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Pinacoteca canora (IV): Michael Spyres

El cantante norteamericano Michael Spyres es, en estos momentos, el último eslabón de una cadena tenoril especialmente encargada de abrillantar el repertorio rossiniano de cuyas partes, preferentemente escritas para baritenor, es un destacadísimo intérprete. En realidad hoy, probablemente el mejor junto a John Osborn.

Como tal comenzó a destacar  en dos espacios proclives a ello: el Festival Rossini de Pesaro (Baldassare, Aureliano, Rodrigo di Dhu) y el austriaco de Bad Wildbab (Otello, Néoclès, Arnold).

Continuaba así  la trayectoria de coterráneos colegas que, en su época, dieron una decisiva vuelta de tuerca al canto del pesarense: Bruce Ford y Rockwell Blake (ambos retirados), pero sobre todo el más cercano a sus características, Chris Merritt. Coincidiendo en el tiempo, además, con otros tenores de su tierra y aún en activo cual Charles Workman y Gregory Kunde, aunque se muevan hoy por otros ámbitos líricos.

Rossini sin duda disfrutaría si llegara a saber que, más allá del Adriático y tras un inmenso océano, surgirían estas clonaciones actuales de sus dos intérpretes napolitanos: Giovanni David y Andrea Nozzari. Universalidad y perennidad de su música.

Una década después de aquellos espaldarazos teatrales rossinianos, Michael Spyres grabó un precioso recital dedicado al de Pesaro, cerrando un perfecto círculo profesional. Lo realizó mano a mano con otro extraordinario compatriota, el contraltino Lawrence Brownlee.  Un registro titulado Amigos y rivales, donde Spyres, aparte de dar cuenta preferente de su clase de baritenor, se exhibe como barítono (Fígaro) y, en otro alarde de imaginación y posibilidad vocales, suma una página escrita para un contraltino (viceversa: Brownlee canta una de baritenor).

Entre estos dos hitos rossinianos aludidos, los teatrales y el discográfico, Spyres hizo un poco de todo, si se testifica que llegó a cantar Billy Budd de Britten, Candide de Bernstein o el exigido Mitridate de Mozart, con el que arrasó en concierto en Les Arts de Valencia (noviembre de 2020). Extremos personajes en vocalidad y estilos. Aunque haya encontrado un filón importante en el repertorio francés del Dieciocho del que ha demostrado ser un traductor privilegiado. Una lista amplia, desarrollada en no demasiado tiempo, que merece recordarse en detalle: Polyeucte de Les Martyrs y Henri de Le duc d’Albe de Donizetti, Faust, Cellini y Enée de Berlioz, Mergy de Le pré aux clers de Hérold, Raoul, Robert le Diable y Vasco de Gama de Meyerbeer, Fervaal de obra homónima de D’Indy, Chapelou de Le postillon de Longjumeau de Adam, Massaniello de La muette de Portici de Auber, Faust y Rodolphe de La nonne sanglante  de Gounod, Hoffmann de Offenbach (escuchado en el Liceo barcelonés). En definitiva, Spyres se está midiendo con algunos de esos personajes estrenados o asociados a ese mito del canto que fue Gilbert-Louis Duprez.

En noviembre de 2010, Spyres registró en Moscú un primer recital para el sello norteamericano Delos, bajo la indispensable dirección de Constantine Orbelian y la Orquesta de Cámara que ostenta el nombre de la capital rusa. De pasada, merece citarse que ese sello ha dado oportunidades de grabar recitales a cantantes a veces ninguneados por otros sellos, o ampliando en ocasiones la oferta de los mismos (en el caso de Marcelo Álvarez por ejemplo). Recitales, pues, protagonizados por Alessandra Marc, Sondra Radvanovsky (antes de convertirse en la primera figura que es hoy), Olga Guryakova, Daniil Shtoda, Stefano Secco, John Osborn y varios más, casi siempre acompañados por la misma y competente batuta.

Spyres, iniciando su treintena, se plantea en este disco un programa ambicioso y complejo en un recorrido que  va de Mozart a Strauss y Stravinsky, del clasicismo a una moderada modernidad, cantando en italiano, francés, inglés y ruso.

Lo inicia a lo grande, con los nueve do agudos de Tonio en La fille du régiment. Esas escalofriantes notas están emitidas con  empuje, decisión y seguridad (aunque el sonido pierda algo de cuerpo), continuando la ya extensa lista de intérpretes que la tuvieron en consideración desde que la iniciara Pavarotti, y la continuara Kraus, Blake (que solía brindar una nota más), Merritt (el del primer bis en público, 1987), José Bros, Flórez, Alagna, Janez Lotric, Brownlee, Camarena, Petr Nekoranec, retahíla tenoril que ha sido un placer relacionar aunque de manera incompleta. Pero Spyres no desdeña destacar las hermosas frases líricas previas  a los agudos desarrollándolas con la dulzura y el encanto asociables al joven tirolés enamorado.

Una apostilla a lo anterior. Hubo quien acusó a algunos tenores de, en la versión italiana de esta ópera, adaptada por el mismo Donizetti para posterior estreno  peninsular, de no cantar la cabaletta de los nueve do. En realidad, el compositor prescindió de ella incluyendo en su lugar (para no dejar al tenor sin un momento solita) otra página que tomó prestada de una partitura napolitana previa: recitativo (Eccomi finalmente) y aria (Feste? Pompe? Omaggi? Onori?). Momento  que le sirve de presentación al protagonista de Gianni di Calais. De esta atractiva página, por cierto, nos dejó una excelente lectura Cesare Valletti.

Retomando el disco: tras una cómoda lectura de Here I stand del Tom Rakewell de Stravinsky en el acto I de The Rake’s Progress, escritura vocal que le permite reflejar un centro interesante a través de una dicción donde se le entiende todo, otra exhibición de belcantismo desahogado: el rondó de Almaviva del Barbero rossiniano. Página que, como se sabe, el compositor incluyó al final de la obra para agradar a su primer intérprete, el sevillano Manuel García, que hasta entonces apenas podía lucirse con dos cancioncitas mientras que el resto del equipo contaba en solitario con arias o cavatinas de superior lucimiento. Momento de dobles posibilidades: canto spianato (a nota por cada sílaba del texto) y de agilidad; las dos impecablemente resueltas por el tenor de Misuri. Spyres, además, da cuenta  de su generoso registro al final del andante, una interesante cadencia a partir de una sólida nota grave antes de ascender al agudo.

El aria de Nemorino, Una furtiva lagrima, es sin la menor duda una de las más grabadas desde que se inventado este medio de disfrute musical, a partir de la pionera de 1902 a cargo de Enrico Caruso. Cantada hasta en ruso, sueco, francés, a más de una adaptación para cuerda de barítono a cargo del inquieto Roberto Alagna, el aficionado pertinaz recordará de inmediato dos interpretaciones de referencia, las de Tito Schipa y Beniamino Gigli. Spyres no cuenta con el colorido vocal de estos dos tenores “mediterráneos” (y de otros más), pero su canto es de una cuidadosa elaboración por su dinámica y las pertinentes regulaciones con un adecuado sentido del canto legato finalizándola con una leve messa di voce.

Fluidez, agilidad, exhibición de fiato y salto de novena impecable, aligerando la voz para ello y para entrar en el estilo es lo que efectúa Spyres en Il mio tesoro del un elegante mozartiano Don Ottavio.

A continuación, muy satisfactorias traducciones del aria a mezzavoce con agudos a voz mixta de Nadir, acudiendo a un falsete bien resuelto (ya que no quiebra la uniformidad vocal) y de la canción de Werther, donde es capaz de encontrar un color algo distinto a la anterior (aunque se haga algo de lío con las erres), en pro de reflejar la psicología y diferentes situaciones anímicas de cada personaje. Aterciopelado el timbre para transmitir esa especie de ensueño amoroso que disfruta Nadir en la cálida noche oriental y  reflejando la melancolía asociada al osianesco canto del atormentado Werther.

La complicada escritura de la arietta  del tenor del straussiano Der Rosenkavalier no le causa problemas, pese a la complicada escritura que incide en una zona molesta de la tesitura tenoril. Muestra de que Spyres tiene  su voz completamente resuelta, colocada y emitida.

Los momentos dedicados a Puccini (aria de Rodolfo) y Verdi (la frívola canción del de Mantua) resultan perfectamente entendidos y, realizados, bien atacadas las dos correspondientes notas agudas (menos clara la pucciniana que la verdiana), aunque, por ahora el repertorio de ambos compositores parezca  alejado de sus prioridades.

La vocación donizettiana de Spyres se patentiza ahora en italiano: Fra poco a me ricovero  de un Edgardo de Ravenswood. Una lectura susceptible de calificarse como dentro de la mejor tradición, pese a que suene por momentos algo rutinaria. La finaliza más conforme a la partitura original que a imposiciones tradicionales

Como nueva ostentación de recursos, sobre todo idiomáticos, Spyres incluye en programa la famosa aria de Lensky en Eugenio Onegin de Chaikovsky. Para este infeliz protagonista encuentra Spyres los acentos convenientes de ternura y melancolía.

En L’Arlesiana de Cilèa marca bien el cambio de ánimo de Federico, desde el cariño inicial hacia su hermano dormido hasta el desgarrado final (interpola el agudo no escrito) al reflexionar  sobre su desastrosa  situación sentimental que acabará llevándole al suicidio.

Poniendo punto final al disco, en un brusco cambio de clima, Spyres canta, con desenvueltos modales, los exigidos, un fragmento popularísimo de la opereta de Lehár, el aria de Sou Choung de El país de las sonrisas.

Como colofón: la carrera musical de Spyres cuenta ya con otros testimonios discográficos y algunos videográficos, poniendo al alcance de los interesados muchos de los personajes previamente citados. Impónense destacar rarezas como Antigono de Mazzoni y Medea in Corinto de Mayr, al lado de la fabulosa Davinia Rodríguez. Con un toque de atención especial para otro recital posterior de Opera Rara, realizado en 2017 con la concurrencia de Carlo Rizzi y la Orquesta Hallé, denominado Espoir. Justamente dedicado al repertorio que fue de Duprez. Una joya sonora.

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Imagen superior: foto promocional de «Amici e Rivali» © Parlophone Records Ltd., Warner Classics. Fotógrafo: Shervin Lainez. Reservados todos los derechos.

Copyright del artículo © Fernando Fraga. Reservados todos los derechos.

Fernando Fraga

Es uno de los estudiosos de la ópera más destacados de nuestro país. Desde 1980 se dedica al mundo de la música como crítico y conferenciante.
Tres años después comenzó a colaborar en Radio Clásica de Radio Nacional de España. Sus críticas y artículos aparecen habitualmente en la revista "Scherzo".
Asimismo, es colaborador de otras publicaciones culturales, como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Crítica de Arte", "Ópera Actual", "Ritmo" y "Revista de Occidente". Junto a Blas Matamoro, ha escrito los libros "Vivir la ópera" (1994), "La ópera" (1995), "Morir para la ópera" (1996) y "Plácido Domingo: historia de una voz" (1996). Es autor de las monografías "Rossini" (1998), "Verdi" (2000), "Simplemente divas" (2014) y "Maria Callas. El adiós a la diva" (2017). En colaboración con Enrique Pérez Adrián escribió "Los mejores discos de ópera" (2001) y "Verdi y Wagner. Sus mejores grabaciones en DVD y CD" (2013).