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La Isla de San Brandán

El viaje de San Brandán, de Benedeit, es un texto de principios del siglo XII, perteneciente al área de cultura anglonormanda, tiempo y lugar de donde surge el moderno roman, narración en verso o en prosa que utiliza la lengua vulgar como literaria y señala el fin de la lingua franca y el comienzo de las culturas nacionales europeas. Si se quiere optar por el rigor: culturas protonacionales.

En su ingenua sencillez, el viaje narra lo que cualquier relato de la humanidad: la historia de un héroe que abandona su casa y adopta (y es adoptado por) una familia iniciática, en la especie una cofradía de monjes, con la cual emprende un viaje que lo lleva a la isla feliz, a las puertas del infierno, a la santidad.

El viaje lo pone a prueba, él sortea los obstáculos y reclama la bienaventuranza. Siete son los años del periplo, catorce los compañeros de viaje (dos veces siete), como siete los poemas del poema de Gilgamés y de la Eneida, siete los años que Hans Cartop pasa en la mágica montaña, siete los libros de la Recherche proustiana.

El siete es un número asociado a la idea de ciclo, de maduración, de aprendizaje. Cuarenta ciclos de siete días o siete de cuarenta pasamos en el seno materno antes de ser arrojados al viaje de la vida.

Imagen superior: Abraham Ortelius, «Theatrum Orbis Terrarum» (1570). La mítica isla de San Brandán figura en la latitud 50º norte, meridiano 360, no lejos de las costas de Irlanda. Según la «Navigatio Sancti Brandani» (siglo X-XI), San Brandán y diecisiete monjes recorrieron el océano a lo largo de siete años, en busca de la Tierra de Promisión. El lugar más prodigioso que conocieron es la isla-pez, donde celebraron la misa de Pascua. Cuando encendieron un fuego, aquel pez gigante despertó. Este monstruo acuático (el «Aspidochelone») llevará luego a Brandán hasta la isla que lleva su nombre, y que, como un territorio fantasmal, aparece y se esfuma en el Atlántico.

Tal vez sea la palabra viaje la que habría que evitar en la invocación de cualquier historia. En efecto, las epopeyas y las novelas, si se las quiere diferenciar como identificar, siempre cuentan un viaje. Viaje físico por una superficie geográfica, viaje metafórico por las etapas de la identidad, conversión del rito de iniciación o de pasaje que metaforizaba, a su vez, la única experiencia que, acaso, nos deniegue la vida: ir y volver del Reino de la Muerte.

Viajó Gilgamés en busca de la hierba de la inmortalidad, Jasón por el vellocino, Ulises por el ungüento de la juventud: siempre el talismán empuñado al retornar significaba una habilidad que generaba poder.

Los psicoanalistas dirían que el héroe viajaba en pos del tesoro solar que se alcanza atravesando los mundos oscuros e infernales de las sombras. Todos los libros son de viajes, entonces ninguno lo es. ¿Qué milagro del mercado hace que existan libros de viajes y hasta librerías de viajes?

San Brandán es San Barandán, San Borondón o el céltico San Patricio, que se conecta con el mundo gallego y canario: muchos habitantes del archipiélago afortunado dicen haber visto la isla que se sumerge o flota.

Lo cierto, por el momento, es que en la provincia de Buenos Aires, como mordiente del mar en las pampas, hay una bahía llamada San Borombón.

En el siglo XVI, Portugal cedió su dominio sobre la isla, la octava de las Canarias, que siguió apareciendo en los mapas, en puntos variables y erráticos, hasta la centuria siguiente. Fue entonces cuando los cartógrafos se persuadieron de que nunca había existido. Sí, pero, hasta entonces, ¿cuántos hombres vivieron como si la isla hubiera existido? ¿Cuántos hombres, cerca del milenio, subsistieron como si el mundo estuviera por acabarse en pocos días? ¿Cuántos temieron a los monstruos que describen los avisadores del siglo XVI?

La isla de San Brandán es el lugar donde todo sobra y nadie muere. No hay historia allí, porque no hay carencia ni muerte. Es el lugar en que nuestros deseos se sacian totalmente y empieza una vida deseada e inimaginable en que ignoramos todo apetito.

También es la metonimia de la literatura, ese Orbis Tertius que, como en el cuento de Borges, sólo está en un apócrifo tomo de enciclopedia, pero en que todos creen hasta vivir conforme a su existencia. Y es, finalmente, el retrato de eso que solemos llamar ideología.

Imagen superior: San Brandán el Navegante (Ciarraight Luachra, Irlanda, c. 484 – Enachduin, c. 578) protagoniza un viaje típico de la mitología irlandesa. Este grabado muestra su legendario encuentro con un pez gigante.

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Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")