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«El talón de hierro» (1907), de Jack London

La más vívida e importante novela de ciencia-ficción del año 1908 es esta, una de las muchas obras de principios de siglo que trataban del conflicto entre el capital y el trabajo, pero la única que aún sobrevive y se sigue reeditando. Como H.G. WellsLondon era un socialista comprometido, y su fantasía política The Iron Heel desarrollaba la tradición escéptica fundada por Ignatius Donnelly en su distopia La columna de César (1890).

La ideología de Jack London era de una ortodoxia rayana en el radicalismo. La vida le había dado motivos para ello. En su infancia y juventud transcurridas en California sufrió en sus carnes la injusticia de un sistema industrial que se aprovechaba de la inexistencia de legislación laboral para abusar de los obreros, pagarles salarios ridículos y hacerles trabajar horas sin fin; participó en una marcha masiva de protesta emprendida por desempleados de la Costa Oeste hacia Washington y fue testigo de la explotación a la que eran sometidos los inmigrantes en inmundos talleres de Nueva York. Mientras volvía a su California natal fue arrestado por vagabundo y encerrado en prisión. Años más tarde, en un viaje como periodista a los bajos fondos de Londres convivió con los más pobres de la capital del imperio, plasmando en sus crónicas la miseria que se ocultaba bajo las ricas alfombras de los más potentados. No es de extrañar que aquellas experiencias lo convirtieran a la causa socialista.

En 1905, London quería dar la vuelta al mundo junto a su segunda esposa, Charmian. Pero ya entonces viajar era caro. Necesitaba dinero para comprar el barco y financiar el viaje, así que decidió aceptar una oferta para dar conferencias por todo el país a 600 dólares semanales más gastos. Era una gran oportunidad no sólo financiera: podía promocionar sus libros y, al mismo tiempo, hacer propaganda de sus ideas socialistas en unos años en que el socialismo era un tema candente en la nación. La agitación laboral era notable; los abusos provocaban huelgas; para aplastarlas a la fuerza, los empresarios reclutaban ejércitos privados de matones; había violencia y extremismo. En noviembre de 1904, el Partido Socialista consiguió un notable avance en las elecciones presidenciales y al año siguiente nacieron los Industrial Workers of the World, un sindicato radical que se oponía a las posiciones más conciliadoras de la American Federation of Labor.

London era un conferenciante incendiario. Por todo el país llenaba salones en los que el público lo escuchaba asombrado mientras encajaba recriminaciones, insultos y profecías de un apocalipsis capitalista merced a una revolución purificadora. Durante esta gira el ya famoso escritor tuvo ocasión de hablar con los líderes socialistas locales y le quedó claro que la opinión general era que el capitalismo sería eliminado por la vía democrática. Sus propias ideas eran mucho más radicales y su visión del futuro menos optimista. Y fue entonces cuando decidió escribir su obra más política, una novela distópica que predecía el ascenso del fascismo y los obstáculos que hallaría una posible revolución socialista.

La historia la narra en primera persona la esposa de un ya fallecido Ernest Everhard, rememorando la figura de su amado desde el momento en que se conocieron. Ácrata, comprometido, cínico e idealista a partes iguales, excelente conversador y argumentador, Everhard agita las conciencias de aquellos miembros de las clases altas que empiezan tratándolo con condescendencia, como exótico elemento de la clase trabajadora, pero que terminan incómodamente enfrentados a una realidad que les acusa como explotadores y cómplices de delitos sociales. A medida que Everhard progresa en su carrera política, la oligarquía que ostenta el poder en la sombra moviliza todos sus recursos para acabar con su influencia. En 1912, según la novela, los socialistas ganan las elecciones estadounidenses, pero los grandes trusts industriales y financieros que controlan el gobierno no les permiten tomar auténtica posesión de sus cargos. Se producen revoluciones, caos y guerras. Acompañada de un gran número de notas al pie, la obra narra el aplastamiento de los trabajadores entre 1912 y 1932.

El talón de hierro se divide en dos partes bien diferenciadas. La primera tiene muy poca acción y muchos diálogos. Se presentan los personajes, especialmente Everhard, en el que London se proyecta de forma idealizada, describiéndolo (describiéndose) como una especie de fornido filósofo, un intelectual con el cuerpo de un gladiador. Hay abundantes discusiones sobre metafísica, ética y teoría política así como una convencida defensa del socialismo y el determinismo histórico de acuerdo con las premisas establecidas por el marxismo. La segunda parte es un relato de las circunstancias políticas y económicas que se van sucediendo en los años posteriores y que señalan el ascenso de la dictadura de la oligarquía, el «talón de hierro». La novela termina con unos apocalípticos capítulos que describen una insurrección en Chicago brutalmente aplastada. La ciudad es devastada y los escasos socialistas supervivientes, guiados por Everhard, pasan a la clandestinidad y recurren al terrorismo.

El talón de hierro fue un libro valiente. No era complaciente con nadie y atacaba a todos: a los grandes industriales y banqueros, claro; al gobierno títere; a la clase media inane y complaciente; a los líderes obreros poco combativos y confiados… no era una obra que le fuera a granjear amigos. Su editor lo sabía muy bien y, aunque no era ningún revolucionario ni comulgaba con las ideas de London, decidió publicarlo. Como era de esperar, la novela sólo encontró un eco favorable entre los elementos más radicales de la izquierda. Los militantes del Partido Socialista lo veían como un elemento molesto que venía a agitar las aguas en el momento en que la sociedad empezaba a aceptarlos como parte de la vida política.

Pese a ganarse críticas muy severas, la novela vendería más de cincuenta mil ejemplares en tapadura. ¿Quién los compró? A las pocas semanas de su publicación ya circulaba por las cadenas de montaje de todo el país y era ansiosamente devorado por muchos sindicalistas de todo el mundo, inspirados por la visión de London. Su impacto fuera de los Estados Unidos fue aún mayor. En Europa, el socialismo revolucionario gozaba de una tradición más dilatada y más ideologizada que la americana. En muchos de los centros industriales europeos, la conciencia de clase estaba bien desarrollada, en especial en Gran Bretaña y en la recién industrializada Rusia. Aneurin Bevan, el futuro arquitecto del Servicio Nacional de Salud de Gran Bretaña, leyó la novela siendo un joven minero en Gales en los años veinte y abrazó el socialismo a causa del libro, lo mismo, escribió posteriormente, “que otros miles de jóvenes hombres y mujeres de clase obrera en la Gran Bretaña”.

Anatole France escribió una presentación en la edición francesa de 1923, elogiando a Jack por “ese peculiar genio que percibe lo que permanece oculto para el común de los mortales” y por poseer “un conocimiento especial que le permite predecir el futuro”. Tanto Lenin como Trotsky alabaron la novela, que, por otra parte, es la única obra norteamericana incluida en la bibliografía del comunismo de Bujarin.

Lástima que la propia vida de London acabara convertida en una especie de caricatura de sus ideas políticas. A medida que su popularidad trascendía fronteras y sus obras eran leídas y comentadas por millones de personas, su modo de vida se fue distanciando cada vez más de sus convicciones. Vivía en un rancho que ocupaba una enorme finca, mantenía un yate y no se privaba de ningún lujo material –por mucho que sus despilfarros a punto estuvieron de dejarle en la bancarrota en más de una ocasión, obligándole a escribir intensivamente para tapar sus agujeros económicos–. Ante aquellos que le acusaban de ser uno más de la élite adinerada de California, London se defendía diciendo que su riqueza provenía de su talento como escritor y que no había necesitado explotar a nadie para acumularla.

El talón de hierro es un libro muy personal que tiene un claro propósito didáctico, una novela que refleja una triste etapa de la evolución capitalista y cómo la vivieron algunos de sus protagonistas. Sin embargo, a diferencia de otros escritores que hemos revisado, London no divisó en el futuro una utopía socialista producto de una revolución más o menos violenta, sino una dictadura oligárquica. Se trataba de un aviso del escritor a sus lectores: si no os movilizáis, si no lucháis por la revolución del proletariado, si no os unís contra el capital, el futuro que nos espera puede ser tan ominoso como el que os presento. No fue la primera ni la última vez que la ficción especulativa se utilizaba como vehículo de ideas políticas, pero desde luego fue una de las más directas y militantes.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción y editado en Cualia con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes ("De viajes, tesoros y aventuras"), el cómic ("Un universo de viñetas"), la ciencia-ficción ("Un universo de ciencia ficción") y las ciencias y humanidades ("Saber si ocupa lugar"). Colabora en el podcast "Los Retronautas".