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«Estela Plateada: Parábola» («Silver Surfer: Parable», 1988), de Stan Lee y Moebius

Simultáneamente al perfil más maduro de su cabecera principal, Epic Illustrated, el sello Epic de Marvel, dirigido por Archie Goodwin, siguió a finales de los ochenta del pasado siglo tratando de abrir nuevos horizontes para los cómics mainstream americanos, no sólo lanzando títulos conceptual y/o gráficamente aventurados como Stray Toasters (1988), de Bill Sienkiewicz, o Caos y Lobezno: Meltdown (1988), sino importando y traduciendo algunas de las obras más aclamadas en Europa y Japón, como Akira o El Incal.

Goodwin puso un énfasis especial en presentar el trabajo del ilustre francés Moebius al público americano. Además del mencionado Incal (1988), entre 1989 y 1990, Epic publicó cinco volúmenes de El Teniente Blueberry, El Garaje Hermético como miniserie de cuatro números en 1993, y basadas en el universo de éste último, dos miniseries entre 1990 y 1992 tituladas The Elsewhere Prince, a cargo de Jean-Marc Lofficier, Eric Shanower y Jerry Bingham.

Y como obra estrella de esta, digamos, campaña de presentación de Moebius entre los aficionados norteamericanos a los superhéroes, entre diciembre de 1988 y enero de 1989 se publican dos números firmados por dos autores que tan solo unos cuantos años antes hubiera sido imposible imaginarlos trabajando juntos: Stan Lee y el mencionado Jean Giraud alias Moebius. Se trató de Silver Surfer (compilado en un volumen un mes después y retitulado Silver Surfer: Parable para su reedición en 1998), proyecto surgido tras el encuentro de ambas estrellas durante la San Diego Cómic-Con de 1987, presentados por Jean-Marc Loficier, agente de Moebius y traductor al inglés de varias de sus obras. Stan Lee no tuvo que darle muchas vueltas: sería una historia de Silver Surfer.

Como le sucede a muchos superhéroes, el concepto básico de Silver Surfer es muy interesante, pero su ejecución ha sido casi siempre decepcionante. Y ni siquiera Stan Lee, del que era su personaje favorito, fue capaz de hacer algo sostenidamente interesante con él más allá de un puñado de números. A pesar de ser originalmente una creación de Jack Kirby, fue Lee quien le dio su personalidad e hizo de él un héroe trágico, perpetuamente atormentado y deprimido. Pero no supo salir de ese molde y hacer evolucionar al personaje, y por eso la serie regular que dibujó John Buscema a finales de los sesenta y en la que tanta ilusión volcó, acabó derivando hacia lo repetitivo y convencional. Y es que, aunque duela reconocerlo, como sucedía con August Derleth en los círculos lovecraftianos, o George Lucas y Gene Roddenberry en los de ciencia ficción, el auténtico talento de Lee no residía tanto en la realización concreta de historietas –para las que dependía del talento de sus dibujantes en mucha mayor medida de lo que él estaba dispuesto a admitir– como en ser la mente rectora, el hombre de las ideas atrevidas, el guía y coordinador de un universo de personajes y un equipo de excelentes narradores.

Y así, tras el fracaso de su serie regular, Silver Surfer quedó condenado a pasearse como eterno invitado en colecciones ajenas por un decreto explícito –o quizá un mandamiento nunca escrito– de que el único guionista que podría abordarlo en una serie propia sería Stan Lee. Dado que éste se hallaba siempre ocupado en otros proyectos, el tiempo fue pasando sin que –aparte de un tratamiento de guion para una posible película que acabó dibujado por John Byrne y Tom Palmer– Silver Surfer volviera a ser el protagonista de nada.

Así pues, por una parte, el surfista cósmico era uno de los personajes predilectos de Lee; y, por otra, su estilizada figura y carácter cósmico parecían ideales para un autor, Moebius, que llevaba quince años revolucionando el cómic y la ilustración de ciencia ficción y fantasía. El resultado de esa extraña mezcla de sensibilidades y trayectorias fue Parábola.

En el futuro, el Devorador de Mundos, Galactus, regresa a la Tierra presentándose ante la Humanidad como un dios y reclutando una legión creciente y entusiasta de seguidores organizados como una nueva y anacrónica religión con él en su centro. El plan de Galactus consiste en destruir la Tierra haciendo que los humanos se aniquilen mutuamente. Silver Surfer, que en ese punto del futuro aún permanece exiliado en nuestro planeta, sale de su anonimato para detener a su antiguo amo, pero no cuenta con la fanática devoción de los nuevos conversos humanos.

Parábola levantó gran polvareda en su momento, en buena medida, supongo, por tener a dos grandes veteranos del cómic uniendo sus respectivos talentos desarrollados en escuelas totalmente diferentes. Hoy las cosas han cambiado, pero entonces no era ni mucho menos habitual ver a autores europeos de prestigio dibujar superhéroes, todavía considerados en Europa como un subproducto irritantemente infantil de la cultura popular norteamericana. Quizá por eso Parábola ganó el Premio Eisner a la Mejor Serie Limitada en 1989.

Aunque el cómic se titula Estela Plateada: Parábola bien podría haberse nominado como Estela Plateada: Concepto, porque eso es lo que es: una idea sin refinar, el esqueleto de un drama de ciencia ficción que mezcla el fanatismo religioso, la espiritualidad, la intolerancia, el gregarismo y volubilidad de las masas. Por desgracia, no llega a satisfacer las expectativas que levantó. Stan Lee expone todo su mensaje en las primeras páginas y después ya no tiene hacia dónde ir. Por otra parte, su estilo melodramático y recargado hacía tiempo que ya no encajaba en el género de superhéroes, como tampoco su falta de sutileza. En su texto de presentación, Lee deja claro que su intención fue la de hacer una obra “especial”, “diferente”; relevante, en definitiva. Y ese es el problema. En su época clásica, de vez en cuando, en algún ramalazo de inspiración, Lee daba con algún tipo de historia o saga que evidenciaba ambiciones metafísicas y/o existencialistas. Sus guiones para Silver Surfer a finales de los sesenta son quizá el mejor y más puro ejemplo, historias en las que el protagonista –y el escritor– se abandonaban al sermoneo, pero al menos lo hacían en el contexto de una aventura bien definida.

No es el caso de Parábola. Para tener cincuenta páginas, su argumento es decepcionantemente escaso en cuanto a desarrollo, temas y caracterización. Sólo hay cuatro personajes: Surfer, Galactus, un predicador charlatán y oportunista en horas bajas que se proclama “alto sacerdote” del extraterrestre, y su honesta y generosa hermana. La relación entre el predicador y Galactus es confusa, porque no hay contacto directo entre ambos pero luego las autoridades le culpan de todo el caos que el invasor está sembrando. Y, sobre todo, se trata de personajes que, más que tener vida y carácter propios y diferenciados, parecen estar allí solamente para cumplir un papel predeterminado y predecible en la trama. Irónico teniendo en cuenta que fue Lee quien revolucionó el género de los superhéroes en los sesenta acentuando el drama y los personajes en el contexto de aventuras de ciencia ficción y fantasía.

Por otra parte, se agradece que estemos ante una obra autocontenida. Aparte de Galactus, no asoma por aquí ningún otro superhéroe del Universo Marvel ni se hacen referencias al mismo, por lo que no se requiere familiaridad con la trayectoria pasada del héroe titular. Hay algunos toques interesantes desperdigados por el cómic: Galactus considerando la posibilidad de que realmente sea un Dios; la traumática epifanía del predicador; un buen epílogo… Pero todo esto no parece ser suficiente ni estar satisfactoriamente bien perfilado y desarrollado.

Además, volver a escoger a Galactus como amenaza para la especie humana se antoja perezoso por ya muy visto. Por no decir inconsistente con el propio personaje. Porque resulta que, en esta ocasión, en lugar de instalar su formidable maquinaria de la muerte y succionar toda la vida de la Tierra hasta dejarla convertida en un cascarón muerto, decide hacerse pasar por una deidad y sembrar la discordia entre los humanos. ¿Qué necesidad hay para un ser tan poderoso que considera a los humanos como meros insectos de implementar un plan tan retorcido e incierto? ¿Para qué molestarse en ese juego cuando podría devorar el planeta rápidamente y saciar su sed (especialmente cuando justifica el engaño escudándose en ella)?

Los diálogos son también problemáticos. La prosa de Lee, ya lo he dicho, siempre había sido poética y recargada, deudora de la literatura pulp de los años treinta y cuarenta. Pero su acierto a la hora de moldear muchos de los personajes del Universo Marvel en los sesenta había consistido en combinarla con el habla cotidiana de los personajes “reales”, la gente de la calle, con la que los lectores podían identificarse. Pero en Parábola, siendo un trabajo superior a muchos firmados por él en los sesenta, todo el mundo se expresa con una formalidad estirada que aleja al lector de lo que ocurre. Quizá fue algo deliberado por parte de Lee, un intento de subrayar la naturaleza de “parábola” que tiene la historia, presentándola como algo irreal, una especie de cuento de hadas. Sin embargo, cuando Surfer, que lleva siglos viviendo en la Tierra, se refiere a un helicóptero como “nave”, como si fuera la primera vez que ve uno, queda claro que hay algo que no acaba de cuajar. Al menos, y aunque no pierde la costumbre de encajar demasiado texto en muchas viñetas –sin, por otra parte, decir demasiado–, evita describir lo que vemos en las mismas, un error que cometía continuamente en sus antiguos tebeos de Thor, Los Cuatro Fantásticos o Spiderman.

Si este cómic alcanzó la fama, la razón por la que muchos lo compraron y por la que se sigue reeditando, es por su dibujo.

Moebius es un coloso del cómic no sólo europeo, sino mundial. Dado que ya he escrito sobre algunas de sus obras en otros artículos, no voy a perder el tiempo aquí glosando sus virtudes y logros. El trabajo que nos ofrece en Parábola es frío, desapasionado, lo cual es un problema, porque el trágico personaje que es Surfer y los floridos textos de Lee necesitan pasión, algo que John Buscema comprendió bien cuando dibujó la serie del surfista plateado en los sesenta. Pero el Surfer de Moebius parece una escultura metálica, apenas cambia de expresión en toda la historia.

La forma que tiene Moebius de interpretar y plasmar su vuelo, es elegante, ligera, como si no le costara esfuerzo alguno surcar los cielos sobre su tabla y ambos fueran uno solo. La otra cara de la moneda, claro, es que las escenas de acción carecen del dramatismo esperado en la lucha de dos seres de inmenso poder. Su diseño de Surfer es, sin duda diferente, atrevido y personal, pero a la hora de moverlo por la historia y, sobre todo, convertirlo en héroe trágico no funciona tan bien como debiera, por no hablar de que su estilo etéreo no acaba de encajar bien con una historia claramente inserta en un mundo desagradablemente “real”.

El cómic venía acompañado de un extenso artículo de Moebius detallando el proceso creativo que había seguido al abordar la obra. Y es aquí donde podemos detectar el origen de ciertos problemas. En un momento determinado explica cómo redibujó a un personaje secundario porque, tal y como lo había hecho al principio, su rostro tenía demasiado detalle para el papel que desempeñaba en la historia. Lo cual es un planteamiento extraño. En lugar de esforzarse más en los personajes principales para que no quedaran eclipsados por el cuidado con el que dibujaba a los secundarios, opta por homogeneizar a la baja el reparto de éstos. Esto, además, denota el problema básico del guion: su incapacidad para elevar el drama humano (y los personajes que lo soportan) al nivel de las ideas de altos vuelos y temas trascendentales sobre los que se levanta la historia.

En fin, que por mucho que Moebius se esfuerce en explicarnos cómo y por qué aceptó esta colaboración, da la impresión de que el guion no le interesaba demasiado. Hay media docena de páginas que nos recuerdan lo maravilloso artista que es; y en su día la irrupción de un estilo diferente en el endogámico género de los superhéroes supuso una bocanada de aire fresco y una auténtica sensación. Pero siendo honestos, hay que admitir que no nos encontramos ante lo mejor de Moebius.

Por todo lo anterior y resumiendo, Estela Plateada: Parábola es un cómic legible pero algo decepcionante, sobre todo habida cuenta de los nombres involucrados, y en particular, el de Moebius.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".