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«Estrella oscura» («Dark Star», 1974), de John Carpenter

En abril de 1974 ocurrieron muchas cosas. La población del planeta alcanzó los cuatro mil millones de personas. El grupo sueco Abba ganó el premio de Eurovisión e inició su meteórica carrera al estrellato. Igualmente impactante fue el debut de Stephen King con Carrie. La Revolución de los Claveles pone fin a cuarenta y ocho años de dictadura en Portugal. Vinieron al mundo Victoria Beckam, Penélope Cruz y Edgar Wright. El golpe ganó el Oscar a la Mejor Película. Ciento cuarenta y ocho tornados se abatieron sobre una docena de estados norteamericanos y se cobraron trescientas quince vidas. Se inauguró el World Trade Center en Nueva York. El asesino en serie Ted Bundy secuestró y asesinó a la tercera de sus muchísimas víctimas. El terrorismo y la guerra siguen azotando el mundo… Y se estrenó la primera película de John Carpenter: Estrella oscura.

En el año 2150, la astronave Estrella oscura se encuentra en una misión de veinte años para destruir mediante bombas inteligentes –lo que incluye la capacidad de hablar e incluso razonar‒ planetas inestables que pudieran amenazar futuros asentamientos de colonos. No sólo la nave sino también su tripulación de cuatro hombres se encuentran en un estado lamentable, consumidos por la soledad y el aburrimiento. El comandante Powell ha sufrido un shock eléctrico y está sumido en un estado de animación suspendida, despertando sólo cuando sus subordinados le necesitan. El capitán en funciones Dolittle (Brian Narelle) se evade con fantasías de surfista; el tripulante Pinback (Dan O’Bannon) está convencido de que aquél es un impostor; Boiler (Cal Kuniholm) es un obseso de las armas; y Talby (Andreijah Pahich) se pasa todo el tiempo contemplando las estrellas. En todos los años que han pasado vagando de un sistema a otro, sólo han encontrado una forma de vida alienígena, una traviesa criatura con la forma de un balón de playa a la que han adoptado como mascota y que, al liberarse, aumenta todavía más el caos dentro de la nave.

Un día, la rutina se rompe cuando una cadena de nefastos acontecimientos hace que una de las bombas se quede atascada en la bodega de carga. Si no se suelta tal y como estaba previsto, estallará en 24 horas reduciendo a la Estrella oscura y sus tripulantes a cenizas. La bomba no puede ser desactivada porque, dado que cuenta con inteligencia propia, está convencida de que su misión es la de autodestruirse. Así que Doolittle se ve obligado a salir de la nave e intentar razonar con el artefacto para que no explote con un argumento arriesgado: si se le puede convencer de que no hay evidencia que demuestre que el universo existe realmente, ¿cómo pueden entonces sus instrucciones seguir siendo válidas?

Estrella oscura fue la primera película firmada por John Carpenter y Dan O’Bannon, dos creadores que acabarían teniendo una enorme influencia en el género. Ambos realizaron esta cinta mientras cursaban estudios de cine en la Universidad de California del Sur, institución académica muy relevante en el mundo del séptimo arte, dado que entre sus alumnos se contaron George Lucas, Steven Spielberg, Francis Ford Coppola, Ron Howard o Robert Zemeckis. También contribuyeron a este proyecto varios de sus jóvenes e inexpertos compañeros que, con el tiempo, también harían sus incursiones en el género fantástico; por ejemplo, Tommy Lee Wallace, que más adelante se encargaría de Halloween III: El día de la bruja (1982) o Noche de miedo 2 (1989); y Nick Castle, que hizo Starfighter: La aventura comienza (1984) y Más allá de la realidad (1986). También intervinieron en el apartado de efectos especiales Jim Danforth y Robert Greenberg; el maquetista Greg Jein, (que crearía la nave nodriza de Encuentros en la tercera fase (1977); y el artista conceptual y diseñador de producción Ron Cobb, que jugaría un papel fundamental en películas como Star Wars (1977) o Conan el bárbaro (1982).

Carpenter y O’Bannon consiguieron rodar una película de 68 minutos con un presupuesto de 5.000 dólares. Ese logro impresionó tanto a Jack H. Harris, productor independiente de films como The Blob (1958), que ofreció al dúo 60.000 dólares para filmar metraje adicional y convertirla en una película con distribución nacional. Hubiera alcanzado rápidamente el estatus de film de culto si el distribuidor original no la hubiera desperdiciado, limitándose a exhibirla en autocines del sur de California antes de retirarla del circuito comercial. Por fin, acabó encontrando su público a finales de los setenta, gracias a su recuperación para el circuito universitario.

Estrella oscura es una retorcida y cómica parodia de los tópicos del viaje espacial imperantes en la ciencia ficción cinematográfica de entonces, desde Star Trek (1966-1969) hasta 2001: Una Odisea del Espacio (1968).

En primer lugar, ofrece una inversión del famoso lema de la serie televisiva, “viajando allá donde nadie ha llegado antes…”. En lugar de descubrir nuevos mundos, nuevas formas de vida, asegurar la paz y la democracia universales, etc, la misión de la nave protagonista consiste en reventar planetas alienígenas. En vez de los higienizados y luminosos entornos en los que se movían los centrados e impolutos astronautas de 2001, la Estrella oscura está sucia y desvencijada y su tripulación sufre síndromes mentales provocados por el aburrimiento y la soledad. Las escenas del clímax con la bomba inteligente son una versión enloquecida del duelo entre HAL 9000 y Bowman en la cinta de Kubrick.

En lugar del optimismo con que se abordaba el viaje espacial en muchas historias, retratándolo como una experiencia dominada por la serenidad y la profesionalidad, Carpenter nos dice que se asemejaría mucho más a una condena en una especie de prisión flotante en el vacío. Con sus pelos largos, barbas y mostachos, los astronautas se parecen más a los Grateful Dead que a los héroes de mandíbula cuadrada e impecable aspecto que protagonizaban las películas de ciencia ficción de los cincuenta y sesenta.

Y dado que las reservas de papel higiénico se quemaron debido a un fallo del ordenador, con toda seguridad no pueden tampoco presumir de limpieza corporal.

El trabajo de los astronautas es terriblemente aburrido: surcan interminablemente el espacio esperando encontrar de vez en cuando algún planeta, y mientras tanto matan el tiempo escuchando música rock o contemplando las estrellas desde la cúpula de observación. Ni siquiera pueden recordar sus propios nombres de pila. Cuando al fin la bomba decide explotar, los personajes casi se muestran agradecidos porque algo verdaderamente emocionante esté por fin sucediendo.

Los préstamos de Carpenter y O’Bannon no se terminan con Star Trek o 2001. Por ejemplo, la idea del comandante congelado y revivido cuando es necesario recurrir a su sabiduría, proviene de la novela Ubik (1969) de Philip K. Dick, mientras que el final de la película está claramente inspirado en el relato corto “Caleidoscopio”, incluido en El hombre ilustrado” (1951) de Ray Bradbury. Por su parte, O’Bannon era un gran aficionado a los comics underground de los sesenta firmados por gente de la talla de Gilbert Shelton o Robert Crumb (de hecho, estaba leyendo el Libro del Génesis, de este último autor cuando murió en 2009) y el tono y atmósfera de Estrella oscura bebe mucho de la psicodelia y anarquía predominantes en aquellos tebeos.

Estrella oscura propone un humor corrosivo que recuerda al Philip K. Dick más cuerdo o algunos trabajos de Robert Sheckley, abarcando desde la comicidad más sencilla hasta lo claramente negro e incluso histérico.

Por ejemplo, la secuencia en la que Pinback persigue por los corredores de la nave al carcajeante balón de playa hasta que se queda atrapado en el pozo de los ascensores. El clímax, cuando Doolitle se ve obligado a meterse dentro del traje espacial para discutir sobre epistemología con la bomba, es una de las secuencias más divertidas del cine de ciencia ficción.

(Atención: espóiler). Al final, todo se resuelve de la única forma posible: la bomba decide explotar y los humanos, sumidos en diferentes estados de psicosis, lo aceptan con resignación y se sumen en sus alocadas fantasías durante sus últimos momentos. La imagen final con Doolittle haciendo surf sobre un trozo de chatarra de la nave mientras desciende por la atmósfera de un planeta alienígena a lomos de la onda nuclear y Talby soñando con ser uno con un campo de asteroides, encaja a la perfección con el tono delirante de todo el film. Irónicamente, lo único que en la película alcanza todo su potencial es la propia bomba (Fin del espóiler).

Aunque esta negra visión de la condición humana y, más específicamente, del carácter localista norteamericano ante la grandeza del cosmos sigue resultando un entretenimiento divertido, ya no lo es tanto hoy como en el momento de su estreno original. Como sátira, resulta más disparatada que sutil o inteligente. Hay, además, pasajes que se alejan del humor para adentrarse en lo inquietante o directamente terrorífico: las escenas en las que la tripulación conversa con los restos congelados de su capitán, el momento en que el alienígena salta sobre la cabeza de Pinback golpeándole con sus garras (pasaje que O’Bannon retomaría cinco años más tarde para su guión de Alien: El octavo pasajero), los ángulos e iluminación con los que se ruedan planos de corredores vacíos, la desasosegante música incidental…apuntan ya a la pericia con que Carpenter abordaría más adelante el género del terror en su fimografía.

Mientras que John Carpenter dirigió y compuso la música de la película, Dan O’Bannon se ocupó de la mayor parte de las otras facetas de la producción. Además de interpretar a uno de los personajes, editó y coescribió el guión, y también participó en el diseño de los efectos especiales, sobre todo en los gráficos por ordenador que aparecen en los monitores del puente de mando.

Los efectos visuales fueron muy ambiciosos teniendo en cuenta el presupuesto con el que contaba la película, pero no debemos olvidar que al fin y al cabo se trataba de un proyecto universitario de los años setenta realizado por jóvenes cuyos talentos aún estaban por pulir, y que debían solventar con ingenio los problemas derivados de la falta de dinero. Así, por ejemplo, los trajes de astronauta están compuestos a base de una escafandra de juguete (literalmente) y diversos enseres domésticos desechados, como sartenes, moldes de magdalenas, boquillas de aspiradores y cinta adhesiva plateada. Los saltos al hiperespacio (una idea que precedió a Star Wars en tres años y que homenajea la secuencia de la Puerta Estelar que Douglas Trumbull diseñó para 2001) y las lluvias de meteoritos parecen animaciones dibujadas con lapicero. El trabajo de maquetas o decorados es asimismo irregular. Ciertamente, la actual sofisticación a la que se ha llegado en este apartado hace que hoy hayan quedado totalmente deslucida, pero en su momento la puesta en escena supuso todo un logro. Además, la propia simplicidad visual, aunque fruto del escaso presupuesto, contribuyó a subrayar todavía más la intencionalidad satírica de la cinta.

Carpenter revisitaría en el futuro la ciencia ficción con propuestas más interesantes y pulidas técnicamente, como 1997: Rescate en Nueva York (1981) o La cosa (1982), pero esta cinta primeriza ya muestra de forma incipiente algunas de las características que marcarían su trayectoria, como la banda sonora minimalista realizada con sintetizador, los inquietantes planos generales y su ingeniosa utilización de efectos especiales realizados con mínimo presupuesto. Por su parte, Dan O’Bannon, el otro padre de la criatura, trabajaría como técnico de efectos en Star Wars, escribiría el guión inicial de Alien (1979, en el que recuperó su poco reconfortante visión del viaje espacial. La tripulación de la Nostromo recuerda a la de la Estrella oscura) e intervino también en los primeros esbozos de lo que luego sería Desafío total (1990). Nunca volvió a trabajar con Carpenter.

Clara hija de su tiempo, Estrella oscura canalizó la desilusión por los ideales frustrados de paz y amor de los sesenta con el tono oscuro y paranoide de mucha de la ficción de los setenta. A pesar de todos sus defectos y espíritu amateur, fue una de las propuestas más irreverentes y refrescantes del cine de ciencia ficción antes de la renovación del género con Encuentros en la tercera fase y Star Wars. Hoy, en cambio, su visionado no resulta tan satisfactorio ni es recomendable más que a aquellos amantes del cine marginal y de culto.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".