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«El Halcón de Castilla» (1967), de José María Elorrieta

Esto puede parecer algo trivial, pero es una confesión que se las trae: desde niño, tengo verdadera obsesión por los tebeos de aventuras, sobre todo cuando los protagonizan héroes enmascarados. Supongo que, al decir esto, parecerá que me estoy refiriendo a Batman o a Linterna Verde, pero en realidad, pienso en El Zorro y en el Llanero Solitario. Si un dibujante quiere ganarse mi atención, el antifaz es la clave. Y si encima el protagonista es un espadachín, podrán verme con cara de «Todo va bien» y disfrutando a lo grande.

Categorizar a estos justicieros anónimos en la tradición que los precede es bastante fácil: serían un eslabón intermedio entre los galanes de Dumas o Rafael Sabatini y el bandido Dick Turpin, hijo literario del novelista William Harrison Ainsworth. Todo ello, claro está, con la genética de El Zorro, aquel asombroso justiciero inventado por Johnston McCulley.

Uno de los libros que de niño convertí en un tesoro fue, precisamente, Aventuras de Dick Turpin, escrito por Charles C. Harrison (seudónimo de Fernando Marimón Benagues), con unas fabulosas viñetas de Ambrós. Al pasar el tiempo, aquel volumen de la colección Historias Selección tuvo que competir con otros cómics que, por la vía rápida, me acercaban todavía más a este estereotipo. Para empezar por el más obvio, El Guerrero del Antifaz, de Manuel Gago. Pero no me olvido de El Espadachín Enmascarado (1952), con guiones de Pablo Gago y Pedro Quesada, también dibujado por Manuel Gago. Y qué decir de su heredero legítimo, El Mosquetero Azul (1962), escrito por Silver Kane (seudónimo de Francisco González Ledesma), de nuevo con dibujo de Gago.

Pese a ponerle cierto empeño, nuestro cine ha manejado este tipo de personajes con desigual fortuna. Por ejemplo, en el caso del Zorro, nos encontramos con títulos ya olvidados, como Las tres espadas del Zorro (1963), de Ricardo Blasco, o Cabalgando hacia la muerte (1962), de Joaquín Luis Romero Marchent.

Con todo, y a pesar de lo mucho que admiro a Romero Marchent, mi película española favorita dentro de este subgénero es El Halcón de Castilla, de José María Elorrieta. Sé que carece de grandes virtudes, pero a pesar de su imperfección, hay algo en ella que produce simpatía y complicidad.

¿Les cuento de qué va? Estamos en el siglo XVIII. Diego de Carvajal (un estupendo Germán Cobos), hijo del Conde de San Raimundo, vuelve a Toledo, y lo que encuentra a su regreso no es nada bueno. Su padre ha muerto, y las posesiones familiares pertenecen ahora al pérfido gobernador Garcerán de Guzmán (Mariano Vidal Molina). Para enfrentarse a este villano, Diego recurre a un plan: adoptará una doble personalidad. De cara al exterior, fingirá ser un indiano presuntuoso y aristocrático, don Diego de Mendoza, y en secreto, actuará como un justiciero enmascarado, bajo un sobrenombre fácil de recordar: el Halcón de Castilla.

Ayudarán a Diego en su aventura un veterano maestro de esgrima, Acuña (Álvaro de Luna), y sus hombres de confianza. Bueno, no solo ellos: también lo hará la hija adoptiva de Acuña, una joven descarada y valiente llamada Margarita (Nuria Torray).

Como interés amoroso, tenemos a una dama en peligro, la bella Leonor (Gloria Osuna), sobrina de otro aristócrata, don Gonzalo de Cárdenas (Félix Dafauce).

En el reparto, lleno de caras conocidas del spaghetti-western, el terror y el espionaje, figuran asimismo Dyanik Zurakowska, Frank Braña, Alfonso de la Vega, Ángel Ter y Julio Pérez Tabernero.

A decir verdad, El Halcón de Castilla hubiera merecido ser una mejor película. Cuenta con dos protagonistas con suficiente empaque, Cobos y Vidal Molina, y los secundarios se hacen querer, en especial la magnífica Nuria Torray. Por supuesto, la ciudad de Toledo es un escenario impresionante, bien fotografiado en Eastmancolor y Cinemascope por el operador Alfonso Nieva. A pesar de su escasa variedad temática, la música de Fernando García Morcillo es muy adecuada. Y por su parte, los especialistas demuestran lo mucho que saben hacer, tanto a caballo como empuñando una espada.

Sin embargo, José María Elorrieta no alcanza a redondear la película. Nadie se aburrirá viéndola, pero este no es uno de esos casos en los que admiremos el ritmo o la brillantez del estilo. Pese a incluir escenas destacables, estas se alternan con momentos de relleno, que frenan la progresión del relato y me recuerdan la rutina de algunos spaghetti-westerns del mismo periodo.

En todo caso, este tipo de cine se inventó para ser felices. ¿O no? De ahí que ver El Halcón de Castilla con los ojos de un crítico sea una canallada. Prueben a disfrutarla con el espíritu de un crío de la vieja escuela. Déjense llevar, como si leyesen un viejo tebeo o una novela de capa y espada, canturreando bajito alguna melodía de Waxman o Korngold.

De manera indirecta, el otro factor que eleva esta película es la propia carrera de Elorrieta, un director infatigable, torrencial, enamorado de los géneros populares. Si el VHS de El Halcón de Castilla hubiese tenido extras ‒oh, prodigio‒ los más jóvenes hubiéramos descubierto antes la filmografía de este realizador todoterreno, capaz de manejarse en el terror (Las joyas del diablo, 1969; El espectro del terror, 1972; La llamada del vampiro, 1971; Las amantes del diablo, 1969), la aventura exótica (El tesoro de Makuba, 1967; La esclava del paraíso, 1968; La muchacha del Nilo, 1969), el cine fantástico (Mi adorable esclava, 1962; Una bruja sin escoba, 1967), el cine histórico (Los conquistadores del Pacífico, 1963), el cine infantil (Tres huchas para Oriente, 1954; Mensajeros de paz, 1957), el cine religioso (Una cruz en el infierno, 1957; El milagro del sacristán, 1954), Rosa de Lima, 1961), la comedia juvenil (Pasa la tuna, 1960), la comedia costumbrista (El fenómeno, 1956; El hincha, 1958; Esa pícara pelirroja, 1963), el musical (Habanera, 1958) y el western (Los 7 de Pancho Villa, 1967; Fuerte perdido, 1964; El hombre de la diligencia, 1964).

Sospecho que ya no quedan artesanos como él.

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.