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Crítica: «Eiffel» (Martin Bourboulon, 2021)

A estas alturas, apenas quedará un espectador en el planeta que no adivine grandes libertades creativas tras el letrero «Basado en hechos reales».

Eiffel es buena prueba de ello. Debemos disfrutarla como lo que es: un formidable melodrama romántico en el que se homenajea al monumento más conocido de París. Y por supuesto, nadie debe fruncir el ceño ante algunas fantasías que aquí se cuentan en torno a Gustave Eiffel. En fin, ya saben: esto es cine ‒de buena calidad, desde luego‒ y no un documental televisivo.

Una vez hecha esta aclaración, hay que agradecer a Martin Bourboulon el modo en que se aproxima a la figura del famoso ingeniero. Por un lado, emplea referencias históricas bien estudiadas ‒la construcción del puente metálico sobre el río Garona en 1860, y sobre todo, el montaje de la Torre Eiffel desde 1887 a 1889‒, y por otro, relata un amor que solo es una fábula, pero que quizá sea más interesante que la fría realidad.

¿Y qué amor es ese? Sabemos a ciencia cierta que Eiffel contrajo matrimonio con su esposa Marguerite Gaudelet en 1862, y que por desgracia, esta murió de tuberculosis en 1877. Fruto de esa unión, nació Claire, la mayor de sus cinco hijos y mano derecha del ingeniero, tal y como se refleja en el film.

A partir de ahí entramos en el terreno de la ensoñación. El film nos invita a creer que en su juventud Eiffel se enamoró de una mujer arrebatadora, Adrienne Bourgès, y que ese romance se vio truncado durante años, por razones que no les adelantaré.

La película juega con esa pasión ficticia de Eiffel y Adrianne en dos momentos diferentes, que coinciden con su trabajo en el río Garona y con la complejísima edificación de la Torre. El resultado es un eficiente retrato del protagonista, encarnado con mucho carisma por Romain Duris, a lo que hay que añadir la intervención de la citada musa de Eiffel, Adrienne, a quien da vida Emma Mackey.

Además de dejar enésima constancia de lo bien que se le da al cine francés la reconstrucción del pasado ‒admirables la dirección artística de Dominique Moisan  y el vestuario de Thierry Delettre‒, la película no falla en dos aspectos tan decisivos como la fotografía, con la firma de Matias Boucard, y la banda sonora, escrita con mucha elegancia por Alexandre Desplat.

Aunque sea un detalle que solo es una mínima curiosidad, tiene su gracia saber que la guionista Caroline Bongrand emprendió este proyecto en 1997. Tras pasar por varios despachos en Hollywood ‒un vaivén desesperante que Bongrand cuenta en su reciente libro Eiffel et moi‒, el film acabó rodándose con Bourboulon tras la cámara y gracias a un presupuesto astronómico para lo que es habitual en Francia.

Pese a tratarse de una producción a gran escala, el director evita los efectismos y opta por un estilo académico, quizá con la mirada puesta en referentes clásicos. El resultado es un producto sofisticado, que presupone el interés de un público adulto, fiel a este tipo de propuestas (Para entendernos, dramas ambientados entre fines del siglo XIX y la primera mitad del XX).

Aunque el centro de la historia viene a ser un triángulo amoroso, muy bien sostenido por la química que crean Duris y Mackey, el film también se puede disfrutar ‒y mucho‒ atendiendo a la titánica y desafiante tarea que supone construir la Torre.

La soltura narrativa de Bourboulon, la impecable artesanía de su equipo y el buen desempeño del reparto logran que la película cumpla sus promesas.

Eiffel es una cinta atractiva y refinada, que refleja muy bien ese clima de anhelos y confianza en el futuro que Francia experimentó por aquellas fechas.

Sinopsis

Habiendo finalizado su colaboración en la Estatua de la Libertad, el célebre ingeniero Gustave Eiffel (Romain Duris) está en la cima del mundo. Ahora, el gobierno francés le está presionando para diseñar algo espectacular para la Exposición Universal de París de 1889, pero Eiffel no está interesado. De repente, todo cambia cuando en su camino se cruza una misteriosa mujer de su pasado (Emma Mackey) y el fuego de su pasión prohibida se reaviva, inspirándole a cambiar la imagen de París para siempre. ¡Nunca volverás a ver la Torre Eiffel de la misma forma!

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.