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¡Dios me bolsilibre!: Las novelas de Lou Carrigan

Al igual que desde el cambio de siglo los cómics están siendo una fuente de inspiración inagotable en los guiones de Hollywood, nuestras novelas de quiosco del siglo XX podrían serlo para infinidad de películas y series españolas.

Este recopilatorio de cuatro novelas del catalán Lou Carrigan (nacido Antonio Vera Ramírez en 1934) constituye un perfecto ejemplo de ello. Publicadas originalmente en plena Transición (entre 1976 y 1981) dentro de la Selección Terror de la editorial Bruguera, han sido reeditadas por la Asociación Cultural Hispanoamericana Amigos del Bolsilibro (ACHAB) bajo el título Los siete pecados capitales Vol. 2.

Carrigan destaca como uno de los «veteranos» ineludibles en lo que fue la era dorada de la novela de a duro: un autor correctísimo en todo menos en la corrección política y cuya mayor virtud estriba, a mi juicio, en su honestidad a la hora de plantear argumentos de géneros escapistas.

Su estilo formal podrá gustar más o menos, pero Lou siempre se esfuerza en contar una historia atractiva, sin escurrir el bulto como hacía alguno que otro obrero de la palabra: al contrario, en estas cuatro novelas hay para dar y tomar en cuanto a consideraciones estilísticas, culturales y hasta sociológicas. Pues en realidad, si algún «pecado capital» subyace detrás de todas las historias es la lujuria, generalizada como motivo temático dentro de la industria creativa de la época debido a la represión sexual connatural a la dictadura franquista recién concluida.

En estas novelas, raramente los personajes no están calientes o los villanos no albergan pensamientos sádicos. Pero vayamos al meollo de estos cuatro títulos concretos, que tienen mucho jugo:

«La verdad es que Héctor Lagaillarde, incluso delante de una viejecita, no tuvo la menor oportunidad: el hacha cayó, claramente de filo, sobre su rostro… Manejada con escasas fuerzas, desde luego. Pero un hacha, es un hacha…». (Ven a charlar esta noche, 1978).

La primera propuesta carriganiana consiste nada menos que en un relato macabro situado en París, presentado con gracia y ojo al detalle siniestro: una adorable ancianita descubre en su desván una camada de ratas hambrientas y decide usarlas contra su nuera, a la que odia hasta el punto de planear su muerte.

Carrigan expresa la preparación del plan con la morbosidad de los relatos clásicos («…y durante más de dos horas estuvo allí inmóvil, con los ojos quietos, tan inexpresivos como los de la repugnante mamá del desván»), aunque también incurre en esos generalismos evocadores típicos del autor de bolsilibro que recrea otras atmósferas y otros mundos ‒entonces muy lejanos‒ parapetado tras su escritorio barcelonés: «Y por cierto, lo mejor sería tirar los huesos también al Sena. Ah, el Sena… ¡Cuántos secretos ha guardado y guardará siempre!».

Lo mejor: que no se arredra con la terribilidad de cada asesinato… Porque obviamente, enseguida se sucederá una cascada de crímenes a cual más desaforado, tanto a manos de la viejita como a dientes de los «lindos roedores». Una pequeña golosina de posibilidades teatrales que uno puede imaginarse a la perfección como un ‘Estudio 1’ en blanco y negro, excepto cuando irrumpe el rojo sangre.

«Muchos vienen a casarse a Las Vegas, pero también son muchos los que vuelven muy pronto a divorciarse… Esos son unos desdichados. Vosotros sois privilegiados, pues jamás morirá vuestro amor: solo morís vosotros» (Noches de amor eterno, 1976).

Psicópata habemus y de los pillos: de un modo muy ozoresco, se hace primero pasar por loco para despertar la ternura de sus futuras víctimas. Un detective llamado Cliff Nash se anunciaba el héroe de este fúnebre policíaco, pero pronto lo abandonaremos en favor de una pareja de recién casados y recién secuestrados por el mentado asesino en serie. El planteamiento funciona como divertimento tan excesivo como el monstruo que lo protagoniza, aunque carece del empaque del título anterior, prodigándose en concesiones al fraseo de relleno típicamente bolsilibresco: «El hombre se movió lo justo para tender el brazo hacia el aparato, dando así lugar a un asombroso, increíble, pasmoso relieve muscular». Este astuto psicópata rapta y mata parejas pudientes para quedarse también con su dinero, pero no ha calculado debidamente la mala suerte que le iba a suponer el vivir en Las Vegas: «Y sería ya rico si no fuese por los malditos casinos…», admite a sus rehenes en un momento de debilidad personal.

Un psicópata ludópata tiene todas las cartas para salir esquilmado de la función.

«‒¡Lo voy a ensartar! ‒oyó el agudo grito.

La blanca silueta corría hacia él. Lo iba a ensartar». (Alucinaciones, 1981).

La más delirante de las cuatro historias: un psiquiatra del Mal se dedica a recetar pastillas alucinatorias a todas aquellas personas que por desahogarse necesiten soñar con torturar y despellejar a alguien a quien detestan. Pero como ese simulacro de terapia no provocaría un conflicto lo bastante tremebundo para hacer avanzar la trama, el maquiavélico psiquiatra organiza además torturas y muertes reales, destinadas a los enemigos declarados de aquellos pacientes que no se conforman con el sucedáneo alucinógeno.

Con un humor típicamente ibérico de los 70-80, el narrador se toma sus libertades descriptivas («‒¿Qué es? ‒exclamaba él, temblando la voz de deseo que se atrevía a llamar amor, el muy cerdo») para guiarnos al caso concreto de una aspirante a viuda negra cuyo achacoso pero adinerado marido nunca acaba de morirse de causas naturales y que decide recurrir, por tanto, al servicio de la eliminación dolorosa que propone su terapista. Por suerte, su ahijada se da cuenta enseguida de lo que se trae entre manos: la chica descubre que la pérfida madrastra mira «de modo malvado» a su padre y pondrá así en marcha la maquinaria del rescate, capitaneado por otro psiquiatra que para variar trabaja al servicio del Bien, el apuesto Craig Maxwell.

El enredo hace más aguas de lo debido, aunque toda intriga que meta una secta por medio nunca resulta desdeñable del todo. Y siempre apetece echarse al coleto un cóctel de suspense con estereotipos gringos y modismos cañís.

Además se puede descubrir alguna que otra frase de lujo camp, como cuando el héroe cae en la cuenta de sus limitaciones combativas: «En aquel momento lamentaba amargamente no haber proseguido sus clases de karate junto a Brett Lanigan años atrás…». Que lo primero que piense un galán de novela popular al enfrentarse a una despiadada camarilla sea en haberse perdido las clases de kárate es lo que convierte en algo único este género, y lo que explica en gran medida el enorme placer que algunos encontramos en él, inconcebible en la tradición anglosajona coetánea. Vamos, esa situación da para flashback de Tarantino (que sí entiende de esto, porque tragó mucho eurothriller).

«Instintivamente miró a Angeline en petición de ayuda. A él se le estaba escapando el asunto de las manos, pero ella, que estaba bajo los efectos del Superlife, que era ahora la más fuerte, más inteligente, más sensitiva en todos los aspectos, tenía que encontrar una solución…» (La furia de los instintos, 1980).

La mejor novela de esta selección es un clásico «experimento en Alaska» que a muchos recordará a La cosa de Carpenter… pero Carrigan tiene el mérito de haberla escrito dos años antes.

En una base científica en el Ártico ‒nunca sabremos por qué está ubicada allí‒, el profesor Vanderlyn crea un suero que potencia la capacidad mental y física de cualquier humano, y no se le ocurre mejor idea que testarlo en su novia sin conocimiento de ella. Angeline, que rápidamente se convierte en la heroína del tinglado (una resolutiva heroína con mucha personalidad, por cierto), representa la única arma efectiva contra otro grupo de conejillos de indias que han probado una dosis adulterada: de pronto, el equipo de investigadores y sus mecenas millonarios ‒hedonistas y poliamorosos, para no defraudar las expectativas de la masa proletaria que consumía estos relatos‒ son sitiados por media docena de hombres transformados en bestias. Los bajos instintos de estas cobayas sapiens se disparan hasta convertirles en depravados caníbales dispuestos a acabar con los protagonistas.

Estamos ante un bolsilibro modélico: escrito con harta agilidad, con sentido del ritmo y del entretenimiento, y provisto de un desasosegante clima, La furia de los instintos demuestra que en la premisa más descabellada pueden agazaparse auténticos lingotes de ocio trepidante y calidad imaginativa.

He disfrutado mucho esta novela. Cierto, incluye su cuota de casticismos anticlimáticos («‒Por el amor de Dios, ¿cómo se te ocurrió inventar esta porquería?», le reprochará Angeline al idiota de su novio en un arrebato de angustia) e inesperados atajos en los que el villano del espectáculo usurpa las funciones del mismísimo narrador para especificar verbalmente sus propias motivaciones, confesando sin pudor alguno y con una candidez enternecedora que organizó todo el plan maligno «porque solo soy un científico mediocre, sentía envidia de Vanderlyn…».

Y, sin embargo, en su proliferación de pasajes perturbadores, enfrentamientos encarnizados, regodeos brutales y escalofriantes momentos, emerge de esta obra un sustrato auténtico: su mirada al abismo de la mente humana no es menos real por ir envuelta en papel barato.

Un grande, Lou.

¡Y aún en activo!

Edición de 2018. Incluye entrevista al autor por Ramón Charlo. Portada de Vicente Cebollo. Retrato de Lou Carrigan por Raquel Calvo. ACHAB está recuperando también obras de otros autores españoles como Curtis Garland, A. Thorkent, Joseph Berna, Adam Surray o Alan Comet

Sinopsis

¿Cuántos pecados acertasteis en el volumen anterior? ¿Uno, varios, ninguno? Porque doy por hecho que os leísteis el primer volumen y jugasteis a mi juego, no creo que no os atrevierais a hacerlo. En este volumen lo tendréis más fácil ya que solo quedan tres pecados que asignar. Aquí os refiero la lista de los 7 pecados capitales, os señalo los pecados ya tratados en el anterior volumen para que no tengáis que revolver en vuestra nutrida biblioteca.

Bienvenidos de nuevo a este terrorífico juego, ya conocéis las reglas: debéis leeros las novelas y tratar de averiguar a qué pecado capital se refieren; es normal que se cometan varios en cada uno de los relatos, pero solo uno de ellos es el importante, solo uno de ellos nos ofrece una enseñanza, solo uno de ellos domina al resto, y vosotros debéis averiguar cuál es, de ofrecer la moraleja final ya se encarga vuestro instructor favorito, vuestro fiel amigo, yo mismo, el Profesor Cadaverus.

Y sin perder más tiempo comenzamos con las peripecias de la amable Madame Debré, una anciana como cualquier otra, como cualquier familiar, como cualquier vecina…

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Hernán Migoya

Hernán Migoya

Hernán Migoya es novelista, guionista de cómics, periodista y director de cine. Posee una de las carreras más originales y corrosivas del panorama artístico español. Ha obtenido el Premio al Mejor Guión del Salón Internacional del Cómic de Barcelona, y su obra ha sido editada en Estados Unidos, Francia y Alemania. Asimismo, ha colaborado con numerosos medios de la prensa española, como "El Mundo", "Rock de Lux", "Primera Línea", etc. Vive autoexiliado en Perú.
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