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¿Es usted moderno?

Harto de oír la palabra “moderno” cargada de incomprensibles ambivalencias –qué moderno, que bien vestido o qué moderno, que inmoral– me fui a consultar a los sabios.

El maestro Jauss me anotició de que modernus, en latín altomedieval, designaba los Tiempos Nuevos, los años mesiánicos que siguen a la llegada de Cristo. De hecho, todavía los alemanes llaman a la modernidad Die neue Zeit, el tiempo nuevo. Pero, enseguida, el maestro Kermode me desorientó. Por ejemplo: para Shakespeare algo moderno es un lugar común, un tópico, una horterada, lo que carece de la solera de los años o, quizá, de las centurias. En el siglo XVIII, la devotio moderna era la actualización de las creencias inmortales. Enseguida, los románticos se llamarán a sí mismos modernos, en un ejercicio de autoayuda y desdeñoso respecto al clasicismo, acaso sin advertir que estaban creando una nueva clase. Pero eso hoy no toca.

No se asuste usted, paso de más etimologías. Quiero hacer una sencilla advertencia, al paso: moderno puede significar una ruptura radical con el pasado, arrebatada y dionisiaca, o una relectura y actualización del pasado, racional y apolínea. Para esto de Apolo y Dionisos puede usted leer a un músico aficionado y filólogo fantasioso llamado Nietzsche.

Lo anterior, aunque no lo parezca, tiene que ver con la música. Nos pasamos la vida hablando de la música moderna sin saber estrictamente de lo que estamos hablando. Hay quien ante esta fórmula se tapa los oídos y pone cara de migraña o cefalea (dolor de cabeza). Otro, en cambio, beatifica sus facciones y parece exclamar, en silencio: ¡Al fin!

La cosa no es nueva. Quiero decir que la preocupación por la novedad no es nueva, a pesar de las apariencias. Ya en la baja Edad Media, algunos músicos decidieron que debían inventar una Ars Nova y dejar la Ars Antiqua en las brumas de los siglos oscuros. No previeron, almas de cántaro, que hoy, a sus músicas las consideramos antiguas pero sin matiz despreciativo sino como algo encantadoramente arcaico, una suerte de abuela coqueta. Porque la modernidad empezó con las tonalidades en el barroco, o con la ruptura del código de los géneros en el romanticismo o con la música del porvenir de Wagner o con la abolición de la tonalidad de Schönberg o con la abolición del sonido a favor del ruido con los concretistas o con la sustitución de los instrumentos por los osciladores electroacústicos.

¿Y si inviriéramos las cosas, volviendo al origen? Los tiempos nuevos lo son porque son siempre nuevos, siempre lozanos, siempre recién paridos. ¿Es otra cosa el arte verdadero, desenfadado y prepotente, nuevo y también novedoso?

Imagen superior: Pixabay.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Publicado previamente en Scherzo y editado en Cualia por cortesía de dicha revista. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")