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«Lemmy contra Alphaville» («Alphaville», 1965)

Cínico, duro, seductor… Lemmy Caution es agente del FBI, pero podría ser el perfecto anfitrión que nos recibe con un gin-tonic en cada mano. Como tantos otros detectives y espías de su época, tiene un origen literario de baja cuna. Su padre fue el novelista británico Peter Cheyney (1896-1951), un veterano de la Gran Guerra que trabajó como investigador para la policía en los años veinte.

Pese a la popularidad de sus novelas, a Cheyney no siempre le sonrió la fortuna. Conoció la miseria, sufrió todos los avatares de una vida bohemia, y además, murió relativamente joven. Pasó por tres matrimonios, perdió la cabeza con proyectos indefendibles ‒llegó a militar en el partido fascista de Sir Oswald Mosley‒ e hizo todo lo posible por convertirse en un hombre de acción, menospreciando en más de un caso el sentido común. Sin duda, esa explosiva biografía resuena en sus personajes, empezando por Lemmy Caution, ese detective a medio camino entre la dureza de Mike Hammer, la inteligencia de Philip Marlowe y el cosmopolitismo pop de James Bond, pero sin alcanzar la altura icónica de ninguno de los tres.

Aunque la ética de su autor esté alejada de la nuestra actual, sigue siendo agradable acompañar a Caution en libros como Este hombre es peligroso (This Man Is Dangerous, 1936), No ofendas a una dama (Dames Don’t Care, 1937), Ivy veneno (Poison Ivy, 1937), ¿Pueden matar las señoras? (Can Ladies Kill?, 1938), ¡Es sorprendente! (You’d Be Surprised, 1940), ¡Dame la suerte, querida! (Your Deal, My Lovely, 1941) o Mister Caution, Mister Callaghan (1941).

Ya les adelanto que no es sencillo conseguir estas novelas. A no ser, claro, que uno frecuente las librerías de segunda o tercera mano. Pero si dan con alguno de esos títulos, les aseguro que descubrirán afinidades impensadas con este personaje.

La fama de Lemmy ‒no me pregunten por qué‒ fue más intensa en Francia que en España o Italia. Seguramente porque los lectores franceses de mediados de siglo amaban con locura el género policiaco, y quizá porque Cheyney, gracias a las ediciones populares de Gallimard, Tallandier y Presses de la Cité, tocó su fibra sensible de un modo sorprendente.

Ya les digo que las novelas tienen su aquel, pero si nos liberamos de prejuicios, también son muy disfrutables las adaptaciones cinematográficas protagonizadas por Eddie Constantine (1917-1993), un cantante nacido en Los Ángeles, hijo de inmigrantes judíos, que probó suerte en los cabarets parisinos y acabó trabajando con Edith Piaf.

Es asombroso que alguien como él acabase encarnando a un detective internacional, inventado por un autor británico. Solo cabe una conclusión: Constantine había nacido para ser Lemmy, y en buena medida, la figura del investigador no puede separarse de su inesperado intérprete.

No sé hasta qué punto creer su afirmación más conocida ‒se consideraba un James Bond antes de James Bond‒, pero el hecho es que Constantine condensó prodigiosamente el arquetipo del género negro a la europea. La ligereza y el distanciamiento con los que encarna al personaje quizá tenga que ver con otro detalle: nunca se consideró un actor. En realidad, era un cantante que se ganaba un sobresueldo rodando películas de bajo presupuesto.

Atrévanse con este repertorio y juzguen ustedes mismos: Cita con la muerte (La Môme vert-de-gris, 1952), El club del crimen (Les femmes s’en balancent, 1953), Comment qu’elle est? (1960), Lemmy y… las espías (Lemmy pour les dames, 1962), y FBI frente a Scotland Yard (A toi de faire, ma mignonne, 1963), todas ellas de Bernard Borderie, Ese hombre es peligroso (Cet homme est dangereux, 1953), de Jean Sacha, y Agente federal en Roma (Vous pigez?, 1956), de Pierre Chevalier.

A medida que avanza la serie, el propio Constantine va pareciéndonos cada vez más un héroe de tebeo: una figura autoconsciente, de esas que nos guiñan un ojo como método infalible para que aceptemos la trama. Además, en las últimas cintas se advierte que, a diferencia de otros superagentes del viejo cine europeo, Lemmy Caution tenía un lado entrañable. Uno sentía que aquel tipo insolente, que fumaba con ansiedad y alzaba con elegancia la copa de whisky, podía ser duro como un estibador de muelle o entonar «C’est si bon» como si tal cosa. Esto último, obviamente, no estaba escrito en ningún guión, pero lo llevaba en su ADN el propio actor, tan seguro de sí mismo como un crooner y tan aficionado a la noche como un cantante de night-club.

Cuando Bernard Borderie rueda Lemmy y… las espías, la saga de Constantine parece derivar peligrosamente. Liberándose de cualquier atisbo de seriedad, la película nos plantea una intriga digna de una comedia mediterránea. Y esto último nos introduce en un terreno minado de excesos: la serie B europea.

El punto de partida ya es significativo. Lemmy veranea en la Costa Azul, pero se siente agobiado por el modo en que lo acosan sus admiradoras. No sabemos si ya está harto de verse a sí mismo como el último hombre sobre la tierra. El caso es que, como es habitual en él, busca otro enredo amoroso, pero esta vez, descubrirá a la bella Claudia (Yvonne Monlaur), muerta al pie de un acantilado. La curiosidad del detective le llevará a resolver un intrincado misterio, en el que adquieren protagonismo otras tres mujeres, esposas de diplomáticos y víctimas de un aparente chantaje.

Si este argumento les parece disparatado, imagínense qué llevó a un tipo tan cerebral como Jean-Luc Godard a rodar un par de años después Lemmy contra Alphaville (Alphaville, une étrange aventure de Lemmy Caution, 1965).

Protagonizada por ConstantineAnna Karina y Akim TamiroffAlphaville es una cinta sagrada dentro de la mitología cinéfila. Sin embargo, al revisarla, uno siente que su premisa –introducir a un héroe pulp en una distopía de arte y ensayo– oculta una pedantería tan grande como una enciclopedia de semiología en diez tomos.

Cuando se rodó la película, el público conocía de sobra a Lemmy Caution, pero ni se lo imaginaba en un entorno de ciencia ficción. En este caso, por deseo de Godard, el héroe no lucha contra mafiosos ni sonríe a las damas. Desplazado de su entorno natural, Lemmy visita una metrópoli orwelliana, dominada por la fría lógica de una computadora llamada Alpha 60.

Para colmo, llega a esa ciudad ultraterrena, Alphaville (en realidad, París), desde los Países Exteriores conduciendo un Ford Galaxie. Uno de sus propósitos será encontrar a un agente desaparecido, Henry Dickson (AkimTamiroff) ‒acaso una alusión a Harry Dickson, el  «Sherlock Holmes americano», protagonista de numerosas novelas de Jean Ray‒. Como pronto veremos, la némesis de nuestro detective va a ser el Profesor von Braun (Howard Vernon), el creador de ese ordenador que ha impuesto una dictadura tecnocrática y alienante. ¿Cómo? Pues prohibiendo la abstracción y el libre albedrío que distingue a nuestra especie.

Dato curioso: este personaje toma su apellido del ingeniero aeroespacial Wernher von Braun, pero en otro tiempo fue conocido como Leonard Nosferatu, recordando así ‒¡qué ingenioso, Jean-Luc!‒ al vampiro clásico de Murnau.

La tiranía de Alpha 60 castiga con la pena de muerte el pensamiento ilógico o individualista: las víctimas caen tiroteadas en una piscina, donde varias nadadoras apuñalan sin compasión al reo. Nadie pregunta «¿por qué?» y la realidad carece de alicientes morales o sentimentales. En sentido literal, todos los habitantes de Alphaville son unos minusválidos emocionales.

Para emprender su investigación, nuestro héroe actúa como un reportero fotográfico (un periodista del Figaro-Pravda). Desde el principio, sabemos que su pesquisa nos conducirá hacia un choque entre el pensamiento binario de la máquina y la conciencia humana. De hecho, tras la muerte de Dickson, Lemmy se enamora de Natacha (Anna Karina), hija de Von Braun, y ese romance va a ser su arma secreta a la hora de vérselas con Alpha 60.

Al parecer, Godard pensó en titular su película Tarzan vs IBM, aludiendo al duelo que se establece entre un tipo viril y una tecnología del porvenir. Qué quieren que les diga, este es un título que hubiera hecho honor al contenido. Por supuesto, para hacerlo más frondoso, el director plantea un collage con retazos de alta cultura (Borges, Louis-Ferdinand Céline, Paul Éluard), tebeos, literatura de quiosco y cine de sesión continua. Todo ello animado por medio de un lenguaje vanguardista y experimental, que se toma todo tipo de libertades. Cortes abruptos, cambios de textura, lirismos visuales propios de Jean Cocteau, fotografía en tonos invertidos ‒empleando el negativo‒, ruptura de la continuidad y de la cuarta pared, apuntes surrealistas, uso de la luz natural en un film deliberadamente oscuro…

Sin necesidad de decorados futuristas ni efectos especiales, Godard construye un entorno ominoso, frío, casi agobiante. Curiosamente, aunque eso nos distraería mucho, la pista del film puede seguirse en varias de las secuencias más recordadas de Blade Runner (1982).

Como ya apunté, Alphaville se ha convertido en un fetiche. Es obvio que los amantes del cine intelectual ‒elitistas por definición‒ siempre la tomaron como un ejemplo elevado de creación audiovisual.

Hace unos años, si a cualquiera se le ocurría decir que, comparada con cualquier película negra norteamericana, esta era un tostón, inmediatamente era objeto de comentarios condescendientes. Y es que Alphaville, supuestamente, es un bocado exquisito que sólo pueden apreciar los elegidos. Buscadores de rarezas y espectadores cultivados, que arrugan la nariz ante el cine convencional.

El bueno de Andrew Sarris, seducido por Godard, alabó esta fábula futurista, a la que llamó «un film de ciencia ficción sin efectos especiales». En lo sucesivo, a ningún crítico sensato se le ha ocurrido escribir algo negativo sobre la cinta. Y si a alguien se le ocurre, en el pecado llevará la penitencia.

¿Quién lo diría, verdad? Gracias a esa dimensión totémica, Alphaville se convirtió en tendencia, y a la salida de los cine-clubs, salía a relucir casi tantas veces como la obra maestra de Stanley Kubrick2001. Es indudable que la película francesa plantea hallazgos que fueron relevantes en el cine posterior. Sin embargo, allí donde Kubrick revela una inventiva asombrosa y gran hondura filosófica, Godard intelectualiza cada plano. Y lo que es peor: ahoga las convenciones de la cultura popular con la pesadez narrativa de un cineasta que quiere parecer inteligente.

Es una cuestión opinable, pero por mucho que algunos mantengan ardiendo la llama de Alphaville, creo que el estilo del realizador francés, distintivo de la Nouvelle Vague en general, alcanza mayor vuelo en films como Al final de la escapada, cuya frescura y novedad siguen vigentes.

¿Reinventa Alphaville el noir? No lo creo. El gran cine negro francés, en particular las películas de Jean-Pierre Melville, llega mucho más lejos que Godard en la revisión de este género, que él maneja con una erudición casi exhibicionista. Su mérito, en todo caso, consiste en mezclar dos fórmulas, el policiaco y la fantaciencia, que casan a la perfección.

Por supuesto, la cruda fotografía en blanco y negro de Raoul Coutard es muy bella, y su eficacia es equiparable a la que exhibe la partitura de Paul Misraki. De igual manera, Anna Karina, en la piel de Natacha von Braun, llega a enamorar al espectador. Pero todo eso no constituye un cúmulo de virtudes suficiente como para hechizar al público de hoy.

Lo confieso: yo aún no le he encontrado la gracia a este aburrido poema visual ‒y eso que lo intenté varias veces‒, pero los manuales de cine tratarán de convencerles de lo contrario. En fin, todo sea por el bien común de la cofradía cinéfila.

Sinopsis

El agente secreto Lemmy Caution, haciéndose pasar por el periodista Ivan Johnson, llega a la futurista ciudad interplanetaria de Alphaville con el objetivo de saber qué les sucedió a los agentes que llegaron antes que él y que desaparecieron y para tratar de entrevistarse con el líder del lugar, el profesor Von Braun, creador de Alpha 60, la máquina que controla la vida de sus habitantes. Fábula futurista de Godard que retoma el personaje de Lemmy Caution, que Eddie Constantine ya había interpretado en diversas películas de serie B.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.