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Crítica: «Beowulf» (Robert Zemeckis, 2007)

Escrito en lengua anglosajona durante la primera mitad del siglo VIII, Beowulf es un poema épico que narra las hazañas de un guerrero del pueblo gauta.

En la primera parte de esta joya literaria, el héroe acude en auxilio de los daneses y lucha contra dos seres monstruosos, Grendel, y su madre. La segunda parte del poema presenta a Beowulf como rey de los gautas, ya en la edad madura, resuelto a enfrentarse con un dragón que amenaza a su pueblo. ¿Debo aclarar que esta obra se encuentra el origen de sagas como El Señor de los Anillos? Pues lo aclaro: dicho queda. Y por si alguien aún no lo sabe, Beowulf es ya una superproducción de Hollywood, filmada por Robert Zemeckis con un impresionante despliegue tecnológico.

El Beowulf literario se compone de dos partes. Dos poemas diferentes que, al decir de los estudiosos, tienen en común a su héroe principal, el paladín de los gautas, y asimismo una serie de elementos cristianos que podemos relacionar con el hecho de que sólo se conserve un manuscrito, datado en torno al año 1000, y por consiguiente, copiado por uno de esos monjes que preservaron los textos de los antiguos pueblos germánicos.

El guionista de cómics y escritor Neil Gaiman, llegó a este poema por una vía inesperada: hojeando de niño un tebeo de la DC titulado Beowulf, Dragon Slayer. Poco después, leyó la traducción al inglés del texto anglosajón, y se dio cuenta de que éste podía convertirse en una película de dimensiones épicas. No sólo por el poderío de la historia que contaba, sino por sus puntos oscuros, capaces de atrapar la imaginación en territorios de culto pagano.

En 1997, Gaiman telefoneó a Roger Avary, el guionista de Pulp Fiction, que por aquellos días se recuperaba de su último desengaño: la cancelación del rodaje de Sandman, la película inspirada en la serie de historietas más conocida de Gaiman.

Hay coincidencias que dan que pensar, y ésta es una de ellas: Avary pensaba en adaptar Beowulf, y Neil Gaiman tenía ese libro entre sus referencias de escritura más inmediatas. Eso fue todo. El resto fue trabajo de documentación, puesta en común y un suma y sigue de folios y faxes.

Cuando la Warner se hizo cargo de la puesta en marcha del proyecto, Avary fue descartado como director. En su lugar, llegó Robert Zemeckis, quien comprendió que Beowulf debía convertirse en una animación digital, filmada con sonido Dolby Digital Real D e imagen tridimensional IMAX 3D.

Es curioso que, frente a la fascinación de los guionistas por el Beowulf literario, Zemeckis se mostrase tan poco inclinado a releer este poema épico. “Francamente –llegó a decir en una entrevista–, no me atraía nada de lo referente al poema original. Recuerdo que me mandaron leer este poema al comenzar la enseñanza secundaria y no pude comprenderlo porque estaba escrito en inglés antiguo. Fue uno de esos horribles deberes. Después de esto, yo nunca pensé realmente en este poema, nunca consideré que podría ser una historia interesante. Pero cuando leí el guión que hicieron Neil Gaiman y Roger Avary, me sentí cautivado inmediatamente. Les pregunté: ¿Qué es lo que hace que esta historia sea tan fascinante cuando el poema me pareció tan aburrido?”.

Uno se siente inclinado a creer que, simplemente, Zemeckis no es un lector, digamos, entregado. Más diplomáticos, Gaiman y Avary le hicieron ver que el poema que ha llegado hasta nosotros está enriquecido por los copistas, quienes acaso deformaron su esencia.

Con miras a ganarse el favor de un público contemporáneo, la cinta de Zemeckis introduce explicaciones más o menos audaces a ciertas incógnitas que flotan en el poema. Nada tengo que añadir sobre la calidad de los diálogos: bien tramados, llenos de ese color épico que tanto agrada a los lectores de las viejas sagas.

Para interpretar una historia tan poderosa, el director ha empleado a un reparto tan oportuno como irreprochable. Beowulf es Ray Winstone, a quien ya vimos en Infiltrados y Sexy Beast. A su lado, muestran lo mucho que saben hacer Anthony Hopkins, John Malkovich, Robin Wright Penn, Brendan Gleeson y Angelina Jolie, que convierte a la madre de Grendel en un genuino sueño erótico.

En términos visuales y narrativos, Beowulf es fantasía heroica en estado puro, tal y como la estableció Robert E. Howard en las novelas protagonizadas por Conan el bárbaro. Justamente por eso, Zemeckis quiso emplear el sistema de captura de movimientos que ya había probado en Polar Express, y que luego usó Peter Jackson para crear a Gollum en El Señor de los Anillos.

Si tienen la oportunidad de ver la película en su formato de tres dimensiones, comprenderán de inmediato de qué les hablo. Es cierto que los más puristas hallarán unas secuencias más conseguidas que otras, pero el nivel general resulta fascinante.

Por lo que se refiere al relato, les diré que el guión de Gaiman y Avary va adquiriendo fuerza, y avanza hasta un tercer acto memorable, muy temperamental, en el que lo propio y digno de la naturaleza heroica se expresa a través de una acción espectacular. Tan asombrosa que uno tiene la tentación de sentirse partícipe de la leyenda.

En el libreto y en la pantalla, las hazañas del protagonista se ubican en esa lejana Edad Heroica de los germanos, en la que Odín comienza a ser desplazado de su pedestal por las creencias cristianas. Con todo, pese a que ahí se establecen dos credos divergentes, Gaiman y Avary toman partido por las actitudes paganas. Al cabo, parecen sentirse fascinados por el proceder de unos guerreros gautas y daneses tan enérgicos con el hacha –de doble filo, por supuesto– como salvajes, libidinosos y primitivos en su actitud cotidiana.

Dicho esto, no encuentro un modo mejor de introducirnos en el más lejano pasado de Dinamarca y Gautlandia. A través de la épica, sin opiniones predigeridas.

A mi modo de ver, este Beowulf de Zemeckis no tiene punto de comparación con las versiones previas del poema (la de Graham Baker, de 1999, con Christopher Lambert, y la de Sturla Gunnarson, de 2005, con Gerald Butler). No he visto la película animada Grendel, Grendel, Grendel (1981), de Alexander Stitt, pero la intervención en ella de Sir Peter Ustinov me hace imaginar que se trata de un producto digno. Al menos, así lo confirman las críticas que he podido leer.

En todo caso, creo que Beowulf debe emparentarse, por su tono de bravura, con dos títulos, El Señor de los Anillos (2001-2003), de Peter Jackson, y El guerrero número 13 (1999), de John McTiernan.

O lo que viene a ser lo mismo: el poema Beowulf tiene que tomarse como referencia fundamental de la saga de J.R.R. Tolkien y de esa estupenda novela que es Los devoradores de cadáveres, escrita por Michael Crichton y traducida al cine en la película de McTiernan.

Tolkien, por cierto, fue uno de los analistas más inteligentes del texto original. Después de haber disfrutado –¡y de qué manera!– con el largometraje de Zemeckis, me he entretenido repasando una recopilación, Los monstruos y los críticos y otros ensayos (Minotauro, 1998). En ella, Tolkien pasa revista a las interpretaciones académicas del poema y luego se dedica a explicar cómo deben traducirse su estilo y convenciones.

Como el volumen de Tolkien no es de los más difundidos, viene al caso que entresaque alguna cita, por si quieren acudir al cine con el ánimo literario mejor dispuesto.

“Tengo al autor de Beowulf –escribe– de mi lado: un hombre más grande que la mayoría de nosotros. Y no soy capaz de recordar ningún periodo en el Norte en el que fuese estimado tan sólo uno de estos dos elementos: había sitio para el mito y la leyenda heroica, y para sus combinaciones. Por lo que respecta al dragón, hasta donde nuestro pequeño saber sobre estos viejos poetas nos lo permite, una cosa podemos decir: el príncipe de los héroes del Norte, memorable en grado sumo, fue un matador de dragones”.

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Colaborador de "La Lectura", revista cultural de "El Mundo". Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Álbum Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.