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«El Señor de los Anillos»: épica, fantasía y humanismo

Por vocación y por destino, J.R.R. Tolkien quiso recorrer los territorios del mito y del cuento de hadas con la certidumbre de que en ellos podía encontrar verdades muy profundas. «La Fantasía es una actividad connatural al hombre», escribió en el ensayo Sobre los cuentos de hadas (1939). «Si el hombre llegara a hallarse alguna vez en un estado tal que le impidiese o le privase de la voluntad de conocer o percibir la verdad (hechos o evidencias), la Fantasía languidecería hasta que la humanidad sanase». Sin duda, esta última reflexión entronca con el marco espiritual en el que situó sus narraciones. «La Fantasía ‒nos dice‒ sigue siendo un derecho humano: creamos a nuestra medida y en forma delegada, porque hemos sido creados; pero no sólo creamos, sino que lo hacemos a imagen y semejanza de un Creador».

Inevitablemente, esta concepción de la Fantasía se hace presente en las principales obras de Tolkien, y en buena medida, explica el hecho de que sus lectores se hayan sentido interpelados por un mensaje lleno de belleza, idealismo y esperanza.

El escritor publicó La Comunidad del Anillo el 29 de julio de 1954, Las dos torres el 11 de noviembre de ese mismo año, y El Retorno del Rey el 20 de octubre de 1955. Por aquellos días, las opiniones suscitadas por su obra eran, en palabras de Fernando Savater, «de plena entrega o de abierto fastidio». En otras palabras, la trilogía (llamémosla así, aunque en realidad contenga más de tres libros) fue admirada y detestada con la misma intensidad. Humphrey Carpenter, autor de J.R.R. Tolkien. Una biografía (1977) recoge algunas de estas opiniones. «Nadie –escribió el poeta W.H. Auden parece tener una opinión moderada; la gente o bien –como yo mismo– lo encuentra una obra maestra en su género, o no lo puede soportar».

Desde el bando de los detractores, Edwin Muir escribió lo siguiente en el Observer: «Es sorprendente que todos los personajes sean niños disfrazados de héroes adultos. Los hobbits, o medianos, son niños corrientes; los héroes completamente humanos son mayores, pero casi ninguno de ellos sabe algo de las mujeres, excepto de oídas. Y los elfos, enanos y ents son, de un modo irrevocable, niños, y jamás llegarán a la pubertad».

Situándose en el bando de los defensores de TolkienAuden opinó lo siguiente en el New York Times: «Ninguna ficción, en los últimos cinco años, me ha dado más placer».

Un gran amigo de TolkienC.S. Lewis, autor de Las crónicas de Narnia, escribió con parecido entusiasmo en Time & Tide: «El libro es demasiado rico y original para hacer un juicio definitivo tras una primera lectura. Pero sabemos que nos ha afectado. Ya no somos los mismos».

La opinión de Lewis apunta en la buena dirección. El Señor de los Anillos resulta original incluso en lo que se refiere a su arquitectura literaria. «Es obvio que ha creado su propio género ‒señala Tom Shippey en J.R.R. Tolkien, autor del siglo‒. La trilogía de fantasía heroica ‒un género, o subgénero, totalmente desconocido hasta que Tolkien escribió su obra‒ se ha convertido ahora en un fenómeno editorial, evidentemente por imitación y emulación de El Señor de los Anillos. No obstante, ¿es también una novela? ¿O un romance? ¿O incluso una epopeya? La dificultad de la respuesta debe decirnos algo al respecto. (…) Dicho en pocas palabras, El Señor de los Anillos es un romance, pero un romance que se halla en continua negociación con la novela burguesa tradicional y que sigue muchas de sus convenciones»

La tarea ingente de escribir El Señor de los Anillos se prolongó a lo largo de los años, con parones ocasionales en los que C.S. Lewis intervino para animar a su amigo. En 1949, cuando Tolkien le entregó la versión completa, Lewis respondió con evidente alegría: «He bebido de la rebosante copa y satisfecho una larga sed. Una vez que se remonta la empinada cuesta de la grandeza y el terror (aliviada por verdes valles, sin la cual sería intolerable), casi no tiene parangón en toda la gama del arte narrativo que conozco».

«En El Señor de los Anillos ‒escribe David Day en El anillo de Tolkien‒ despertó algo profundo en nuestra conciencia por medio del lenguaje universal de unas imágenes míticas extraídas de la temprana historia de la humanidad. Tolkien se convirtió así en heredero de una antigua tradición narrativa, empleando la lengua simbólica común del mito para crear el cuerpo más grande de mitología inventada de toda la historia de la literatura».

¿Cuáles fueron sus vías de inspiración? En realidad, son tantas que casi es imposible resumirlas. Está claro que estudió con atención El Kalevala, la epopeya finlandesa que recompuso Elías Lönnrot en el XIX; la Edda Mayor, El Cantar de los Nibelungos y otras piezas del romancero germánico, las leyendas artúricas y la novela caballeresca, los mitos celtas reunidos en obras como El Mabinogion, el Beowulf y la mitología grecolatina. También se advierte que leyó detenidamente la Divina Comedia y las obras de Lord Dunsany, George MacDonald y William Morris. Y desde luego, es obvia la influencia que tuvo sobre Tolkien la relectura que hizo Wagner de la literatura medieval germana en las cuatro partes de El Anillo del Nibelungo (El Oro del Rin, Las valkirias, Sigfrido y El crepúsculo de los dioses).

No obstante, como recuerda Catherine McIlwaine en Tolkien. Creador de la Tierra Media, «la invención de las lenguas fue la base para la mitología de Tolkien. (…) Con el tiempo, construyó una familia de lenguas interrelacionadas, cada una con su propia historia y evolución, que reflejaba la turbulenta historia y las largas tribulaciones de los elfos».

El propio escritor dijo repetidamente que el punto de partida de la obra fue esta pasión por la filología. Tolkien estudió de forma apasionada las lenguas y variantes idiomáticas de otro tiempo ‒por ejemplo, el nórdico antiguo, el inglés medio, el anglosajón, el gótico y el latín‒, y asimismo, otras lenguas contemporáneas como el finlandés e incluso el español. A partir de esa base, sintió el impulso de inventar una serie de idiomas, con sus correspondientes dialectos y grafía ‒el Quenya, el Telerin, el Sindarin…‒. Dichos idiomas, a su vez le sirvieron para tramar el contenido de lo que serían El hobbit (1937), El Señor de los Anillos o El Silmarillion (editado póstumamente en 1977 por su hijo Christopher).

Esas tres obras, y otras que fueron editándose tras la muerte del escritor (Beren y Lúthien, Los hijos de Húrin, los Cuentos inconclusos, La caída de Gondolin…), acabaron formando un corpus consistente. Cuando Tolkien escribió El hobbit, según cuenta su biógrafo Humphrey Carpenter, «la narración empezó como un entretenimiento personal, y en principio Tolkien no tenía intención de que el mundo burgués y confortable de Bilbo Bolsón estuviese relacionado de ningún modo con el vasto paisaje mitológico de El Silmarillion. Sin embargo, gradualmente, empezaron a surgir los elementos de su mitología».

El escritor plantea una épica con resonancias arcaicas, pero anclada en sus propias experiencias. C.S. Lewis y Tolkien ‒destaca Joseph Loconte en su libro Un hobbit, un armario y una gran guerra‒ «consideraban la modernización del siglo XX como una amenaza para la sociedad humana porque veían el mundo natural como la obra de Dios, y por consiguiente, como algo fundamental para la felicidad de los hombres. Como tal, la naturaleza era una aliada esencial en la lucha contra esas fuerzas deshumanizadoras. (…) Esta condena del ataque del hombre contra su propio entorno no pudo sino hacerse más acusada con la experiencia de la Gran Guerra. La guerra no había causado nunca antes en la historia bélica una devastación natural tan inmensa, un holocausto industrializado de efectos terroríficos, tanto para la naturaleza como para el propio hombre».

No olvidemos que todos los jóvenes integrantes de la Tea Club and Barrovian Society ‒la sociedad que Tolkien fundó junto a sus amigos en 1911‒ se alistaron en la Primera Guerra Mundial. Casi todos perecieron en el campo de batalla.

En este sentido, la fiebre de las trincheras y otras calamidades que padeció el escritor nos parecen algo pasajero frente a la muerte de una gran parte de sus compañeros del 11º Batallón de Fusileros de Lancashire. A nadie debe extrañarle que, tras la guerra, Tolkien se sintiera como un superviviente.

«A pesar de su gusto por el romance y la alta dicción ‒escribe John Garth en Tolkien y la Gran Guerra. El origen de la Tierra Media‒, a Tolkien no le parecía que la guerra fuera una aventura apropiada para la gallardía, ni tampoco un asunto sagrado. Resumió la vida en las trincheras como un horror animal».

«Tras la guerra ‒añade Loconte‒, Tolkien y Lewis intentaron recuperar algo similar a la camaradería que los sustentó durante los años de crisis de 1914 a 1918. En Oxford, crearon Los Inklings, el grupo de amigos y compañeros universitarios que se reunían ‒los martes por la mañana en el pub Eagle and Child acompañados por una cerveza y, los jueves por la noche, en las dependencias universitarias de Lewis con diferentes bebidas‒ para hablar sobre sus obras».

En el mundo hispanohablante, Savater nos descubrió a Tolkien en La infancia recuperada: «Se ha descrito El Señor de los Anillos como el cuento de hadas más largo del mundo, caracterización que no me parece desacertada. Esta longitud (…) es a mi juicio una de las claves del acierto narrativo del libro. (…) Efectivamente, las más de mil páginas de concentrado texto de El Señor de los Anillos dejan insatisfecho al lector apasionado por este capricho, a quien no disgustaría verlo prolongarse, al menos, otro tanto, con tan generosa espontaneidad como en las mil primeras».

Como hemos visto, El Señor de los Anillos permite muy distintos tipos de aproximación. Su mitología refleja el amor que sentía Tolkien por la cultura inglesa, y en un plano más profundo, refleja sus convicciones católicas. Esto último vincula al escritor con dos figuras esenciales para entenderlo: su madre y el sacerdote Francis Xavier Morgan. «El padre Morgan ‒nos cuenta Daniel Grotta‒ era medio español, y pertenecía a una familia de bodegueros andaluces ricos. Él vivía siempre en Inglaterra, pero su hermano había preferido quedarse en el Puerto de Santa María, en el sur de España, y encargarse del negocio. El padre Morgan siguió yendo a España cada dos años. Cogió gran cariño a los chicos Tolkien [Roland y Hilary] y tuvo una gran influencia en su educación. En este sentido, fue para ellos una especie de padre desde el principio».

Aunque sea fácil identificar determinados pasajes de El Señor de los Anillos con momentos y figuras del Nuevo Testamento y con la cosmovisión cristiana, el propio Tolkien siempre quiso evitar que su libro fuese interpretado como una alegoría. Así se lo hizo saber a Michael Straight, jefe de redacción de New Republic, a comienzos de 1956: «Espero que haya disfrutado con El Señor de los Anillos. Disfrutado es la palabra clave. Porque fue escrito para entretener (en el más alto sentido): para ser leíble. No hay en la obra ninguna alegoría moral, política o contemporánea, en absoluto. Es un cuento de hadas, pero un cuento de hadas escrito para adultos, de acuerdo con la creencia (…) de que constituyen el público adecuado. Porque creo que el cuento de hadas tiene su propio modo de reflejar la verdad, diferente de la alegoría, la sátira o el realismo, y es, en algún sentido, más poderoso. Pero ante todo, debe (…) entusiasmar, complacer y aun a veces conmover, y dentro de su propio mundo imaginario, debe acordársele credibilidad (literaria). Lograrlo fue mi objetivo primordial».

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Copyright de las ilustraciones © Greg y Tim Hildebrandt (imágenes del calendario Tolkien de 1977 y 1978).

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Colaborador de "La Lectura", revista cultural de "El Mundo". Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Álbum Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.