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Diez motivos por los que me apenan las personas que abusan de la cirugía estética

Renée Zellweger ya no es Renée Zellweger. Sólo ella, con sus inseguridades y complejos, sabrá por qué no quiso seguir siéndolo, se trate el suyo de un caso de abuso de la cirugía estética, de dieta autoimpuesta sobre el propio alma o de una suplantación de la personalidad por Heidi Klum.

Ella tiene derecho a tener la imagen que desee tener y yo el derecho a querer seguir pagando o no por ver su imagen. Y, obviamente, a opinar si me gusta dicha imagen.

Y es que personalmente, este asunto me duele mucho, porque mi actor y mi actriz favoritos de Hollywood ‒Mickey Rourke y Barbara Hershey‒ también sucumbieron a la moda de alterar su fisonomía en la mesa de operaciones, destrozándose las facciones conforme envejecieron… ¡hasta acabar pareciéndose entre sí!

Desde luego, no es la primera vez que alguien juega a ser Picasso en su cara y el caso más sonado no lo protagonizó una mujer precisamente. El ejemplo más patético en los USA lo aportó el cantante country Kenny Rogers.

El irreconocible Kenny debería cambiarse también su nombre para reajustarlo a su nuevo yo.

El problema no es que las personas no tengan derecho a cambiar: el problema viene a la hora de valorar públicamente A QUÉ COSA cambian. Por miedo a contravenir ese derecho de todos a hacer lo que nos venga en gana con nuestro propio cuerpo, se está obviando un debate inevitable sobre el daño que se ejerce a las generaciones venideras en su autoestima física. Por no hablar del atentado global al buen gusto que perpetran estos adictos a parchearse. Es pues hora de decir lo que me parece esta moda mamarracha de cambiarse la cara en cuanto asoma la madurez:

1. Las personas que pasan por el bisturí solamente por razones “de mejora estética”, se niegan a sí mismas la Historia de su Rostro. Creo que no hay nada más hermoso que comprobar lo que la vida da y quita a una cara humana. Hay mujeres y hombres que mejoran su atractivo facial con la edad, simplemente porque se aceptan. Alterar el rostro artificialmente es querer ser otra persona que no se es… y, al renegar de sí misma y de su herencia biológica, no ser nadie al final. En una vida en que te lo pueden quitar todo, resulta tristísimo que alguien esté dispuesto a desprenderse de lo único que nadie te podría quitar: tu propia cara.

2. La alteración artificial de los rasgos es la negación absoluta del elemento que más seductoras hace a las personas, es la erradicación completa del secreto mismo de la seducción: la naturalidad.

3. Me parece detestable el criterio que se utiliza en las clínicas de cirugía estética como “modelo de belleza ideal”. Me causa indignación que el mundo piense que sólo hay UNA MANERA de ser atractivo y que se imponga en todo el planeta. Cada época tuvo su canon estético y el de nuestros días es la UNIFORMIDAD A CUALQUIER PRECIO.

4. Todas las personas que abusan de la cirugía estética terminan pareciéndose entre sí: José Luis Rodríguez El Puma, Camilo Sesto, George Hamilton, Joan Rivers, Donatella Versace, Daryl Hannah, Jennifer Grey… Parecen miembros de una nueva raza unisex: uno creería que están candidateando todos como próximo fichaje coral de The Walking Dead o para ejercer de doble de luces del mentado Mickey Rourke en Sin City.

5. ¿Qué se siente al besar unos labios que no son reales? Desde luego, tocar unas tetas implantadas es la sensación más burda que he tenido la desgracia de experimentar en la cama: al acariciar unos senos postizos da la sensación de que uno está aferrado a una resbaladiza y dura boya en medio de un naufragio en el mar. La producción injertada implica convertirse en una mentira: invertir en una estafa a sí misma y a los demás.

6. El “arreglo” indiscriminado denota una superficialidad horrorosa y cero carisma, al enterrar la personalidad construida sobre una cara que había sido única bajo un diseño estándar que podría pertenecer a cualquiera.

7. Por un lado, está claro que modificar el propio físico representa una demostración legítima del libre albedrío, por lo que teóricamente la transformación quirúrgica femenina supondría también un alegato de la libertad feminista; sin embargo, la mayoría de esas transformaciones se lleva a cabo motivada por la falsa creencia de que a los hombres nos gustan solamente las narices respingonas y los escotes rebosantes. O sea: acatan y siguen el canon del gusto masculino más idiota, el que solamente valora lo externo: por tanto, la cirugía estética en su inmoderado uso actual contribuye a perpetuar el machismo. Porque en el fondo, lo que hacen millones de jovencitas que se retocan quirúrgicamente es el colmo del antifeminismo: cosificarse ellas solitas.

8. Con la fiebre por los quirófanos, cada vez resulta más difícil poder apreciar una cara natural, con su orografía, arrugas y vicisitudes. ¡La gente terminará por no saber cómo es una persona facialmente inalterada!

9. Todos aquellos que justificadamente luchan contra la dictadura de un modelo estético basado en la delgadez, deberían manifestarse también enérgicamente en contra de las intervenciones quirúrgicas de los ricos y famosos, que nos imponen una preocupación absurda por no aceptar el reflejo de nuestra vejez. En la mayor parte de los casos, los que acatan ese ansia de eterna juventud terminan convirtiéndose en un completo esperpento físico.

10. Estoy completamente a favor de que cada persona haga con su cuerpo lo que le dé la gana. Debe existir, obviamente, la libertad para ello: y por eso mismo, reivindico a mi vez la libertad para expresar la reacción natural que siento al ver los desaguisados que algunos individuos son capaces de cometer en su propio cuerpo (perdiendo de paso su individualidad) solamente por el histérico deseo de ser más aceptados por los demás.

En este sentido, aplaudo lo que opina Antonio Banderas sobre la cirugía estética, un oasis entre tanto desierto de vulgaridad: “No voy a tocar mi cara, y desde luego, no voy a inyectarme bótox y toda esa mierda. No, de ninguna manera. Quiero envejecer de forma natural”.

Gracias, Antonio, por aportar un poco de sensatez entre tanta víctima de la desesperación por agradar. Yo, por mi lado, reivindico las narices femeninas grandes. Donde esté una nariz con identidad, que se quite el cirujano.

Imagen superior: Mickey Rourke en «Diner» (1982) y en «Tráfico humano» («Skin Traffik», 2015).

Copyright del artículo © Hernán Migoya. Publicado previamente en Utero.Pe con licencia CC.

Hernán Migoya

Hernán Migoya es novelista, guionista de cómics, periodista y director de cine. Posee una de las carreras más originales y corrosivas del panorama artístico español. Ha obtenido el Premio al Mejor Guión del Salón Internacional del Cómic de Barcelona, y su obra ha sido editada en Estados Unidos, Francia y Alemania. Asimismo, ha colaborado con numerosos medios de la prensa española, como "El Mundo", "Rock de Lux", "Primera Línea", etc. Vive autoexiliado en Perú.
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