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«El libro de Eli» (2010), de Albert y Allen Hughes

El libro de Eli es una película desconcertante. Lo fue incluso antes de estrenarse. El trailer sugería poco más que una historia postapocalíptica bastante corriente, una más de la legión que se han realizado desde Mad Max. El título remitía más a un libro perdido de uno de los profetas menores del Antiguo Testamento que a una película de acción. Por otro lado, lo protagonizaba un actor de tanto prestigio como Denzel Washington, quien además firmaba como productor, lo que apuntaba a la posibilidad de que el film pudiera ser algo más de lo que parecía a primera vista. Es más, se realizó una considerable campaña publicitaria previa a su estreno en las salas de cine en lugar de relegarla directamente al mercado de video.

¿Que podían ofrecer de nuevo los poco prolíficos hermanos Hughes –su anterior película fue From Hell (2001)– que hiciera de esta cinta algo diferente? Tras la redefinición del subgénero que supuso la deprimente La carretera (2009) estrenada tan solo dos meses antes, ¿tenía algún sentido una película que planteara un escenario postholocausto más convencional?

La historia nos presenta a un vagabundo solitario (Denzel Washington) que responde al nombre de Eli. Ha estado caminando en dirección oeste por una América postapocalíptica durante treinta años tratando de llegar al mar (no se nos dice por qué tardó tanto). El mundo ha quedado devastado tras una catástrofe ocurrida años atrás. Lo que conocemos por Civilización –ciudades, leyes, autoridad, instituciones, infraestructuras– ha quedado reducido a cenizas. Es un mundo hostil, implacable y violento en el que el agua es un tesoro e impera la ley del más fuerte. Los indefensos parias son acosados y asesinados por bandas de motoristas y saqueadores caníbales. Eli, sin embargo, ha conseguido sobrevivir gracias a su habilidad con los cuchillos, las pistolas, los rifles y el karate.

Cuando llega a un pueblo polvoriento habitado por desesperados viviendo en casas ruinosas y coches oxidados, no tarda en llamar la atención de Carnegie (Gary Oldman), un tirano local que controla el pozo de agua gracias a una banda de matones. Carnegie ordena a la joven Solara (Mila Kunis) seducir a Eli y convencerle para que entre a su servicio. Cuando la muchacha se entera de que Eli lleva un libro en su mochila y se lo cuenta a Carnegie, éste decide arrebatárselo a toda costa, puesto que piensa que le otorgará un poder definitivo en el nuevo mundo.

La primera parte de la película parece inspirada por La carretera: la escena de apertura, en un bosque bañado por cenizas, nos muestra a Denzel Washington llevando una máscara de gas y cazando con ballesta lo que parece un gato mutante sin pelo. Los tonos grises, el fuerte contraste, la ceniza que cae del cielo y el aspecto general de desolación podrían haber sido extraídos de La carretera. Lo mismo se puede decir de las siguientes escenas, con el protagonista rebuscando entre las ruinas algo que comer o beber, recorriendo deterioradas y solitarias carreteras o enfrentándose a asaltadores que quieren robarle la comida (o, directamente, comérselo a él).

Sin embargo, tan pronto como una banda de esos maleantes se encara con Washington en el pueblo, éste se convierte en una máquina de matar. El tono que se ha dispuesto en la primera parte no ha servido más que de preámbulo a una película de acción al estilo Mad Max. La descripción del hostil entorno futurista es pronto olvidada y sustituida por la simple acción explosiva.

Esa es la razón de la crisis de identidad que sufre El libro de Eli. Da la impresión de que los Hermanos Hughes no tenían muy claro qué tipo de película pretendían hacer: ¿un drama serio y realista? ¿un film de acción? ¿una parábola religiosa? Las escenas de peleas se suceden con rapidez, con Denzel Washington convertido en un super-guerrero que elimina sin sudar a docenas de matones. La mayor parte de esos pasajes están competentemente coreografiados, pero en más de una ocasión fuerzan la mano hasta lo absurdo o directamente estúpido, como cuando el convoy militar llega a una improbable casa en mitad de ninguna parte y su dueño, el anciano interpretado por Michael Gambon, revela un arsenal escondido bajo el sofá. La más irreal de todas es aquella en la que Washington permanece en mitad de una calle mientras los matones de Carnegie le tirotean; no solamente sale ileso a pesar de carecer de cualquier tipo de cobertura, sino que luego los liquida a todos en cuestión de segundos.

Pero es que después de haber dado por sentado que nos encontramos ante una cinta de acción, El libro de Eli trata de vendernos que en realidad se trata de una alegoría religiosa. Es difícil saber cuál era la verdadera intención de los Hermanos Hughes o del guionista Gary Whitta (antiguo periodista inglés de videojuegos y editor que derivó hacia los cómics y el cine. Éste fue su primer guión, escrito en 2006); pero lo cierto es que parece una cinta dirigida al público norteamericano de confesión evangélica que tan bien recibió películas como La pasión de Cristo (2004), Las Crónicas de Narnia (2005) o El exorcismo de Emily Rose (2005).

No es algo que se infiera del trailer o la promoción publicitaria pero, una vez que se conoce el final, las señales dispersas por todo el film son fácilmente detectables: Eli bendice la comida, recita oraciones, habla de visiones y voces en su cabeza, sobre la necesidad de dejarse guiar por la fe; y, al tiempo, parece estar protegido por un poder superior, sobreviviendo a ataques y heridas graves. Como su homónimo bíblico, camina por el desierto impulsado por su misión y nombra un sucesor para que la continúe (Solara). Y, como colofón, se nos dice que el alejamiento de la palabra de Dios fue lo que, en último término, provocó el desastre y que en la Biblia reside la esperanza para resucitar la civilización.

Aunque claro, la película también defiende la idea de que la religión y las armas no están en conflicto. Cuando llegue el fin de la civilización, los «buenos» serán los primeros en morir. Así que, además de a rezar, más vale aprender a disparar, mutilar y estrangular si se quiere sobrevivir. Por esa delgada línea camina Eli, un hombre bueno en un mundo violento. ¿Puede mantener su moral y creencias intactas ante la visión de auténticas aberraciones o matando para sobrevivir? ¿Es compatible con la fe que defiende el denegar ayuda a otros necesitados aunque ello contribuya a llevar adelante su misión? Por otra parte, el film es igualmente provocativo al plantear la autoridad religiosa como instrumento de abusos –aunque este matiz pasó aparentemente desapercibido para los predicadores fundamentalistas americanos.

Son preguntas interesantes y complejas, pero también de difícil conciliación y a las que los directores no dan respuesta, incapaces de profundizar lo suficiente como para aclarar si están lanzando un mensaje coherente con sus propias creencias, diseñando un producto ideal para la América profunda (simultáneamente religiosa y amante de las armas y que acogió la película con el fervor que cabía esperar), o simplemente tratando de dar un giro nuevo a un viejo subgénero. Sea como sea, el resultado en pantalla es ciertamente extraño y el final no es que sea impredecible, sino que parece ajeno al resto de la película (or no hablar de que es una copia descarada de los «libros vivos» de Fahrenheit 451).

Denzel Washington es un gran actor, aunque no todas las películas en las que ha participado han sido las más adecuadas para desarrollar su capacidad. En esta ocasión, su talento interpretativo es desperdiciado en un papel que podría haber llenado cualquier actor mediocre de grandes músculos y/o conocimientos de kickboxing.

En cuanto a Gary Oldman, siempre es reconfortante volverlo a ver en un papel principal y además ejerciendo de villano, lo que tan bien sabe hacer aun cuando en esta ocasión no sea sino el típico gangster con pretensiones estéticas sentado en una gran mesa y protegido por dos matones, uno gigante de cabeza calva y aspecto cruel (Ray Stevenson) y otro pequeño y desmañado. Tom Waits destaca en su pequeña intervención, como también Jennifer Beals encarnando a un personaje del que quizá se podía haber sacado más partido. Mila Kunis aporta poco aparte de su belleza.

Los hermanos Hughes, Albert y Allen, fotografían esta historia en marrones tostados y azules pálidos, construyendo un mundo árido y polvoriento, achicharrado por un sol inclemente que recuerda al género western. Todo es sucio, decadente y peligroso.

Al final, El libro de Eli es una película que se deja ver. Puede que su mensaje resulte confuso e inverosímil –sobre todo para quienes no sean firmes creyentes– y que su intento de fusionar el western, la espiritualidad y las artes marciales con mensaje no se culmine con éxito. Pero desde el punto de vista del cine de acción, el film sabe mantener la atención del espectador y hay poco espacio para el aburrimiento. Y, no menos importante, es una película más vibrante que La carretera. Aquí vemos el horror de un mundo destruido y los más bajos instintos humanos, pero de alguna forma el seguro y sereno Denzel Washington se antoja más cercano y reconfortante que el trastornado y tambaleante Viggo Mortensen.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Descubre otros artículos sobre cine, cómic y literatura de anticipación en nuestra sección Fantaciencia. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".