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«Robinsón Crusoe en Marte» (1964), de Byron Haskin

Es una historia tan vieja como el hombre: un individuo o un conjunto de ellos, queda aislado en un entorno salvaje y debe arreglárselas para sobrevivir. La más famosa, influyente, recordada y adaptada de estas historias –dejando a un lado a Moisés y sus cuarenta años en el desierto– fue Robinson Crusoe, escrito por Daniel Defoe a comienzos del siglo XVIII: el relato de un marinero naufragado en una remota isla desierta.

Cien años después, Johann Wyss publicó Los robinsones suizos, sobre una familia que, en su travesía a Nueva Guinea, acaba abandonada en otra isla desierta. Julio Verne recurrió al tópico en diversas ocasiones (La isla misteriosaDos años de vacacionesEscuela de robinsones) e incluso el público contemporáneo, inmerso en una civilización urbana y tecnificada, sigue interesándose por estas historias, como demostró Naúfrago (2000), con Tom Hanks en el papel de un ejecutivo de Fedex que, a resultas de un accidente, se ve atrapado en una de esas islas alejadas de las rutas de navegación pero perfectamente aprovisionadas por la Naturaleza de todo lo necesario para sobrevivir.

Por alguna razón, los años sesenta fueron una época en la que este tipo de sagas gozó de una especial popularidad. El ejemplo más duradero fue una serie televisiva poco conocida en España, pero inmensamente popular en Estados Unidos: La isla de Gilligan, una comedia absurda que generó películas, programas conmemorativos e incluso realities. Disney, por su parte, realizaría una exitosa adaptación cinematográfica de Los robinsones suizos en 1960.

La ciencia-ficción no quedó al margen de la moda, transformando a los marineros en astronautas y a las islas desiertas en planetas alienígenas. Primero apareció una serie de comic booksSpace Family Robinson. Luego la teleserie Perdidos en el espacio, protagonizada por otra familia apellidada Robinson. Era básicamente una space opera con poca o ninguna consideración por la realidad científica. Como en La isla de Gilligan, el énfasis recaía en la diversión y la aventura, no en la resolución verosímil de problemas prácticos. No deja de ser ridículo que el Profesor de La Isla de Gilligan consiguiera fabricar una emisora de onda corta con cáscaras de coco y no fuera capaz de encontrar la manera de regresar a la civilización. Tampoco las familias Robinson, tanto historietísticas como televisivas, lograron lo que sus antepasados literarios: volver a casa. Hoy todavía permanecen vagando por las estrellas.

La excepción a todo lo anterior es la película que ahora comentamos, una ingeniosa adaptación al ámbito espacial de la clásica historia de Defoe. En esta ocasión, los protagonistas iniciales de la historia son los astronautas Christopher KitDraper (Paul Mantee) y Dan McReady (un Adam West todavía ignorante de la fama que le reportaría dos años después su televisivo Batman), quienes constituyen la única tripulación del Mars Gravity Probe 1. A punto de alcanzar su objetivo marciano, se ven obligados a quemar el combustible que les queda para evitar la colisión con un inesperado meteorito en llamas (una metedura de pata astronómica que, no obstante, resulta interesante desde el punto de vista visual). Ambos hombres, cada uno por su lado, tienen que abandonar la nave. McReady muere durante el aterrizaje en Marte. Draper se queda sólo con la única compañía de un simio, Mona. El resto de la película nos narra la lucha de Draper por la supervivencia. Como Robinson Crusoe, deberá confiar únicamente en su ingenio. Aislado y con la mayor parte de su equipo dañado al estrellarse, Kit se encuentra en la superficie de un planeta alienígena y debe encontrar rápidamente recursos que le permitan continuar con vida. Hay suministros en la nave que aún continúa en órbita, pero los controles de radio no funcionan, así que, para lo que sirven, bien podrían estar en la Tierra.

Podemos imaginar un equipo de científicos examinando la película y discutiendo sobre lo que debería hacerse en semejante situación. ¿Instalar colectores de oxígeno en la superficie? ¿Terraformar el planeta? ¿Alterar genéticamente a los astronautas para que pudieran respirar una atmósfera enrarecida? A medida que nos adentramos en la especulación con base científica, las soluciones que propone el film nos parecen más fruto de la necesidad literaria que de una investigación seria. Puede que las respuestas a las que llega la película a la hora de proporcionar a su protagonista aire, agua, cobijo y comida nos parezcan cogidas por los pelos, pero en descargo de los cineastas debemos recordar lo poco que se sabía sobre la vida en el espacio y sobre Marte hace cincuenta años. Los pósters de la película presumían de su «autenticidad científica» pero, dejando aparte la intervención del departamento de marketing, el Mariner 4, primer vehículo espacial en aterrizar en el planeta rojo, aún tardaría un año en llegar a su destino. Analizado con perspectiva, el interés reside no tanto en las soluciones, como en los problemas. Dado que el programa espacial para este siglo XXI contempla viajes tripulados a Marte, el estudio de esta película puede merecer la pena.

¿Qué es lo primero que debe tenerse en cuenta? Obviamente, el oxígeno es la prioridad absoluta. Si no se puede respirar, todo lo demás no importa. Kit descubre que hay oxígeno en la atmósfera marciana. Lo comprueba de la forma más expeditiva posible: levantando el visor de su casco. Uno podría argumentar que existe riesgo de infección pero, al fin y al cabo, si estás condenado a morir de asfixia, la perspectiva de contraer gripe marciana parece un riesgo aceptable. El aire, sin embargo, es demasiado tenue para ser respirado y no tiene más remedio que recurrir otra vez a sus menguantes reservas.

Kit estira su suministro de oxígeno confiando en un arriesgado cálculo. Puede respirar el aire marciano y complementarlo, cada quince minutos, con inhalaciones de los depósitos que aún conserva. Aguanta una hora de sueño sin respirar oxígeno puro, así que programa una alarma para despertarle y evitar morir de asfixia mientras duerme. Pero esto es sólo un parche, un retraso de lo inevitable. Así que los cineastas aportan el conveniente descubrimiento que permitirá solucionar definitivamente el problema y pasar a la siguiente fase: ciertas rocas parecen experimentar una combustión espontánea y, de hecho, resulta que contienen en su interior el preciado oxígeno. En poco tiempo, Draper consigue rellenar su escasa reserva gracias a la abundancia rocosa de Marte. Con este compromiso entre la necesidad literaria y la ortodoxia científica se mantiene el progreso de la historia. Al fin y al cabo, si Kit se asfixia, la aventura se acabaría pronto y, además, se evita que el actor tenga que pasarse todo el metraje encerrado en un traje espacial. Sin embargo, fantasías aparte, todo esto suscita la interesante cuestión de cómo equipar a los futuros exploradores planetarios.

Pasemos a la siguiente urgencia. Kit encuentra una cueva, así que el refugio no constituye un problema por el momento. Tras el oxígeno, lo más importante para el cuerpo humano es el agua. En un momento de realismo un tanto cutre, el equipo de supervivencia de Kit incluye una serie de cintas didácticas, una de las cuales versa sobre la búsqueda de agua. Pero la advertencia de que no se le ocurra bajo ningún concepto beber agua de mar o la propia orina, no parecen ser de ayuda en Marte. Inesperadamente, en un giro cómico, es el simio, Mona, el que aporta la solución. Kit se percata de que el animalito rechaza el agua que le ofrece, deduciendo que ha encontrado su propio suministro. La priva de agua durante varios días al tiempo que le impide alejarse. Luego la suelta, siguiéndola hasta su escondite secreto, un manantial subterráneo en el que Mona sacia su sed. El mono ha sido capaz de resolver el problema antes y mejor que su dueño humano, sugiriendo quizá que en un momento de indefensión derivada de la ignorancia del medio en el que se encuentra, una criatura de mente más simple podría encontrar la respuesta al problema de la supervivencia más rápidamente que el hombre.

Volviendo al agua, el mono no parece experimentar efectos secundarios por beber del manantial marciano. ¿Qué tiene que perder el protagonista? El menos escrupuloso de todos nosotros habría procedido en primer lugar a hervir el líquido. Además de los microorganismos propios de los simios, vaya usted a saber qué bacterias marcianas podría haber flotando allí. Pero a nuestro astronauta no le arredran tales minucias y bebe tranquilamente. El hecho de que exista vida vegetal en el agua resulta otro afortunado hallazgo de lo más conveniente (¡y encima es comestible!), pero nos hace preguntarnos qué más puede haber ahí dentro y de qué se están alimentando esas plantas.

Independientemente de cómo reaccionemos a semejante descubrimiento (forzando nuestra capacidad de suspensión de la realidad o resoplando con una mueca de incredulidad), no es la respuesta lo que es interesante, sino la pregunta. ¿Existe una forma de conseguir oxígeno y agua en Marte si se produce una emergencia? ¿Existen recursos naturales allí que se puedan utilizar?. Ésta será una de las cuestiones fundamentales de cualquier planificación a largo plazo de la exploración y colonización de Marte.

Gracias a los guionistas, Kit consigue arreglárselas perfectamente adaptándose, como buen Robinson, a una existencia más primitiva. Las plantas acuáticas demuestran tener una versatilidad asombrosa. «Es maná caído del cielo», exclama. «Lo puedes comer, tejer y vestir». Sí, Kit demuestra ser también extraordinariamente versátil, porque no creo que tejer formara parte de su adiestramiento como astronauta. Curiosamente, no nos dicen cómo ha improvisado la forma de afeitarse o cortarse el pelo, porque durante toda la película no deja de lucir su aseado aspecto militar.

Hay un asunto más relacionado con la supervivencia que los guionistas debían introducir antes de pasar al tema de los esclavistas alienígenas –equivalente a los caníbales de Crusoe–: la soledad. Kit tiene cintas de vídeo y el mono, pero nada puede sustituir a la compañía humana. Una noche, cocina un guiso con la extraña planta marciana –que parece tener algún tipo de propiedad psicotrópica– y ya sea a causa de ello o por la escasez de oxígeno, imagina que Mac está vivo y le visita en la cueva. Es una secuencia onírica en la que Mac no reacciona a las palabras de su compañero. Éste se despierta y se da cuenta de que todo ha sido un sueño. Tras meses de aislamiento, la tensión está pasando factura y la locura se encuentra acechando en las esquinas de su mente.

Como esta película se titula Robinson Crusoe en Marte, la solución al problema es la llegada de Viernes (Victor Lundin), un alienígena humanoide. No es de origen marciano, sino que ha llegado al planeta como esclavo, transportado por unos esclavistas intergalácticos que utilizan a su gente para trabajar en las minas. Viernes tiene el aspecto de un esclavo egipcio: faldita, largo cabello negro y una musculatura respetable. El film acierta al no mostrar a los alienígenas malos propiamente dichos, sino sólo sus naves surcando los cielos mientras bombardean el planeta (naves que, por cierto, parecen recicladas de otro film del mismo director, La Guerra de los Mundos). Se desplazan por la atmósfera marciana en unas trayectorias que sugieren o bien la escasa formación de los cineastas en Física o bien una tecnología extraterrestre infinitamente más avanzada que la nuestra. Ambas suposiciones son igualmente aceptables.

La solución de Viernes al problema del oxígeno son unas píldoras que le permiten sobrevivir en la empobrecida atmósfera marciana. Le ofrece a Kit compartirlas, pero resulta que el terrestre, después de no haber tenido inconveniente en respirar el aire marciano, beber agua de origen desconocido y comer plantas alienígenas, decide de repente jugar sobre seguro y rechaza el ofrecimiento. La relación entre ambos comienza siendo de amo-esclavo . Se diría que Viernes ha escapado de unos tiranos para caer en manos de otro, como muestra esa escena en la que Kit se relaja en su estanque subterráneo mientras Viernes merodea en actitud algo servil escuchando al terrestre exigirle que aprenda inglés y que se introduzca en los misterios de la religión cristiana.

Conscientemente o no, los guionistas impregnaron su historia con algunos de los prejuicios y temas propios de la época. Los años sesenta fueron un periodo de gran conmoción social en Estados Unidos. El Acta de Derechos Civiles había sido promulgada en 1964 y si Viernes hubiera sido interpretado por un actor negro, la película probablemente habría desatado mucha más polémica. Y aunque intente salvarse la situación (a través de la meditada interpretación de Lundin o algunas frases pronunciadas por el personaje de Kit), la idea del «noble salvaje» planea constantemente de fondo. Con todo, los guionistas consiguen trascender esa situación y cuando el astronauta queda sepultado por un alud de cenizas y Viernes lo rescata, aquél le da las gracias en el idioma de su ahora compañero extraterrestre. Es entonces cuando, simbólicamente, Kit acepta por fin la pastilla de oxígeno de Viernes.

La segunda mitad de la película es menos interesante: una persecución demasiado larga durante la cual Kit y Viernes, huyendo de los esclavistas, tienen que descender a una serie de pasadizos subterráneos que siguen las trayectorias de los canales de la superficie. En los años sesenta, las fantasiosas teorías de Percival Lowell ya habían sido descartadas, al menos en lo que a su origen artificial se refiere (más adelante se confirmaría que ni siquiera llegaron a existir nunca), pero los guionistas tratan de explicar su existencia inventándose una justificación geológica. Al final, la pareja regresa a la superficie a través del casquete polar y, tras un adecuado clímax dramático, son encontrados por una nave de rescate terrestre. Así, Kit consigue convertirse en uno de los pocos náufragos de los sesenta que consigue regresar a casa (en compañía, presumiblemente, de Viernes, cuya acogida y desenvolvimiento en la Tierra hubiera dado suficiente tema para otra película).

No resulta sorprendente que Robinson Crusoe en Marte sea una película más profunda que otras aproximaciones al tema de los náufragos de los sesenta. El director Byron Haskin no era un recién llegado al ámbito de la ciencia-ficción, habiéndose responsabilizado anteriormente de películas como La Guerra de los Mundos (1953) o La conquista del espacio (1955), ambas producidas por George Pal, así como dirigiendo episodios para la serie televisiva The Outer Limits. Por su parte, el coguionista Ib Melchior coescribió y dirigió la película The Time Travelers (1964); entre otras incursiones suyas en el mundo de la ciencia-ficción estaría la historia original de la película de culto de los setenta Death Race 2000 (1975).

Fue precisamente Melchior quien sugirió rodar la película en el Valle de la Muerte. Había sido ese desolado paisaje desértico, no lejos de Las Vegas, el que le había inspirado el guión de la película. Haskin sabía cómo utilizar los efectos especiales y la combinación del árido panorama, la excepcional fotografía aportada por el Techniscope y el Technicolor y las pinturas mate de Albert Whitlock, para conseguir una de las mejores recreaciones de Marte que ha dado la gran pantalla, con colores crudos y unas imágenes sobrecogedoras dominadas por el viento y el polvo.

Por razones tanto de decisión creativa como por imposición presupuestaria, la película careció de los excesos visuales en los que caían otras compañeras de género. Las escenas en las que el astronauta se enfrentaba a grotescas criaturas alienígenas fueron eliminadas del guión en las primeras etapas de la producción y la persecución por los canales marcianos –mucho más compleja en su concepción inicial– hubo de ser recortada por motivos financieros. La película, por tanto, se vio obligada a confiar en la construcción de ambientes y el desarrollo del tema principal más que en la carga puramente visual, lo que la situó por encima de otras cintas de la época.

En último término, esta película puede calificarse de esfuerzo inteligente, pero menor. No puede igualar a los miembros del gran panteón de películas de ciencia-ficción clásicas que proponían grandes ideas y desafiaban la imaginación. En cierto modo, esa es precisamente su virtud. El film puede compararse con la clase de historias que John Campbell Jr. estaba publicando en la revista Astounding Stories : problemas realistas que pudieran ser resueltos por mentes con formación científica, aplicando la razón, el conocimiento, la voluntad… y un poco de suerte. En ese sentido, la película acertó al plantear los problemas que los astronautas del futuro deberán afrontar en el curso de sus exploraciones. La validez de la propuesta no ha caducado, como lo demuestra la ininterrumpida serie de novelas y películas que desde entonces han situado su ficción en el planeta rojo.

Copyright del texto © Manuel Rodríguez Yagüe. Sus artículos aparecieron previamente en Un universo de viñetas y en Un universo de ciencia-ficción, y se publican en Cualia.es con permiso del autor. Manuel también colabora en el podcast Los Retronautas. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".