Cualia.es

Sir Samuel Hoare en el Madrid de 1940

Este hombre es Sir Samuel Hoare, Primer Lord del Almirantazgo y Ministro del Interior en la Inglaterra de los treinta, además de uno de los principales enemigos políticos de Sir Winston Churchill, flamante Primer Ministro del Reino Unido. Un Sir Winston Churchill destinado a llevar las riendas del destino de su país en uno de los momentos cruciales de su historia, cuando Inglaterra se jugaba su razón de ser en una Europa invadida por el fascismo.

En la primavera de 1940 Churchill designó a Sir Samuel Hoare como embajador británico en la España franquista. Un nombramiento interpretado como una forma de alejar de sí a un poderoso rival. Un nombramiento que no fue bien visto por la diplomacia británica, que no confiaba en Hoare para semejante puesto, dadas las afinidades políticas que el nuevo embajador tenía con el régimen de Franco, no en vano Hoare se había manifestado a favor del general gallego en los inicios de la Guerra Civil. En palabras de Sir Alexander Cadogan, una de las figuras centrales de la política británica durante la Segunda Guerra Mundial, Hoare sería «el Quisling de Inglaterra» cuando Alemania ganase el conflicto, en referencia a Vidkun Quisling, el político noruego que ejerció como ministro presidente de Noruega durante los años de ocupación nazi. Vamos, que Hoare era visto por buena parte de sus compatriotas como un traidor, dispuesto a venderse al Führer a la mínima de cambio. Claro que, también decía Cadogan, no hay mal que por bien no venga, pues Hoare tenía muchas papeletas para ser asesinado por uno de los muchos alemanes e italianos que había en Madrid. Porque Hoare se sentiría muy profascio pero no dejaba de ser un hijo de la Gran Bretaña, el enemigo a batir para la caterva de Camisas Pardas, Camisas Negras y Camisas Azules que campaban, a sus anchas, por aquellas calles madrileñas.

Hoare llegó a Madrid el 1 de junio de 1940, coincidiendo con la debacle francesa en el frente del Oeste. Una capital, la española, invadida por el nerviosismo, pues era creencia generalizada que Hitler no se detendría en los Pirineos, una vez concluida la caída de toda Francia.

Hoare venía con una misión clara: evitar que España entrase en la guerra, mantener su neutralidad. Pero nada apuntaba en esa dirección. Veintidós días pasaron hasta que Hoare pudo entrevistarse, por vez primera, con el flamante Caudillo. Un tipo que causó una pobre impresión en el embajador británico:

«En medio de los ministros, generales y obispos que me recibieron, su figura burguesa, bastante gruesa y de baja estatura parecía insignificante. Su voz era muy diferente de los alaridos incontrolados de Hitler o de la gravedad teatralmente modulada de Mussolini. En realidad, era la voz de un médico de cabecera de trato amable, un doctor con una gran práctica en medicina familiar y unos ingresos asegurados.»

Cuenta Hoare, en sus memorias diplomáticas, que tuvo la impresión de visitar a un déspota oriental en Oriente, más que a un general español en Occidente. No conseguía entender cómo aquel joven general marroquí había llegado a la cúspide del Estado español.

La entrevista se realizó en el despacho de Franco, presidido por las fotos firmadas de Hitler y Mussolini. Nada de lo que Hoare dijo, en clara alusión a la desastrosa situación económica en la que se hallaba España, fue tenido en cuenta por Franco, que tenía solución para todo: España no necesitaba nada del Imperio Británico, cualquier artículo que fuese necesario podría ser traído del norte de África.

Pese a que el dictador dejó constancia, en no pocas ocasiones, de su firme convicción en la victoria alemana, algo aseguró al embajador británico de la intención de Franco de permanecer neutral en el desarrollo de la contienda. Y así lo hizo saber al Foreign Office: «Gran Bretaña nada tiene que temer de España»… sin saber que, precisamente, en aquellos momentos, se estaba gestando la famosa entrevista de Hendaya, donde Franco se entregaba, sin condiciones, en brazos del Führer. En realidad, la neutralidad española no se debió a las buenas artes de la diplomacia británica, sino al orgullo desmedido de Hitler, convencido de su superioridad y desdeñoso de aquel pequeño sátrapa español que poco, por no decir nada, le podía ofrecer…

Copyright del artículo © Mar Rey Bueno. Reservados todos los derechos.

Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno es doctora en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó su tesis doctoral sobre terapéutica en la corte de los Austrias, trabajo que mereció el Premio Extraordinario de Doctorado.
Especializada en aspectos alquímicos, supersticiosos y terapéuticos en la España de la Edad Moderna, es autora de numerosos artículos, editados en publicaciones españolas e internacionales. Entre sus libros, figuran "El Hechizado. Medicina , alquimia y superstición en la corte de Carlos II" (1998), "Los amantes del arte sagrado" (2000), "Los señores del fuego. Destiladores y espagíricos en la corte de los Austrias" (2002), "Alquimia, el gran secreto" (2002), "Las plantas mágicas" (2002), "Magos y Reyes" (2004), "Quijote mágico. Los mundos encantados de un caballero hechizado" (2005), "Los libros malditos" (2005), "Inferno. Historia de una biblioteca maldita" (2007), "Historia de las hierbas mágicas y medicinales" (2008) y "Evas alquímicas" (2017).