba alistando maletas para irse de corresponsal a Manila. Yo me quedé callado y esperé a que se hiciera oficial la noticia de mi nombramiento. Más de uno en La Casa se quedó con la boca abierta.

Desde Manila empecé a cubrir Extremo Oriente hasta que en 1989, una serie de circunstancias hicieron que me tocara ser testigo, precisamente en el país que más me interesaba, de un acontecimiento que fue un hito en la historia contemporánea de China.

A eso iba a referirme ahora… En la madrugada del 3 al 4 de junio de 1989, te encontrabas en la Plaza de Tiananmen junto al cámara José Luis Márquez y al asistente Fermín Rodríguez. Fuisteis los únicos periodistas testigos de aquel desalojo. Aquel día obtuviste una exclusiva mundial, una de esas que pasan a la historia de la profesión. Antes de que actuase el Ejército, ¿llegaste a pensar que el movimiento estudiantil iba a acabar con el régimen comunista?

Sí, lo pensé. Y no solo yo, lo pensaron muchos colegas que estuvieron allí aquellos más de dos meses de crisis y lo pensaron muchas cancillerías en el mundo. Lo que estaba pasando en los países de influencia soviética y en la propia Unión Soviética nos hizo creer que China también se abriría, que el régimen comunista vivía sus últimos días. No contamos con que en China los parámetros son siempre diferentes a aquellos con los que medimos las cosas en Occidente.

El asunto que llevó a tantos periodistas occidentales a China en ese momento fue el encuentro entre los dos grandes líderes del comunismo mundial. ¿Qué pasa cuando un gran acontecimiento se transforma, cuando hay que improvisar, cuando las circunstancias cambian? ¿Cambian también las condiciones de trabajo?

Como ya dije, tenía entonces mi sede en Manila como corresponsal en Extremo Oriente. Desde allí me desplazaba por la región con un equipo compuesto por una operadora de cámara norteamericana y su ayudante filipino. Trabajábamos en mucha armonía y, como ocurría siempre que había algún acontecimiento previsible, habíamos pedido visado para viajar los tres a Pekín, con motivo de la visita de Mijail Gorbachov a China el 15 de mayo de aquel año.

Nos preparábamos para salir cuando recibí un télex desde Torrespaña indicándome que debía dejar en Manila a mis dos colaboradores y que en Pekín trabajaría con los equipos que iban de Madrid, también a cubrir aquel encuentro entre los dirigentes de los dos grandes países comunistas del mundo, Gorbachov y Deng Xiaoping. Las instrucciones no me hicieron ninguna gracia, pero tuve que acatarlas y tuve que ir solo a Pekín a encontrarme con la gente que había ido desde Madrid.

Se daba la circunstancia de que el director de los Informativos había cambiado no hacía mucho debido a la dimisión de Pilar Miró, por el escándalo que se levantó con la compra de un vestuario personal. Aquí debo añadir que aquel traspaso de poderes no había sido precisamente una ceremonia versallesca. El nuevo director de los Informativos, Diego Carcedo, que vino a reemplazar a Julio de Benito, llegó de Nueva York con un memorial de agravios importante en la maleta. Julio de Benito lo había cesado un año antes en la corresponsalía de TVE en Nueva York, según me contó el propio Julio, por instrucciones directas de Pilar Miró, porque a la directora general no le gustaba la forma en que el corresponsal en aquella ciudad cubría la enfermedad del presidente norteamericano. Ronald Regan tenía cáncer de nariz y la manera en que Carcedo informaba de aquel asunto tenía para Pilar un tonillo de guasa, por lo que terminó dando la orden de cesarlo en el cargo.

Pilar Miró estaba en las antípodas ideológicas de Reagan pero tenía claro que era el presidente de una nación amiga y merecía respeto. Carcedo, que por diversos motivos personales no quería salir de Nueva York, se las arregló para lo nombraran delegado de la Agencia EFE en aquella ciudad hasta que fue llamado por el nuevo director general en Madrid a asumir el cargo de director de Informativos. Llegó, pues, calentito con todos los que pertenecíamos al equipo de Pilar, de modo que cuando recibí la orden de viajar solo a China no pude ni plantear que se me permitiera llevar al equipo de Manila. Yo no era de la confianza del nuevo director de los Informativos.

Llegué al hotel Sheraton Great Wall de Pekín, al nororiente de la ciudad, cerca de la zona de las embajadas, y allí me encontré con los colegas que habían ido desde Madrid. Por razones que no vienen ahora a cuento, el ambiente de trabajo era tenso, surgían entre ellos a diario pequeñas discusiones por las cosas más banales e intrascendentes. Recuerdo que, casi a diario, pasaba por nuestras improvisadas oficinas en el hotel un fotógrafo de la revista Interviú que, cuando las oía, decía que los de Televisión Española estaban en los momentos de catarsis diaria.

Para mí aquello resultaba muy desagradable y más, como ya he dicho, habiendo tenido que prescindir del equipo con el que trabajaba en tanta armonía. Llevaba, además, más de dos años sin trabajar con cámaras de Madrid. Y aquí hace falta que me detenga nuevamente en el camino que llevamos hacia la noche de Tiananmen. En Televisión Española, en esa época –no sé cuales son las costumbres hoy–, había un soterrado enfrentamiento entre algunos cámaras –no todos, tengo que decirlo– y los redactores. Para empezar, no permitían que se les llamase “cámaras” sino “reporteros gráficos”. Además, había un grupito, entre los que estaba José Luis Márquez, que se consideraban los verdaderos factótum de la televisión. “Nosotros tomamos las imágenes, la televisión es imagen, por tanto nosotros somos los que hacemos la televisión” era más o menos su lema, y de manera incluso abierta, tendían a desatender lo que les pedía el redactor o a hacerlo de mala gana.

A mí aquella actitud me resultaba impresentable. En todo trabajo hay jerarquías y por más que los cámaras españoles se considerasen por encima de los redactores, la manera de hacer televisión en todo el mundo funcionaba así: un redactor daba la orden y el cámara debía atender a lo que se le pedía, por más que ellos pensasen otra cosa. Si a esto se agrega la tensión que ya he descrito antes entre diversos miembros del equipo llegado de Madrid –redactores, productores, editores de imagen– tenemos el cuadro del ambiente en el que me tocó trabajar.

Todos llegamos antes de la visita de Gorbachov pero las manifestaciones callejeras y ocupación de la plaza por parte de los estudiantes y gentes del pueblo de Pekín llevaban desde el 15 de abril, cuando se supo la muerte de Hu Yaobang, que fue la espoleta que disparó la protesta contra el régimen de Pekín. Dos días antes de la toma de la plaza por el ejército, una columna de policías militares procedentes de las provincias, muy jóvenes e inexpertos, trató de despejar la plaza, y en las inmediaciones de Tiananmen fueron desarmados y sometidos públicamente a fuertes reprimendas por parte de los estudiantes en las horas de la madrugada.

Aquello fue uno de los tantos episodios extraños que vivimos en Pekín esos días, pero lo traigo a cuento para ilustrar mejor lo que te he dicho hasta ahora. En un momento determinado, cuando estábamos grabando todas aquellas secuencias un poco surrealistas, se me ocurrió pedirle al cámara que hiciera unas tomas de un macuto con comida que había por allí tirado por el suelo. Lo recuerdo perfectamente. Entonces Márquez, absolutamente furioso, dejó la cámara en el suelo y se marchó. El ayudante, Fermín Rodríguez, tomó entonces el aparato e hizo lo que pudo, pues no podíamos perder lo que estaba ocurriendo en aquella calle.

Eran cerca de las tres de la mañana. Un episodio como estos en una televisión norteamericana, por ejemplo, habría valido para que el redactor llamase a su sede, informase de lo ocurrido y su protagonista terminase de patitas en la calle. En TVE no, allí podían ocurrir esas cosas y otras más graves y no pasaba nada. Yo ya había trabajado con José Luis Márquez en otras ocasiones. Habíamos viajado fuera de España, sabía que era un buen profesional, valiente cuando el asunto lo requería, intuitivo, pero con unas carencias personales que no quiero entrar ahora a calificar.

Sé que lo has relatado muchas veces, pero ¿podrías contarme algunas escenas significativas de las que fuiste testigo aquella noche?

Sí, lo he contado en numerosas ocasiones, pero esta vez estoy tratando de poner algo de contexto a las circunstancias de trabajo, no solo a los acontecimientos de aquella jornada, para que quede claro qué pasó con el material grabado por el equipo de TVE la noche del 3 al 4 de junio de 1989 en Tiananamen.

Llegó el día 3 de junio y la tensión se palpaba en el ambiente. Márquez, Fermín y yo estábamos en la plaza abarrotada de gente al atardecer. No solo estudiantes sino gentes del común y muchos periodistas; fue un día soleado, pero a media tarde, unas nubes cubrieron el cielo de Pekín dándole al ambiente un aire un poco más pesado y agobiante, y para hacer más inquietante la atmósfera, algunos helicópteros militares empezaron a sobrevolar por la plaza y sus alrededores.

La brigada 38 del ejército estaba ya dentro de Pekín y se hablaba de muertos y heridos. Por ahí hacia la 5:00 de la tarde, apareció un chico con una camisa ensangrentada y con el casco de un soldado en la mano. No supe lo que decía en aquel momento. Nuestra traductora no estaba con nosotros. La cosa es que aquello indicaba que algún incidente más o menos grave había sucedido fuera de la plaza y aquel chico traía noticias.

Nos fuimos para el hotel porque había que editar una pieza y dictar una crónica telefónica. Había empezado a oscurecer. Serían pasadas las 7:00 cuando llegamos al Sheraton. Me senté a escribir la crónica cuando recibí una llamada de Alicia Relinque, nuestra traductora, diciéndome que cerca del barrio de las legaciones diplomáticas un tanque había embestido a un grupo de personas, que había disparos y que había seguramente por lo menos heridos. Como a las 9:30 de la noche oí por una radio en inglés, no recuerdo cuál, quizá la BBC, que la plaza había sido desalojada completamente de periodistas. Me parece que la CBS radio fue el último equipo en salir de Tiananmen aquella noche.

Un dato que avala la precariedad de los medios con que contábamos era no tener un coche contratado permanentemente y que nos movíamos en taxi en todo momento. A aquellas alturas, la mayoría de la gente llegada de Madrid a cubrir la visita de Gorbachov a Pekín ya había regresado y con ellos. Además, se habían llevado los equipos de edición. En Pekín solo quedábamos Márquez, Fermín y yo, y un productor, Santiago de Arribas, que se encargaba de gestionar todo lo relacionado con las trasmisiones y envío del material a Madrid.

Llamé a Márquez y a Fermín a sus habitaciones y les dije que deberíamos intentar ir a la plaza. Era una locura visto después de lo que pasó, pero a mí me pareció en aquel momento de lo más normal. Salimos los tres del hotel poco antes de las 11:00 de la noche. Cuando llegamos al hall, éste estaba a oscuras y en silencio, semivacío. Un contraste impresionante con lo que había sido en los días anteriores que bullía de gente y animación. Allí estábamos hospedados varios equipos de televisión como la ABC, la BBC y la CNN, además de periodistas de medios escritos cuya presencia contribuía a dar animación a aquel lugar. Esa noche, no.

Cuando salimos los tres, reinaba el silencio en la penumbra de aquel moderno hotel. Ocurrió entonces una de esas cosas extrañas que suceden en este tipo de circunstancias y es que un único y solitario taxista, medio dormido, estaba allí cerca de la puerta del hotel, dentro de su vehículo, como si estuviese esperando por nosotros. Era el único vehículo disponible. El hombre solo hablaba chino pero entendió que queríamos ir a Tiananmen. Aceptó nuestra petición y emprendimos el recorrido por la ciudad.

Dimos vueltas por el nororiente de Pekín durante cerca de hora y media, buscando una salida hacia la plaza, pero encontramos las vías bloqueadas por vehículos incendiados y barricadas que improvisaba la gente como neumáticos o ruedas de coches encendidas, hasta que en un cruce de grandes avenidas –haciendo la reconstrucción luego siempre he pensado que fue en la intersección de Chaoyanmen y Dianmen, aunque hoy ya no estoy tan seguro— encontramos algo que nos impactó mucho.

Las calles estaban a oscuras, nos detuvimos junto a un grupo de personas que estaban por allí arremolinadas, casi todos chicos jóvenes quienes, al ver que éramos prensa extranjera, nos condujeron unos metros más adelante en donde había otro grupo de personas. Había allí unas diez o doce bicicletas aplastadas por los tanques del ejército horas antes, retorcidas como un amasijo de alambres, y junto a ellas el cadáver de un hombre joven, con la cabeza destrozada y la masa encefálica derramada sobre el suelo. A pocos metros de allí, vimos, cuando ya nos marchábamos, un camión de transporte militar y dentro, callados y tranquilos como si esperaran a alguien, unos soldados muy jóvenes. El camión estaba rodeado por la gente que, evidentemente, no permitía su movimiento ni la salida de allí de los militares.

Reanudamos nuestra marcha hasta entrar minutos después, al hutong Qinmen. Los hutongs de Pekín son barrios antiguos que estaban cerca de la Ciudad Prohibida, con callejuelas muy estrechas y casas bajas con patio interior. Hoy muchos de ellos han desaparecido. Paradójicamente, aquellas callejuelas estaban tranquilas, fuera de las casas se veía gente conversando, como si no estuviese pasando nada en la ciudad. Nuestro taxi siguió sin detenerse pero a marcha lenta, de modo que pude ver por las ventanas abiertas de las casas a la gente oyendo la radio o viendo la televisión. Grabamos imágenes desde el interior del vehículo y recuerdo que Márquez comentó: “Esto es muy bonito, chico”.

De repente, sin nosotros esperarlo aunque nuestro taxista sabía bien lo que buscaba, nos encontramos frente a la plaza. Habíamos llegado a la esquina suroeste de Tiananmen. Habíamos llegado a la puerta de Qinmen al sur de la plaza. Ingresamos a Tiananmen, dejamos nuestro vehículo junto a la acera en el costado oriental cuando en ese mismo momento apareció en el lugar un vehículo a pedal con plataforma de madera que era muy común entonces en China, cargado con varios heridos y quizá algún muerto. No era aquel el momento para comprobarlo. El conductor de aquel triciclo buscaba un hospital cercano, se dirigía hacia el norte, hacia la avenida Changan, la gran arteria que pasa frente a la Ciudad Prohibida y atraviesa Pekín de oriente a occidente.

Poco después, otro vehículo buscando la misma dirección, esta vez un pequeño camión de plataforma, también cargado de cuerpos ensangrentados, apareció por el mismo lugar. Logró superar no sin cierta dificultad unos obstáculos que había por allí en el suelo y siguió su camino. Naturalmente, grabamos todo aquello.

Pasaba la medianoche del 3 de junio cuando entramos a la gran explanada de Tiananmen, dejamos atrás el mausoleo de Mao Tsetung y nos encaminamos hacia el Monumento a los Héroes que está en el centro de la plaza. Encontramos reunidos alrededor del monumento a miles de estudiantes. Calculé entonces unos dos mil pero podrían ser muchos más. Estaban tranquilos, en silencio. Fuera de la plaza se oían explosiones y algún disparo. El lugar estaba tenuemente iluminado y por los altavoces se oía una voz que de vez en cuando daba algunas indicaciones.

Desde allí se veía el resplandor de incendios o fogatas prendidas fuera. Las otras tres esquinas que daban acceso a la plaza estaban bloqueadas por el ejército.

Cuando nos acercamos a los estudiantes y vieron que teníamos encendida la cámara, empezaron a cantar la Internacional. Para mí fue uno de los momentos más emocionantes y conmovedores de aquella noche. Un chico se apartó del grupo y vino hacia nosotros ondeando una enorme bandera de China. Hice una presentación en cámara cometiendo una imprudencia que fue encender el flash, lo que pudo haber atraído la atención sobre nosotros de los militares que había bajo la puerta de Tiananmen. Un chico que me oyó hablar se acercó a nosotros y nos contó en español lo que sentían al saberse rodeados por el ejército. Nadie del ejército o la policía se acercó, sin embargo, ni nos impidió grabar, pero aquello efectivamente era uno de los riesgos que corríamos, y ahí está precisamente la clave de lo que pasó con el material grabado esa noche.

Como nos dimos cuenta de que podíamos ser detenidos y corríamos el peligro de que nos confiscasen el material, empezamos a grabar en unas cintas que duraban media hora solo cinco o diez minutos. Grabábamos, cambiábamos de cinta para proteger lo grabado, la camuflábamos como podíamos y poníamos una nueva cinta, hasta que se agotaron y tuvimos que echar mano de las ya usadas y grabar en las colas que quedaban de las ya grabadas. Aquello supuso que el material quedó registrado de manera inconexa en los casetes. Lo grabado no correspondía al orden cronológico en que habían sucedido las cosas y eso es importante para entender lo que pasó luego con el material.

Entre la media noche y casi las 4:00 de la madrugada del domingo grabamos por toda la plaza, que era una inmensa explanada desierta. Los estudiantes continuaban apiñados alrededor del Monumento a los Héroes. Al rato de haber llegado nosotros allí, cerca de la 1:00 de la mañana, entró en la plaza por el costado occidental, procedente de Changan, una tanqueta de ruedas neumáticas, no un tanque, una tanqueta. Algunos estudiantes salieron del monumento y se enfrentaron a ella lanzándole palos y botellas o lo que encontraran por allí. El conductor dio media vuelta y volvió por donde había venido.

Los estudiantes volvieron a cantar en coro, mientras por los altavoces seguían emitiendo las autoridades consignas e instrucciones de desalojar la plaza. Esto lo supe luego porque en aquel momento no entendí lo que decían. Nos acercamos a grabar incluso hasta la avenida Changan, frente a la Torre de Tiananmen en donde, bajo el gran retrato de Mao que domina la plaza, unos mil soldados permanecían impasibles en espera de órdenes. En nuestro recorrido por entre las tiendas de campaña que quedaban en pie vimos algún chico solitario dormir como si allí no pasara nada.

Nuestro conductor, que estaba asustadísimo, empezó a apurarnos para que nos marcháramos de allí y haciendo giros con la mano nos indicaba que el lugar estaba rodeado, al tiempo que decía la única palabra en inglés que podía pronunciar: “¡Soldiers, soldiers!”.

Entendió, seguramente por hablar con alguno de los estudiantes, cuál era la situación del lugar. La plaza estaba rodeada por los soldados, y angustiado quería salir de allí.

Decidimos entonces que yo lo llevaría hasta un lugar discreto y seguro y salí con él después de las 4:00 de la madrugada, cuando se habían apagado todas las luces del lugar. Tiananmen quedó totalmente a oscuras y yo salí con el taxi hacia el vecino hutong Qinmen, por donde habíamos entrado. Quedamos en que a mi regreso nos encontraríamos a los pies de uno de los grupos escultóricos que flanquean al sur el mausoleo de Mao Tsetung.

Era importante conservar el vehículo para salir luego de allí, de modo que, efectivamente lo dejé en una callejuela de aquellas que he descrito antes y regresé a pie a la plaza, en donde ya el desalojo había comenzado.

Cuando fui hasta el monumento en donde había quedado con Márquez y Fermín, naturalmente no estaban. El caos era total. Desde dentro de la Ciudad Prohibida salían miles de soldados, unos con porras en la mano y otros con los fusiles con bayoneta calada, apuntando hacia la multitud.

Desde el edificio del Gran Palacio del Pueblo, en el costado occidental de la plaza, salieron también miles de soldados en iguales circunstancias que los de la Ciudad Prohibida: apuntando con los rifles unos y con porras en la mano otros. La idea era avanzar en forma de ele invertida hacia el monumento y desplazar a los estudiantes hacia la esquina sur occidental, que era la única de las cuatro entradas que no estaba bloqueada por el ejército.

Dadas las condiciones de confrontación que tuve con Márquez durante todo aquel trabajo, en medio de aquel caos tuve tiempo y ánimo para prevenir otro posible disgusto. Como ya imaginaba lo iba a pasar si no nos encontrábamos, para dejar una prueba de que volví al lugar y la cita indicados, subí al pedestal, que era bajo, algo más de un metro, e incrusté dentro de los pliegues de piedra labrada de aquel conjunto escultórico un pequeño objeto de plástico con la ingenua pretensión de enseñarlo al día siguiente a mis compañeros. Una ingenuidad, pues a la plaza no se puedo volver a entrar en varias semanas después de aquella tragedia.

A medida que los soldados avanzaban, empujando a los estudiantes hacia la esquina suroriental, desmontaron y quemaron las tiendas de campaña que quedaban en pie. Un tanque derribó la estatua de la Diosa de la Democracia que los estudiantes de Bellas Artes habían instalado frente al retrato de Mao, al norte de la plaza.

El desalojo fue rudo, enérgico y firme, pero no ocurrió la matanza de la que todo mundo habló luego. Los estudiantes salieron ordenadamente de la plaza y terminaron de hacerlo hacia las 6:00 de la mañana. Iban tristes, derrotados, algunos de ellos lloraban, se abrazaban. Llevaban los instrumentos que les habían servido para hacer propaganda durante las semanas de ocupación de la plaza como altavoces y pequeñas imprentas manuales. Me encontré entonces con un colega de la revista inglesa The Spectator, Richard Nations, quien me dijo que había visto salir a mis dos compañeros en la cabecera de la marcha.

Márquez y Fermín fueron acompañando a los estudiantes que torcieron hacia la derecha por la avenida Qinmen Xi Dajie y luego tomaron en dirección norte, hacia la universidad de Pekín, seguramente. Pero llegando casi a Changan, cerca de la Sala de Conciertos de Pekín, aparecieron tanques y tropas que empezaron a disparar contra la multitud. Supongo que algunos estudiantes quisieron dirigirse de nuevo por Changan hacia la plaza. Allí, pasadas las siete de la mañana hubo más muertos y heridos, pero esto ocurrió fuera de la plaza, no en Tiananmen como luego dijeron muchos medios.

Entonces ¿por qué todo mundo conoce aquello como la matanza de Tiananmen?

Porque así lo presentaron todos los medios del mundo nada más ocurrir la tragedia y las imágenes de TVE contribuyeron, sin que esa fuera nuestra intención, a crear esa confusión. Hubo tragedia, sí, y muertos también, muchos, aún hoy no sabemos cuántos. A lo largo de estos años, hubo un baile de cifras que va desde los 250 a los 3.000. En todo caso, no murieron dentro de la plaza, sino por la noche, en la zona de Muxidí, al oriente de la plaza, y por la mañana no lejos de la sede de gobierno llamada Zhongnanhai, al oeste de Tiananmen. Y el hecho de que la matanza haya sido fuera de la plaza tiene su importancia, porque seguramente la orden que tenía el ejército era preservar las entradas a sangre y fuego y que dentro no hubiese derramamiento de sangre por el valor simbólico del lugar.

Recuerdo que un colega me dijo, cuando se lo conté: “¡Qué más da si fue fuera o dentro, fue una matanza!” Pues resulta que para los chinos sí tenía su importancia, Tiananmen es un lugar “sagrado” para el comunismo chino. Allí reposa la momia de Mao, su mirada contempla desde la entrada a la Ciudad Prohibida el lugar. Allí nació oficialmente la República Popular China, está el monumento a lo héroes de la lucha antijaponesa y está en un eje con el Templo del Cielo cuyo significado sólo los chinos pueden comprender.

Lo que no pudieron evitar es que se la conozca como “matanza de Tiananmen” por una tremenda paradoja derivada de nuestras imágenes. Cuando llegamos por la mañana del domingo 4 de junio al hotel con aquellas imágenes, varios colegas las quisieron tener. Decidí compartirlas con la ABC norteamericana, porque era la única forma de sacarlas de China inmediatamente. Con todos aquellos muertos y heridos, todos los medios ya hablaban de la matanza de Tiananmen cuando llegaron nuestras imágenes, llevadas en mano por un mensajero de ABC para enviar a Madrid a TVE y distribuir a todo el mundo; pero, como he contado –y por eso insistí en ello antes— la grabación que había en nuestros casetes no estaba en el orden cronológico como habían ocurrido los hechos. Había en ellos muertos y heridos antes de entrar a la plaza y luego en el tiroteo de la mañana, pero solo nosotros habríamos podido editar aquellas imágenes en orden cronológico y no los que lo hicieron en Hong Kong y en Madrid. Todo el mundo estaba seguro, por lo que decían las agencias y demás medios, de que aquellas imágenes eran dentro de la plaza. Incluso se atribuyó la famosa imagen del hombre frente al tanque que todo mundo recuerda y que es uno de los íconos del siglo XX, a una matanza en la plaza que no existió. Aquella imagen es del día 5, tomada desde el Hotel Pekín por otros colegas, no por nosotros, cuando la columna de tanques se retiraba de la plaza después de haberla despejado y ocupado.

Aquel cubrimiento para mí fue muy importante pero me dejó cierta amargura y frustración por las condiciones en que trabajé. La versión que da José Luis Márquez de aquellos hechos, y que quien quiera puede buscar por internet en Radio Nacional de España del pasado 4 de junio, y que ha repetido durante un cuarto de siglo, es un insulto a la inteligencia: él solo tomó un taxi, y como era más listo que los 2.500 periodistas que estaban en Pekín en ese momento, fue a la plaza –ni siquiera llevaba ayudante– cargó, además de los siete kilos de peso de la cámara, una bolsa con quince casetes, cables, micrófonos etc., se echó a dormir un sueñecito mientras llegan los tanques y en medio de las balas salió de allí con los estudiantes. Todo un héroe. [Audio: Entrevista con José Luis Márquez en RNE]

¿Y qué destino ha tenido todo el material que grabaron? ¿Por qué no se ha empleado para convertirlo en un documental español que registre, a partir de esa exclusiva, todo lo que sucedió a lo largo de esas horas?

Seguramente está en el archivo de TVE, en el mismo desorden en que se grabó, y nunca se pudo hacer verdaderamente un reportaje contando cómo ocurrieron los hechos. Incluso hay imágenes inéditas como las de todo el proceso de elaboración de la Diosa de la Democracia que nunca fueron emitidas. Un año después, cuando Carcedo premió mi labor cerrando la corresponsalía y enviándome a Madrid, Manu Leguineche, que era entonces director de En Portada, me encargó, en el primer aniversario de la tragedia, un programa, pero insistió en la versión de la matanza dentro de la plaza en contra de mi criterio y de mi testimonio personal. Incluso hizo una presentación del programa contando como los tanques entraron en la plaza y aplastaron a los estudiantes. Está en el archivo de TVE por si alguien duda de lo que digo.

Tengo que decir en su descargo que años después, ya muy enfermo, en su casa de Brihuega me pidió perdón y admitió su error. Lo hizo delante de testigos. Luego varias productoras privadas han querido utilizar aquel material, y por no haber sido ordenado nunca, les ha sido muy difícil su localización. Paradójicamente, el mejor documental que se ha hecho sobre aquellos acontecimientos utilizando las imágenes de TVE lo realizó la norteamericana Carma Hinton, pero le da el crédito a ABC no a Televisión Española. Ha sido tal la confusión que la gente eligió para un programa especial que se hizo con motivo de los 50 años de TVE entre las mejores imágenes propias la del hombre frente al tanque que, como he dicho, no fue nuestra.

Toda esta confusión que describes me lleva a otro punto, y es que parece que el mundo ha optado por la amnesia frente a la tragedia de Tiananmen. Al cabo de los años, y con las vueltas de ha dado la política internacional desde entonces, ¿ha cambiado tu perspectiva de lo que significó aquel terrible episodio?

No, no ha cambiado. Aquello fue traumático para China, que tardó años en retomar el rumbo político que había emprendido Deng Xiaopin. Tiananmen supuso un frenazo e integra hoy esa trilogía de términos conflictivos para la nomenclatura china: Taiwán, Tíbet y Tiananmen.

Por otra parte, la gente se quedó con la idea de la “matanza de Tienanamen” y se seguirá utilizando cada cierto tiempo cuando se quiere recordar que en China hay una férrea dictadura. Siempre, mientras perviva el actual régimen, será una forma de decirle a los dirigentes chinos: “Sí, mucha prosperidad económica, pero son ustedes unos violadores de los derechos humanos”.

Otra parte fundamental de tu carrera ha transcurrido en Latinoamérica. ¿Crees que en España se informa bien sobre los países hispanoamericanos o aún tienen demasiado peso los prejuicios y los estereotipos? Te adelanto mi impresión: cuesta encontrar en nuestros informativos noticias sobre científicos mexicanos o colombianos, y sin embargo, la cobertura de cualquier hecho trágico o violento es inmediata.

¡Ah, eso seguirá así! Cualquier pequeño progreso que se haga en estos países nunca será interesante ni para los medios españoles ni para los del resto del mundo. Estos países no son competitivos ni siquiera en sus tragedias. Un negro infectado de ébola que puede contagiarte solo con la mirada pone a temblar a Europa o Estados Unidos, mientras que las matanzas en México o Colombia, los ríos de sangre que corren por las calles de Centroamérica, Rio de Janeiro o Caracas no importan nada, y si se conocen, se olvidan pronto. Cada tragedia solapa el recuerdo de la anterior.

Yo soy tremendamente pesimista con respecto al futuro de Latinoamérica. Hablo por experiencia personal. Cuando me fui muy joven de Colombia a España, a mediados de la época de los años 1960, todo mundo me decía que regresara porque aquí estaba el futuro. Hoy, cuando he doblado la esquina de la vida hace años, puedo decir con autoridad: “Vaya mierda de futuro”. De países en donde los dos valores fundamentales que son la libertad y la vida no valen nada, poco puede esperarse.

Las estadísticas con terribles. En los primeros diez años del nuevo siglo ha muerto por actos de violencia un millón de personas, y el índice de homicidios, mientras en el resto del mundo decrece o se estanca, en Latinoamérica ha aumentado un 11%. Pero pongámosle rostro a esta tragedia, que las cifras son siempre muy frías.

Hoy mismo, cuando te estoy respondiendo a esto, una niña de 12 años de un barrio marginal de Cali, que acababa de ganar una beca para estudiar en una de las universidades más caras y elitistas de Colombia –18.000 dólares la matrícula anual– por su inteligencia y capacidad, perdió la vida por una bala perdida disparada durante un enfrentamiento entre bandas de delincuentes. Y el telón de fondo de todo este desastre es la droga y la corrupción política.

La gente que en España consume cocaína debería de ser consciente de que cada raya de coca lleva un coágulo de sangre latinoamericana.

Desde este lado del Atlántico, no es fácil conocer qué imagen tiene España en el resto de países de habla hispana. Los lazos culturales y sentimentales son evidentes, y quedan fuera de toda duda, pero también tengo la sensación de que la trayectoria americana de las empresas españolas ha tenido un impacto muy variado. ¿Ha mejorado nuestra imagen o sucede lo contrario?

Como ya te he dicho antes, la imagen de España en estos países es buena, a mucha gente le gustaría vivir en España y más con lo que acabo de decirte del tema de la seguridad.

España, a pesar de todos los problemas que hoy tiene, es un estado de derecho, todavía hay cosas que se respetan y que en Latinoamérica son una quimera. Asuntos como la justicia o la educación aquí son de echarse a llorar. Al contrario de lo que puede pensarse, algunas empresas españolas –no todas– no solo no contribuyen a dar una buena imagen de España en Latinoamérica, sino que despiertan, por el manejo que muchas veces hacen de los servicios fundamentales que prestan, ese resquemor hacia España que también es cierto que a veces existe por aquí. Cuando una empresa de telecomunicaciones o un banco adopta las mañas que se estilan en estas tierras por parte de las empresas locales, se hace verdaderamente detestable.

Tú has conocido la política informativa de Televisión Española a lo largo de varias décadas. Tengo la impresión de que los directores de los servicios informativos no siempre han estado a la altura de su cargo. ¿Qué le ha faltado a TVE para convertirse en un referente informativo como la BBC?

Para convertirse en un referente como la BBC faltó algo que es imposible en España, un canon. La gente tiene una vaga idea de que la BBC es buena y es un modelo a imitar, pero casi nadie sabe que los ingleses pagan por eso.

Eso se pudo haber impuesto en la época de Pilar Miró, antes de la aparición de las privadas, pero el coste político era tan alto para el gobierno de Felipe González que el asunto se descartó. ¿Te imaginas, la gente acostumbrada desde la época de Franco a que le dieran televisión “gratis”, teniendo que pagar? Habrían quemado Torrespaña.

Nadie se detenía a pensar que la pagaban indirectamente con los costos de publicidad que las empresas recargan al consumidor.

Cuando llegó Zapatero, un personaje tan ocurrente en casi todo, tuvo la genial idea de nombrar una comisión de sabios –uno de los cuales por cierto confesó no ver nunca la televisión ni tener aparato en su casa– para que le dijesen cuál era el modelo a seguir y, claro, los sabios, seguramente después de pagarles un pastón, le dijeron que la BBC. Descubrimiento del Mediterráneo que se tradujo en que mucha gente sigue creyendo hoy que aquella etapa fue el Shangri-la de la radiotelevisión estatal en España. Que les pregunten a algunos profesionales que aún están en la empresa, sobre todo a los productores, lo que fue el sistema de contratación con empresas privadas en la gestión de Zapatero para que se enteren de maravillas.

En cuanto a la primera parte de tu pregunta, de que no siempre los directores de Informativos han estado a la altura del cargo, se debe a que la dirección de Informativos es un cargo político, no un cargo periodístico. Ese es un mal comienzo. Ha coincidido que en algunos casos, el director de los Informativos ha sido un buen profesional y ha sabido sortear con más o menos fortuna la presión política, que es grande y constante en ese cargo.

Los partidos políticos ni se cuestionan lo que es una televisión de Estado. Asumen que es una televisión que debe, básicamente, defender los intereses del partido de gobierno y evitar al máximo las críticas de la oposición, por más que digan lo contrario. Y no son solo PP y PSOE. Mira lo que pasa con las televisiones autonómicas. Es un vicio nacional, qué le vamos a hacer.

Si tuvieras que resumir la evolución de la Casa durante el tiempo que pasó en ella, ¿qué etapa de TVE te parece más brillante y a qué lo atribuyes?

Dirás que arrimo el ascua a mi sardina por lo dicho hasta ahora, pero la mejor etapa en los 35 años que estuve en TVE para mí fue la de Pilar Miró.

No digo que fuera perfecta: se cometieron errores incluso alguna injusticia, y voy a decir un caso concreto, llevar a Eguiegaray, a quien ya nombré antes, de Moscú al archivo. Que quede claro, pues, que no estoy diciendo que aquellos pocos años fueron incuestionables, pero sí tuvieron tres cosas que no se volvieron a repetir, por lo menos las tres al tiempo: respeto por el telespectador, emitiendo siempre lo que se anunciaba a la hora prevista; realización de series propias de calidad con los medios de la empresa y no con empresas privadas, y esfuerzo por tener unos informativos imparciales. El ejemplo que puse de Reagan y el corresponsal en Nueva York ilustra algo lo que digo.

Además, no se olvide una cosa: Pilar no salió de RTVE por el asunto de unos trapitos que se compró en alguna tienda de lujo de Madrid, que hoy serían peccata minuta con la que está cayendo en España. Salió porque no se le ponía al teléfono a Alfonso Guerra que, como todo mundo sabe, era de su propio partido y mandaba mucho.

La culpa de que la imagen periodística de TVE haya decaído ¿la tienen solo los partidos con ese afán de control o hay razones más profundas?

Bueno, resumiendo, la culpa es de los partidos políticos y de la idiosincrasia del país porque, de haber tenido una televisión de Estado pagada por los ciudadanos, no estaríamos en las que estamos.

El derroche, el clientelismo y la corrupción han definido la faceta más oscura de la partitocracia española, pero cada medio solía denunciar estos desmanes de forma selectiva, dependiendo de sus simpatías. Da la impresión de que buena parte de nuestros periodistas se han sentido demasiado cómodos cerca de los poderes políticos, siendo cómplices de ellos. ¿Podremos abandonar esa politización y ese sectarismo que tanto daño ha hecho a la credibilidad de la profesión, o lo ves como una causa perdida?

A ver, yo como español nacido en Colombia veo las cosas un poquito diferentes. Yo no tengo parientes, ni siquiera lejanos, muertos en la guerra civil y eso me permite ver las cosas con una cierta distancia.

A mí me costó mucho trabajo entender que para los españoles la guerra civil no ha terminado. Me parece sencillamente horroroso ver la aparición de un nuevo líder político, además joven, como Iglesias, esgrimiendo también un abuelo muerto en la guerra entre los argumentos de su ideario político. Horroroso. ¿Cuántas generaciones tenemos que esperar para que la guerra civil no sea un arma arrojadiza entre los españoles? ¿Para que deje de haber entre los nietos de los vencidos esas ansias de revancha disfrazada de anhelo de justicia? ¿Y para que desde la orilla opuesta no se sientan en la necesidad de gritar “y tú más”? Empecemos por ahí.

El periodismo no puede ser oficio de fanáticos y partisanos. ¿Cuántos periodistas en España se sienten libres de ese lastre familiar para escribir, para opinar? No lo sé. Los debe de haber, pero qué difícil es contradecir en materia política a alguien en España sin que te etiqueten inmediatamente.

A mí me parece que el bipartidismo en España terminó siendo un desastre. Cumplió su misión en un momento determinado, pero luego se acomodó y fue colonizado por unos corruptos. Está visto que la gente puede aceptar muchas cosas, incluso que se legisle contra sus intereses y que la prensa, como dices, haya estado cómoda frente a los poderes políticos. Pero lo que no parece dispuesta a aceptar es que el sistema sea corrupto, que el orden establecido patrocine la corrupción y se ponga al servicio del enriquecimiento ilícito de unas minorías.

En eso también la sociedad española se diferencia de la latinoamericana. Por eso bien merecido tienen ahora los dos principales partidos el miedo que se les ha metido en cuerpo con la aparición de una formación política que les respira en la nunca.

Pero los que llegan tampoco son monedita de oro. A mí eso de que en España se pueda criticar hoy a todo mundo menos a Podemos me parece impresentable. ¿Pero esto qué es? De modo que yo no puedo decir que estos señores son chavistas y que a mí el chavismo me parece un desastre. Vamos a ver, yo no hablo de oídas en este asunto como mucha gente en España. Lo conozco de primera mano. A mí y al cámara José Manuel Iglesias por poco no nos tiran desde un puente peatonal en Caracas por no querer decir lo que un grupo de chavistas quería que dijese en cámara.

Conozco las angustias que viven amigos venezolanos con este régimen, la corrupción del gobierno de Maduro, un pelele en manos de Fidel que es más listo que el hambre y a quien se le apareció la Virgen con Chávez. ¡Ah! que es que España no es Venezuela; sí, eso mismo decían los venezolanos cuando llegó Chávez: Venezuela no es Cuba.

Yo he visto a alguno de esos dirigentes de Podemos babeando con Hugo Chávez, ahí está la hemeroteca, los archivos de televisión. De modo que dices que esta gente es chavista, y te acusan de propagar insidias. ¿Pero esto qué es? No lo entiendo. He dejado de escribir en Facebook porque veo que hay amigos podemitas que se molestan con mis opiniones sobre esta gente, y como no es cosa de entrar en polémica con los amigos ni yo pretendo convencer a nadie, prefiero no opinar más en esa red.

Hay otra cuestión derivada de este asunto… En América, los regímenes populistas plantean medidas para controlar a los medios. Sin embargo, veo que hay más de un periodista español entusiasmado con las soluciones bolivarianas. Desde ese conocimiento directo de lo que ha pasado en América Latina, ¿crees que es compatible el populismo con la libertad de prensa?

No, no, creo haber respondido en parte a esta pregunta. El populismo es un desastre. Al populismo le gustan tanto lo pobres que los multiplica. Los necesita para que salga el líder en mangas de camisa a un balcón. Y claro, no le viene bien la prensa crítica, no digo independiente porque ya te he dicho que tampoco creo en ella, digo crítica con argumentos, con pruebas.

Mira lo de Venezuela. De Cuba ni hablemos. Mira Ecuador, un gobierno en donde –todo hay que decirlo— Correa ha hecho una magnífica labor en el campo de las infraestructuras y la educación, pero que quiere silenciar la prensa porque no admite la más mínima crítica, llevando a la cárcel a periodistas porque le hacen una caricatura.

La soberbia de estos personajes iluminados es insoportable. Se merecen que los lapide la prensa crítica, que haya periodistas ojo avizor con su tropelías y desmanes. ¡Viva la prensa crítica!

Antes hablábamos de la fidelidad a los hechos. En el periodismo, existe la tentación de tomarse licencias poéticas para adornar la realidad. Te lo planteo a partir de la biografía de Kapuscinki que escribió Artur Domoslawski, en la que habla de ciertas invenciones literarias de este gran periodista. En uno de sus libros, El Emperador, Kapuscinki embellece algunos hechos que cuenta con detalles imaginarios. ¿Consideras que es posible liberarse por completo de esa trampa de la ficción? ¿Hasta qué punto resulta complicada la relación del periodismo con la literatura?

Difícil responder a esta cuestión. Como habrás podido ver, soy un seguidor de Kapuscinki. No conozco el libro de Domoslawski aunque había leído sobre las invenciones que le atribuye al maestro.

El Emperador fue el primer libro que leí de un escritor polaco cuya existencia desconocía. Lo compré porque me atrajo el tema, al que estuve cercano en un tiempo por haber tenido buenos amigos etíopes. Me pareció deslumbrante y a partir de ese momento, he leído todo lo que he podido de él. Conocedor de lo exhaustivo de la documentación de Kapuscinki para cada obra –a veces doscientos libros como en el caso de Ébano–, estoy dispuesto a perdonarle ciertas licencias literarias aunque tengo que admitir que esto es una opción muy personal y discutible.

La línea que separa el reportaje de la novela es muy delgada, y la tinta que se ha derramado tratando de esta cuestión es mucha, no solo desde la aparición de A sangre fría, de Capote. A lo mejor desde Robinson Crusoe. Como estamos hablando básicamente de reportaje, y este género no requiere que el asunto tratado sea necesariamente noticia, a mí personalmente no me parece mal que se deslice por el camino de la literatura. Un buen reportaje, además de descripciones, debe tener emotividad y colorido, y de ahí a la literatura hay solo un paso. Desde mi punto de vista, pues, la relación entre periodismo y literatura no es complicada. En todo caso, ojalá en este oficio todos los dilemas fueran como este.

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.