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«La chica de las cavernas» (1925), de Edgar Rice Burroughs

Las novelas de mundos perdidos, que durante más de cincuenta años habían constituido uno de los pilares básicos de los relatos de aventuras, tenían los días contados. Aquellas narraciones de exploradores y aventureros que involuntaria o deliberadamente se internaban en remotos valles cubiertos por la bruma, penetraban en alguna profunda cueva hacia el interior de la Tierra o atravesaban inhóspitos desiertos o impenetrables junglas para encontrar civilizaciones perdidas y una naturaleza congelada en el tiempo, iban pronto a dejar paso a las epopeyas espaciales. Sencillamente, la Tierra empezaba a perder su misterio.

La mejora en los medios de transporte, el aumento de la alfabetización y la consiguiente expansión del negocio editorial y el acceso de grandes sectores de la población a noticias e imágenes del resto del mundo, la radio, el esfuerzo de exploración e investigación científicas que llevaron a cabo instituciones y gobiernos… todo ello mejoró el conocimiento que se tenía de nuestro planeta y redujo su exotismo . En poco tiempo los protagonistas de muchos de aquellos relatos pulp que transcurrían en inaccesibles montañas del Himalaya o inexploradas regiones africanas trasladarían sus operaciones al espacio, un ámbito virtualmente desconocido y donde todo era posible.

Pero eso sería dentro de unos años, con el auge las revistas pulp especializadas en ciencia-ficción. Mientras tanto, Edgar Rice Burroughs se apuntaría a un subgénero que se ajustaba perfectamente al tipo de relatos que le caracterizaban: aventura, épica, suspense, héroes invencibles, peligrosas y espectaculares criaturas, violencia,… Aunque este volumen apareció en 1925, en realidad recogía dos relatos anteriores, muy primerizos dentro de su bibliografía: The Cave Girl (1913) y su secuela, The Cave Man (1914), ambos serializados en All-Story y All-Story Weekly respectivamente.

Waldo Emerson Smith-Jones es –como su propio nombre nos sugiere– un joven mimado perteneciente a una acomodada familia. Aquejado por una mala salud crónica, se encuentra realizando un viaje por los Mares del Sur cuando es arrojado al mar por una ola y arrastrado hasta una perdida isla selvática. No tarda en verse en apuros al encontrarse con unos primitivos humanoides de aspecto simiesco, sorprendiéndose de encontrar dentro de sí el valor y la fuerza necesarios para enfrentarse a ellos.

El esperado elemento femenino es en esta ocasión la bella Nadara, a quien un vigorizado Waldon rescata de las garras de una de esas salvajes criaturas. Cautivada por el valor del joven, Nadara lo eleva al estatus de héroe y le bautiza con el nombre de Thandar, el valiente . Lo que sigue son una serie de aventuras en la jungla muy del gusto de la época: mientras Waldo/Thandar mejora su fortaleza física gracias a la vida al aire libre, emprende la búsqueda de Nadara y se enfrenta a los enemigos de rigor. El racismo de Burroughs –no más agudo que el de la sociedad en la que vivió– se manifiesta en la revelación sorpresa de que Nadara en realidad no es una salvaje : su madre era blanca, una náufraga como Waldo, que llegó a la isla embarazada. Al enterarse de ello, en un pacato ataque de moral, el protagonista decide que por muy profundo que sea el amor que siente por Nadara, siendo como es hija de la civilización , no sería correcto tomarla como esposa –con toda la intimidad que eso conlleva–. Las cosas han de hacerse bien: la llevará a los Estados Unidos y se casara como es debido, por lo que empieza a enseñarle inglés.

Como buen americano, inculcará a los salvajes no sólo los rudimentos de la democracia –cuyo resultado es que él mismo resulta elegido rey– sino el camino al desarrollo tecnológico: la agricultura, la fabricación de armamento –con el que atacan y derrotan a la tribu de simios–… En la segunda parte la cosa se complica cada vez más hasta convertirse en un enrevesado e inverosímil culebrón de escaso interés en el que se mezclan los padres de Waldo al rescate, caníbales, piratas, secuestros, lujuriosos marinos, reencuentros… y un final tan feliz como decente.

En mi opinión, Burroughs no fue nunca un gran escritor y los cien años que acumulan sus libros se dejan notar. Su popularidad la ganó a base de cultivar una y otra vez una fórmula facilona que recurría a tópicos bien establecidos que resultaban atractivos para la sensibilidad de los lectores de las revistas en las que publicaba: adolescentes y lectores poco exigentes. De hecho, la mayor parte de los críticos, comentaristas y aficionados que comentan con cariño los libros de John Carter o de Pellucidar, lo hacen a partir de los recuerdos que guardan de sus lecturas infantiles. Aquellos que llegaron adultos a sus sagas de aventuras espaciales o selváticas se muestran menos entusiastas, aunque siempre guardando el merecido respeto por la influencia que Burroughs ejerció sobre multitud de escritores, dibujantes, diseñadores y fans gracias a una imaginería exótica y poderosa en torno a héroes invencibles, bellas princesas semidesnudas, fieras de aspecto invencible, ciudades perdidas, tribus primitivas y entornos naturales evocadores.

La chica de las cavernas reúne un poco de todo ello, pero incluso dentro de la repetitiva bibliografía de Burroughs no pasa de ser una obra menor, principiante, recomendable sólo para incondicionales de su trabajo o acérrimos del subgénero de mundos perdidos.

Copyright del texto © Manuel Rodríguez Yagüe. Sus artículos aparecieron previamente en Un universo de viñetas y en Un universo de ciencia-ficción, y se publican en Cualia.es con permiso del autor. Manuel también colabora en el podcast Los Retronautas. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".