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Cómo convertirse en un destructor de estatuas

Sin necesidad de cuestionar las injusticias que, de unos años a esta parte, motivan la destrucción de estatuas, resulta obvio que los nuevos iconoclastas se equivocan.

La pregunta parece elemental. ¿Por qué se debe aprobar el vandalismo como si estuviéramos hablando de una plegaria pacifista? Una cosa no se parece a la otra, y sin embargo, a partir de 2019, esa práctica se ha ido generalizando.

Basta con ver los diarios. Casi parece que a cada protesta le corresponde una efigie sin cabeza, un busto empotrado en el asfalto, o un grafiti en el pedestal.

La tesis de quienes destrozan monumentos es que, al margen de su significado artístico, hay que valorarlos sin evadirse de la actualidad. Quienes se erigen en contrapoder, vinculándose a una u otra causa, esgrimen el derecho de interpretar la historia, y por tanto, a exorcizar fantasmas del pasado. Pero eso sí, mirando de reojo las noticias de hoy.

Y vaya si lo consiguen. Aunque sea con un espray rojo y un mazo de acero forjado.

Estas cruzadas parecen una respuesta comprometida frente a una injusticia flagrante ‒el racismo, la brutalidad policial, los ecos del colonialismo‒. Pero en la práctica, sustituyen la protesta pacífica, completamente legítima, por el golpe de efecto, mucho más vistoso en las redes sociales.

En lugar de solicitar, de forma no violenta, la retirada de un monumento incómodo, los manifestantes más puritanos ‒o simplemente furiosos‒ recurren a medios arcaicos: el fuego o la fuerza bruta. Con las derivaciones que eso implica: titulares en la prensa, imitadores en otros rincones del globo y la normalización de la turba y el desorden.

En medio del tumulto, a algunos de estos asaltantes solo les falta gritar «¡Penitenciágite!», como aquellos dulcinianos del siglo XIII, que no dudaban en usar la violencia para imponer sus ideales de pobreza universal.

En El nombre de la rosa, de Umberto Eco, uno de ellos, el dulciniano Remigio de Varagine, es condenado por esta herejía. Frente al tribunal, dice algo que nos ayuda a comprender la iconoclastia del siglo XXI: “Quizás estábamos poseídos por un deseo inmoderado de justicia”.

A la hora de usar el medievo como espejo, Eco es aún más preciso en el ensayo La nueva Edad Media (1973). «Inseguridad ‒nos dice‒ es una palabra clave: hay que colocar dicha sensación dentro del cuadro de las angustias milenaristas: el mundo está a punto de acabarse, una catástrofe pondrá fin al milenio. Los famosos terrores del año 1000 son una leyenda, ya está demostrado, pero igualmente demostrado está que durante todo el siglo X se difundió rápidamente el miedo al fin (solo que hacia finales del milenio la sicosis ya había pasado). Por lo que se refiere a nuestros días, los temas, que se repiten una y otra vez (…) bastan para indicar vigorosas corrientes apocalípticas. Como correctivo utópico, había entonces la idea de la renovatio imperii y hoy hay la de revolución, bastante modulable».

Lleva razón Umberto Eco cuando busca paralelismos entre la Europa medieval y la sociedad contemporánea. Les confieso que si hay algo que siempre he sentido cerca es la impresión de que el mundo es injusto, y encima tiene fecha de caducidad. Lo que ha cambiado es la categoría de quienes anuncian la catástrofe.

¿Quieren ejemplos? Entre los años cincuenta y los ochenta, la amenaza nuclear era denunciada por prescriptores como Max Born, Albert Einstein, Bertrand Russell, Carl Sagan o Isaac Asimov. En cambio, los que hablan hoy de un apocalipsis del clima, del sufrimiento de las minorías o del derrumbamiento social, razonan como adolescentes, o se dirigen a nosotros como si también lo fuéramos.

En más de un caso, me recuerdan a Girolamo Savonarola, aquel predicador dominico del siglo XV, enemigo del lujo, la corrupción y las costumbres licenciosas, profeta del final de los tiempos y enviado del cielo para perseguir el pecado. ¿Su legado más famoso? La Hoguera de las vanidades (Falò delle vanità) instalada en la plaza central Florencia. Allí ardieron todos los objetos que este exaltado consideraba deshonestos: espejos, vestidos deslumbrantes, joyas, cosméticos, barajas, instrumentos musicales, cuadros mitológicos, poemarios de Petrarca y Bocaccio, libros de la antigüedad clásica…

Hay un rasgo que comparten los seguidores del monje y bastantes activistas de hoy: el adanismo. El diccionario de la Real Academia Española lo define como el «hábito de comenzar una actividad cualquiera como si nadie la hubiera ejercitado anteriormente». Como buen adanista, el Savonarola de nuestros días piensa que es el creador de su propio destino. La historia comienza con él. Flota por el mundo sintiéndose una víctima. Es un inquisidor razonable, porque actúa bajo una enorme pancarta. Adopta una pose rebelde o desengañada. Repite consignas, y para estar a la altura, enciende mecheros mientras organiza algún cordón sanitario.

No se trata ya de que crea en valores absolutos ‒esto se sobreentiende‒; es que reivindica la emoción y la autenticidad en todos los ámbitos.

Por desgracia, ese victimismo acaba sustituyendo a la verdadera experiencia, y como era de esperar, el conocimiento también es suplantado por una emocionalidad infantil.

Esto último queda de manifiesto en Twitter, donde una reflexión bien organizada jamás podrá competir con una réplica graciosa, y menos todavía con un ajusticiamiento popular. O aún mejor: con una panoplia de represalias ‒ya verán, ya‒ contra un tuitero del otro bando. Es decir, contra ese canalla que difunde los valores del enemigo, y que a veces gana terreno en el trending topic.

Sencillo, ¿verdad? Un plan y una ejecución. No me voy a recrear en los detalles.

En nuestra cultura de la queja, el mensaje que prospera debe ser de una implacable sencillez, y a ser posible, letal para el adversario. No es difícil reconocer aquí uno de los rostros posibles del individuo contemporáneo. Así lo define Pascal Bruckner: «un viejo bebé gruñón flanqueado por un abogado que le asiste».

Este rebelde de nuevo cuño no desmantela estereotipos. En todo caso, crea otros nuevos. Y cuando se trata de analizar el pasado, lo tiene claro. En cuanto puede, el sesgo retrospectivo le lleva a modular cada opinión, coloreándola con preferencias ideológicas que eran imposibles cuando sucedieron los hechos.

Qué cosas. Cuando la realidad casa mal con las ideas ‒inmutables, perfectas‒, es la realidad lo que falla. Pero ya ven. Uno puede relatar los hechos de mil maneras, pero las ideas, cuando identifican nuestras coordenadas vitales, jamás se discuten.

Resulta, además, que la miserable condición humana siempre conduce a los mismos callejones. Revisar la historia con los criterios de la corrección política no es muy distinto de otras actitudes del pasado. Por ejemplo: la forja de mitos que convenían al poder del momento, la creación de leyendas negras, la purga de personajes incómodos de las fotografías ‒Stalin, ¿recuerdan?‒, la ocultación de obras de arte, o el derribo estatuas y edificios con cierta carga representativa.

Estas cosas no cambian. Poco más o menos, es la misma rescritura del pasado que ya planteó Orwell en 1984.

Hay algo que conviene aclarar, para evitar equívocos, y es que la protesta y el cambio forman parte de la vida democrática. El mundo, por muy optimista que sea el diagnóstico de Steven Pinker, sigue siendo un lugar complicado. Siempre hay gente que sufre y gente que se aprovecha del sufrimiento. Y cuanto más conocemos la realidad, más injusticias saltan a la vista.

Sin embargo, el dilema es claro. ¿Cómo solucionamos los problemas? Imaginen, Dios no lo quiera, que padecen un bloqueo del sistema linfático. ¿Qué remedio curaría mejor la enfermedad? Hay donde elegir: un emplasto de hierbas, un ritual chamánico, una sangría con sanguijuelas… o una moderna microcirugía, con medicina de vanguardia.

Supongo que aquí no tienen dudas. Y pese a ello, en la esfera política, los charlatanes y los demagogos se mueven a sus anchas. ¿Por qué? Pues porque nuestra exigencia, a la hora de exigir soluciones, baja de nivel y se detiene en el trazo grueso.

Un sinvergüenza, sobre todo si es político o periodista, puede llevárselo muerto, siempre y cuando alimente nuestros prejuicios y remueva viejos rencores. Como a Savonarola, le basta con decir en voz alta que nosotros ‒usted y yo‒ somos de los suyos, señalando con el dedo al culpable. O si se tercia, al hereje.

Asocio a esta forma de pensar un párrafo que Orwell incluyó en sus «Notas sobre el nacionalismo» (Polemic: A Magazine of Philosophy, 1945). «El tema ‒escribe‒ es que, tan pronto como aparecen el el miedo, el odio, los celos y el culto al poder, se pierde el sentido de la realidad. Y, como he dicho antes, también el sentido de lo que es correcto e incorrecto. No hay ningún delito, absolutamente ninguno, que no pueda ser justificado cuando lo ‘comete’ nuestro bando. Aun cuando no se niegue que tal delito haya tenido lugar, aunque se sepa que es exactamente el mismo que uno ha condenado en otra ocasión, aun así no se puede reconocer que está mal. La lealtad está de por medio, así que la piedad no procede».

Pero esperen, aún hay más. Es obvio que si acudimos a las palabras de Orwell, todos podemos estar de acuerdo. Entonces, repito, ¿por qué disculpamos que alguien, durante una protesta que nos agrada, robe en un comercio o destruya un monumento? ¿Por qué nos llega a parecer bien que se censure una película cuyos valores pasaron de moda, o son incompatibles con la modernidad?

Ambos casos nos conducen a un campo de minas que, antes o después, convendría atravesar con cierto sentido de la ética. Sobre todo si apreciamos la libertad de expresión y la densidad histórica del arte y la cultura. En definitiva, si aún compartimos los valores profundos de nuestra civilización.

El historiador Niall Ferguson, distinguido en Harvard y Stanford, asegura que «ya no vivimos en una democracia. Vivimos en una emocracia, donde las emociones gobiernan por encima de de las mayorías electorales, y los sentimientos son más importantes que la razón. En la medida que tus sentimientos sean más fuertes, mayor será tu influencia y mejor va a ser tu desempeño en cualquier acto de indignación. Y desde luego, nunca uses palabras allí donde pueden funcionar los emojis«.

Hubo un tiempo, nos recuerda Ferguson, en el que esa emocionalidad del discurso, desdeñando los hechos, era algo que en Estados Unidos se atribuía a la derecha populista. Las cosas han cambiado, y ahora también la izquierda recurre con soltura al verdaderismo (truthiness), un término acuñado por Stephen Colbert en su programa televisivo. Este concepto define aquello que parece verdad y es ideológicamente oportuno, aunque en realidad sea completamente falso.

Al hilo de lo que escribe Ferguson, creo que el autoengaño, el identitarismo, la sobresimplificación y la propaganda juegan un papel prominente en nuestros días. Pero ¿por que parar ahí? En el fondo, sabemos que la emocracia genera una sociedad censora, inquisitorial y victimista. Una sociedad incapaz de aceptar las contradicciones de la historia, y lo que es peor, dispuesta a olvidar que, en un país democrático, es posible la libre expresión, y circular, de forma voluntaria, por la derecha, por el centro y por la izquierda.

Repito una vez más la pregunta: cuando los resultados electorales o la política cotidiana no bastan para definir una posición, la protesta callejera es legítima, desde luego. ¿Pero qué sucede cuando, en democracia, esa protesta degenera en fundamentalismo y barbarie?

En mayo de 2020, George Perry Floyd Jr. murió cuando un policía de Mineápolis se arrodilló sobre su cuello durante un arresto. Este horrendo suceso generó una ola de protestas, tanto en Estados Unidos como en otros países. Al tiempo que se multiplicaban las manifestaciones pacíficas, denunciando el racismo y los excesos policiales, prosperó otro tipo de actuaciones: el incendio de edificios, el destrozo y robo de comercios y el derribo de estatuas.

Con tácticas propias del anarquismo, los activistas generaron una furia iconoclasta con muchas bajas: estatuas de Colón derribadas o decapitadas en distintas ciudades americanas, la estatua del esclavista Edward Colston lanzada al río en Bristol, y numerosos monumentos, a ambos lados del Atlántico, asaltados de mil maneras. Entre ellos, la estatua de Churchill, en la plaza del Parlamento en Londres, que apareció con la siguiente pintada: «Fue un racista».

En Leeds, un monumento dedicado a la Reina Victoria fue vandalizado con un grafiti similar: «Propietaria de esclavos».

En Estados Unidos, los manifestantes también dejaron su rastro allí donde se conmemora a figuras de la Confederación, y en distintos rincones de la Explanada Nacional (el National Mall), donde se alzan la estatua ecuestre del general Grant, el monumento a Washington y el dedicado a Lincoln.

En Filadelfia, en el colmo del desacierto, rociaron con espray rojo la estatua dedicada al abolicionista Matthias Baldwin, inventor y pionero de los derechos civiles en Estados Unidos.

A hilo de esta tendencia, se dieron más casos de vandalismo en diversas capitales de Occidente. Incluso en Milán, donde la estatua del periodista Indro Montanelli fue pintada de rojo, con insultos como «racista» y «violador».

En el parque Golden Gate de San Francisco derribaron la efigie de Fray Junípero Serra, y poco después, otros vándalos pintaron de rojo la estatua de Cervantes, añadiendo un grafiti: «bastardo». Supongo que quienes lo hicieron ignoraban que Cervantes fue esclavo del Bey de Argel. Lógicamente, esperar este tipo de conocimientos en una turba furiosa es algo que ya carece de sentido. Sobre todo, porque la cuestión de fondo no es el debate histórico, sino la destrucción de los valores que sustentan la democracia liberal.

Si tuviéramos que repasar cada ejemplo, en estos «actos de rebeldía» encontraríamos de todo: ataques a figuras que realmente fueron esclavistas y muestras aleatorias de rechazo a personajes que nada tuvieron que ver con ese terrible comercio. Lo cual nos da una idea del estado emocional y de la elasticidad con la que los activistas suelen interpretar el pasado.

En todo caso, ¿qué conexión hay entre los asaltos a tiendas y esta iconoclastia? ¿Es parte de la misma estrategia? ¿O se mueve por un carril diferente?

Para entender esta destrucción, basta con mirar a otro país, Chile, donde una sucesión de violentas protestas ‒la «primavera chilena» de 2019‒ se ensañó con el patrimonio monumental: desde la estatua del general Manuel Baquedano, en Santiago, a las esculturas de Cristobal Colón (Arica), Francisco de Aguirre (La Serena), Diego de Almagro (Santiago), Arturo Prat (Temuco), Pedro de Valdivia (Concepción) y José Menéndez (Punta Arenas), sin olvidar los cañones de la Plaza Monumento (Maipú). A ello hubo que sumar bastantes iglesias, tanto católicas como evangélicas, profanadas e incendiadas.

Por supuesto, el terrorismo urbano también afectó a numerosos comercios e infraestructuras, pero llama la atención ‒o quizá no tanto‒ que la tomase con determinadas efigies, y no con otras.

Como ya dije, la doble vara de medir es evidente. ¿Por qué se cubre de pintura la estatua milanesa de Indro Montanelli y no la de Pablo Neruda en Valparaíso? ¿Acaso no hay episodios igualmente oscuros en la biografía de este último? ¿Por qué, si denunciamos el racismo, indigna la efigie de un general confederado y no la del millonario antisemita Henry Ford?

¿Es razonable que, a estas alturas, la HBO necesite denunciar los prejuicios étnicos de Lo que el viento se llevó? ¿Qué será lo siguiente? ¿Invitarnos a leer un folleto explicativo antes de ver Murieron con las botas puestas, El hombre tranquilo o Centauros del desierto? Ya puestos, ¿por qué no cancelar esas películas para dar paso a espectáculos inocuos, que no toquen la fibra sensible de ninguna minoría?

Ya lo ven, el neopuritanismo tiene mucho camino por recorrer. Imitando a Savonarola, ¿qué nos impide sacar del Museo Smithsoniano el «Espíritu de San Luis», el avión pilotado por el pronazi Charles Lindbergh? ¿Y qué me dicen de las rutas turísticas que celebran la figura del genocida Vlad el Empalador? ¿Retiramos también de las bibliotecas los libros del filósofo Jean-Paul Sartre, admirador de un dictador tan sanguinario como Mao? ¿Manchamos con pintura roja los murales de Diego Rivera, acusándole de machista? ¿Y qué tal si hacemos lo mismo con el retrato de Stalin que nos legó Frida Kahlo?

Todas estas son dudas que preceden a una pregunta estremecedora, que nadie se atreve a plantear en los medios: ¿tanto se ha devaluado nuestra inteligencia como para no entender que se trata de productos de otra época?

La militancia iconoclasta, al igual que el odio internáutico, puede que tenga un buen punto de partida ‒la denuncia de algo injusto‒, pero siempre acaba adquiriendo un sesgo extremista, feroz y arbitrario. Y mucho ojo, porque quien lleve la contraria a ese «derecho al odio» va a pasarlo realmente mal.

Siguiente paso: una vez tenemos al mundo dividido en dos, es hora de identificar a cada uno de nuestros enemigos, reales o imaginarios. Y si estos deciden no arrepentirse, ya sabrán a qué atenerse: «¡Penitenciágite!». Al fin y al cabo, este tipo de juicios populares viene a ser la parodia (o el amago) de un auto de fe.

Héroes de la resistencia pacífica, como Gandhi, Bayard Rustin o Martin Luther King jamás lo aplaudirían, pero eso carece de interés. De hecho, su autoridad moral ya no le importa a casi nadie en el siglo XXI. Apenas se leen los textos de Gandhi, y el indomable pacifismo de King parece algo pasado de moda.

Reconozcámoslo. Pese a que los datos empíricos nos dicen que el progreso de Occidente va en aumento, la moderación y el consenso están de retirada. «Cuando no acertamos a reconocer nuestro progreso logrado a duras penas ‒escribe Steven Pinker en su libro En defensa de la Ilustración‒, podemos llegar a creer que el orden perfecto y la prosperidad natural son el orden natural de las cosas, y que todo problema es un ultraje que requiere culpar a los malhechores, derribar las instituciones y empoderar a un líder que restablecerá la grandeza legítima del país. Por mi parte, he defendido con todas mis fuerzas el progreso y los ideales que lo han hecho posible, y he insinuado cómo los periodistas, los intelectuales y otras personas reflexivas (…) podrían contribuir al olvido generalizado de los dones de la Ilustración».

Conviene repetirlo: esa defensa actual de la Ilustración, además de lo dicho por Pinker, también pasa por evitar la violencia en los actos de protesta. El derecho a la manifestación pacífica forma parte de las libertades de reunión y de expresión. Pero eso nunca incluye la destrucción de bienes públicos o privados. En ese caso, créanme, ya no podemos hablar de firmeza en las costumbres democráticas, sino de disturbios y oscurantismo. En definitiva, simple violencia.

Sólo hay una excepción: el derribo más o menos espontáneo de estatuas es una escena típica de los cambios de régimen. Cuando cae una dictadura o se expulsa a un invasor, estos hechos simbolizan la defenestración del tirano. Así se teatraliza, en la esfera pública, el salto del antiguo al nuevo régimen.

Pero ¿y luego? ¿Qué sucede cuando acaba esa etapa de transición? Ahí comienza el orden democrático, en el que la retirada de estatuas solo debería realizarse de forma civilizada: tras algún tipo de plebiscito, después de un sondeo o una decisión institucional, y por supuesto, mediante un sencillo remodelado, dentro de los márgenes de la ley.

Es decir, todo lo contrario de esa furia enconada de los iconoclastas, impuesta con la certidumbre de que cada destrozo ‒estén seguros‒ tendrá un espacio en los telediarios.

Destrozar estatuas ‒dicen quienes defienden estos actos‒ es algo parecido a una performance. Un gesto para deconstruir la historia. Una escaramuza en la gran batalla ideológica.

Según los defensores de esta práctica, las efigies descabezadas a martillazos resignifican nuestra cultura. Identifican, en su grado más extremo, los símbolos de la opresión en el espacio público: tiranos, conquistadores, esclavistas…

Qué sencillo, ¿verdad? Uno se erige en representante del pueblo, y en medio de la algarabía, se limita a abrir la espita del gas. O diciéndolo de forma menos diplomática, rompe las normas de convivencia, se salta la ley y la sustituye por el caos.

Además, esa vocación destructora le permite al guillotinador de estatuas convertirse en predicador del nuevo orden, o al menos, en el centro de atención.

Ya les dije que no es algo nuevo. Basta con elegir un siglo, al azar, y nos encontraremos con episodios similares. La iconoclastia, propiamente dicha, surgió en el siglo VIII, pero nunca se extinguió del todo. A veces, se trataba de acabar con iconos inadmisibles para el conquistador de un territorio, o para una nueva doctrina. En otros casos, la idea era borrar de la historia el recuerdo de un gobernante (damnatio memoriae).

Por ejemplo, durante el apogeo protestante en Alemania y el norte de Europa, esta conjunción de rencores políticos y religiosos supuso la destrucción de parte del patrimonio artístico en esos países. Así, en 1566 tuvo lugar la Beeldenstorm, o «Asalto a las imágenes» en los Países Bajos, durante el cual los calvinistas eliminaron una gran cantidad de obras de arte católico.

Imagen superior: Iconoclastas en una iglesia. Pintura al óleo de Dirck van Delen, 1630. Riksmuseum Ámsterdam.

Los procesos de desamortización, durante el siglo XIX, generaron otra oleada de destrucción, con parecidos efectos. Sin embargo, a partir del siglo XX, el mundo civilizado, más respetuoso con el arte de otras épocas, comenzó a indignarse con esta brutalidad. De hecho, los museos y los monumentos empezaron a protegerse, aunque no siempre con éxito, durante los bombardeos y las incursiones enemigas.

Eso no impidió, desde luego, que la barbarie volviera a repetirse. Así lo confirman episodios semiolvidados, como la voladura con explosivos de la catedral de Cristo Salvador de Moscú, la iglesia ortodoxa más alta del mundo, demolida en 1931 para edificar en su lugar el Palacio de los Sóviets.

Más ejemplos: la devastación del incalculable patrimonio arqueológico de Mosul por parte del Estado Islámico. O la destrucción de los Budas de Bāmiyān, en Afganistán central, a manos de los talibanes en 2011.

Si algo caracteriza a los procesos revolucionarios ‒políticos o religiosos‒ es este tipo de violencia. La historia se repite: una misma estrategia, con los mismos resultados.

En España, al poco de proclamarse la Segunda República, los demócratas se vieron sobrepasados por un estallido de violencia anticlerical contra edificios católicos, entre el 10 y el 13 de mayo de 1931. Un centenar de iglesias y conventos ardieron, y como resultado, nuestro legado artístico y cultural perdió para siempre todo tipo de tesoros. Aparte de bienes arquitectónicos, se volatilizó la enorme biblioteca de la Casa Profesa de los jesuitas ‒que incluía ediciones príncipe de Lope de Vega, Quevedo y Calderón de la Barca‒, desaparecieron cuadros de Zurbarán, Van Dyck y Claudio Coello, y ardieron tallas y esculturas de maestros barrocos como Pedro de Mena, Fernando Ortiz y José de Mora.

Gregorio Marañón, José Ortega y Gasset y Ramón Pérez de Ayala, en nombre de la Agrupación al Servicio de la República, publicaron en El Sol (11-5-1931) un texto que podría servir de condena razonada ante cualquier episodio similar: «Extirpados sus privilegios y mano a mano con los otros grupos sociales, las Ordenes religiosas significan en España poco más que nada. Su influencia era grande, pero prestada: procedía del Estado. Creer otra cosa es ignorar por completo la verdadera realidad de nuestra vida colectiva. Quemar, pues, conventos e iglesias no demuestran ni verdadero celo republicano ni espíritu de avanzada, sino más bien un fetichismo primitivo o criminal que lleva lo mismo a adorar las cosas materiales que a destruirlas. El hecho repugnante avisa del único peligro grande y efectivo que para la República existe: que no acierte a desprenderse de las formas y las retóricas de una arcaica democracia en vez de asentarse desde luego e inexorablemente en un estilo de nueva democracia. Inspirados por ésta, no hubieran quemado los edificios, sino que más bien se habrían propuesto utilizarlos para fines sociales. La imagen de la España incendiaria, la España del fuego inquisitorial, les habría impedido, si fuesen de verdad hombres de esta hora, recaer en esos estúpidos usos crematorios. (…) La multitud caótica e informe no es democracia, sino carne consignada a tiranías. (…) Es preciso, por tanto, que de la manera más inmediata y resuelta impongan el tono de la nueva democracia exacta, limpia, dura como el metal técnico, cuantos españoles posean la dosis suficiente de buen sentido, y que no sean seudointelectuales incapaces de pensar tres ideas en fila. Hoy no tiene la República más peligros que los fantasmas».

Como apuntan Marañón, Ortega y Pérez de Ayala, en el mundo civilizado es posible cambiar de sitio una estatua, sin necesidad de destruirla. Pero cuando, bajo la disculpa de esta o aquella reivindicación, una turba se dedica a destruir su herencia histórica y artística, hablamos de barbarie y fanatismo. Es decir, ignorancia, sin ninguna aureola de prestigio.

Miren a su alrededor, y díganme luego que no es para atribuirlo a una pésima educación. Cuando se asaltó la estatua de Churchill en Londres, o la de Cervantes en San Francisco, me dio por recordar aquella encuesta que organizó UKTV, una plataforma de la BBC, en 2008.

Los encuestados, menores de diecinueve años, criados en la etapa más próspera del Reino Unido, demostraron un desconocimiento estremecedor de su pasado. Los más optimistas insinuarán que solo es una encuesta, pero lo cierto es que esta incluye un surtido de burradas inagotable, que explica, en parte, episodios como los que he ido comentando en este artículo.

Más de la mitad de los participantes señaló que Ricardo Corazón de León es un personaje inventado. El 27 por ciento dijo lo mismo a propósito de Florence Nightingale. Quizá con ganas de mezclar realidad y ficción, el 65 por ciento respondió que el Rey Arturo y los caballeros de la Tabla Redonda son figuras históricas. Un poco menos, el 55 por ciento, se mostró convencido de que Sherlock Holmes existió de verdad, al igual que Robin Hood, el arquero de Sherwood. Y la quinta parte de estos jóvenes, sin despeinarse, repitió que Winston Churchill ‒el de la estatua‒ nunca existió. Vamos, que solo es un personaje del cine y las novelas.

El culto a la ignorancia que revelan estudios similares, realizados en Estados Unidos y en Australia, ofrece un panorama desolador. Y no solo en el ámbito anglosajón. Supongo que podríamos ahorrarnos esa misma vergüenza en los países de habla hispana, donde el desconocimiento y la manipulación de la historia ‒dos síntomas de zafiedad intelectual‒ son el pan nuestro de cada día.

Como ven, nadie se libra, y el antiintelectualismo se vuelve cada vez más poderoso.

Cuando carecemos de conocimientos, o estos languidecen sobre capas de prejuicios, el fanatismo se inserta en nuestro cerebro como una aplicación en el móvil.

Admitámoslo: con esa empanada mental, somos muy fáciles de manipular.

Entonces, ¿cómo se convence a alguien mayor de edad de que es razonable destruir un monumento o censurar una obra artística? Pues con una buena ración de odio. Y luego, zanjando el tema con argumentos doctrinales, superioridad moral y una autoestima de hierro.

En efecto, esa es la respuesta habitual. La cafeína que te mantiene despierto. Y también, ¿por qué no?, el himno de la tribu, antes de salir a cazar al monstruo.

Para saber cómo funciona la emocracia, y cómo los impulsos medievales nos devuelven el saludo, no podría resultar más sintomática esta destrucción de estatuas.

Quizá el vandalismo sea una forma de hacer política, y el vándalo se crea legitimado para ello. Pero es en ese punto donde difiere el diagnóstico. Aquí ya no nos referimos a un pacífico manifestante, ni a un activista de ideas nobles. Lo que encontramos es un simple barrabrava, curtido con mentiras patológicas. Dispuesto a cambiar este mundo ingrato a golpes y en primera línea de fuego. Sentando los límites de lo que corresponde pensar y lo que no. Atizando el fuego para que nunca se acabe. Guiándose solo por ese instinto que le proporciona ser parte de una hegemonía cultural, que siempre le perdonará todo.

Una última cosa. Si están dudando de las razones que han convertido tantas protestas en un espectáculo de destrucción, no piensen que todo esto depende solamente del fanatismo o del contagio afectivo. Como ya vimos, la ignorancia y el oscurantismo son una maldición milenaria que siempre acaba en tragedia.

¿Un antídoto? Aún existe, de momento. Se llama conocimiento profundo. Lectura reflexiva y sin prejuicios. Estudio y buena educación, indispensables para comprender y aceptar los contraluces de cualquier figura histórica.

«La historia ‒escribe Amos Oz en Queridos fanáticos‒, incluida la historia personal de cada uno de nosotros, por lo general no es un círculo, sino una línea: es una línea retorcida, es cierto, una línea que retrocede y se curva, que a veces gira y se cruza consigo misma, que a veces dibuja bucles, pero, a pesar de todo, es una línea y no un círculo. La vacuna contra el fanatismo también implica en ocasiones una disposición a vivir en situaciones abiertas que no terminan con un cierre del círculo, con una conclusión inequívoca, o a convivir con interrogantes y alternativas que hacen que esa conclusión quede oculta a lo lejos, más allá de las nieblas del horizonte».

Y ahora, la conclusión. De todo esto se deduce que hemos de llegar hasta donde nos propongamos, sí, pero planteando antes una reprogramación agresiva de lo que hoy se enseña en las escuelas. Recuperando las humanidades. Cultivando la memoria y la comprensión lectora, sin olvidar el esfuerzo y el razonamiento.

En definitiva, compartiendo una cultura común, a gran escala, con un pie en cada plano de la realidad. Incompatible con el extremismo. Sin sesgos políticos ni posiciones enquistadas.

Una cultura, en fin, que nos permita crear la mejor versión de nosotros mismos, y que nos ayude a tomar buenas decisiones frente a los muchos desafíos que, si nadie lo impide, nos irán impulsando hacia el futuro.

Imagen superior: estatua vandalizada en el Mirador de San Pedro de Alcántara. Lisboa (LBM1948, CC).

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.