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Las Islas Ucranias

En febrero de 2022, la crisis ucraniana aún tenía un perfil equívoco que, por un lado, era inquietante y por otro, tranquilizante. Había preparativos de guerra: movilización de tropas, preparación de artillería, vuelos y singladuras de artefactos bélicos. A la vez, Rusia decía que no invadiría Ucrania y, por lo mismo, la OTAN u Occidente o los Estados Unidos –en fin: los del lado de acá– también se inhibían de guerrear. Visto desde fuera, el panorama podía admitir distintas escenas. Una es que los dirigentes que trataban la crisis no sabían qué hacer. Otra: que sí sabían pero no lo contaban. Ante ambas, me preguntaba: ¿Por qué dirigen el mundo estos ignorantes? O bien: ¿Qué ocultan estos sabios que no conviene que sepamos? Poco después, el estallido de la guerra fue desvelando incógnitas.

En 1914 ningún europeo sensato concebía una guerra de aniquilación entre las potencias que durase cinco años. Por una pelotera fronteriza entre Austria y Serbia no guardaba proporción una guerra mundial. Además, los emperadores, príncipes, grandes duques y demás fanfarria de sangre azul eran todos medio parientes y se llamaban entre sí Willy, Nicky o Charlie. Luego pasó lo que pasó. Unas maniobras con muertos de verdad y seis meses de ejercicios produjeron la guerra más grande de la historia.

En 1982 ocurrió algo con resultados igualmente siniestros. Me refiero a la guerra de las Islas Malvinas. La dictadura militar mandó una fuerza que tomó la ínfima guarnición inglesa de algo que se llama Puerto Argentino o Port Stanley.

Los cálculos de la dictadura eran impecables. Se recuperaban las islas por las buenas y sin disparar un solo tiro, los Estados Unidos se mantendrían neutrales, los soviéticos sonreirían simpáticamente ante un gobierno que masacraba comunistas y los británicos no se moverían porque las Malvinas o Falkland quedaban muy lejos de Londres, carecían de interés económico y movilizar una flota con trastos y avíos salía demasiado caro.

Hecha tal previsión, los generales argentinos no prepararon ninguna guerra y su canciller Costa Méndez fue a la ONU a rubricar los hechos consumados. Lo que pasó fue lo opuesto. Sí hubo guerra y los conscriptos argentinos fueron a ella sin preparación ni comida ni ropa ni medicinas, sumidos en trincheras anacrónicas, muertos de frío, indefensos y perplejos. De nuevo: ¿Sabían algo aquellos ignorantes? ¿Nos ocultaron la verdad de lo que estaba ocurriendo? ¿Qué precio pusieron a la valentía de una tropa improvisada, a la masacre juvenil y a la movilización patriótica de una sociedad?

Para evitar los desastres de la guerra propongo la creación de las Islas Ucranias, la Tierra de Ninguna Parte. Que la ONU se dé por enterada.

Imagen superior: hundimiento  del crucero ARA General Belgrano el 2 de mayo de 1982, durante la guerra de las Malvinas, tras el  ataque del submarino nuclear británico HMS Conqueror.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")