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«La caza del meteoro» (1908), de Julio Verne

Julio Verne falleció en 1905. Su hijo Michel, con quien tan difícil relación había mantenido, se había convertido en su ayudante y colaborador en los últimos años de su vida y, tras la muerte de su padre, se apresuró a consignar ante notario los títulos de las siete novelas que aquél había dejado escritas –de esta forma, no podrían acusarle en años posteriores de publicar obra de su padre bajo nombre propio. Ahora bien, el problema es que aquellas novelas no eran tales, sino borradores en diferente estado de elaboración que habían de ser extensamente revisados y ampliados. Uno de ellos fue La caza del meteoro, escrita en 1901, replanteada por Julio Verne poco antes de su muerte y considerablemente modificada y editada por su hijo.

La historia nos cuenta cómo un par de astrónomos aficionados, Dean Forsyth y Sydney Hudelson, residentes en una pequeña ciudad del este norteamericano, descubren un nuevo meteoro. Amigos hasta ese momento, se desata entonces una fanática y absurda rivalidad por adjudicarse el primer avistamiento oficial. Ese enfrentamiento, cada vez más hostil, tiene sus consecuencias en las familias de ambos, con la cancelación de los planes de boda entre la hija de uno y la sobrina de otro.

Mientras tanto, se descubre que el meteoro en cuestión, cuya trayectoria le condena a una perpetua órbita alrededor de la Tierra, está hecho de oro. Un despistado, tan brillante como lunático sabio francés, Zephyrin Xirdal, construye una pequeña máquina que, dirigida hacia el bólido, lo va atrayendo hacia la Tierra. Cuando se descubre que semejante masa de oro va a acabar estrellándose en Groenlandia, se desata una frenética carrera por parte de las potencias mundiales para asegurarse sus “derechos” sobre ella.

Se apunta brevemente el cataclismo que la introducción de semejante cantidad de oro puede provocar en el sistema económico mundial, pero no se llega a profundizar en ello. Las intrigas políticas y los enfrentamientos derivados de la súbita aparición de un millón de toneladas de metal precioso hubieran sido sin duda mucho más interesantes que el anticlimático final trazado por Michel Verne, quien, además aumentó el peso de la historia romántica –bastante sosa y previsible, por otra parte.

Resulta algo decepcionante el aspecto científico y técnico del libro, aspecto éste al que, como hemos visto en bastantes entradas en este mismo blog, prestaba gran atención Julio Verne. Su hijo, en cambio, introduce unas confusas e implausibles explicaciones acerca del funcionamiento de la máquina de Xidral –personaje creado por Michel Verne– y no acierta en absoluto a imaginar los efectos físicos del impacto de semejante masa sobre la Tierra (los espectadores se hallan a unos cuantos cientos de metros cuando esto ocurre y salen indemnes).

La obra de Verne decayó notablemente en los últimos años de su vida. Siempre fue un escritor tremendamente prolífico, pero esa característica vino en no pocas ocasiones condicionada por las dificultades económicas. Además, tuvo problemas familiares y de salud, y todo ello se reflejó en la calidad de sus historias. Historias que se apoyaban en la originalidad de la idea o en la introducción de un novedoso artefacto de avanzada tecnología. El desarrollo de esa idea y la construcción de personajes eran, en cambio, su punto débil. En esta novela, como era típico en el estilo del autor, los personajes se definen menos por sus hechos y diálogos que por párrafos descriptivos insertos justo después de la presentación de aquellos. Son personajes por lo demás bastante planos y algunos de ellos, como los estirados Seth Stanford y su esposa Arcadia, cuyo matrimonio abre y cierra la narración (sí, se casan dos veces), son totalmente prescindibles en la historia principal y su contacto con los protagonistas es superfluo e irrelevante. Incluso los dos astrónomos, sobre los que se centra toda la primera parte del libro, pierden protagonismo hacia la mitad de la narración para traspasarlo de forma difusa al propio meteoro y el jaleo que organiza.

La disputa científica entre Hudelson y Forsyth acerca del descubrimiento del meteorito –inspirada en contiendas intelectuales del siglo XIX, como la que enfrentó a los paleontólogos americanos Otoniel Marsh y Edward Cope– se apoya siempre en la mera exposición de hechos, no en los diálogos, lo que provoca un distanciamiento entre lector y personajes. El excéntrico genio Zephyrin Xirdal es demasiado errático, incluso en su egocentrismo, como para causar simpatía alguna. Aunque Verne había demostrado ser capaz de crear personajes tan memorables como Nemo o Phinneas Fogg, en realidad sus novelas no destacan por la fuerza de aquéllos, sino, como hemos apuntado, por lo atractivo de la idea científica o tecnológica en la que se apoya la narración, ya sea un cohete a la Luna, un submarino o un artefacto volador. En este caso, aunque el concepto de un meteorito de oro es atractivo y hasta novedoso, también es inverosímil, y el mediocre desarrollo y pobre desenlace son insuficientes para compensar tal error.

Quienes quieran defender la narración pueden recurrir al argumento de que los Verne no pretendían tanto plantear una historia científicamente rigurosa como satirizar determinados comportamientos individuales y colectivos: la avaricia, la obsesión banal y la soberbia. Pero, a mi juicio, tampoco este aspecto es suficiente para salvar el libro, porque esa pretendida burla resulta forzada, moralista e incompleta. Quizá el borrador que cayó en manos de Michel estaba demasiado fragmentado; o quizá –y eso me parece más probable– Verne padre nunca fue un buen satírico.

Como curiosidad cito un par de detalles del libro que apuntan a que la historia transcurre en un futuro, detalles ambos de carácter político. Por una parte, se menciona que la bandera norteamericana tiene 51 estrellas (aunque por aquel entonces sólo había 46 estados en la Unión, Verne no menciona cuáles son los cinco suplementarios). Por otra parte, en la novela, Groenlandia es una nación soberana, si bien no se nos dice cómo ha conseguido su independencia (en 1908 seguía siendo una colonia danesa; aún hoy sigue dependiendo en no poca medida del gobierno de Dinamarca).

Todos los escritores, incluso los mejores, tienen sus tropiezos literarios. Éste es uno de ellos. No era la primera vez que Verne tenía mejores ideas que habilidad para desarrollarlas y aquí tal defecto se ve intensificado por la intervención de un Verne hijo menos dotado que su padre. No todo el trabajo inconcluso de los autores debería ser publicado tras sus muertes. Al fin y al cabo, no todo el mundo puede ser Tolkien.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".