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La muerte de los Trintignant

Lo primero que pensé al saber que el actor Jean-Louis Trintignant (1930-2022) había partido de este mundo, traicionando mi ateísmo, fue: «Por fin se podrá reunir con su hija Marie«.

De hecho, llevaba años esperando este inevitable desenlace.

La historia de Marie Trintignant no es tan conocida en España porque ella no fue una actriz tan conocida fuera de su país. Pero es una historia terrible, que me ha acompañado largo tiempo por la admiración profesional que albergo hacia ambos y por la obsesión que creó en mí la hipocresía de su asesino.

Marie murió a los 41 años, después de que su novio Bertrand Cantat le hundiera la cabeza repetidas veces contra una pared durante una «discusión de pareja” en una habitación de hotel. El tipo era famoso por ser el cantante de Noir Désir, banda célebre por su compromiso con las causas sociales. Bueno, el disfraz idóneo de tantas ocasiones: él era un celoso compulsivo, no sólo de posibles competidores por la atención de su novia ‒y también del exmarido‒, sino del éxito de ella como actriz.

La cineasta Nadine Trintignant, exmujer de Jean-Louis y madre de Marie, lo cuenta todo sin velos en su libro testimonial Ma fille, Marie, escrito pocos meses después de la pérdida de su hija en 2003: un libro hermoso y una carta que jamás leerá su destinataria.

Sobre esa noche fatídica, Nadine escribe a su hija: «¿Por qué no sentí que me necesitabas? Aquella noche, pensando que al día siguiente era domingo y el despertador no sonaría, había doblado mi dosis de somníferos. Despierta y clara, ¿habría sentido yo tu terror?».

Marie era un caso de abuso psicológico de manual por parte de su última pareja y sus padres cargaron desde entonces con la mala conciencia del artista egocéntrico que no dedica el tiempo suficiente a sus polluelos, porque no advirtieron ese abuso hasta que fue demasiado tarde. Seguramente es una culpa sin sustento, pero inevitable para una madre y un padre. Más aún cuando Nadine recordaba perfectamente haber sentido una premonición ‒la que no sintió en el momento crucial‒ décadas atrás, cuando Marie contaba 16 años, una premonición que la hizo llamarla urgentemente por teléfono: pero no, su hija se encontraba perfectamente; de hecho ‒Marie se lo reveló años después‒ acababa de perder la virginidad en un feliz lance amoroso, sin traumas.

Sin embargo, en sus últimas semanas juntas, reunidas en Lituania madre e hija por el rodaje de una película, Nadine sí llegó a percibir la tiranía de Bertrand sobre Marie: «Su espera hacía que te sintieras culpable por hacer tu trabajo (…) ¿Cómo imaginar que tú no te ibas a largar si un hombre te levantaba la mano? (…) Creíste que ibas a curar a tu asesino, ¡oh mi querida ingenua!».

Nadine no se corta al criticar la facilidad e impudicia de algunas personas para aparecer en público como grandes benefactores de la humanidad. Es el camuflaje perfecto del canalla debido a la credulidad de los medios y la ciudadanía: «Ese personaje alto y robusto, hablando de paz, insultando por TV a los grandes patrones (mientras seguía respetando sus contratos), era mediático. Un manipulador (…) Era de los que dan lecciones. Defendía algunas causas. Ironizaba en la tele sobre Messier, sin abandonar la Universal. Hablaba en voz alta y fuerte de los sin papeles, de los palestinos…

Sólo estaba pensando en su imagen.

Pero somos lo que hacemos».

Nadine menciona incluso misivas del notable escritor, director y exconvicto José Giovanni ‒íntimo amigo familiar, al igual que Jorge Semprún‒ donde comenta de Cantat: «Ese falso apóstol de las grandes causas, sentado a horcajadas sobre un aparato distribuidor de discos, entra en la categoría de los asesinos».

La crónica del asesinato es insoportable: tras los golpes de nuca contra la pared, Marie cayó en coma y su agresor no pensó jamás en salvarla, sólo en salvarse. Su primera llamada no fue a Urgencias, sino a su mánager, para averiguar cómo escapar de la situación. Y su mánager, «asqueada por tanta violencia, abandonó aquel día a su cliente». Fue la preocupación del hermano de Marie horas después quien le llevó a preguntar por ella en el hotel y a descubrirla agonizante en la cama. Para cuando Vincent Trintignant pidió una ambulancia y la ingresaron en el hospital, ya no había esperanza.

Conocemos de sobras el rostro del gran actor, del padre en esta función trágica, por eso es fácil ‒y desgarrador‒ visualizarle perplejo al pisar el hospital: «Aquel día llegó Jean-Louis, con Mariane, su mujer. Rígido de desesperación, me miraba. En su mirada estaba Pauline. Estaba: ‘Dos veces no. Marie no. ¡No es posible!'». En 1970 Nadine y él habían perdido otra hija de diez meses por una regurgitación accidental de leche que la asfixió. De hecho, Marie tenía ocho años cuando perdió a su hermanita y ello le provocó un retraimiento del mundo y una timidez enfermiza contra los que luchó toda la vida en su desempeño como actriz.

Prosigue Nadine:

«(Jean-Louis) me pidió que le dejara a solas contigo. La misma necesidad que sentí yo de hablarte sin testigos. (…) Os dejé solos. Debió de decirte cómo te amaba».

Más tarde, Nadine vuelve a comentar de Jean-Louis al hacerse públicos más datos del crimen: «Ha cambiado. También él comienza a conocer el odio. Ni el uno ni el otro sabíamos que algún día experimentaríamos semejantes sentimientos».

El tramo final de Mi hija Marie es demoledor: «Debo aprender a no seguir aguardando tu llegada. No es fácil».

Y Nadine concluye: «Sin ti hemos perdido la alegría».

En 2005, dos años después de la defunción de Marie, pasaron dos cosas que me ligaron psicológica y anímicamente al suceso. Ese verano permanecí un mes en un piso de París prestado por un amigo activista que era muy fan de Désir Noir. Escuché algunos de sus discos sin saber la historia, hasta que él me contó la infamia que rodeaba al grupo y até cabos.

Días después, por pura casualidad, me topé de paseo por la orilla del Sena con Jean-Hugues Anglade, el actor que había coprotagonizado junto a Marie Noche de verano en la ciudad (1990), la primera película que vi de ella, un extraordinario filme intimista que emitieron por la segunda cadena y que me impactó por la naturalidad con que ambos actuaban desnudos durante todo su metraje.

Anglade empujaba un carricoche con un bebé y me acerqué a saludarle por la confianza que me transmitió su talante afable. Al contrario que la mayoría de parisinos, su semblante se animó ante las palabras en inglés de un español desconocido y caminamos juntos un buen tramo, charlando con desenvoltura. Yo le había visto ya en muchas películas, claro, como Betty Blue o Killing Zoe, y le mencioné todas.

Todas menos una. Evité deliberadamente sacar a colación Noche de verano en la ciudad

Por algún motivo fui incapaz de hablarle de Marie Trintignant. Me pareció que hubiera sido inadecuado por mi parte mencionársela. Él me contestaba a todo con una sonrisa franca, de persona en un momento feliz de su vida. Sentí que hubiera sido intrusivo, de mal gusto y mala educación, entrar a curiosear en su memoria personal de Marie.

Cualquier posible altar íntimo hacia ella era solamente suyo.
Pero el asunto de la muerte de Marie Trintignant siempre sobrevoló mi consciencia, así como siempre evito conscientemente averiguar nada sobre la vida actual en libertad de su destructor.

Pese a tantas razones emocionales, sé que es a todas luces injusto plantear la elegía de un inmenso actor trayendo a colación el recuerdo de su hija y no sus memorables trabajos en la gran pantalla.

Pero cuando pienso en él no puedo evitar pensar en los dos. En él y en ella.

Lo siento. Pienso siempre en Jean-Louis Trintignant repitiendo ante la prensa: «Yo morí el 1 de agosto de 2003».

Así que el 17 de junio de 2022 todos lamentamos, de algún modo, su segundo fallecimiento, diecinueve años después del primero.

Y a los que crean en reuniones más allá de la muerte ‒¡ojalá yo pudiera pasar de ese primer instinto crédulo!‒, les envidio la capacidad y les pido: piensen un poco en Marie, en ellos dos reunidos.

Es la única esperanza que nos queda ‒supongo que también la única que le quedaba a él en sus últimos años‒ dentro de esta triste historia sobre la mierdosa condición humana.
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Hernán Migoya

Hernán Migoya

Hernán Migoya es novelista, guionista de cómics, periodista y director de cine. Posee una de las carreras más originales y corrosivas del panorama artístico español. Ha obtenido el Premio al Mejor Guión del Salón Internacional del Cómic de Barcelona, y su obra ha sido editada en Estados Unidos, Francia y Alemania. Asimismo, ha colaborado con numerosos medios de la prensa española, como "El Mundo", "Rock de Lux", "Primera Línea", etc. Vive autoexiliado en Perú.
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