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Inútil y divina

A menudo cualquiera de nosotros, tal vez quien lea estas líneas, se habrá preguntado para qué sirve la filosofía. Una respuesta extrema sería: para ser hermosa y libre como una obra de arte. Es decir que su mayor mérito sería su inutilidad. Refiriéndose, en especial, a la investigación, Ortega la adjetivó de divina. No es gratuita la calificación. Creativa y libre, tiene rasgos de diosa. Aun cuando no llegue a ninguna conclusión –a veces les ocurre a las ciencias positivas– se justifica por la inquietud que recoge y a la cual torna productiva.

Las reticencias ante nuestra hermosa criatura/creadora provienen de que se la estudia en plan enciclopédico como historia de las filosofías, y la historia siempre huele a pasado, que huele a vetusto. Esta señora pudo ser muy bella pero es una anciana, seguramente arrugada y temblona. Tiene el prestigio y el incómodo abandono de ciertas catedrales en las que nadie entra a rezar.

El repelús tiene sus razones. La filosofía es, corrientemente, un discurso técnico hecho por especialistas, como si estuviera forjado para el consumo de otros especialistas. Sin embargo, si nos acercamos con prudencia y paciencia a cierta prosa filosófica –la hubo en verso entre algunos presocráticos– nos encontramos con temas que hacen a la vida de cualquiera: el sentido de la existencia, la razón y la sinrazón, la libertad, la felicidad, la muerte, el tiempo, los valores y principios, el bien y el mal…¿vale la pena agotar el escrutinio? Y, en cuanto a las fechas, daremos con cosas escritas hace milenios que parecen redactadas ayer a las tres de la tarde.

De ahí la valencia de la filosofía, que se jacta de ser inútil, de no ser un útil, una herramienta hecha para servir a fines predispuestos y ajenos. No se somete, pues, a servidumbres y de ahí su carácter de libre, liberada, deliberada y deliberante, hasta liberal (léase en plan clásico: generosa). Acaso estas consideraciones han llevado a unos buenos miles de jóvenes españoles a estudiarla, superando al alumnado tradicional, mínimo y marginado, cosa de chicos y chicas desorientados que buscan quien les ordene sus lecturas, un archivero de viejos saberes. Pues no, todo lo contrario. Incluso se ha convertido en un título curricular para empleos en empresas que estiman provechosa la cercanía de algún filósofo o cierta filósofa que pueda razonar en cuanto a creatividad, pensamiento crítico o imaginación creativa. Estamos zambullidos en una economía del conocimiento y en eso de conocer lo que se conoce ¿quién lo sabe mejor que nuestra inútil y divina compañera? Las técnicas y su mater familias la tecnología, se ocupan de medios pero no de fines. Sirven, son serviles. Lo humano exige ir más allá y en cuanto a valores, fines y autocrítica, nada pueden decir. No es una asignatura pendiente pues no figura en su programa de estudios. Sí, en cambio, la muchacha de marras. Tiene miles de años pero se mantiene lozana y guapísima. Tiene la inalterable lozanía de una diosa, una suerte de Santa Inutilidad.

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Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")