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Crítica: «Tolkien» (Dome Karukoski, 2019)

Me imagino que el deseo primordial de Dome Karukoski consiste en agradar al admirador de Tolkien con una serie de estampas familiares. Por ejemplo, el romance entre el escritor y Edith Bratt (bien encarnados por Nicholas Hoult y Lily Collins), su vínculo con el sacerdote hispanobritánico Francis Morgan (Colm Meaney), su complicidad intelectual con el profesor Joseph Wright (un inmenso Derek Jacobi), o esa trágica experiencia que vivió en la Primera Guerra Mundial y que marcó en buena medida su obra literaria.

Resulta curiosa la elección de Karukoski como director. Tras rodar en 2017 Tom de Finlandia, un estupendo biopic sobre aquel artista que fue el rey del fetichismo homosexual, ahora se enfrenta a un proyecto más académico, centrado en un personaje que está en las antípodas: romántico, profundamente religioso, conservador y aferrado a la tradición clásica.

El Tolkien que aquí muestra el guión de David Gleeson y Stephen Beresford no pretende ‒y ni siquiera lo intenta‒ llegar a esas honduras psicológicas que el auténtico Tolkien exploró en su madurez. El de la película es un joven con mucho por hacer, que vive el amor y la amistad con esa exaltación que uno pierde a partir de determinada edad. En este sentido, la cinta queda a medio camino entre el relato iniciático y la historia de amor, sin otras turbulencias que las que brinda esa tremenda guerra que le tocó sufrir.

Con flashbacks que nos informan sobre la niñez del protagonista, Tolkien concentra buena parte de su artillería emocional en las trincheras de la Batalla del Somme, una auténtica carnicería que se llevó por delante a miles de combatientes, y que Karukoski ilumina con esas alucinaciones guerreras y mitológicas que el escritor emplearía posteriormente en El Señor de los Anillos. El espectador más atento descubrirá en esas secuencias ecos del Ojo de Sauron, los Nazgûl, la Ciénaga de los Muertos e incluso el propio Sam Gamyi. En este sentido, y a lo largo de todo el metraje, las leyendas y los cuentos de hadas adquieren para el personaje un carácter protector, terapéutico, aplicado luego a su volcánica creatividad y a su labor como filólogo.

Elegante y respetuoso, el film está impecablemente ambientado, y como suele suceder en este tipo de producciones, no hay nada que objetar a un reparto que sabe perfectamente cuál es su tarea.

No obstante, esta excursión al otro lado del espejo de Tolkien hubiera sido más perfecta si Karukoski hubiera ahondado en el catolicismo del escritor, esencial para comprender determinadas decisiones, y por supuesto, para interpretar su obra literaria. Supongo que ello se debe a la necesidad de simplificar el relato para hacerlo más claro, y al hecho de que esta sea una película destinada al público generalista.

La entrañable amistad de Tolkien con otros tres jóvenes estudiantes de la King Edward’s School ‒Geoffrey Bache Smith (Anthony Boyle), Christopher Wiseman (Tom Glynn-Carney) y Robert Q. Gilson (Patrick Gibson)‒ está bien narrada, al igual que esa alianza que forjaron en la T.C.B.S. (Tea Club and Barrovian Society), una fraternidad que, en cierto sentido, también anticipó, en el Birmingham de 1911, lo que sería la Comunidad del Anillo en la Tierra Media.

En general, esa necesidad de rimar la vida del escritor con su obra es llevada hasta límites razonables, sin necesidad de mitificar en exceso la biografía de alguien que no fue precisamente un aventurero. Y a no ser que me contradiga un experto, creo que las libertades creativas no son llamativas.

Tolkien rememora el pasado con respeto, sutileza y buena recreación de ambientes. La luz sobreañadida es la habitual en una biografía que reverencia al protagonista, y que sabe en qué medida es idealizado por muchos de los potenciales espectadores.

Podemos objetar si Karukoski se hace las preguntas exactas. Habrá quien critique su empeño en reducir la vida de Tolkien a una colección de claves para entender El Señor de los Anillos. ¿Tenía otra alternativa? Quién sabe. Por mi parte, me conformo con evocar en la pantalla un modo de entender la vida que se desvaneció hace mucho tiempo.

Sinopsis

Tolkien explora los años de formación y juventud del célebre autor mientras halla la amistad, el coraje y la inspiración entre un grupo de compañeros de estudio compuesto por escritores y artistas. El sentimiento de hermandad entre ellos se refuerza a medida que van madurando juntos, así como sintiendo el amor y la pérdida, lo que incluye el tormentoso noviazgo de Tolkien con su amada Edith Bratt, hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial, que amenaza con destruir su amistad. Todas estas experiencias servirían a Tolkien de fuente de inspiración para escribir sus famosas novelas de la Tierra Media.

Al igual que una chispa eléctrica, el libro de J.R.R. Tolkien El Hobbit desencadenó por sí solo en la imaginación global un fuego incontrolado que dominó el género de fantasía y aventuras durante el último siglo. El «efecto Tolkien» resuena en todas partes a través de la literatura, el cine y la televisión. En sus relatos y universos nunca antes vistos, los reinos de magos, hobbits, dragones y seres míticos de Tolkien evocan las mejores facetas de la naturaleza humana: nuestra pasión por emprender aventuras, nuestra disposición a sacrificarnos por los demás, nuestra esperanza en que el bien vencerá al mal y la fuerza que obtenemos de la verdadera amistad.

Ahora, con Tolkien, llega la historia de cómo el joven Tolkien se transformó de solitario huérfano en uno de los grandes narradores de todos los tiempos; una historia que en sí misma es un fascinante cuento iluminado con el poder de la imaginación, los lazos de la lealtad y la forja de la determinación, fraguada tanto con el fuego del amor como con el de la guerra.

La vida de Tolkien distaba mucho en sus inicios de la de los excepcionales personajes que creó en sus famosas novelas. Al dramaturgo y guionista irlandés David Gleeson le fascinó la historia del propio Tolkien como joven que emprende una heroica búsqueda. Al igual que adoraba El Hobbit y El Señor de los Anillos, Gleeson también se sintió conmovido por la profundamente humana historia de cómo Tolkien llegó a la mayoría de edad contra todo pronóstico; y cómo se vio impelido a escribir esas imperecederas historias gracias, en parte, a su determinación por crear y vivir al máximo.

Tolkien perdió a su padre cuando todavía era un niño, y entonces fue arrancado de su Sudáfrica natal y conducido a una Inglaterra que no había visto nunca por su querida pero enferma madre, que murió de diabetes con tan solo 36 años, en una época anterior al descubrimiento de la insulina. A los 12 años de edad, John y su hermano Hilary eran huérfanos y pobres, sin embargo, Tolkien desafiaba tales circunstancias a cada instante. Pronto se hizo evidente que John tenía excepcionales dones, incluyendo una rara destreza para inventarse idiomas, crear mitologías y concebir criaturas imaginarias tanto en palabras como en dibujos. Ese genio le proporcionó la oportunidad de matricularse en la prestigiosa King Edward’s School de Birmingham, donde su floreciente vida de fantasía comenzó realmente a explosionar, gracias a la mejor clase de estímulo: un círculo de fieles amigos que le animaban constantemente a ir más allá y con cuyo apoyo siempre podía contar.

Gleeson encontró todo tan fascinante que mencionó al equipo de Chernin Entertainment que le parecía que la historia tenía verdadero potencial para que alguien escribiera una película sobre Tolkien.

Esto dio inicio a una intensiva odisea personal de investigación por parte de Gleeson, que profundizó aún más en la propia leyenda de Tolkien, centrando el objetivo en un período transformador: desde la llegada de Tolkien a la King Edward’s School hasta su experiencia -muy cercana a la muerte- en la Batalla del Somme combatiendo en el bando británico durante la Primera Guerra Mundial, que aún sigue siendo uno de los conflictos más sangrientos en la historia militar de Reino Unido, y hasta el inicio de su vida junto a Edith Bratt, que se convertiría, con mucho esfuerzo por parte de Tolkien, en su musa.

A Gleeson le gustaba especialmente que en un principio Tolkien decidiera aguzar su ingenio narrativo formando parte de una sociedad clandestina de inadaptados adolescentes. En 1911, Tolkien se unió a Robert Gilson, Christopher Wiseman y Geoffrey Smith para crear un club secreto apodado jocosamente The Tea Club and Barrovian Society, para abreviar, TCBS, con el fin de intercambiar sarcásticos comentarios, compartir ideas, debatir sobre todo lo que ocurría en el mundo, dar rienda suelta al poeta que llevaban dentro y apoyarse unos a otros en su eufórica aspiración de llevar su vida con valentía, creatividad y sentido.

«Me pareció muy revelador descubrir que Tolkien formaba parte de este cuarteto de amigos que conformaban realmente una hermandad», señala Gleeson. «Todos ellos se alistaron para combatir en la Gran Guerra, así que ahí hubo una verdadera alianza de jóvenes que tuvieron que enfrentarse a un tremendo peligro, que es un tema que se convertiría en un aspecto íntimamente ligado a la sensibilidad de Tolkien. Con el paso del tiempo, Tolkien estaba bastante más interesado en separar su vida personal de su trabajo, y hablaba muy poco sobre aquello, pero ahora es imposible no establecer la conexión».

Gleeson también se dejó llevar por la casi shakesperiana historia de amor entre Tolkien y su compañera de orfandad Edith Bratt. Tras un ardiente cortejo basado en su mutuo amor por el arte y por hacer trastadas, su noviazgo casi se fue al traste cuando el tutor de Tolkien, el padre Francis Morgan, prohibió a la enamorada pareja tener incluso contacto visual hasta que Tolkien cumpliera los 21 años. Las cosas podrían haber terminado simplemente así, pero Tolkien se negó a dejar escapar su sueño. «Aquí hubo un gran romance entre dos almas perdidas que fueron separadas justo cuando más se necesitaban, únicamente para volver a reencontrarse y lograr que su relación funcionara», afirma Gleeson. «Es otra extraordinaria historia en la vida de Tolkien«.

John Ronald Reuel Tolkien nació el 3 de enero de 1892 en Bloemfontein, antiguo Estado Libre de Orange, Sudáfrica, de padres ingleses: el banquero Arthur Tolkien y su esposa Mabel.

Cuando Tolkien tenía tres años, viajó hasta Inglaterra junto a su madre y su hermano Hilary para visitar a la familia. Trágicamente, mientras estaban allí, su padre murió en Sudáfrica debido a una fiebre reumática. Sin ingresos propios, Mabel y sus hijos se vieron obligados a vivir con la familia de ella en Birmingham.

En 1896, Mabel, John Ronald y Hilary se trasladaron a la pequeña aldea rural de Sarehole, un pueblito con un molino situado cerca de Worcestershire, en las campiñas del condado de West Midlands. Esta zona, de extraordinaria belleza natural, inspiraría más tarde el condado de El Hobbit, así como otras aldeas en la literatura de Tolkien. También pasó tiempo en la granja de su tía Jane, llamada Bag End, un nombre utilizado después para denominar la casa de Bilbo Bolsón. Mabel educó en casa a John Ronald y Hilary, compartiendo con ellos su propia pasión por los idiomas, las historias, las plantas y los árboles.

Alrededor de 1901, Mabel reubicó a la familia en el suburbio de King’s Heath, en la ciudad de Birmingham, concretamente, en una casa contigua a una vía de trenes. Tolkien consiguió enseguida una beca para estudiar en la King Edward’s School (una escuela masculina fundada por el rey Eduardo en 1552), ubicada en el distrito de Edgbaston, en Birmingham.

En 1904, Mabel murió a los 36 años debido a una complicación aguda de la diabetes (dos décadas antes del descubrimiento de la insulina). Con tan solo 12 años, Tolkien se había quedado completamente huérfano. Al padre Francis Morgan, consejero religioso y buen amigo de Mabel, se le asignó el papel de tutor de los dos jóvenes hermanos Tolkien, con la misión de supervisar sus finanzas y su educación hasta la edad adulta.

En 1911, Tolkien formó el TCBS (Tea Club and Barrovian Society) junto a sus compañeros de estudio y buenos amigos Robert Gilson, Geoffrey Smith y Christopher Wiseman. Llamado así en honor al Barrow’s, la tienda cercana a su escuela donde disfrutaban de té, pasteles, libros y debates intelectuales, el club se convirtió para cada uno de ellos en un refugio donde explorar sus aspiraciones artísticas.

Tolkien conoció a Edith Bratt a los 16 años, cuando su hermano y él fueron a vivir a la pensión donde ella residía. Huérfana también, Edith, de 19 años, por entonces estaba estudiando para convertirse en concertista de piano.

Tolkien y Edith se enamoraron e iniciaron una relación, pero cuando el padre Morgan vio que el rendimiento académico de Tolkien empezó a decaer, les prohibió volver a verse hasta que Tolkien cumpliera 21 años, dejando a Tolkien con el corazón roto.

En octubre de 1911, Tolkien comenzó sus estudios en el Exeter College de Oxford. Inicialmente, estudió Literatura Clásica, pero se pasó a Filología Inglesa y Literatura en 1913. En 1915, se graduó con matrícula de honor en Exeter.

En su vigésimo primer cumpleaños, Tolkien escribió a Edith proponiéndole matrimonio, enterándose entonces de que ya estaba comprometida, convencida de que nunca volvería a tener noticias de él. En enero de 1913, Tolkien y Edith se encontraron en la estación de tren de Cheltenham, donde ella accedió a casarse con él. Tres años más tarde, ambos, por fin, tuvieron su boda.

Tolkien se alistó para servir en la Primera Guerra Mundial en 1915. Fue enviado a las trincheras en junio de 1916 formando parte de la 74ª Brigada, 25ª División, y en julio de ese mismo año ya se encontraba inmerso en la batalla del Somme. Tras enfermar debido a la denominada fiebre de las trincheras, en el otoño de 1916 fue evacuado, regresando a Inglaterra, donde más tarde supo que la mayoría de su batallón fue completamente aniquilado en las siguientes contiendas.

Dos de los buenos amigos de Tolkien y miembros del TCBS, Robert Gilson y Geoffrey Smith, murieron en la guerra.

Tras una larga recuperación y el nacimiento de su primer hijo con Edith, Tolkien logró su primer trabajo en la vida civil como etimólogo para el Oxford English Dictionary. Posteriormente, se convirtió en el profesor más joven contratado por la Universidad de Leeds. Regresó a Oxford en 1925 como profesor de la cátedra Rawlinson and Bosworth de anglosajón.

En 1937, Tolkien publicó El Hobbit, logrando una amplia aprobación de la crítica. En 1954 y 1955, publicó los tres volúmenes de El Señor de los Anillos, que se convertiría en una de las novelas más populares de todos los tiempos -leída por millones de lectores en casi todos los idiomas- y en una permanente influencia sobre la cultura popular desde entonces.

Tolkien y Edith tuvieron cuatro hijos y su amor perduró durante el resto de sus vidas. Edith falleció en 1971 a los 82 años. Sobre su tumba en el cementerio de Oxford, Tolkien inscribió el nombre Lúthien, la denominación que dio a la cautivadora princesa elfa que sacrifica su inmortalidad por amor en la Tierra Media.

Tolkien murió el 2 de septiembre de 1973 a los 81 años. Inscrito en su lápida bajo su nombre figura Beren, el mortal por el que Lúthien sacrificó tanto.

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.