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«España guadaña. Arderéis como en el 36», de Fernando Sánchez Dragó

Cuando nuestra guerra civil ‒o mejor dicho, su recuerdo‒ pasó a formar parte de la política contemporánea, ya no hubo forma de deshacer el equívoco en el que nos hemos instalado. Lo que en la Transición fue un pacto de reencuentro, se ha convertido en motivo de rencores interminables, azuzados por políticos de tercera y también por cierto periodismo, más preocupado por el tribalismo y por el desgarro de la convivencia que por la iluminación del lector.

A estas alturas, la guerra civil solo debería ser materia de debate entre historiadores, y ya en el ámbito familiar, memoria de un drama atroz. Por desgracia, estamos en lo que estamos.

En lugar de hacer suyo el discurso de «paz, piedad y perdón» ‒son palabras del presidente de la Segunda República, Manuel Azaña, en 1938‒, muchos jóvenes que ni siquiera conocieron la dictadura se apuntan hoy al pedagogía del odio, consistente en dividir a su entorno entre buenos y malos. Mientras tanto, a los de la Tercera España ‒herederos de republicanos sensatos como Salvador de Madariaga, Julián Besteiro o Julián Marías‒, les toca convivir con ese dualismo perverso. Y lo peor es que este estado de opinión ya no hay forma de cambiarlo.

Hoy lo sabemos y sobran las pruebas que lo confirman. Los matones derechistas que, allá por 1936, asesinaban a un maestro republicano eran igual de sanguinarios y bestiales que su contraparte: los milicianos que, en nombre de la revolución, torturaban hasta la muerte a un pobre católico por el simple hecho de serlo.

Aparte de un ensayo previo de la Segunda Guerra Mundial, aquella contienda fue una orgía cainita que se resolvió en la retaguardia, frente a paredones improvisados, al calor de viejos odios que el golpe militar, la agitación revolucionaria y el desorden institucional desataron sin remedio.

Pero ya ven: por cada idea razonable o compasiva al respecto ‒por ejemplo, que las familias que aún no lo hicieron recuperen los cuerpos de sus difuntos‒  surge otra que, como un mandato propagandístico, vuelve a catalogar a los españoles entre amigos y enemigos… Y por supuesto, siempre habrá un equipo de demolición que emplee esa dialéctica como explosivo, tanto en la prensa como en nuestros 18 parlamentos.

Algunos de esos políticos y periodistas, con bastante mala fe, parecen olvidar que el extremismo fue el germen de aquel baño de sangre, tan lejano ya en el tiempo. Por este camino, la serpiente siempre vuelve a morderse la cola, pero a la sociedad tuitera, educada en el pensamiento binario, le entusiasma poner al límite sus nervios y los del prójimo.

Dentro de este contexto, la figura de Fernando Sánchez Dragó es muy significativa. Para empezar, cumplió su vocación de escritor en una época en la que aún era frecuente ‒como debería serlo ahora‒ la amistad entre conservadores e izquierdistas. Huérfano de guerra, perdió a su padre ‒el periodista Fernando Sánchez Monreal, paseado por falangistas en 1936‒ el mismo año en que nació. De su antifranquismo hay numerosas pruebas: miembro del Partido Comunista de España, sufrió cinco procesos bajo la dictadura, cumplió dieciséis meses de cárcel y un exilio de siete años.

Como bien saben los lectores de Dragó, su pensamiento evolucionó luego hacia un cierto anarcoindividualismo. Su reciente acercamiento a posturas conservadoras o tradicionalistas no debe hacernos olvidar otras opciones defendidas por el escritor, difíciles de clasificar con etiquetas más o menos simples.

La imprevisible trayectoria de Sánchez Dragó tiene un interesante reflejo literario en su obra como articulista, reunida en libros como La dragontea: Diario de un Guerrero (1992). Ahora, con esta nueva y vibrante antología, España Guadaña. Arderéis como en el 36, el autor vuelve a situarse en ese encuadre, con el lógico matiz de que todos los textos giran en torno a la guerra, sus consecuencias a corto y largo plazo, los recuerdos personales que acarrea y otros apuntes modernos del estigma español.

Al cuidado de Emma Nogueiro, esta selección de textos y artículos de Fernando Sánchez Dragó reúne muestras muy variadas de su ingenio, de su cultura y de esa sinceridad que habrá quien vea como provocación. De entrada, cuenta además con un estupendo prefacio de Juan Eslava Galán, autor de un libro magnífico, paralelo a este: Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie (2005).

Dice el prologuista: «En este libro tan lúcido como necesario, Sánchez Dragó sale de nuevo a la palestra para defender su razón y su verdad, que es la de un hombre de buena voluntad, contra el fanatismo, el revanchismo y el rencor que se están apoderando de nuestra sociedad, la alegre confiada y desinformada que emergió de la Transición con voluntad de ser moderna y europea. Ojalá lo consiga y ojalá cunda su ejemplo y más intelectuales se atrevan a salir de sus covachuelas para defender en público lo que defienden en privado».

Sinopsis

Este libro cierra un ciclo: el de la obra de Fernando Sánchez Dragó sobre este país. Primero fue la España mágica: Gárgoris y Habidis. Llegó después la trágica con Muertes paralelas. Más tarde, Dragó retrató la España boba, la de la mala leche, la de la glorificación de la chapuza y la pérdida de valores con Y si habla mal de España… es español. Paralela a esa España corría la de la corrupción, las imposturas y la picaresca. Dragó escribió, a modo de thriller, la radiografía de un país delincuente en La canción de Roldán. Faltaba en ese ciclo una España, la de la épica, los héroes y el wéstern. Es la que galopa en Santiago Abascal. España vertebrada.

Y ahora, por fin, llega la España a la que muchos se aferran: la de la guerra. Arderéis como en el 36 recoge una serie de textos en los que, de un modo u otro, el autor alude a la Guerra Civil y a la Memoria Histórica. El libro es, por fuerza, fruto de una opinión de primera mano. Dragó, huérfano de guerra, nació en el 36 y vivió la posguerra y el periodo franquista paso a paso. De principio a fin. Difícil será convencerle de que las cosas fueron distintas a como él las vio.

Con un esclarecedor prefacio de Juan Eslava Galán, un brillante prólogo de Emma Nogueiro y un poético epílogo de Fernando Arrabal, este libro de un hijo póstumo de padre asesinado durante la Guerra Civil, sólo podía ver la luz en el 80 aniversario del inicio de la contienda.

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.