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Crítica: ‘Back to Black’ (Sam Taylor-Johnson, 2024)

«Quiero que la gente oiga mi voz y olvide sus problemas cinco minutos», declara nada más iniciarse la película Amy Winehouse (Marisa Abela), reflejando a buen seguro su propio sentir, el de una gran necesidad de evasión, la que manifiestan aquellos que viven con gran intensidad y llevan las experiencias al límite.

Amy es una joven «enganchada» a la música, una artista en ciernes que da sus primeros recitales, demostrando con su voz y su carácter un talento que comienza a llamar la atención de público y promotores musicales. Todo va rodado y el éxito la acoge con los brazos abiertos. El cielo se abre para hacerle sitio, está naciendo una estrella original con un brillo diferente.

Pero pronto empiezan a aflorar las primeras grietas que conlleva la fama: desavenencias con managers y productores, demasiada vida nocturna, rupturas sentimentales… Dejar a un buen muchacho, a quien Amy desprecia por pusilánime, y colgarse en los billares de un «chico malo» llamado Blake (Jack O’Connell), no parece la decisión más acertada, y esto va a marcar su breve trayectoria profesional y su corta vida.

Back to Black es una película biográfica que cumple con corrección, que va de menos a más, y que sin duda satisfará a los fans de la cantante. Si bien al principio adolece del empaque artístico que cabría esperar, la cinta cobra vigor a medida que el drama y la degradación de Amy se hacen patentes.

El papel de Amy Winehouse está excelentemente interpretado por Marisa Abela, quien -al margen del siempre complicado parecido físico con la celebridad de turno-, dota de espíritu, energía, piel y huesos a la visceral artista, y lo hace de un modo enfático, sutil y muy convincente. Asimismo, O’Connell brilla enfundándose la turbia e infantil personalidad de Blake, siendo la interpretación de ambos protagonistas lo mejor del film con diferencia.

Las malas relaciones, la vida caótica y desordenada, y la falta de asunción de las propias responsabilidades, llevarán a nuestra protagonista por la calle de la amargura en un viaje sin retorno. Y es que probablemente el tal Blake no fuese el tipo más conveniente para una relación, pero Amy eligió estar con él a sabiendas de su temperamento inmaduro y malsano, haciendo gala de un gusto por los «malotes» que la llevó a toparse con alguien tan inadecuado como ella misma, dos personajes de una enorme insolvencia emocional destinados al choque y a la tragedia.

La historia nos muestra que Amy desea algo más que fama y música, su gran ilusión es casarse y ser madre. Esos son al menos los ecos de una vocación no cumplida, la maternidad, la vida familiar, y la añoranza de algo de lo que quizá careció en su infancia, cosa que muy probablemente la llevó a manifestar un carácter de dependencia emocional y baja autoestima que acabarían saboteando su felicidad y su vida.

El relato biográfico de Amy Winehouse se ajusta al estereotipo maldito de la estrella de rock que brilla y se extingue como una supernova cuando está justo en el cénit de la bóveda celeste. Una joven singular que alcanza un éxito meteórico, cae en una relación mal equilibrada y de malos tratos, y en una espiral de abuso de substancias, alcoholismo, anorexia, y todo tipo de desajustes que la llevarían a una muerte prematura. Una mujer de una naturaleza compleja y complicada, de trato difícil con su entorno (familia, novio, productores), ególatra, pasional, obsesiva, y propensa a los excesos.

Winehouse se acabaría sumando así al club de los 27, ese macabro plantel de músicos fallecidos a esa edad o similar. Toda una constelación plagada de estrellas colapsadas, cuya lejana luz nos sigue llegando pese a que se apagaron víctimas de la mala vida, hundidas en ese océano profundo y azul oscuro llamado depresión, y presas de indigestos hábitos que sellaron sus destinos. Un catálogo de jóvenes envueltos en dramas existenciales que conocieron la cara B del disco de la fama; nombres tan destacados como Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain, Sid Vicious o Ian Curtis, por no entrar en la interminable lista de aquellos que coquetearon con la fatalidad, y se salvaron por la campana de una terapia de desintoxicación, o hallaron alguna milagrosa luz al final del túnel.

Back to Black es un viaje al lado oscuro por el mal camino de las pasiones exacerbadas, las conductas destructivas, las relaciones tóxicas, y la incomprensión más absoluta por parte de la pareja protagonista de cuál es el verdadero significado del amor. Y es que el amor es un concepto más complejo, mucho más amplio y sofisticado que el cliché que se ha fomentado desde la novela romántica hasta la cultura pop, del cine de Hollywood a las mal llamadas canciones de amor, y que no son sino historias tormentosas repletas de abuso, manipulación y dependencia. Ese lamentable amor lowcost fabricado y vendido como un producto de consumo sin controles sanitarios, con más excipientes que nutrientes, y que tanto daño causan al corazón.

Back to Black acaba funcionando casi más como un musical que como un biopic, dado que la historia se va construyendo a través de las letras de unas canciones autobiográficas y explícitas, hábilmente colocadas para ir narrando los distintos procesos vitales de la cantante. Es una película solvente, que cobra profundidad en su segunda mitad, y que quizá adolece de la grandiosidad cinematográfica precisa cuando se relata la vida de una estrella que es leyenda, y que seguirá brillando en la oscuridad eterna, desde ese Black sin Back.

Sinopsis

La extraordinaria historia del rápido ascenso a la fama de Amy Winehouse y la creación de su exitoso álbum Back to Black. Contada desde la perspectiva de Amy e inspirada en sus letras profundamente personales, la película descubre a la excepcional mujer detrás del fenómeno mediático y una tormentosa relación en el centro de uno de los discos más legendarios de todos los tiempos.

Copyright del artículo © Fernando Mircala. Reservados todos los derechos.

Copyright de imágenes y sinopsis © Monumental Pictures, Studiocanal, Canal+, Cine+, Antenne 6, Focus Features, Universal Spain. Reservados todos los derechos.

Fernando Mircala

Artista, escritor, traductor y fotógrafo. Premio Lazarillo en el año 2000. Entre otros libros, es autor de 'Ciudad Monstrualia' (2001), 'El acertijo de Varpul' (2002), 'Eclipse en Malasaña. Una zarzuela negra' (2010), 'Lóbrego romance, pálido fantasma' (2010), 'Compostela iconográfica' (2012), 'Pentagonía' (2012), 'En un lugar de Malvadia' (2016; ilustrado por Perrilla), 'Pánico en el Bosque de los Corazones Marchitos' (2019), 'Versos para musas y cuatro cuentos de Edgar Allan Poe' (2019) y 'Concéntrico' (2022).