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Genialidad, intuición y estupidez en la aventura científica

Galileo Galilei suele ser considerado el padre de la ciencia moderna. Miró el cielo a través de un telescopio y descubrió, entre otras cosas, que Júpiter tenía lunas que giraban a su alrededor. El hallazgo causó una gran conmoción, porque se pensaba que todos los objetos del cielo giraban en torno a la Tierra. También pudo observar las fases de Venus, y de ahí concluir que sólo eran posibles si ese planeta giraba alrededor del Sol.

Hacía más de medio siglo que Nicolás Copérnico había sugerido que el Sol era el centro del universo y que todos los planetas orbitaban en torno al mismo. Pero sus conclusiones se basaban en cálculos matemáticos, y como tales se aceptaban. El sistema copernicano era un instrumento bueno para hacer cuentas, pero a nadie se le ocurría pensar, al menos públicamente y salvo genios como Johannes Kepler o Michael Maestlin, que describiera la realidad.

Al contrario de lo que se suele divulgar, el heliocentrismo no fue una herejía en firme. Nadie murió quemado en la hoguera. A Giordano Bruno le dieron candela por decir que el universo era infinito y que estaba habitado por seres vivos ajenos a la Tierra, además de que, claro está, se recorrió toda Europa incitando a la revuelta espiritual contra Roma que por entonces tenía en vilo al continente.

El heliocentrismo, eso sí, era contrario a las Sagradas Escrituras, y por ello una afirmación temeraria prohibida por la Iglesia. Los libros que defendieran el sistema de Copérnico como una realidad eran destruidos. Cuando Galileo aportó pruebas empíricas de que, efectivamente, los planetas giraban alrededor del Sol, el debate alcanzó su mayor tensión.

Quienes le criticaban, decían que el heliocentrismo era incompatible con la Biblia; quienes le defendían, que lo incompatible era la interpretación que los hombres hacían de la Biblia. La observación de la naturaleza permitiría corregir esas malas interpretaciones y releer las Escrituras de una forma más auténtica.

El cardenal Belarmino escribió sobre las diferencias entre matemáticas y realidad: “no es lo mismo demostrar que suponiendo que el Sol está en el centro y la Tierra en el cielo se salvan las apariencias, y demostrar que en realidad el Sol está en el centro y la Tierra en el cielo”.

Belarmino fue quien instauró la división entre ciencia y religión: los astrónomos, diría, debían limitarse a las hipótesis matemáticas, y dejar que los hechos físicos fuesen explicados por los teólogos.

Cuatro siglos después, en la década de 1940, fueron los propios científicos quienes decidieron autocensurarse. Los investigadores del Rad Lab hicieron suya la doctrina del cardenal Belarmino: “¡Cállate y calcula!”. La máxima se extendió por un mundo académico y tecno-industrial que descubrió las mieles del pragmatismo y lo bien que se podía vivir de la tecnociencia sin tentar a la suerte.

¿Por qué había que callarse y calcular? Al igual que ocurriera a comienzos del siglo XVII, los avances tecnológicos permitieron experimentar la realidad a niveles más cercanos y, al igual que ocurriera a comienzos del siglo XVII, los experimentos de la nueva ciencia, en este caso la mecánica cuántica, no encajaban con la filosofía interiorizada por la mayoría de científicos de entonces –y de hoy.

Medio siglo antes, a finales de la década de 1890, nadie en su sano juicio dudaba de que la mecánica de Newton y la teoría de Maxwell sobre el campo electromagnético podían explicar todos los fenómenos del universo. Pero, en 1900, Max Planck demostró que la radiación térmica sólo se podía describir mediante un método de cálculo incompatible con la física clásica.

Método de cálculo. De nuevo aparece la proposición, saltando de un lugar a otro de la historia del ser humano para protegerle, una y otra vez, del miedo a lo desconocido, a ser el primero en romper los muros firmes del conocimiento, tan firmes que se dan por naturales y no por lo que parece que son: convencionalismos de la mente humana para vivir en sociedad.

Porque Planck ofreció eso, un método de cálculo, un “como si fuera”, pero no siendo. En este caso, se trataba del cuanto de acción: la radiación electromagnética debía ser tratada como si estuviese formada por partículas, pequeños paquetes indivisibles de energía, y no como ondas en un continuo propagarse, según se la había entendido durante el siglo XIX.

Las ecuaciones funcionaban. Los quanta eran una condición suficiente para explicar la dinámica de la radiación. “Condición suficiente” es un arreglo de forma, no es una condición necesaria. Por ejemplo, imaginar que el suelo del patio se moja si el vecino se divierte tirando cubos es una condición suficiente que explica por qué tenemos el suelo lleno de agua cada mañana, pero no necesaria: también se puede mojar si llueve todas las noches.

De modo que no es obligatorio aceptar que, si el suelo está mojado, tenemos un problema bien gordo con el vecino. Podemos, entonces, vivir felices dando por seguro que todas las noches llueve sobre nuestro patio y así ahorrarnos una úlcera, y calcular el agua que hemos de recoger cada mañana echándole un vistazo al tamaño de los cubos del vecino. Hacemos “como si” el vecino tirara cubos porque nos ahorra tiempo preparando las fregonas de repuesto, pero rechazamos su realidad.

El caso es que, en 1900, la luz seguía siendo onda en la realidad, y partícula en las matemáticas. El conocimiento clásico estaba a salvo y los científicos más renombrados dormían en paz cual Belarminos.

Explica el profesor David Krakauer, experto en Teoría de Sistemas, la diferencia entre equivocación, ignorancia y estupidez. La ignorancia es la incapacidad para resolver un problema por falta de información; la equivocación es un error en el tratamiento de la información que se resuelve con más información; la estupidez, la incapacidad para ordenar correctamente la información disponible, empeorando la situación según se adquiere más y más información.

Para Krakauer, un ejemplo de la estupidez humana en el mundo de la ciencia –en el resto de ámbitos no vienen al caso— bien puede ser lo que ocurrió cuando se postuló la deriva de los continentes. La idea fue sugerida por Alfred Wegener y aparece en su libro de 1915 El origen de los continentes y océanos, al hacer notar que los continentes parecían encajar unos con otros. Sus colegas de profesión, lejos de interesarse por el tema, dijeron que ni en broma. Hasta aquí, se puede hablar de ignorancia porque faltaban datos para explicar cómo, aunque se cometiera la osadía de aceptar la posibilidad del puzzle, había sido posible la deriva.

La estupidez, según cuenta Krakauer, aparece tras la década de 1930, cuando Arthur Holmes propuso la hipótesis de las placas tectónicas  y nadie se la tomó en serio: la doctrina no toleraba un mundo con movimientos internos.

Si hacemos caso a Krakauer, es fácil imaginar ejemplos varios. Es suficiente atender a las veces en que aparece la expresión “método de cálculo” en la historia del ser humano. De hecho, a nada que uno lo piensa, estamos condenados a la estupidez. Basta leer a Mario Bunge, uno de los adalides de la filosofía a la que se subordina una buena parte de los científicos y/o académicos, para entender por qué: “para que una idea merezca la atención de una comunidad científica, no puede ser ni tan obvia ni tan extravagante que rompa (aunque sea parcialmente) con los conocimientos previos”.

Es decir, por mucho que se tengan todos los datos para resolver un problema, el científico que quiera ser respetado por su gremio habrá de actuar estúpidamente ante los mismos, pues los tendrá que ajustar a lo ya establecido aunque sugieran otra cosa; al menos, siempre queda el alivio de saber que todo reloj estropeado acierta a dar correctamente la hora dos veces al día.

Es por ello que, a pesar de tener todos los datos, la teoría de la deriva continental no fue aceptada hasta la década de 1960. Unos años antes, de hecho, se puede leer a Albert Einstein en el prefacio del libro de Charles HapgoodThe Earth´s Shifting Crust, mostrando su admiración ante la posibilidad de que la superficie terrestre se moviera con independencia del resto del planeta.

La mención a Einstein nos permite enlazar lo anterior con lo que viene ahora. Por suerte, hay dos grados más en esto del ordenamiento de la información que permiten que la humanidad en general y la ciencia en particular sigan adelante: inteligencia y genialidad. La primera se manifiesta en la capacidad para resolver los problemas de manera sencilla; la segunda, dice Krakauer, es la disposición para hacerlos desaparecer.

En 1905, Albert Einstein era un anónimo empleado de una aburrida oficina de patentes. Durante aquel año, publicó cuatro artículos. Uno de ellos se titulaba “Sobre un punto de vista heurístico referente a la emisión y transformación de la luz”, y en él afirmaba que la luz tenía que estar cuantificada por necesidad.

La gracia de aquel artículo es que no era científico. De ahí lo de “punto de vista heurístico”. El rigor de ese documento brilla por su ausencia; al contrario, está salpicado de imaginación y analogías con otro fenómeno físico ajeno al tratado: el gas integrado por moléculas le sirve para afirmar que la radiación está formada por partículas a las que, ya en 1916, propondría llamarlas “fotones”.

Porque, evidentemente, aquello no fue bien recibido durante un par de décadas. La materia era discreta, y la radiación era continua –todavía estaba por venir el susto de la dualidad onda-partícula—, y Einstein no había demostrado nada. En 1913, en un discurso en la Academia Prusiana de Ciencias, Max Planck diría:

“En suma, puede decirse que de los grandes problemas en que es tan rica la física moderna, difícilmente exista uno al que Einstein no haya hecho una contribución notable. Que alguna vez errar el blanco en sus especulaciones, como por ejemplo en su hipótesis de los quanta de luz, no puede esgrimirse realmente demasiado en su contra, porque no es posible introducir ideas de verdad nuevas, ni aun en las ciencias más exactas, sin correr a veces algún riesgo”.

Aún en la década de 1920 se siguieron intentando explicaciones que prescindieran de los fotones.

A lo largo de su vida, Einstein insistió una y otra vez en la falacia del método científico en cuanto que racional y objetivo. Ni todos los datos empíricos del universo podrían hacer volar un paradigma establecido por los hombres de una época si no fuera porque aparece alguien que añada un elemento de su imaginación, una invención libre y extravagante que vaya al corazón del asunto y se deje de respetos a los conocimientos previos.

En su discurso de ingreso en la Academia prusiana en 1914, Einstein subraya las dos partes en que se divide el trabajo de todo buen científico: “En primer lugar, ha de descubrir sus principios y después tendrá que extraer las conclusiones que se desprendan de ellos. Para esta segunda tarea, el físico ha recibido una excelente formación en la universidad. Por lo tanto, si el primer estadio de los problemas está ya resuelto para cierto campo o para cierto conjunto de fenómenos correlacionados, este científico puede estar seguro de su éxito, siempre y cuando su inteligencia y su capacidad de trabajo sean adecuadas”.

Ahora bien, ¿cómo se descubren los principios de los que deducir conclusiones? He ahí el origen de la estupidez –¿inevitable?—, según la define arriba Krakauer, pues, como dice Bunge, antes citado, la comunidad científica no debe aceptar ideas extravagantes que rompan con lo establecido, y el ser humano sabe que toda tradición es tarde o temprano desmantelada como una errónea ordenación de los datos.

Einstein lo sabía. En un discurso pronunciado en Oxford el 10 de junio de 1933, dirá:

“Los filósofos naturales de los siglos XVIII y XIX “estaban poseídos por la idea de que los conceptos fundamentales y los postulados de la física no eran, en sentido lógico, libres invenciones de la mente humana y que eran deducibles a partir de la experiencia por “abstracción”, es decir, por medios lógicos. Un completo reconocimiento del carácter erróneo de esta noción aparecería sólo con la teoría de la relatividad general, que demostró que, a partir de una base bien distinta de la newtoniana, es posible dar cuenta de una mayor cantidad de hechos empíricos. […] el carácter ficticio de los principios fundamentales es muy evidente, toda vez que podemos señalar dos principios esencialmente diferentes que concuerdan, ambos, ampliamente con la experiencia. Esto, a la vez, demuestra que todo intento de deducción lógica de los conceptos básicos y postulados de la mecánica a partir de las experiencias elementales está condenado al fracaso. Si es verdad, pues, que la base axiomática de la física teórica no puede ser extraída de la experiencia y debe ser inventada con libertad, ¿podemos esperar que alguna vez hallemos el camino correcto? […] Podemos confiar en que la experiencia sea una guía segura cuando existen teorías (tal como la mecánica clásica) que en gran medida hacen justicia a la experiencia pero sin comprender los hechos en toda su profundidad? Sin ninguna vacilación responderé que, según mi opinión, existe un camino correcto y que nosotros somos capaces de hallarlo”.

Ese camino correcto es, como se ha dicho, la invención libre de la mente humana, el “salto intuitivo”, como se denomina al método de Einstein para ir desde los hechos empíricos a los principios que ordenan tales hechos, los axiomas que describen la realidad.

Ahora bien, ¿de qué se alimenta la intuición?: “Estoy convencido de que, por medio de construcciones puramente matemáticas, podemos descubrir los conceptos y las leyes que los conectan entre sí, que son los elementos que proporcionan la clave para la comprensión de los fenómenos naturales. La experiencia puede sugerir los conceptos matemáticos apropiados, pero estos, sin duda ninguna, no pueden ser deducidos de ella”.

Para Einstein, la imaginación, la filosofía, los conocimientos con que un ser humano cultiva su mente, soportado todo ello por las matemáticas, establece la medida del salto intuitivo y determina la calidad de los axiomas. Según sean tales axiomas, así barajará el hombre el caos universal e inventará cómo es el universo y cómo es él mismo. Los datos, las pruebas, carecen de todo valor en el sentido epistemológico más elevado. Las evidencias de hoy dejarán de serlo mañana.

Según sea lo que haya dentro de la mente del científico, así será lo que surja en sus teorías; cada uno es hijo de su época. Einstein quiso un mundo perfecto acorde a un dios perfecto, para lo cual se sacó de la manga la constante cosmológica y renegó de los preceptos cuánticos porque no le gustaba que aquel su dios jugara a los dados.

¿Qué esperar de quienes hayan sufrido otro tipo de educación, especializada y reduccionista, por la que sólo ven en el mundo datos con que construir artefactos, vivir cómodos al amparo de la industria y la tecnociencia, pero ningún sentido ni necesidad del mismo?

¿Dónde va esta ciencia que se ríe de las demás disciplinas del saber humano? ¿Dónde aquellos que se ríen de la filosofía, ignorantes de estar sometidos ellos mismos a una mala filosofía? Mala no por errónea, sino por autoproclamarse única vía de acceso a la realidad, como explica David Deustch.

De momento, como hiciera el cardenal Belarmino, aconsejan no extraer conclusiones «absurdas». Callar y calcular. “Como si” pero no siendo. Por suerte para todos, siempre habrá genios que transgredan el orden aceptado y hagan que la humanidad se eleve cada día un poquito por encima del error, de la ignorancia y la estupidez.

«A menos que haya una ley de la física que impida explícitamente un nuevo fenómeno, tarde o temprano encontramos que existe. (Esto ha sucedido varias veces en la búsqueda de nuevas partículas subatómicas. Al sondear los límites de lo que está prohibido, los físicos han descubierto inesperadamente nuevas leyes de la física.) Un corolario de la afirmación de T. H. White podría ser muy bien: « ¡Lo que no es imposible es obligatorio!». (Michio Kaku, La física de lo imposible).

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Rafael García del Valle

Rafael García del Valle

Rafael García del Valle es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca. En sus artículos, nos ofrece el resultado de una tarea apasionante: investigar, al amparo de la literatura científica, los misterios de la inteligencia y del universo.