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«El Señor de los Anillos», de Tolkien: una epopeya cristiana

Tolkien publicó La Comunidad del Anillo el 29 de julio de 1954, Las dos torres el 11 de noviembre de ese mismo año, y El Retorno del Rey el 20 de octubre de 1955. Por aquellos días, las opiniones suscitadas por su obra eran –usaremos la expresión de Fernando Savater– «de plena entrega o de abierto fastidio».

En otras palabras, la trilogía (llamémosla así, aunque en realidad contenga más de tres libros) fue admirada y detestada con la misma intensidad.

Por ejemplo, Edwin Muir escribió lo siguiente en el Observer: «Es sorprendente que todos los personajes sean niños disfrazados de héroes adultos. Los hobbits, o medianos, son niños corrientes; los héroes completamente humanos son mayores, pero casi ninguno de ellos sabe algo de las mujeres, excepto de oídas. Y los elfos, enanos y ents son, de un modo irrevocable, niños, y jamás llegarán a la pubertad».

En el mundo hispanohablante, Savater nos descubrió a Tolkien en La infancia recuperada: «Se ha descrito El Señor de los Anillos como el cuento de hadas más largo del mundo, caracterización que no me parece desacertada. Esta longitud (…) es a mi juicio una de las claves del acierto narrativo del libro».

«Efectivamente –añade–, las más de mil páginas de concentrado texto de El Señor de los Anillos dejan insatisfecho al lector apasionado por este capricho, a quien no disgustaría verlo prolongarse, al menos, otro tanto, con tan generosa espontaneidad como en las mil primeras».

Hace tiempo que Tolkien pasó ya a la historia de la literatura, e incluso con mayor vigor al imaginario popular. Sin embargo, vale la pena que nos aproximemos nuevamente a su texto más conocido, con el propósito de analizarlo desde ángulos que nos parecen sugestivos e inspiradores.

Hay obras contemporáneas que son una excelente escuela de preparación para ascender a los clásicos. Y este debe ser el orden lógico de lectura, entre otras cosas porque los autores modernos también se han inspirado en ellos. Como decía Italo Calvino, «los clásicos son esos libros de los cuales se suele decir: ‘Estoy releyendo…’ y nunca ‘Estoy leyendo…» Por ejemplo, Tolkien ‒a quien hoy consideramos otro clásico más‒ reconoció su pasión por esas viejas lecturas en cartas, entrevistas y anotaciones. No en vano, al escribir esa maravilla de la literatura que es El Señor de los Anillos, este filólogo, poeta y narrador dejó crecer su imaginación en el humus de las leyendas y mitologías milenarias de la vieja Europa.

De igual forma, Tolkien estudió de forma apasionada las lenguas y variantes idiomáticas de otro tiempo ‒por ejemplo, el nórdico antiguo, el inglés medio, el anglosajón, el gótico y el latín‒, y asimismo, otras lenguas contemporáneas como el finlandés e incluso el español. A partir de esa base, sintió el impulso de inventar una serie de idiomas, con sus correspondientes dialectos y grafía ‒el Quenya, el Telerin, el Sindarin…‒. Dichos idiomas, a su vez le sirvieron para tramar el contenido de lo que serían El hobbit (1937), El Señor de los Anillos (1954-1955) o El Silmarillion (editado póstumamente en 1977 por su hijo Christopher).

Esas tres obras, y otras que fueron editándose tras la muerte del escritor (Beren y Lúthien, Los hijos de Húrin, los Cuentos inconclusos, La caída de Gondolin…), acabaron formando un corpus consistente. Cuando Tolkien escribió El hobbit, según cuenta su biógrafo Humphrey Carpenter, «la narración empezó como un entretenimiento personal, y en principio Tolkien no tenía intención de que el mundo burgués y confortable de Bilbo Bolsón estuviese relacionado de ningún modo con el vasto paisaje mitológico de El Silmarillion. Sin embargo, gradualmente, empezaron a surgir los elementos de su mitología».

Aunque El hobbit no dejaba de ser un cuento infantil, ya hemos visto que supuso el punto de partida de nuevas narraciones. De ahí que la tarea ingente de escribir El Señor de los Anillos se prolongase a lo largo de los años, con parones ocasionales en los que C.S. Lewis intervino para animar a su buen amigo. En 1949, cuando Tolkien le entregó la versión completa, Lewis respondió con evidente alegría: «He bebido de la rebosante copa y satisfecho una larga sed. Una vez que se remonta la empinada cuesta de la grandeza y el terror (aliviada por verdes valles, sin la cual sería intolerable), casi no tiene parangón en toda la gama del arte narrativo que conozco».

«En El Señor de los Anillos ‒escribe David Day en El anillo de Tolkien‒ despertó algo profundo en nuestra conciencia por medio del lenguaje universal de unas imágenes míticas extraídas de la temprana historia de la humanidad. [Tolkien] se convirtió así en heredero de una antigua tradición narrativa, empleando la lengua simbólica común del mito para crear el cuerpo más grande de mitología inventada de toda la historia de la literatura».

¿Sus fuentes? El Kalevala, la epopeya finlandesa que recompuso Elias Lönnrot en el XIX; el texto islandés de la Saga de los Volsungos escrito en el siglo XIII, El Cantar de los Nibelungos y otras piezas del romancero germánico, las leyendas artúricas y la novela caballeresca, los mitos celtas reunidos en obras como El Mabinogion y El Libro Rojo de Hergest, el Beowulf, la mitología grecolatina, las obras de Lord Dunsany, George MacDonald y William Morris, y de manera más sutil, como muy pronto veremos, la tradición bíblica.

También es obvia la influencia que tuvo sobre Tolkien la relectura que hizo Wagner de la literatura medieval germana en las cuatro partes de El Anillo del Nibelungo (El Oro del Rin, Las valkirias, Sigfrido y El crepúsculo de los dioses).

No obstante, como recuerda Catherine McIlwaine en Tolkien. Creador de la Tierra Media, «la invención de las lenguas fue la base para la mitología de Tolkien. (…) Con el tiempo, construyó una familia de lenguas interrelacionadas, cada una con su propia historia y evolución, que reflejaba la turbulenta historia y las largas tribulaciones de los elfos».

Los autores interrumpen aquí la escritura para intercambiar recuerdos…

Fernando Navarro: Muy a menudo, me encuentro con personas que se niegan a leer El Señor de los Anillos. Suelen decir que no les gustan los cuentos de más de mil páginas de enanitos, dragones y ogros. Planteado así, el argumento es inapelable. En realidad, yo detesto ese tipo de novelas, y por esa razón, tardé muchos años en acercarme a esta trilogía. De hecho, yo ya había pasado de los treinta. Sin embargo, cuando terminé de leerla, fui consciente de haber disfrutado la mejor novela de mi vida, y hubiera deseado que tuviera mil páginas más. Y eso que sus primeras cien paginas son un purgatorio de hobbits, costumbres agroburguesas y fiestecitas estúpidas. De verdad te lo digo: a punto estuve de abandonar la lectura en esas espesísimas cien primeras paginas. No lo hice porqué el libro me lo había regalado un año antes un buen amigo, y cada semana me preguntaba si finalmente ya lo había leído. «Te conozco bien ‒me decía‒ y sé que te va a encantar ¡Léelo sin más demora!». Así que hice de tripas corazón y me puse con la tarea.

Guzmán Urrero: Yo era un chaval cuando descubrí a Tolkien. Tendría unos diez u once años cuando vi la versión en dibujos animados de Ralph Bakshi. En la Feria del Libro de 1980, cuando cumplí los doce, mis padres me compraron la trilogía. Recuerdo que la leí sin descanso, de un tirón. Creo que era lógico que aquel libro me atrapase, porque yo era muy aficionado a las novelas y a las películas de vikingos y héroes medievales, y por otro lado, también me chiflaban los tebeos de El Capitán Trueno y de El Príncipe Valiente. Ya había empezado a leer los libros de Conan, publicados por Bruguera a mediados de los setenta, y poco después, me puse a la tarea con los cómics La Espada Salvaje de Conan que cayeron en mis manos. Era una época en la cual la fantasía heroica estuvo muy de moda en España. A diferencia de lo que te sucede, yo disfruté mucho, y aún lo hago, con esas primeras páginas en las que conocemos las costumbres de los hobbits y el entorno de Bilbo y Frodo.

Fernando Navarro: El caso es que, superado ese primer tramo, cuando Frodo abandona su aldea y comienza de verdad su misión, es cuando empecé a darme cuenta que aquella no era una novela de espada y brujería al uso, sino algo mucho mas profundo. Algo que, de extraña y hermosa manera, sintetizaba los valores judeocristianos en que yo había sido educado. Además compendiaba lo que es una buena vida y también un buen morir. Devoré el libro de Tolkien con la avidez de juramentado de Alamut (sí, los mismos que consumían hachís y a los que llamaban hashshashin o asesinos). Cualquier excusa era buena para engancharme de nuevo a la lectura.

Guzmán Urrero: Es curioso, porque tras el estreno de la adaptación de Peter Jackson, todo el mundo empezó a hablar bien de Tolkien. Pero si te digo la verdad, no es el recuerdo que guardo de los ochenta. Por aquel entonces, era habitual encontrarse con críticas bastante duras. Había quien acusaba al escritor de tomarse demasiado en serio a sí mismo, o de tener una moral de boy-scout. Hubo amigos que me recomendaron fantasías «más adultas», como las de Michael Moorcock. Llegué incluso a conocer a un librero que elogiaba Las Crónicas de la Dragonlance, de Margaret Weis y Tracy Hickman, insistiendo en que «eran libros más divertidos que los de Tolkien«. En fin… cosas de aquella época. Prosigamos, ¿no te parece?

En cada capítulo o personaje de esa increíble Tierra Media reconocemos fragmentos de otros héroes o mitos del pasado. Podemos identificar la astucia de Ulises, la nobleza y también el temor de Héctor ante el combate, la maldad imperecedera de Satanás, la traición de Judas, los celos de Caín, la sabiduría de Salomón, la impulsividad de San Pedro, la fiereza de Aquiles, la valentía de Lanzarote o Leónidas o la perfección caballeresca de Parsifal.

En la trilogía conviven ángeles impávidos con aspecto de elfos, demonios con vestimenta de orcos, magos mitad Merlín y mitad Morgana, y también un Grial con forma de anillo, que no hay que encontrar, sino más bien destruir. Y así, mientras que el Grial solamente puede ser descubierto por el más puro de los caballeros de Arturo, el anillo solo puede ser destruido por el mas inofensivo de esos pacíficos hobbits.

La que plantea Tolkien no es una misión para grandes reyes, magos o guerreros ‒aunque todos participen en la Queste‒, sino para un pequeño hobbit. He aquí una de las paradojas del cristianismo: los últimos serán los primeros. Por eso nuestro Dios no se manifestó como divinidad todopoderosa, sino como un simple hombre mortal.

Hay en la obra de Tolkien un permanente guiño al catolicismo que profesó con verdadera fe desde niño. No olvidemos que, cuando quedó huérfano a los doce años, su preceptor fue un sacerdote, Francis Xavier Morgan. «El padre Morgan ‒nos cuenta Daniel Grotta en su biografía del escritor‒ era medio español, y pertenecía a una familia de bodegueros andaluces ricos. Él vivía siempre en Inglaterra, pero su hermano había preferido quedarse en el Puerto de Santa María, en el sur de España, y encargarse del negocio. El padre Morgan siguió yendo a España cada dos años. Cogió gran cariño a los chicos Tolkien [Roland y Hilary] y tuvo una gran influencia en su educación. En este sentido, fue para ellos una especie de padre desde el principio».

Al igual que Chesterton y que su buen amigo C.S. Lewis ‒a quien convenció para que volviera a ser cristiano‒, Tolkien fue durante toda su vida un proselitista desacomplejado del catolicismo. Este es un detalle fundamental para entender su obra, y por cierto, un «despiste» increíble en el biopic de sus primeros 30 años de vida, Tolkien (2019), en el cual se ignora totalmente su fe.

El Señor de los Anillos es puro cristianismo novelado y esmaltado con varias capas superpuestas de mitologías europeas: la lucha eterna del Bien contra el Mal representado por Sauron, un Lucifer acostumbrado a caer y a levantarse desde el abismo cuando las buenas criaturas (sean enanos, ents, elfos, hombres o medianos) se han acostumbrado a vivir en paz y creen que la lucha finalmente ha terminado.

En ese momento, cuando están con la guardia baja, Sauron renace de sus cenizas e impone su reinado oscuro, con el refuerzo de legiones de criaturas amamantadas por el vicio y la iniquidad. Ahí confluyen todo tipo de inmoralidades: el afán de poder (la gran tentación del anillo), la traición, la violencia desenfrenada, el despotismo, la envidia, la venganza, los celos… De hecho, no hay pecado capital que no tenga su reflejo en la novela.

Por otro lado, Tolkien plantea al lector una épica con resonancias arcaicas, pero anclada en sus propias experiencias. En las batallas y en las penalidades por las que pasan los protagonistas reconocemos las vivencias de Tolkien en la Gran Guerra, aquella terrible conflagración que aunó la muerte medieval de las bayonetas con el exterminio industrial de las ametralladoras y el gas mostaza.

C.S. Lewis y Tolkien ‒escribe Joseph Loconte en su libro Un hobbit, un armario y una gran guerra‒ «consideraban la modernización del siglo XX como una amenaza para la sociedad humana porque veían el mundo natural como la obra de Dios, y por consiguiente, como algo fundamental para la felicidad de los hombres. Como tal, la naturaleza era una aliada esencial en la lucha contra esas fuerzas deshumanizadoras. (…) Esta condena del ataque del hombre contra su propio entorno no pudo sino hacerse más acusada con la experiencia de la Gran Guerra. La guerra no había causado nunca antes en la historia bélica una devastación natural tan inmensa, un holocausto industrializado de efectos terroríficos, tanto para la naturaleza como para el propio hombre».

No olvidemos que todos los jóvenes integrantes de la Tea Club and Barrovian Society ‒la sociedad que Tolkien fundó junto a sus amigos en 1911‒ se alistaron en la Primera Guerra Mundial. Casi todos perecieron en el campo de batalla.

En este sentido, la fiebre de las trincheras y otras calamidades que padeció el escritor nos parecen algo pasajero frente a la muerte de una gran parte de sus compañeros del 11º Batallón de Fusileros de Lancashire. A nadie debe extrañarle que, tras la guerra, Tolkien se sintiera como un superviviente.

«A pesar de su gusto por el romance y la alta dicción ‒escribe John Garth en Tolkien y la Gran Guerra. El origen de la Tierra Media‒, a Tolkien no le parecía que la guerra fuera una aventura apropiada para la gallardía, ni tampoco un asunto sagrado. Resumió la vida en las trincheras como un horror animal».

«Tras la guerra ‒añade Loconte‒, Tolkien y Lewis intentaron recuperar algo similar a la camaradería que los sustentó durante los años de crisis de 1914 a 1918. En Oxford, crearon Los Inklings, el grupo de amigos y compañeros universitarios que se reunían ‒los martes por la mañana en el pub Eagle and Child acompañados por una cerveza y, los jueves por la noche, en las dependencias universitarias de Lewis con diferentes bebidas‒ para hablar sobre sus obras».

En El Señor de los Anillos, los más nobles personajes parecen flaquear ante la aparente pujanza del Mal. Sólo Aragorn mantiene el tipo, marcado por su destino como futuro rey (Forzando mucho los paralelismos, se ha querido ver en Aragorn una referencia al poeta e hispanista sudafricano Roy Campbell, primero anticomunista y luego antinazi, muy criticado por su apoyo al bando franquista durante la Guerra Civil Española. Campbell, por cierto, quedó horrorizado por las matanzas de religiosos y logró salvar los manuscritos originales de San Juan de la Cruz de su destrucción por parte de los frentepopulistas).

Al final, prevalecerá la férrea voluntad de Frodo (una especie de Jesús en miniatura que, como Él, duda, siente miedo y flaquea en los peores momentos) y su alianza o «comunión» (la Comunidad) con otras nobles criaturas que son simultáneamente apóstoles, caballeros artúricos o guerreros aqueos.

Culminar esa misión supone un gran sacrificio. Un sacrificio que sólo es aceptable si se sabe que es por toda la Tierra Media (en realidad, por toda la humanidad).

No hay una crucifixión en El Señor de los Anillos, pero si hay tormento en el Monte del Destino. Al fin y al cabo, el Calvario era el «Monte de la Calavera» y la lanza de Longinos, que según la tradición atravesó el costado de Nuestro Señor, fue también conocida como la «lanza del Destino».

Como ven, la salvación de la humanidad supone el mayor sacrificio, al menos desde una óptica cristiana. Así lo reflejan Aslan en la saga de Narnia y Frodo en El Señor de los Anillos.

Esas páginas finales de expiación son las que más nos emocionan de esta magna trilogía. Los Puertos Grises vienen a ser una metáfora de ese tránsito ‒a menudo brumoso y lleno de dudas‒ hacia la eternidad. Un viaje inapelable en el que únicamente el creyente es capaz de intuir el Paraíso y los reencuentros más anhelados.

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Copyright de las ilustraciones © Greg y Tim Hildebrandt (imágenes del calendario Tolkien de 1977 y 1978).

Copyright del artículo © Fernando Navarro y Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Fernando Navarro y Guzmán Urrero

Fernando Navarro y Guzmán Urrero