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Pasolini (1922-1975)

A menudo, tanto en clave realista como mitológica, Pier Paolo Pasolini ha tratado el tema de la familia. Se trata de un destino y cabe preguntarse si para cualquiera de nosotros, los esbozos de nuestros destinos no se diseñan siempre en el fundamento casero familiar. Pasolini era hijo de un matrimonio desavenido pero que le dejó un par de rasgos decisorios. El padre era fascista y lo incitó, sin saberlo, a traducir su insurgencia adolescente en la resistencia y el comunismo. Pero, a la vez, decidió que fuera poeta como su homónimo, un hermano, es decir un tío de nuestro escritor. La madre le inculcó la imagen del sacrificio que nos vuelve héroes.

Estas vertientes, fuertes y contradictorias, lo desgarraron y lo hicieron productivo. Escribió en italiano escolástico y en dialecto friuliano. Fue novelista y cineasta. Se inclinó por el verso y por la prosa. Trabajó con la imagen en el dibujo y el cine, y con la palabra en novelas y ensayos. Resolvió su identidad apelando a dos fuentes aparentemente contradictorias: el comunismo y el catolicismo. Redactó, paralelos, dos libros que lo ejemplifican: uno sobre San Pablo y otro sobre Antonio Gramsci. ¿Dos ortodoxias? Las sintetizó creyendo en un comunismo amante de los pobres, es decir de los héroes maltratados por la historia en la visión cristiana de un Dios mártir y resucitado en la carne doliente de los humildes.

Todo esto dio lugar a fuertes tensiones que lo mantuvieron vivo y lo llevaron a la muerte. Dijo: “El amor a la vida se ha vuelto en mí un vicio más tenaz que la cocaína. Devoro mi existencia con un apetito insaciable.” En sus filmes más conseguidos como Accatone y Mamma Roma (un recital para lucir a una diva de lo vulgar, Anna Magnani) vuelve tangible aquella duplicidad hecha unidad en el cuerpo. Sus pobres son muchachos de la marginalidad que se prostituyen para comer y vestirse. Pasolini se les aproximó con ánimo pedagógico y un profundo guion de culpa. Acabó asesinado por un chapero, es decir realizando el retrato del militante sacrificado que indica la culpa de la burguesía y se torna la víctima propiciatoria, el cordero de Dios que lava los pecados del mundo. También Jesucristo es el protagonista de una de sus películas, junto con Edipo, Medea, los jocundos pícaros de Canterbury, los salaces confinados de Bocaccio y los viciosos fascistas sádicos de Salò.

Tal vez Pasolini quede como un personaje que facilita entender aspectos de cierta cultura de los años 1960. Los bajos fondos con sus jóvenes de la mala vida alternan con la dorada bohemia del Partido Comunista Italiano, sintetizando marxismo y catolicismo. Finalmente, se tratará de perpetuar su rostro nazareno como el de una víctima para un imaginario complot fascista. Un rostro de Nazareno como el del Che Guevara impreso en las camisetas de nuestros días. Son héroes y mártires equívocos como todas las grandes figuras capaces de sustraerse al olvido que atañe a la mayoría de la humanidad, que nos atañe. Sus muertes sacrificiales les aseguran la inmortalidad.

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Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")