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«Los náufragos del tiempo» (1964-1989), de Jean-Claude Forest y Paul Gillon

Los náufragos del tiempo (Les Naufragés du Temps) es una space opera excepcional, escrita por Jean-Claude Forest, el autor de Barbarella, y dibujada por Paul Gillon con una desacostumbrada sensibilidad. Ahora vuelve al mercado en una impecable edición de Glénat.

Hay cómics de ciencia-ficción muy obvios y otros cuyo mensaje es más sutil. Pero estos últimos no suelen despertar el interés de la mayoría. Por la osadía de su planteamiento, Los náufragos del tiempo viene a ser la excepción a esa regla, y narra una historia reflexiva y a la vez ligera, animada y vistosa.

La propuesta es sobradamente conocida a estas alturas: Forest y Gillon logran que los estereotipos del género no se impongan sobre la continuidad dramática, y nos ofrecen una aventura estelar en la que prima su lado menos infantil.

En resumen, una espléndida interpretación de la clásica saga estelar, que perfectamente puede situarse en línea con la novela popular francesa.

No en vano, el título se inspira en Los náufragos del aire, primera entrega de La isla misteriosa de Julio Verne. Forest tuvo la idea cuando escribía en Chouchou, bajo el seudónimo de Jean-Claude Valherbe. Corría el año 1964, y Gillon se incorporó al proyecto, pero éste fue malogrado por el cierre de la revista.

Diez años después, ambos prosiguieron la obra en las páginas de France Soir, y desde 1977, Gillon enriqueció con esta aventura la oferta de Métal Hurlant.

A la vista del conjunto, lleno de aciertos, hay algo que es casi indiscutible: tenía mucha razón Forest en clamar que su compañero –con quien se enfrentó más de dos veces– “no es el mejor, pero con todo lo que tiene de horrible y magnífico, es absolutamente único en su género. Único en este estilo lírico e inoxidable que asusta a tantos dibujantes noveles y sobreexcita a los coleccionistas de dibujos originales”.

En términos argumentales, Los náufragos del tiempo tiene una lectura mitológica. A fines del siglo XX, cuando una gran plaga está a punto de aniquilar a la humanidad, dos ejemplares de nuestra especie, Chris y Valérie, son enviados al espacio en pequeñas cápsulas. Siguen una ruta elíptica, y cada ciento veinticinco años regresan a la Tierra, como un testimonio de pureza genética.

Cuando llega el año 2990, Chris es sacado de su letargo y descubre los muchos peligros que pueden dar al traste con la civilización terráquea. Entre ellos, el ataque de unos inteligentísimos invasores, los trasos. Ayudado por Mara, una joven que se siente muy atraída por él, Chris emprende la búsqueda de respuestas, abrumado por una obsesión: su reencuentro con Valérie, la otra nómada espacial con la que compartió destino a lo largo de un milenio.

La visión del futuro que plantea Los náufragos del tiempo no es complaciente. Al contrario, indaga en mundos alternativos para obtener de ellos una sugestiva expresividad. Gracias al dibujo de Gillon, el falso resplandor de las naves estelares lanza destellos bajo el sol de lejanos satélites, pero lo que aquí nos fascina no es el exotismo de los escenarios, sino la extravagante visión de quienes los habitan.

Podemos descubrir un aire de familia entre el porvenir previsto por Forest y Gillon, y el que se plantea en otras creaciones del mismo género. No conviene olvidar que la ópera espacial triunfa en el cómic francés desde los tiempos en que René Pellos y Martial Cendres idearon Futuropolis (1937).

Esa irresistible atracción por la aventura estelar se advierte asimismo en Les Pionniers de l’Espérance (1945), de Roger Lécureux y Raymond Poïvet, y sobre todo, en la saga de Valerian, agente espacio temporal (Valérian et Laureline, 1967), obra de Pierre Christin y Jean-Claude Mézières.

A modo de inciso, cabe recordar que Valerian fue una constante inspiración para el equipo artístico de George Lucas. De hecho, abundan las coincidencias entre el ciclo de Star Wars y las viñetas de Christin y Mézières.

Sin excluir peripecias de ese estilo, Los náufragos del tiempo propone un viaje más personal, en el que muchos lectores siguen encantados, soñando con galaxias imposibles y romances que parecen destinados al fracaso.

Álbumes con guión de Forest y Gillon

L’Étoile endormie (1974)
La Mort sinueuse (1975)
Labyrinthes (1976)
L’Univers cannibale (1976)

Álbumes con guión de Gillon

Tendre Chimère (1977)
Les Maîtres-Rêveurs (1978)
Le Sceau de Beselek (1979)
Ortho-Mentas (1981)
Terra (1984 )
Le Cryptomère (1989)

Nota editorial

Los náufragos del tiempo es un obra precursora de la ciencia ficción moderna.

Una space opera que ocupa un lugar destacado junto a La guerra de las galaxias y a 2001: Una odisea del espacio.

Christopher y Valérie son hibernados y lanzados al espacio en dos cápsulas para preservar la raza humana. Mil años después, Christopher despierta en una Tierra al borde del colapso, una plaga de esporas tóxicas propaga la muerte y los invasores trasos, unas ratas con poderes mentales, están conquistando el sistema solar.

Paul Gillon es uno de los más veteranos autores franceses (nació en 1926), una verdadera leyenda que ha recibido multitud de galardones en certámenes internacionales, como el Gran Premio de Angulema en 1982 o el Yellow Kid en 1998.

Observador infatigable de la realidad – un hábito adquirido por las largas estancias en sanatorios a las que su mala salud le obligó en la infancia- Gillon ha participado en proyectos míticos, como Métal Hurlant o en obras de teatro, periódicos e ilustración para revistas femeninas como Elle o Marie-Claire.

Jean-Claude Forest (1930-1998) nació en Le Perreux-sur-Seine y empezó su carrera como historietista mientras estudiaba en la Escuela de Artes y Oficios con una versión de La flecha negra de Stevenson para la editorial Elan.

Después de una serie de trabajos infantiles y juveniles, se decantó por la vertiente de la ilustración, especialmente la relacionada con la ciencia ficción, en la que destacan las portadas que realizó para la revista Fiction y para Ediciones Hachette.

Allá por el 1962 se reconcilia con la historieta con la creación del mítico personaje Barbarella. Este trabajo llamó la atención del editor Eric Losfeld, que lo convence para que lo retoque y editarlo en un álbum de lujo que verá la luz en 1964, no exento de problemas con la censura debido al tenue carácter erótico del personaje.

No obstante, es todo un éxito y cuatro años después es llevada a la gran pantalla de la mano de Roger Vadim, con Jane Fonda encarnando a la heroína.

Desde aquel momento, y pese a que no cesó de crear nuevos personajes, como la joven Hypocrite, le acompañó la etiqueta de ser el creador de Barbarella.

Forest también escribió guiones para otros autores reconocidos como Tardi, Didier Savard o Alain Bignon, entre otros, así como una novela juvenil fantástica titulada Lilia entre l’Air et l’Eau, y numerosos guiones para la televisión francesa.

En reconocimiento a su talento recibió en 1984 el Gran Premio del Festival del Cómic de Angouleme.

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.